domingo, 14 de octubre de 2018

SAN ROMERO DE AMÉRICA

Para celebrar lo que siempre supimos y hoy se confirma: que Óscar Arnulfo Romero es santo, me uno al profético verso de Pedro Casaldáliga. Un poquito largo pero ¿qué fiesta queremos que sea corta? 

San Romero de América, Pastor y Mártir nuestro.

El ángel del Señor anunció en la víspera...


El corazón de El Salvador marcaba
24 de marzo y de agonía.
Tú ofrecías el Pan,
el Cuerpo Vivo
-el triturado cuerpo de tu Pueblo;
Su derramada Sangre victoriosa
-¡la sangre campesina de tu Pueblo en masacre
que ha de teñir en vinos de alegría 
la aurora conjurada!
El ángel del Señor anunció en la víspera,
y el Verbo se hizo muerte, otra vez, en tu muerte;
como se hace muerte, cada día,
en la carne desnuda de tu Pueblo.
¡Y se hizo vida nueva
en nuestra vieja Iglesia!
Estamos otra vez en pie de testimonio,
¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!
Romero de la paz casi imposible
en esta tierra en guerra.
Romero en flor morada de la esperanza incólume
de todo el Continente.
Romero de la Pascua latinoamericana.
Pobre pastor glorioso, asesinado a sueldo,
a dólar, a divisa. 
Como Jesús, por orden del Imperio.
¡Pobre pastor glorioso,
abandonado
por tus propios hermanos de báculo y de Mesa...!
(Las curias no podían entenderte:
ninguna sinagoga bien montada
puede entender a Cristo).
Tu pobrería sí te acompañaba,
en desespero fiel,
pasto y rebaño, a un tiempo, de tu misión profética.
El Pueblo te hizo santo.
La hora de tu Pueblo te consagró en el kairós.
Los pobres te enseñaron a leer el Evangelio.
Como un hermano herido por tanta muerte hermana,
tú sabías llorar, solo, en el Huerto.
Sabías tener miedo, como un hombre en combate.
¡Pero sabías dar a tu palabra, libre, 
su timbre de campana!
Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo,
con una sola mano consagrada al servicio.
América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini
en la espuma-aureola de sus mares,
en el retablo antiguo de los Andes alertos,
en el dosel airado de todas sus florestas,
en la canción de todos sus caminos,
en el calvario nuevo de todas sus prisiones,
de todas sus trincheras,
de todos sus altares...
¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos!
San Romero de América, pastor y mártir nuestro:
¡nadie hará callar tu última homilía!

(Del muro de FB de Sol Aparicio Pinelli)

sábado, 13 de octubre de 2018

EL JOVEN RICO Y LA LOCURA DE CREER

Sale al encuentro de Jesús un joven rico, nos cuenta este fin de semana el pasaje de los Evangelios que compartimos al celebrar la Eucaristía, y tras su conversación con el Maestro, se marcha triste. La causa: la respuesta de Jesús a su pregunta: Qué hace falta para tener vida eterna? Escuchamos nosotros también el diálogo, y nos quedamos pensando seguramente en que la propuesta de Jesús es demasiado radical, que pide mucho, más de lo que este joven es capaz de dar, y hasta nosotros mismos si el Maestro nos preguntara.

La ley nos hace justos; el amor nos hace libres. Jesús responde al joven rico, primero desde la Ley: tú conoces los mandamientos... y el joven parece que los ha cumplido todos. Es bueno. Pero eso no es suficiente para alcanzar esa VIDA que todos anhelamos. Esa vida no se alcanza "cumpliendo", ni se puede comprar con dinero, ni se consigue con estudios. Es UNA VIDA REALMENTE NUEVA la que propone Jesús, y para conseguirla hace falta un valor que solo se consigue en lo más hondo del corazón: el valor de abandonarse y entregarse a una aventura, a un riesgo, a un camino que no se parece a ningún otro, que es el camino del AMOR. Porque para el amor nunca es bastante. 

