miércoles, 21 de agosto de 2019

LA FELICIDAD ES UNA TAREA INTERIOR

En estos días estuve repasando un viejo libro, tiene más de 10 años de publicado, del jesuita John Powell, que habla acerca de la felicidad. Esto dice el libro en la contraportada:

La condición natural de los seres humanos es la felicidad; por tanto, si una persona es crónicamente infeliz, es que algo no marcha bien. Puede que no sea suya la culpa o que no tenga otra alternativa, pero lo cierto es que algo está fallando. Por desgracia, todos hemos experimentado en alguna ocasión la frustración de nuestro deseo innato de ser felices, y seguramente es porque prensamos que nuestra felicidad depende en gran parte de cosas externas a nosotros o incluso de otras personas. Y así nuestros sueños irreales de felicidad se ven defraudados.

Pero, la verdadera fórmula de las felicidad es esta: F=TI (es decir, la felicidad es una tarea interior). Como la mayoría de las cosas, la felicidad es fruto de una búsqueda. Por tanto, está al alcance de todos. El único problema es que, si la buscamos fuera (en la apariencia física, en el éxito, en la estima de los demás...) equivocamos el camino. 

Luego, a partir de esta idea: la felicidad es una condición natural del ser humano, hace diez sugerencias, cada una desarrollada en un capítulo del libro:

1. Debemos aceptarnos como somos.
2. Debemos aceptar la plena responsabilidad sobre nuestras vidas.
3. Debemos intentar satisfacer nuestras necesidades de relajación, ejercicio y nutrición. 
4. Debemos hacer de nuestras vidas un acto de amor.
5. Debemos expandirnos abandonando la seguridad de lo ya conocido.
6. Debemos aprender a ser buscadores del bien.
7. Debemos intentar crecer, no ser perfectos.
8. Debemos aprender a comunicarnos de verdad.
9. Debemos aprender a disfrutar las cosas buenass de la vida.
10. Debemos hacer de la oración parte de nuestra vida cotidiana. 

En esos diez capítulos, John Powell , con algunos ejercicios incluidos, nos introduce en el proceso gradual que él considera necesario para experimentar la verdadera felicidad. Pero, advierte:

"Estas vías hacia la felicidad humana son tareas para toda una vida. No se trata de cosas sencillas que se pueden hacer de una vez para siempre... La vida es un proceso de crecimiento gradual; las tareas vitales sólo se pueden realizar paulatinamente.  El sendero hacia la felicidad es un puente que hay que cruzar, no una esquina que hay que doblar". 




domingo, 18 de agosto de 2019

EL FUEGO DE JESÚS

"Vine a traer fuego a la tierra, y, ¡cómo desearía que estuviera ya ardiendo!"

Este DOMINGO el pasaje evangélico que proclamamos en nuestras celebraciones habla de FUEGO y DIVISIÓN. Pueden sonar extrañas estas palabras, pues no es el lenguaje habitual de Jesús. El fuego evoca al Espíritu, y tambien al Reino, y habla de quemar, purificar, dar calor, transformar. Habla de poner en cuestión las realidad, de sacar de la indiferencia, el acomodamiento, la mediocridad de la vida (incluso si somos gente de piedad, religiosos). Cuando vivimos con valor y confianza aquello que somos, siempre quemamos y dividimos en torno, y así, compartiendo el bautismo de Jesús (su cruz) ayudamos a transformar la realidad. 

Ser cristianos es ARDER, QUEMAR, ILUMINAR con el fuego interior que nos consume. Es arriesgar como Jeremías y los muchos testigos del Evangelio a lo largo de la historia; hay pozos que asustan, rechazos, persecuciones y martirios posibles, pero hay también una certeza, una confianza, "corriendo con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, Jesús".

La invitación por tanto es esa: avivar la llama que un día Dios encendió en cada uno de nosotros, y VIVIR (arder) sin miedo; que el calor de la verdad acercará a unos y alejará a otros, e incluso ese fuego puede consumirnos, como se consume un cirio cuando arde. Pero también en esa entrega, en las cenizas, hay calor y hay luz, y ellos contagian y animan nuevas experiencias de vida.

El fuego más grande y más fuerte, el que más transforma, es el del AMOR; un horno del que siempre salimos renovados. El horno de la vida compartida, el de la fraternidad, el de esta humanidad necesitada siempre de redención. Ese fuego nos convierte en  PAN bueno para los demás, en pan partido y compartido como Cristo.

¡Bendito entonces este FUEGO que trae Jesús: que arda y nos queme, nos purifique y nos transforme!

