lunes, 7 de abril de 2014

DOCE PASOS PARA LA RECUPERACIÓN

LOS DOCE PASOS DE LA RECUPERACIÓN.

1-   Confesamos que éramos impotentes ante nuestras dependencias y que nuestra vida se había vuelto ingobernable
2-   Llegamos a creer que un Poder superior a nosotros podía devolvernos el sano juicio.
3-   Tomamos la decisión de poner nuestra voluntad y nuestra vida en las manos de Dios.
4-    Sin miedo, hicimos un profundo y audaz inventario moral de nosotros mismos.
5-   Confesamos a Dios, a nosotros mismos y a los demás la naturaleza exacta de nuestros defectos.
6-   Estuvimos completamente listos para que Dios eliminara todos estos defectos de carácter.
7-   Le pedimos Él humildemente que eliminara nuestras imperfecciones.
8-   Hicimos una lista de todas las personas a las que habíamos lastimado y estuvimos dispuestos a reparar el daño hecho a cada una de ellas.
9-   Reparamos directamente el daño a todas las personas siempre que fue posible, excepto cuando hacerlo implicaba lastimarlos a ellos o a otros.
10-                        Continuamos haciendo nuestro inventario personal y cuando nos equivocamos, lo admitimos inmediatamente.
11-                     Tratamos, por medio de la oración y la meditación, de mejorar nuestra comunión consciente con Dios, pidiendo solamente conocer su voluntad para nosotros y el poder para llevarla a cabo.
12-                     Luego de experimentar un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratamos de llevar este mensaje a otros y practicar estos principios en todos nuestros asuntos.

( Adaptados de los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos)

Textos Bíblicos para los Doce Pasos.

Paso Uno:
1-    Como niños pequeños: Marcos 10, 13-16.
2-    Tiempo para decidir: Hechos 9, 1-9.
3-    La paradoja de la impotencia: 2 Corintios 4, 7-10.

Paso Dos:
1-    Esclavitud interior: Marcos 5, 1-13.
2-    Fe sanadora: Lucas 8, 43-48.
3-    Restauración: Lucas 15, 11-24.
4-    Cómo llegar a creer: Romanos 1, 18-20.
5-    Esperanza en fe: Hebreos 11, 1-10.

Paso Tres:
1-    Sumisión y descanso: Mateo 11, 27-30.
2-    Descubra a Dios: Hechos 17, 23-28.
3-    Devoción sin doblez: Santiago 4, 7-10.
4-    Renunciar a mantener el control: Salmo 61, 1-8.

Paso Cuatro:
1-    Señalar con el dedo: Mateo 7, 1-5.
2-    Tristeza constructiva: 2 Corintios 7, 8-11.
3-    Misericordia de Dios: Apocalipsis 20, 11-15.

Paso Cinco:
1-    Sentimientos de vergüenza: Juan 8, 3-11.
2-    Recibamos el perdón: Hechos 26, 12-18.
3-    Libertad por medio de la confesión: Romanos 2, 12-15.
4-    Escape del autoengaño: Gálatas 6, 7-10.

Paso Seis:
1-    Descubrir la esperanza: Juan 5, 1-15
2-    Eliminado, no mejorado: Romanos 6, 5-11.
3-    Actitudes y acciones: Filipenses 3, 12-14.
4-    Curación de quebrantamiento: Salmo 51, 16-19.

Paso Siete:
 1-Orgullo nacido del dolor: Lucas 11, 5-13.
 2- Corazón humilde: Lucas 18, 10-14.
 3- Declarado inocente: Romanos 3, 23-28.
 4- Al descubierto: Filipenses 2, 5-9.
 5- Los ojos del amor: 1 Juan 5, 11-15

Paso Ocho:
1-    Perdonados para perdonar: Mateo 18, 23-35.
2-    Fruto de perdón: 2 Corintios 2, 5-8.
3-    Cosechar bondad: Gálatas 6, 7-10.


Paso Nueve:
1-    Hagamos las paces: Mateo 5, 23-25.
2-    De interesados a dadores: Lucas 19, 1-10.
3-    Asuntos inconclusos: Filemón 13-16.
4-    Corazón de siervo: 1 Pedro 2, 18-25.

Paso Diez:
1-    Perdón reiterado: Romanos 5, 3-5.
2-    Cómo lidiar con el enojo: Efesios 4, 26-27.
3-    Ejercicios espirituales: 1 Timoteo 4, 7-8.
4-    Perseverancia: 2 Timoteo 2, 1-8.
5-    Mirémonos al espejo: Santiago 1, 21-25.
6-    Pecados repetidos: 1 Juan 1, 8-10.