Jesús le dice a este joven lo mismo que dijo a otros: SÍGUEME...  Lo mismo que Dios le dijo a otro hombre en Ur de Caldea: deja tu tierra, ponte en camino, persigue una promesa... y tantos se han dejado ganar por esa voz, por ese impulso inexplicable, dejando atrás todas sus riquezas, las de cualquier índole, aunque luego se arrepientan una y otra vez mientras padecen la aventura de la fe. Claro que  hay dudas, temores y arrepentimientos... pero luego vuelve a resonar la voz en el corazón, con la misma fuerza de la primera vez, y uno cae de nuevo en la locura de creer.

 Por eso entendemos al joven rico, no queremos juzgarlo, pero sabemos que cuando aceptamos la llamada, y aun en medio de la noche más oscura, recibimos mucho más de lo que abandonamos, y la certeza de que el amor, al que estamos conectados de un modo inexplicable, no termina nunca, es pleno y es eterno.

miércoles, 10 de octubre de 2018

PADRENUESTRO: ANTOLOGÍA DE COMENTADORES DE LA ORACIÓN DOMINICAL.

El  siguiente comentario no es mío, lo conservo desde mis estudios de espiritualidad, en la Universidad de Comillas, y pertenece a un texto más extenso de Santos Sabugal (la cita completa está al final). Ofrece un resumen breve, pero enjundioso, de los mejores comentarios al Padrenuestro...


Ofrecemos a continuación una selección antológica del Padrenuestro. En ella hemos incluido autores antiguos y modernos. La encabezan diez autores de la antigüedad patrística: había que comenzar escuchando algunos calificados representantes de la tradición cristiana, mediante la cual la iglesia no sólo «comprende cada vez mejor los libros sagrados» sino también «los mantiene siempre activos», siendo «el estudio de los Padres de la iglesia» valioso auxiliar en su «comprensión cada vez más profunda de la Sagrada Escritura»119. Dos comentarios representativos de la exégesis mística y catequética del siglo XVI—santa Teresa + Catecismo romano—enlazan aquellos antiguos comentarios con los cuatro—católicos + protestantes—representantes de la exégesis y teología hodiernas, a los que se suma nuestro comentario bíblico y catequístico. Esa antología incluye, pues, representantes principalmente de la exposición catequética (Tertuliano, Cirilo, Ambrosio, Teodoro Mopsuestia, Agustín, Catecismo romano) y homilética (Gregorio Niseno, Juan Crisóstomo, Agustín, R. Guardini), pero a la vez y también de la exégesis bíblica (Orígenes, Juan Crisóstomo, Agustín, H. van den Bussche, J. Jeremías), de la reflexión teológica (Cipriano, Origenes, Agustín, Catecismo romano, D. Bonhoeffer, R. Guardini) y mística (Origenes, San Gregorio Niseno, San Agustín, Santa Teresa). Los dos autores protestantes—D. Bonhoeffer y J. Jeremías—representan en nuestra antología el comentario de la «oración del Señor» por la teología (D. Bonhoeffer) y exégesis bíblica (J. Jeremías) de «los hermanos separados» de occidente, en cuya tradición teológica y litúrgica el padrenuestro ocupa un puesto de singular relieve, y cuyo «constante y solícito estudio de la Biblia» fue reconocido y encomiado recientemente por el más alto magisterio de la iglesia. 

1) Tertuliano, el gran apologista del norte de África (155-220), fue el primer comentarista del «padrenuestro». Lo hace en el contexto de su obra Sobre la oración, el primer catecismo teológico y disciplinar sobre la misma de la edad patrística, escrito para los catecúmenos de su iglesia, siendo aún católico (198-200), con el fin de iniciarles en la práctica de la oración cristiana. Más que un tratado teológico es, pues, esa obra una catequesis catecumenal. Tras la breve introducción, en la que resalta la importancia de esa «nueva forma de oración» (=el padrenuestro), que condensa «todo el evangelio», sigue el comentario catequético a la oración del Señor según el texto mateano, para exponer luego una enseñanza práctica sobre la plegaria cristiana. El comentario ocupa, pues, la parte central de esa obra catequética tertulianea. 