Fray Manuel de Jesús, ocd

jueves, 15 de agosto de 2019

LA PRESENCIA REAL DE CRISTO

Hay, en los últimos tiempos, una profusión de imágenes de "custodias" y formas eucarísticas pululando en las redes; facebook está lleno de ellas. Las miro, leo los textos que las acompañan, y siento que algo falta, que no está completo el mensaje que pretenden trasmitir.  Pienso que, si no se entiende que esa "Presencia"  tiene su origen en la celebración litúrgica de una comunidad creyente, estamos trasmitiendo una imagen errada de nuestra fe

Puede que en teoría digamos que las cosas están claras, que ya eso se sabe, pero nuestra práctica cotidiana dice otra cosa: se habla poco o nada de la comunidad de fe, se aisla la capilla del Santísimo del resto del templo, los fieles entran y salen de ella en medio de la celebración eucarística. Al mantenerse expuesto el Santísimo permanentemente, parece que este es independiente y centro de la vida de la comunidad, y no la celebración eucarística. 
Al pan consagrado, signo de la Encarnación del Hijo de Dios, lo acabamos desencarnando, sublimando, elevando tanto, que deja de ser signo de una verdadera presencia real de Cristo en su comunidad, en medio del mundo. Todo lo anterior necesitaría una adecuada catequesis para que no vaya convirtiéndose en lo que NO ES nuestra fe. 

Hay un vínculo estrecho entre la comunidad de Jesús, la celebración eucarística y la conservación de las formas consagradas para el servicio a los enfermos y la adoración, y ha de entenderse siempre en ese orden

Primero la Iglesia, es decir, la comunidad creyente, el cuerpo de Cristo; luego, la comunidad que celebra, cumpliendo el mandato del Señor: la Eucaristía, ese momento que es fuente y culmen de la vida eclesial. En ella celebramos, alimentamos y anunciamos nuestra fe, y se cumple el memorial de la pasión, muerte y resurrección de Cristo en medio de su comunidad. "Hagan esto en memoria mía". 

¿Qué es lo que quiere Jesús que hagamos? No un rito, sino un estilo de vida, una comunión fraterna, que comparte el alimento que es Cristo; el rito representa, expresa, actualiza. Es reunirse en torno a la mesa para volver a celebrar la Vida con Cristo, su entrega generosa hasta el extremo, y escuchar su Palabra y recibir el Pan y el Vino de la Vida. Ese misterio de comunión, de la Iglesia que celebra, queda luego en ese lugar que llamamos "sagrario", en el que se conserva el pan consagrado, el cuerpo de Cristo, como expresión de todo lo anterior: de la comunión, de la atención a los pequeños, de la cercanía del Señor con su Iglesia.  

 El "Santísimo", que también le llamanos, no es independiente de lo anterior, ni es más importante que lo anterior; suelo decir que es como un eco de lo anterior, una presencia "sacramental" en medio del templo y de la vida de la comunidad, como el corazón que late, en medio de la vida comunitaria. ¿Es Presencia real? Por supuesto, como también es real la presencia de Cristo en su comunidad y en su celebración,  en su Palabra y en los demás sacramentos. Todas las formas de Presencia de Jesús en el mundo son reales. Y el pan y el vino consagrados durante la misa son "Cuerpo y sangre de Cristo", y los que la reciben son, por supuesto, Cuerpo de Cristo, Iglesia, y le llamamos "comunión" a ese momento de la celebración, porque alimenta y expresa la comunión de los bautizados. No se pueden separar esas tres realidades, o falseamos nuestra fe.

Pero entonces presentamos esas "custodias" enormes, a menudo super lujosas, como si representaran el centro de nuestra fe, lo máximo, y me pregunto siempre qué entenderan de ello los que no conocen nuestro credo. En la más reciente celebración del Corpus me vino esta imagen: tanta iluminación en esas grandes custodias ocultan la luz del pan partido y compartido. Sí, porque Jesús no se quedó sólo en el pan, sino en el pan que compartimos como comunidad creyente que celebra la Vida recibida de su Señor. Ese detalle es fundamental para entender la "Presencia" de Jesús en medio de los suyos, en la Eucaristía, y en las formas que conservamos luego en el Sagrario. Se trata de una "comida" en la que nos hacemos uno con Él, crecemos como discípulos y expresamos nuestro ser Iglesia. 


Ahí está el Misterio que adoramos, y que tiene su origen, no en unas palabras mágicas dichas por un sacerdote, sino en una promesa de nuestro Señor, en unas palabras y una invitación: "Hagan esto en memoria mía... donde dos o tres se reunan en mi nombre, ahí estaré en medio de ellos... hasta el fin del mundo".

