miércoles, 27 de junio de 2018

ADÁN, EVA Y LA SERPIENTE

El relato el Edén no es ciertamente, una historia moral; como cualquier mito del paraíso, es un relato imaginario sobre la infancia del género humano. En Edén, Adán y Eva todavía están en la matriz; tienen que crecer, y allí está la serpiente para guiarles por el desconcertante rito de paso a la madurez. Conocer el dolor y ser consciente del deseo y la mortalidad son componentes ineludibles de la experiencia humana, pero son también síntomas de esa sensación de separación de la plenitud de ser que inspira la nostalgia del paraíso perdido.

Podemos ver a Adán, Eva y la serpiente como representantes de diferentes aspectos de nuestra humanidad. En la serpiente está la compulsión rebelde e incesante de cuestionarlo todo, crucial para el progreso humano; En Eva vemos nuestra sed de conocimiento, nuestro deseo de experimentar y nuestro anhelo de una vida libre de inhibiciones. Adán, una figura más bien pasiva, representa nuestra reluctancia  a asumir la responsabilidad de nuestras acciones. El relato muestra que bien y mal están  inseparablemente entrelazados en la vida humana. Nuestro conocimiento prodigioso puede ser fuente de beneficio y, al mismo tiempo, causa de un mal inmenso.

Los rabinos de la edad talmúdica lo interpretaron perfectamente. No vieron la "caída" de Adán como una catástrofe, porque la inclinación al mal era parte esencial de la vida humana, y la agresividad, el aspecto competitivo y la ambición que generan están vinculados a algunos de nuestros mejores logros. 

Karen Armstrong, En defensa de Dios, Paidós (Páginas 54/55).

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