2) Más amplia y, también teológicamente más profunda es la explicación de San Cipriano en su obra Sobre la oración del Señor, escrita, como explicación homilética para los neófitos (252), bajo el evidente influjo de su maestro Tertuliano. Una introducción general sobre la oración precede al homilético comentario del «padrenuestro» a raíz del texto mateano, concluido por una enseñanza práctica, que completa la temática general sobre la plegaria de la introducción. 

3) A Orígenes se debe el primer comentario científico, exegético y teológico, del «padrenuestro». Lo aborda en su magnífico tratado Sobre la oración cristiana, compuesto (233) a ruegos de dos cristianos amigos suyos y en respuesta a dificultades sobre la esencia y necesidad de la plegaria, por aquellos planteadas. A la introducción general del tratado siguen las tres partes centrales del mismo, en las que el ilustre catequista y teólogo alejandrino, tras abordar la temática sobre la oración en general—vocabulario bíblico, necesidad, clases, etc. -, emprende el comentario al «padrenuestro». En este amplio contexto, el Alejandrino aborda—¡por vez primera él! - , ante todo, el análisis del problema sobre las diferencias entre las formas textuales de Mt y Lc, optando por la solución más fácil, generalizada luego en el medievo y compartida por escasos exegetas modernos: se trata—concluye—de «dos oraciones distintas, aunque con ciertas partes comunes». Seguidamente analiza el contexto inmediato anterior al texto de Mt, por él adoptado, para abordar luego su amplio y teológicamente rico comentario. Finalmente, complementa, en un tercer momento, la primera parte, cerrando con una conclusión final su obra. El comentario a la oración del Señor ocupa, pues, un puesto de honor en este tratado, que constituye, sin duda, una de las más preciadas joyas del rico y multiforme cofre origeniano. 

4) CIRILO DE JERUSALÉN: Durante la cuaresma del año 350 predicó el insigne obispo jerosolimitano san Cirilo, en la iglesia del Santo Sepulcro, sus famosas veinticuatro catequesis, otro inestimable tesoro de la antigua literatura cristiana, dirigidas a «los iluminados» o catecúmenos y a «los neófitos» de su iglesia. Estas cinco últimas «catequesis mistagógicas» tratan sobre el bautismo, la confirmación, la eucaristia y, como «corona del edificio espiritual» de los recién bautizados», la santa misa. En el contexto de esta última, con la brevedad y claridad del experto catequista, explica san Cirilo «la oración que el Señor transmitió a sus discípulos». 

5) En incierta fecha, pero posterior a la del catequista jerosolimitano, dedicó el teólogo y místico San Gregorio Niseno a la explicación del «padrenuestro» cinco homilías, en las que, tras una introducción general sobre la oración, se detiene en el comentario místico y moral de «la oración del Señor». 

6) Hacia el año 390 dirigió el obispo milanés San Ambrosio de Milán, a los neófitos de su iglesia, una serie de catequesis mistagógicas Sobre los sacramentos del bautismo, confirmación y eucaristía. En el contexto de estas últimas ofrece dos comentarios a esa «oración (=el padrenuestro) corta pero llena de todas las cualidades»: muy breve el segundo, más amplio e interesante el primero, en el que la exégesis teológica y moral del «padrenuestro» se conjugan y armonizan. 

7) Siendo aún probablemente presbítero, el futuro obispo y eminente exegeta antioqueno Teodoro de Mopsuestia dirigió (388-392) a los catecúmenos y neófitos de su iglesia dieciséis Homilías catequéticas, de las cuales las diez primeras exponen para los catecúmenos el «Símbolo de la fe» según el «Credo niceno», mientras que las seis últimas ofrecen a los neófitos la explicación del «padrenuestro», así como de la liturgia bautismal y eucarística. El comentario a «la oración transmitida por nuestro Señor», introducido por consideraciones generales sobre la plegaria, aborda la explicación teológica y moralizante del padrenuestro, propia del catequista convencido de que en la «Oración dominical» se encuentra «toda la perfección moral», no consistiendo, por lo demás, «la oración en palabras sino en costumbres, amor y aplicación al bien»; una convicción, que la exhortación final sintetiza. 

