'Mensaje leído al papa Francisco en la Catedral de La Habana, por una cubana al servicio de los más débiles.'
“Querido Santo Padre:
Al terminar la etapa del seminario, supe que la comunidad me enviaba a
servir a Dios y a los pobres en el Hogar de impedidos físicos y mentales “La
Edad de Oro”, tuve miedo, lloré mucho… sabía que de todas la obras en las
que estamos presentes, esta, justamente esta, sería la que más exigiría de mí.
Aún están frescas en mi corazón las palabras de una hermana: “vas a la casa de
la misericordia, la que más exige de ti, pero la mayor exigencia será que no
dejes de fijar tu mirada en Jesús. Llena de Dios sabrás abrazar la miseria
humana, eso es ser misericordiosa y sobre todo sabrás ser la madre de los
pobres”. Muchas veces cuando la misión se hace dura recuerdo estas palabras.
“La Edad de Oro” es una institución dirigida y administrada por el
Ministerio de Salud Pública, acoge a 200 pacientes de ambos sexos con distintas
patologías relacionadas con encefalopatías crónicas. Las edades oscilan entre
los 12 y 71 años; pero por su condición frágil y dependiente en cuidados,
movilidad, comprensión, comunicación, sin importar la edad que tengan les
llamamos “niños”.
Cuánto me ha sorprendido el Padre bueno regalándome la felicidad en medio
de ellos. Hoy digo con alegre certeza: el lugar donde vivo es BELLO, quienes lo
conocen saben de lo que hablo, no es precisamente en la limpieza y armonía
donde radica su belleza. Es bello porque allí, en sus hijos más débiles, habita
y se manifiesta Dios.
«Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra
sagrada…», fueron las palabras que escuchó Moisés cuando intentó acercarse a
aquella zarza que ardía sin consumirse. De la “zarza”, un arbusto silvestre y
humilde, inútil y hasta despreciado, se sirve Dios como medio para su
Revelación. Por la presencia de Dios el terreno queda bendito; por la fe, los
pies se desnudan, para sentir el contacto de la tierra consagrada en señal de
reverencia y respeto. Este es el gesto de corazón que cada día queremos vivir
en nuestro trato con los pacientes y con el personal de servicio: descalzarnos
ante el misterio de Dios latente en la vida de aquellos, que a los ojos de
muchos son invisibles, no cuentan, son valorados como carga inútil o
despreciados por ser diferentes.
Aunque la gran mayoría de los “niños” no puede articular palabras no por
eso dejan de comunicarse. Fue necesario ir adaptando mis sentidos a los suyos,
diferenciar en un grito la alegría del dolor, distinguir una mirada ansiosa que
pide atención a una que responde al saludo de buenos días. Ha sido un
aprendizaje lento. Al comienzo, todos pudieran parecer iguales y todos sus
sonidos semejantes pero se van conociendo en su personalidad única e
irrepetible. Ellos también ejercen la misericordia con nosotros, enseñándonos
con mucha paciencia a entenderlos, perdonándonos el trato brusco en algún
momento o interpelándonos con sus vidas frente a lo esencial.
Cuando regalan una sonrisa, una mirada de alegría, sé que solo por eso,
solo por hacer feliz a uno de ellos, vale la pena entregar la vida porque ya en
ellos se hace presente y se está cumpliendo el Reino: “Dichosos los pobres
porque de ellos es el Reino de los cielos”.
Querido Papa Francisco, sirva este testimonio para reconocer toda la labor
asistencial, caritativa, de misión, formación y oración a la que se entregan
generosamente las comunidades religiosas femeninas y masculinas. La vida
religiosa en Cuba, con sus diferentes carismas, en la acción y la
contemplación, busca acercarse con “amor de misericordia” a los enfermos,
niños, ancianos, discapacitados… como reconocimiento de la dignidad de cada
persona y como parte inseparable de la Buena Noticia del Evangelio, del cual,
entre todos, como Iglesia, somos testigos en medio de nuestro Pueblo, confiando
siempre en la guía de Jesucristo, Pastor Bueno y María nuestra Madre.
Santo Padre, le pido su bendición.”
YAILENE PONCE TORRES, Hija de la Caridad