Si me preguntan dónde está la definitiva Presencia real de Cristo, a la que nos remite la enseñanza del mismo Jesús, y por ello nuestras celebraciones, nuestras devociones, nuestros ritos, yo diría: el prójimo, la hermana o el hermano, también el desconocido que sale a nuestro encuentro en el camino de la vida. Ese es el Gran Misterio que custodiamos y anunciamos: que el Verbo de Dios se hizo parte de nuestra carne y nuestra historia, y que en ella tenemos que buscarlo; el Misterio necesita de ritos, signos, palabras, imágenes, pero corremos el peligro de quedarnos en ellos, y no mirar más allá. No mirar, iluminados por aquellas palabras que resuenan siempre con fuerza: "Cada vez que lo hiciste con uno de esos, conmigo lo hiciste".

 En lo sencillo y pequeño de este mundo Dios está y sale a nuestro encuentro: en la fragilidad de nuestra carne, en la tenue luz del pan compartido, en la fe de una comunidad creyente, en la oración confiada, en el abrazo entre hermanos, en la sonrisa de nuestros niños y la alegría de nuestros jóvenes, en la sabiduría y constancia de nuestros mayores, e incluso en el anhelo y la nostalgia insatisfechos de los que dicen no creer. Y todo eso está ahí, en la Eucaristía, pero dicho de tal manera que para escuchar y entender tenemos que "nacer de nuevo". 

Acabo pues esta reflexión, resumiendo: Comunidad-Eucaristía-Sagrario, en ese orden siempre. No es magia, ni siquiera me gusta hablar de "milagro". Es FE, es confianza en la promesa de Jesús, que pide, exige, un verdadero, profundo y confiado AMÉN. Para quién escuchó su invitación a seguirle no hay ninguna duda: Cristo está REALMENTE PRESENTE en medio de nosotros.


Fray Manuel de Jesús, ocd

LIBERTAD INTERIOR

“Ryokan, un maestro de Zen, llevaba un estilo de vida lo más sencillo posible en una pequeña choza al pie de una montaña. 
Una tarde, un ladrón entró en la choza y descubrió que allí no había nada para robar. 
En aquel momento llegaba Ryokan de un paseo y le sorprendió. 
- No es posible que hayas hecho un camino tan largo para visitarme y que te marches con las manos vacías. Por favor, toma mis ropas como regalo.
El ladrón quedó perplejo, pero cogió las ropas y se escabulló.
Ryokan se sentó desnudo y contempló la luna.
Pobre tipo –musitó–. Ojalá pudiera darle esa hermosa luna”. 

(Relato Zen)

martes, 13 de agosto de 2019

CUANDO LA VIDA TE SACUDE...

Vas caminando con tu taza de café... y de repente alguien pasa... te empuja y hace que se te derrame el café por todas partes.
-¿Por qué se te derramó el café?
-Porque alguien me empujó 

✔Respuesta equivocada:

Derramaste el café porque tenías café en la taza.

Si hubiera sido té...hubieras derramado té. 

Lo que tengas en la taza... es lo que se va a derramar. 

Por lo tanto... cuando la vida te sacude (qué seguro pasará) lo que sea que tengas dentro de ti...vas a derramar.

Puedes ir por la vida fingiendo que tu taza está llena de virtudes... pero cuando la vida te empuje vas a derramar lo que en realidad tengas en tu interior. 

Eventualmente sale la verdad a la luz.

Así que habrá que preguntarse a uno mismo. ¿Qué hay en mi taza?

Cuando la vida se ponga difícil... ¿qué voy a derramar?
¿Alegría... agradecimiento... paz... bondad... humildad?
¿O bronca... amargura...palabras o reacciones duras?

¡Tú eliges!

Ahora... trabaja en llenar tu taza con gratitud... perdón... alegría... palabras positivas y amables... generosidad... y amor para los demás. 

De lo que esté llena tu taza...tú eres el responsable.

Y mira que la vida sacude... sacude más veces de las que puedes imaginar

(Tomado de FACEBOOK)

jueves, 8 de agosto de 2019

VOCACIÓN DE MINORÍA (comentario de Jose Antonio PAGOLA)

Lucas ha recopilado en su evangelio unas palabras, llenas de afecto y cariño, dirigidas por Jesús a sus seguidores y seguidoras. Con frecuencia, suelen pasar desapercibidas. Sin embargo, leídas hoy con atención desde nuestras parroquias y comunidades cristianas, cobran una sorprendente actualidad. Es lo que necesitamos escuchar de Jesús en estos tiempos no fáciles para la fe.