8) En la línea de Teodoro se sitúa su amigo y elocuente orador San Juan Crisóstomo, quien explicó «el padrenuestro» en su Comentario al evangelio de Mateo, compuesto a raíz de varias homilías pronunciadas (390) en Antioquía y dirigidas a los fieles de esa comunidad eclesiástica, en las que la elocuencia del predicador se armoniza con la instrucción del pastor. 

9) Al obispo hiponense San Agustín corresponde el honor de ser el máximo comentarista del «padrenuestro» en la edad patrística. Siete veces emprendió esa tarea. Lo hizo por vez primera en su Comentario al sermón de la montaña, escrito (393-394) siendo aún presbítero de Hipona. Su explicación, que refleja ya la profundidad del exegeta-teólogo y la intuición del místico, tiene el mérito de recoger la principal y multiforme tradición patrística- nordafricana, alejandrina, antioquena y «romana»- precedente. Cuatro veces más comentó el ya obispo hiponense (410-412) la «Oración dominical» en otras tantas catequesis ad competentes, los cuales, tras la devolución del Credo (=«redditio Symboli»), recibían la Oración del Señor (=«traditio Orationis dominicae»), para aprenderla de memoria y poder recitarla durante la celebración eucarística de la gran vigilia pascual, en la que por vez primera participaban después de haber recibido el bautismo. La reflexión teológica así como la instrucción moral práctica encuentran, en esos comentarios catequísticos al «padrenuestro» realizados por el gran maestro de catequistas (=¡De catechizandis rudibus!), lograda síntesis. Finalmente Agustín lo comentó en su Ep. a Proba (411-412) y (428-429) su obra Sobre el don de la perseverancia. En todos esos comentarios como, en general, en toda la obra literaria agustiniana, caminan de la mano como inseparables hermanas la reflexión del teólogo y pastor con la piedad del místico, prueba evidente de que Agustín—sus soliloquios y confesiones lo atestiguan—oraba cuando hacia teología, porque hacia teología cuando oraba. 

10) A ruegos de las carmelitas de San José (Avila) y por orden del teólogo dominico Domingo Báñez, escribió Santa Teresa de Jesús (1564-1567), la primera mujer recientemente declarada por el magisterio supremo (Pablo Vl) «doctora de la iglesia» (1970), su obra Camino de perfección, que, en opinión de un especialista, constituye el «más ascético, práctico y asequible» de sus tratados espirituales. La explicación del «padrenuestro» ocupa la mitad de ese clásico tratado sobre la oración, por ella galantemente designado «el librito» y, también, «el Paternoster». Esta designación autógrafa refleja ya la importancia asignada por la ilustre mística española al comentario sobre la Oración dominical, introducido por una exhortación a rezarla bien, como «guía segura» de oración vocal y contemplativa, y concluido por una consideración sobre la excelencia —previamente delineada—de la misma. 

11) El año 1566 promulgaba el papa san Pío V el Catecismo romano, elaborado por mandato de los padres conciliares de Trento como «formulario seguro, método fácil y presentación eficaz de las doctrinas fundamentales del cristianismo», en el cual encontrarán «normas seguras... para la formación cristiana de las almas» cuantos «en la iglesia tienen una misión docente». Esa función desempeñó ese catecismo efectivamente en los siglos siguientes. Y puede seguir desempeñándola hoy, si se tiene en cuenta que, aunque «la época tridentina de la iglesia ha pasado definitivamente, la fe tridentina permanece fe de la iglesia». Queda, pues, justificada su selección en nuestra antología. Corroborada también por el amplio espacio dedicado en ese documento—cristalización y epítome catequético de la teología tridentina— a la explicación del «padrenuestro»: de las cuatro partes que lo integran, las tres primeras exponen la enseñanza cristiana sobre el credo (primera parte), los sacramentos (segunda parte) y los mandamientos (tercera parte), dedicando toda la cuarta parte a la explicación catequético-teológica de esa «fórmula divina», que condensa en «preciosa síntesis qué y cómo debemos orar». Esa explicación se abre con una introducción sobre «los principios generales de la teología católica sobre la oración», seguida por el comentario exegético y patrístico, teológico y catequístico a cada una de las partes del «padrenuestro». 