Paso Once:
1-    Amigos de la luz: Juan 3, 18-21.
2-    Sed de Dios: Salmo 27, 1-6.
3-    Gozo en la presencia de Dios: Salmo 65, 1-4.
4-    Encontrar a Dios: Salmo 105, 1-9.
5-    Secretos poderosos: Salmo 119, 1-11.

Paso Doce:
1-    Nuestra historia: Marcos 16, 14-18.
2-    Hablemos con otros: Juan 15, 5-15.
3-    Escuchemos primero: Hechos 8, 26-40.
4-    Conversación al paso: 1 Timoteo 4, 14-16.
5-    Nunca lo olvidemos: Tito 3, 1-5.
6-    El camino angosto: 1 Pedro 4, 1-4.



PARA CONOCER Y ACOGER LA BENDICIÓN DE DIOS

Yo soy una persona a la que Dios conoce perfectamente, soy una persona CONOCIDA por Dios; yo mismo no sé a veces quién soy, pero me queda el consuelo de saber que Dios sí lo sabe, lo sabe de una manera única, conoce cada rincón de mi ser, cada luz y cada oscuridad de mi vida. Y lo mejor es que, conociéndome como me conoce, soy también una persona AMADA por Dios.
Soy además una persona LLAMADA por Dios; llamada desde la eternidad y para la eternidad. Es evidente que a ese llamamiento respondo mal y que a ese amor que Él me da soy muy a menudo infiel. Por eso soy también una persona PERDONADA por Dios. NO debemos vivir con sentimientos de culpa, pues vivimos bajo el signo del perdón, bajo el signo de la Gracia.

Soy una persona ENRIQUECIDA por Dios: por todo lo que la naturaleza me ha dado, por la Gracia de Dios que me acompaña siempre, por los dones y la fuerza del Espíritu, que habita en mí. Puedo decir aquello de San Juan de la Cruz: “Todo es mío, porque Cristo es mío y todo para mí”.
Soy una persona ENVIADA por Dios a vivir en la luz de su Gracia, a anunciar su Reino, a dar el fruto de su Espíritu; enviada a la región de la paz, de la alegría y del amor.
Soy, definitivamente, una persona BENDECIDA por Dios.


Puedes leer: Romanos 8, 31-39.

P.Manuel Valls, ocd.

domingo, 6 de abril de 2014

RESURRECCIÓN Y VIDA




Meditación-contemplación


Yo soy la Vida más allá de lo biológico.

Se trata de la Vida que no termina, la definitiva.

Es más que la misma Vida de Dios, comunicada al hombre.

Es la ÚNICA VIDA que lo inunda todo.

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No es algo que Dios nos da o deja de darnos.

Es el mismo Dios comunicando su mismo ser.

Su ser que es el centro de nuestro verdadero ser.

Jesús nos invita a descubrir y a vivir esa realidad.

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Esa Vida divina no interfiere con la vida biológica.

La biología sigue sus propias leyes.

Esas leyes no impiden la Vida, sino que la hacen posible.

Ni siquiera la muerte tiene repercusión alguna en la Vida.

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Fray Marcos

viernes, 4 de abril de 2014

LA CRUZ, EXPERIENCIA Y SÍMBOLO

“La cruz es un símbolo importante en todas las religiones; el cristianismo no descubrió la cruz. La cruz, en todas las culturas, es un símbolo cósmico y un símbolo de la bendición que los dioses conceden a los seres humanos, un símbolo de vida y felicidad. Todo esto, independiente de lo que representa la cruz a partir de Cristo, para el cristianismo y toda la cultura occidental. Es un símbolo de salvación, que apunta a la verdadera vida, que nos indica cómo la vida se hace plena. La señal de la cruz que hacen los cristianos, con la que se marcan la frente, con la que suelen bendecir, es un sello escatológico, un sello de salvación para el final de la historia, y un símbolo de propiedad, protección y bendición. Quien se persigna pertenece a Cristo, se consagra a Él y se une a él de una manera particular; podemos decir que se hace Cristo”.