«Mi pequeño rebaño». Jesús mira con ternura inmensa a su pequeño grupo de seguidores. Son pocos. Tienen vocación de minoría. No han de pensar en grandezas. Así los imagina Jesús siempre: como un poco de «levadura» oculto en la masa, una pequeña «luz» en medio de la oscuridad, un puñado de «sal» para poner sabor a la vida.

Después de siglos de «imperialismo cristiano», los discípulos de Jesús hemos de aprender a vivir en minoría. Es un error añorar una Iglesia poderosa y fuerte. Es un engaño buscar poder mundano o pretender dominar la sociedad. El evangelio no se impone por la fuerza. Lo contagian quienes viven al estilo de Jesús haciendo la vida más humana.

«No tengáis miedo». Es la gran preocupación de Jesús. No quiere ver a sus seguidores paralizados por el miedo ni hundidos en el desaliento. No han de preocuparse. También hoy somos un pequeño rebaño, pero podemos permanecer muy unidos a Jesús, el Pastor que nos guía y nos defiende. Él nos puede hacer vivir estos tiempos con paz.

«Vuestro Padre ha querido daros el reino». Jesús se lo recuerda una vez más. No han de sentirse huérfanos. Tienen a Dios como Padre. Él les ha confiado su proyecto del reino. Es su gran regalo. Lo mejor que tenemos en nuestras comunidades: la tarea de hacer la vida más humana y la esperanza de encaminar la historia hacia su salvación definitiva.

«Vended vuestros bienes y dad limosna». Los seguidores de Jesús son un pequeño rebaño, pero nunca han de ser una secta encerrada en sus propios intereses. No vivirán de espaldas a las necesidades de nadie. Serán comunidades de puertas abiertas. Compartirán sus bienes con los que necesitan ayuda y solidaridad. Darán limosna, es decir, «misericordia». Este es el significado del término griego.

Los cristianos necesitaremos todavía algún tiempo para aprender a vivir en minoría en medio de una sociedad secular y plural. Pero hay algo que podemos y debemos hacer sin esperar a nada; transformar el clima que se vive en nuestras comunidades y hacerlo más evangélico
El papa Francisco nos está señalando el camino con sus gestos y su estilo de vida.

19 Tiempo ordinario - C 
(Lc 12,32-48)
11 de agosto 2019

José Antonio Pagola
buenasnoticias@ppc-editorial.com

martes, 6 de agosto de 2019

TRANSFIGURADOS

Varias veces en el transcurso del año litúrgico leemos el relato evangélico de la Transfiguración de Jesús en lo alto del tabor. Parece evidente que parte de una fuerte experiencia espiritual vivida por los discípulos, aunque luego se narre con los elementos típicos de las teofanías bíblicas. Jesús sube al monte, acompañado de tres de los suyos, los más cercanos, y allí vive una experiencia que se describe como altura, resplandor, nube, diálogo, voz... Los discípulos no comprenden, quieren prolongar el bienestar que sienten, y al final se les invita a no revelar lo vivido.

Lo mismo que el Bautismo de Jesús está teologicamente vinculado con las tentaciones en el desierto, así también la transfiguración está vinculada con la experiencia de la pasión y muerte de Jesús. Además, parecen estar en paralelo en Lucas los relatos de la transfiguración y la oración en el huerto; en ambas Jesús vive algo fuerte, sobrenatural, acompañado de los mismos discípulos, animado ya sea por Moisés y Elías o por un ángel, mientras los suyos están totalmente despistados o se duermen.

Como escribe Enrique Martínez Lozano, al comentar el pasaje bíblico de hoy: "Todas las circunstancias difíciles, incluido el dolor y la muerte, pueden ser vividas desde una experiencia de plenitud, siempre que seamos capaces de no desconectar de nuestra verdadera identidad". Ese el mensaje que queda a la comunidad creyente, y al discípulo luego: En medio de la prueba es fundamental conectar con la luz que nos habita. Nuestra identidad, de hijas e hijos de Dios, no desaparece en los momentos de oscuridad y prueba, sino que se refuerza, y por ello debemos entregarnos con confianza, pidiendo a Dios ser transfigurados a imagen de Cristo.

 Esa imagen luminosa, la de Cristo Resucitado, está en cada uno de nosotros; es la imagen de Dios en sus creaturas, es el jardín interior de que habla Teresa, y el Sol que brilla en cada ser humano, según Merton. Es el resplandor de Cristo que nos alcanza, ofreciéndonos una vida nueva, que nace de la misericordia, del perdón y el amor infinitos de Dios. 

Que esa luz, pedimos cada día, pueda más que el dolor, el pecado y la muerte, y nos TRANSFIGURE.

P.Manuel Valls, ocd