12) El pastor y teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer (1906-1945) encabeza, por orden cronológico, la selección antológica de autores modernos. Una selección justificada, si se tiene en cuenta el denso y actual pensamiento teológico de quien, durante su estancia en Roma, «este trozo de tierra que tanto quiero», asistía a los oficios litúrgicos de semana santa en las basílicas de San Juan de Letrán y de San Pedro, leyendo luego en la cárcel de Berlín-Tegel (1943) «con gran interés a Tertuliano, Cipriano y otros padres de la iglesia», por él considerados «en parte más actuales que los reformadores», y, a la vez, sólida «base para el diálogo entre protestantes y católicos». En el contexto de la explicación teológica al «sermón de la montaña» se inserta su comentario al «padrenuestro», esa «oración por excelencia», mediante la cual Jesús nos «conduce hacia la claridad perfecta de la oración». Un comentario breve, sencillo y, a la vez, profundo, testimonio de una vida iluminada con la luz del evangelio y premiada por el Señor con el martirio, ejecutado por las balas nazis (9 de abril 1945) en Flossenbürg. 

13) En los años que siguieron a la segunda guerra mundial, el insigne humanista, filósofo y teólogo católico Romano Guardini (1885-1968) pronunció en la iglesia de San Luis (Munich), para estudiantes universitarios, una serie de homilías dominicales sobre diversos textos bíblicos. Varias de ellas se centraron sobre el comentario al «padrenuestro», cuyas diversas partes explica con la profundidad y claridad características del autor, a quien el texto bíblico brinda frecuentemente la ocasión para el profundo análisis y exposición brillante de otros temas afines y esenciales, siempre nuevos, en un esfuerzo por iluminar, con la luz de la revelación cristiana, costados sombríos de la existencia humana. 

14) La exégesis católica moderna está representada en nuestra antología por el biblista belga H. van der Bussche (1920-1965), cuyas publicaciones exegéticas vétero y neotestamentarias, especialmente su comentario al cuarto evangelio, le han merecidamente asignado un puesto de honor. No cede en mérito su explicación al «padrenuestro»: introducida por un estudio preliminar sobre su importancia, doble tradición literaria (Mt + Lc) y circunstancia de su enseñanza, el comentario a cada una de sus partes integrantes constituye el grueso de esos densos análisis, dominados por el esfuerzo de facilitar la comprensión de los principales vocablos, a la luz de su transfondo bíblico, vétero y neotestamentario. 

15) Cierra nuestra selección antológica el exegeta protestante Joachim Jeremías (1900-1979), mundialmente conocido por sus publicaciones sobre el antiguo y—principalmente—nuevo testamento, cuyos estudios sobre el mensaje prístino de Jesús así como su análisis de teología bíblica neotestamentaria, todos ellos penetrados de profunda piedad cristiana, constituyen una difícilmente superable cima en la actual exégesis bíblica. No cede en profundidad y altura su estudio sobre el significado original del «padrenuestro», claro y substancial «compendio de la predicación de Jesús», cuyos extractos antológicos el lector puede leer y meditar—creemos—con provecho.  

SANTOS SABUGAL
EL PADRENUESTRO EN LA INTERPRETACIÓN
CATEQUÉTICA ANTIGUA Y MODERNA (Prólogo).
SIGUEME. SALAMANCA 1997.Págs. 37-46

sábado, 6 de octubre de 2018

APOSTAR POR EL AMOR (Comentario a las lecturas bíblicas del domingo 27, ciclo B)

Las lecturas bíblicas para este fin de semana me tienen pensando de qué manera presentaré el mensaje, cuando celebre las eucaristías desde esta tarde en la parroquia. El pasaje del Evangelio que corresponde leer es Marcos 10, 2-16: Los fariseos preguntan a Jesús si le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer, y resulta inevitable entrar en temas vinculados con la moral católica, polémicos y álgidos, aun más en determinados contextos. Conversando ayer tarde con los frailes, comentábamos que celebrar la misa, y sobre todo predicar, creaba cierta tensión en el celebrante que llegaba a agotar, y eso sucede sobre todo cuando piensas en un tema como este. Pongo siempre por delante algunas de las recomendaciones del papa en su Exhortación LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO, respecto a la predicación y modo de presentar el mensaje de Jesús, especialmente cuando dice que toda palabra en la Escritura es primero don, antes que exigencia...