“La Cruz es la expresión del sufrimiento y la muerte de Jesús, últimas consecuencias de su plena humanización. Dios se entrega a nosotros en la persona de Jesús; desciende a nosotros, se inclina para lavarnos los pies, recibe nuestros pecados y los abraza con su amor. Los capítulos 13-17 y 18-21 del Evangelio de Juan expresan el sentido de esa entrega. Con la partida de Jesús no quedamos huérfanos, recibimos su Espíritu, y así nuestra comunión con él será hasta el fin del mundo (Juan 14, 19). Jesús nos dice así en quienes nos hemos convertido a compartir con él su cruz y su resurrección: hemos recibido la vida, una vida nueva. La palabra VIDA es clave para entender a cabalidad el mensaje del Evangelio de Juan; se trata de la vida verdadera, la vida en abundancia. Esta vida, cuya fuente es Jesús, está en nosotros. Al entrar en contacto con esa fuente interior, entro en contacto con la fuente de vida que hay en mí. Así, se nos invita a mirar la cruz como expresión de este misterio, recordando las palabras del Maestro: Ustedes están en mí, y yo en ustedes… Permanezcan en mi amor”.


“Tenemos forma de cruz: Si alguien quiere venir conmigo, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame. ¿Qué significa negarse uno a sí mismo? No es dejar de ser yo mismo, sino superar el plano del ego, soltar el yo para llegar a mi esencia propiamente dicha, a mí mismo, a esa fuente vida de la que hablamos antes, donde Dios y yo somos uno. Cargar la cruz no supone tratar de hacerme yo mismo la vida más difícil, buscar todo el tiempo sacrificarme y renunciar, sino RECONCILIARME CON LA VIDA, con la vida que a menudo me exige, me duele y me crucifica sin que yo lo quiera. Cargar la cruz significa aceptarme con mis contradicciones, percatándome de lo bueno y lo malo que hay en mí, de la luz y la oscuridad, de la bondad y del odio, de la ternura y el sadismo, de mi parte masculina y mi parte femenina. Debo aceptarlo todo como parte de mí, animado por la invitación de Jesús. Es este, mi ser, con todas sus contradicciones, limitaciones y fallos, al que Jesús llama seguirle. Por eso, en esencia, podemos decir que tenemos forma de cruz, y estamos clavados a nuestro propio ser… la tentación está en querer descender de esa cruz o en buscar otra, a nuestro capricho y conveniencia. Pero si la aceptamos, descubriremos en nosotros mismos un centro que sostiene todo aquello que somos. La cruz nos hace amplios cuando la aceptamos (los brazos abiertos), nos abre a Dios y al prójimo”.


“La cruz es un símbolo de humanización: nunca estuvo tan cerca Jesús de nosotros como cuando compartió en su humanidad nuestro abandono, nuestro sufrimiento y nuestra muerte. La cruz, en cuanto símbolo misionero, más que invitar al ser humano a volverse a Dios, le invita a mirarse a sí mismo, es su hondo misterio, pues es ahí donde Dios habita. “Conócete a ti mismo”, invitan los filósofos y los santos, como primer paso para llegar a lo Divino. Así, la cruz es el símbolo del humanismo occidental, de la imagen del ser humano en su misterio. La cruz es la figura de la auténtica humanidad, y muestra el camino de la verdadera humanización, que implica decir sí a las contradicciones que viven en nosotros. Como personas, pertenecemos tanto a la tierra como al Cielo, estamos entre la luz y la oscuridad, entre Dios y el prójimo, entre el hombre y la mujer, entre la altura y la profundidad, entre el bien y el mal. La persona es una cruz, cuyo tronco descansa en la tierra, porque ahí pertenecemos, pero apuntando al cielo, y abierta en busca de unidad. El cruce de la línea vertical con la horizontal simbolizan el centro de la persona. Si estamos firmes en ese centro, no somos desgarrados por las contradicciones, y no nos perdemos en la relación con los otros. Nuestra mirada parte siempre de ese centro, que no separa, sino que une y da sentido. Sólo alcanzamos nuestra integridad cuando reunimos las contradicciones en nosotros y las soportamos. La cruz pone orden en nuestra vida, y manifiesta nuestra salvación en cuanto aceptamos nuestra propia división, soportamos los conflictos sin resolver, abriéndonos para que entre Dios y ocupe el centro”.

(Notas tomadas a partir de la lectura de Anselm Grün).
Aunque están entrecomillados los textos, no son copias literales sino relecturas, a partir de mi propia comprensión de las ideas recogidas.

miércoles, 2 de abril de 2014

KRISHNAMURTI: CONSIDERAR EL SEXO DE OTRA MANERA.

