"La religión consiste en lo que creemos y en por qué lo creemos.
Consiste en tradición, institución y sistema. Construida a lo largo de siglos,
la religión pinta para el mundo un retrato de la creación y las
interrelaciones. Nos proporciona credos, dogmas y definiciones de Dios. Nos
congrega en el culto y nos recuerda que hay un mundo venidero.
La espiritualidad es el hambre del corazón humano. Busca no sólo un modo
de existir, sino una razón para existir que supere lo biológico, lo
institucional e incluso lo tradicional. Eleva la religión del nivel teorico o
mecánico al personal. Pretende hacer reales las cosas del Espíritu. Trasciende
las normas y los ritos para llegar a una concentración de sentido. Persigue con
ardor las dimensiones místicas de la vida que la religión pretende fomentar.
Cuando desarrollamos una vida espiritual que va más allá de una forma de
simple e irreflexivo apego a unos cánones de comportamiento heredados, el alma
supera la adhesión a un sistema, llegando al crecimiento anímico. La
espiritualidad pretende trascender a los funcionarios de la religión para
alcanzar por sí misma la intimidad con el misterio del universo. La
espiritualidad toma la religión en sus manos.
La religión nos da mandamientos. Las normas -conjuntos de regulaciones
que se han ido superponiendo a lo largo de los siglos- se proponen guiarnos en
nuestro modo de vivir, a fin de que podamos llegar a ser lo que pretendemos. La
religión prescribe un camino para pasar por la vida con unos ritos y costumbres
destinados a mantener un orden eterno que el alma ya no comprende. Las normas
están destinadas, aparentemente, a llevar a la Realidad Divina que las exige.
Es el cumplimiento de la norma, según el sistema nos induce a pensar, lo que
define tanto los límites como la naturaleza de nuestra espiritualidad.
Cada día en mi vida estoy menos segura de ello.
Dicho de otro modo, la religión termina donde empieza la
espiritualidad".
Joan Chittister, osb.
"Ser mujer en la Iglesia".
Sal Terrae, 2006.