Para empezar, tengo claro que cuando en el texto se habla de divorcio, no se refiere exactamente a lo que hoy conocemos como tal; la situación en aquel tiempo y espacio era diferente en cuanto problemática a tratar. La religión judía permitía el divorcio, pero privilegiando al hombre, y además las diversas escuelas rabínicas eran más o menos tolerantes al respecto. La pregunta a Jesús por parte de los fariseos buscaba probablemente hacerle optar por una de esas posturas, de manera pública, pero la respuesta del maestro, como siempre, va más allá, al meollo del asunto, apostando por la igualdad del hombre y la mujer ante Dios, y criticando el esquema patriarcal imperante (también van por ahí sus críticas a ese modelo de familia, o su modo de tratar a las mujeres). 

Jesús invita a mirar el vínculo hombre-mujer, no como un mero contrato legal, con beneficios económicos y desventaja de la mujer (que prácticamente es una mercancía mas), sino como vínculo afectivo, amoroso, de manera que sea parte del proyecto de Dios para la humanidad; en dicho vinculo ambos sexos tienen los mismos derechos, y las mismas responsabilidades (y las consecuencias de sus actos son las mismas). 

La frase a la que acude Jesús, en referencia al Génesis, “lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”, debería en primer lugar hacernos conscientes de cuan a menudo, como Iglesia, hemos aceptado celebrar sacramentos cuyas motivaciones no han sido las correctas, y luego no ayudando a cargar con el peso de los cónyuges en su ruptura. La Iglesia tiene un gran desafío por delante en cuanto a presentar su mensaje y su ética a un tiempo que los necesita, a la vez que los desafía, y hacerlo de tal manera que arrastre y convenza, como Jesús. Para ello tiene que hablar el lenguaje del amor, del perdón, de la acogida, de la misericordia, y no quedarse en la condena, el rechazo, la  demonizaciónde la realidad. 

La homilía no es el lugar donde se dan normas morales particulares, sino donde se lee e interpreta el Evangelio a la luz de la realidad de una comunidad concreta, por lo que en esta ocasión yo pondría como elementos fundamentales, primero, el proyecto de Dios como totalidad de referencia amorosa en el que cabe la comprensión de todo vínculo humano; en segundo término, la manera de comunicar y contagiar el Evangelio, y sus valores, a la gente de nuestro tiempo, no quedándonos en una predica moralizadora e intimidante, y aceptar la fragilidad de todo proyecto humano y lo que supone poner en su núcleo la propuesta cristiana, con paciencia y caridad.

 Lamentablemente muchos de estos intentos son rechazados y criticados por personas o grupos radicales, para los que la norma o la tradición están por encima de la felicidad o realización humana de personas concretas. No creo que Jesús lo hubiera hecho de esa manera, y lo importante es que en cada situación de la vida ante la cual nos encontremos, apostemos y trabajemos por sembrar y recoger amor, sin rebajar las exigencias del Evangelio, pero con la paciencia y capacidad de perdón del Padre de Jesús. 

jueves, 4 de octubre de 2018

CON TAL DE GANAR A CRISTO


Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. 

No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús”. 


(Filipenses 3, 7/14)

RECLAMO DE JESÚS


Os inventáis historias,

sucesos cuentos,

casualidades y coincidencias...


para justificar vuestras torpes creencias.



Preguntáis en público,

no para buscar claridades

sino para mostrar vuestras habilidades

y poner a otros en dificultad.



Os agarráis a normas y leyes,

a lo antiguo y viejo, a lo de siempre,

a lo que a vosotros os favorece

y a otros oprime y empobrece.



Soñáis despropósitos,

amáis la risa y el triunfo fácil,

no os interesa la Buena Nueva

y queréis que solucione vuestras ocurrencias...



Así sois los hombres y mujeres:

siempre pensando en ponerme a prueba

en vez de enamoraros y enamorarme,

que es lo que deseo y me gusta.



¡Qué ganas de complicaros la existencia

y de cambiar mi propuesta

para mantener vuestros privilegios

olvidándoos de vuestras promesas!

Florentino Ulibarri

miércoles, 3 de octubre de 2018

LAS EMOCIONES: SON BUENAS O MALAS?


Posiblemente una parte de nosotros admitirá que las emociones no son meritorias ni pecaminosas, y que el sentirse frustrado, enfadado, tener miedo o encolerizarse no hacen que una persona sea buena o mala. Sin embargo, otra parte de nosotros, e incluso los que hemos admitido en teoría lo anterior,  en la práctica cotidiana solemos censurar nuestras emociones, y nos sentimos culpables además por ellas.  

Nuestra conciencia censora no acepta determinadas emociones y las reprime, empujándolas al subconsciente, y aseguran los expertos en medicina psicosomática que la causa más frecuente de cansancio, e incluso de muchas enfermedades, es la represión de las emociones. Lo cierto es que hay muchas emociones que nos resistimos a  reconocer y aceptar, las tememos o nos avergonzamos de ellas, y todo esto tiene una influencia negativa en nuestro modo de vivir nuestra condición de creyentes, es decir, en nuestra vida espiritual.

Es importante, por tanto, convencernos, en primer lugar, de que las emociones no son una realidad moral, sino simplemente fáctica. Es decir, mis iras, mis miedos, mis envidias, mis deseos sexuales, mis temores, etc, no me hacen una mejor o peor persona. Eso sí, esas reacciones emocionales han de ser integradas mental y afectivamente, pero antes de eso, antes de integrarlas y decidir si deseo o no seguirlas, debo permitirles manifestarse y escuchar atentamente lo que me están diciendo. Y debo ser capaz de decir, de aceptar, sin el más mínimo sentido de represión moral, que estoy enfadado, airado, e incluso sexualmente excitado.

Para poder hacer esto, debo antes estar convencido de que las emociones no entran en el terreno de la moral, no son ni buenas ni malas en sí mismas. Y también debo estar convencido de que la experiencia de toda la amplia gama de emociones forma parte de la condición humana y es patrimonio de todo ser humano.

 Ahora, pasamos a un segundo momento: el reconocer y aceptar  plenamente nuestras emociones no implica en modo alguno que debamos siempre obrar de acuerdo con ellas. Cuando una persona permite que sus sentimientos o emociones controlen su vida manifiesta, por supuesto, inmadurez; una cosa es sentir y reconocer ante uno mismo y ante los demás que uno tiene miedo, y otra cosa sería permitir que ese miedo le venza a uno. Una cosa es que yo sienta y reconozca que estoy enfadado, y otra cosa es que le aplaste a alguien la nariz de un golpe.

En las personas integradas las emociones ni están reprimidas ni ejercen el control. Sencillamente son reconocidas (es decir, sé lo que siento) e integradas (¿Deseo obrar de acuerdo con este sentimiento o emoción, o no?).

 A pesar de lo dicho anteriormente, no hay que pensar que las pautas emocionales son puramente biológicas o inevitables. Yo puedo cambiar, y cambiaré, mis pautas emocionales (es decir, pasaré de una emoción a otra), si honradamente he dejado aflorar mis emociones, y tras haberlas explicitado sinceramente, las considero inmaduras o indeseables.  La dinámica es esta: permitimos que nuestras emociones afloren para que puedan ser identificadas; observamos las pautas de nuestras reacciones emocionales, las explicitamos y las juzgamos. Una vez hecho todo esto, de un modo instintivo e inmediato hacemos las modificaciones necesarias a la luz de nuestros propios ideales y expectativas de crecimiento. Es decir, cambiamos. Cualquiera puede intentarlo y comprobarlo por sí mismo.

 (Lo anterior está tomado, en su esencia, de JOHN POWELL (Las estaciones del corazón, Sal Terrae, 1999)