KRISHNAMURTI es uno de mis maestros. Él no era propiamente cristiano, pero su comprensión de la realidad, sus enseñanzas, consiguen que todo camino espiritual acabe siendo más auténtico y liberador.A continuación comparto algunos textos de K, relacionados con la vivencia de la sexualidad:

De un diálogo entre Krishnamurti y Asit Chandmal: “No estoy contra el sexo. Es natural cuando se es joven. Pero ahora, mira si puedes considerar el sexo de otra manera.
- ¿Qué quiere decir con eso? – pregunté.
- No lo reprimas, pero no te le entregues. Y no huyas de él.
- ¿Entonces qué haré si no lo reprimo, si no le huyo, y si no me entrego a él?
- Inténtalo; ya verás.
Lo intenté. Sentí una energía asombrosa, una sensación de estar totalmente vivo. Dijo que podía percibir el cambio en mí. La sensación duró una semana y nunca he podido recobrarla”.


“El sexo es un escape cuando es la única cosa en donde usted se siente libre de la diaria miseria, del esfuerzo y la contradicción cotidiana; y así es como el sexo resulta ser una puerta por la cual usted puede escapar. Y si escapa de tal modo, ese mismo escape engendra temor. Pero si se da cuenta lúcidamente de que ello es un escape, entonces todo cambia”. (K)


Para seguir reflexionando en el vínculo entre cuerpo y espíritu, les propongo estas notas que tomé hace unos años mientras leía a Krishnamurti. Son notas que parten de la propia necesidad personal de quien las toma, en busca de respuestas, y complementan, enriquecen y ayudan a la visión cristiana del tema.

Para Krishnamurti, la mente es la generadora del problema sexual:
1- El conflicto: ¿El problema es el acto sexual o el pensamiento acerca de él? ¿Por qué a hombres y mujeres nos obsesiona tanto el sexo? ¿Lo que siento en mi cuerpo me hace pensar? Es la mente la que prefiere ocuparse con eso, porque le sirve para evadirse. Mientras pienses en el sexo o lo practiques, puedes olvidarte completamente de ti mismo. Parecería que no hubiera ninguna otra manera mejor de lograrlo.
2- La explicación: ¿Mis negocios, mi religión, mis actividades políticas y sociales? Todo lo que hago me placer. Eso es lo que crees. Todo eso acentúa y da vigor a tu “yo”. La única vía de escape es ese momento sexual en el que te olvidas de tu yo y crees ser feliz. Pero se trata de una felicidad que tapa tu sufrimiento.
3- La Resolución: ¿Cómo hacer convivir lo espiritual con tanta insinuación sexual? ¿Debo ser casto? El problema sólo cesa cuando el yo es olvidado y se torna inexistente. Represión no es castidad. La castidad no es una virtud que merezca ser cultivada. Sólo conocerás la castidad cuando tengas verdadero amor… Y el amor no es de la mente.

La mente desconoce el amor, y sin amor no hay castidad. Cuando hay amor, lo sexual no se convierte en problema. El problema no es sexual, sino de educación

(Lo anterior está tomado del libro “Krishnamurti para principiantes”. Autores:; Juan Carlos Kreimer y Martín Arvallo. Colección Era Naciente. Errepar).

“…Hay que comprender el hábito antes de que podamos esperar resolver problemas sensorios y emocionales. Estos problemas no se superan mediante meras resoluciones y por el simple ejercicio de la voluntad, sino volviéndose reflexivos. El hábito, la costumbre es, por su misma naturaleza, irreflexivo, y la irreflexión no genera libertad. Hacemos algo irreflexivamente en nuestra juventud, lo cual gradualmente se vuelve un hábito; si nos decimos que no debemos ceder a ese hábito, la constante determinación de no ceder sólo crea otro hábito. Es únicamente comprendiendo el hábito, percatándonos de él, tornándonos reflexivos al respecto, que podemos ponerle fin” (K)

“El sexo se convierte en un gran problema puesto que, a través de él, escapamos del estrecho y compulsivo ego. Es un alivio, y así se convierte en un hábito. El hábito es irreflexión. Tenemos que volvernos reflexivos tornándonos atentos. A través de la atención comenzamos a percibir los múltiples hábitos de pensamiento y sentimiento. Estos hábitos tienen que ser cuidadosa y plenamente considerados y percibidos y han de verse todas las implicaciones de los mismos” (K)

(Estos textos tomados de Boletín Fund. K, sept, 1989)

lunes, 31 de marzo de 2014

AMOR, LIBERTAD Y PERDÓN

Hay tres palabras claves para entender la propuesta de Jesús, la fe cristiana: amor, libertad y perdón. El amor lo dice todo, es la realidad que define a Dios, en la medida en que Dios pueda ser definido. "Dios es amor", dice Juan, y el que ama, le conoce; quien no ama no conoce a Dios. Por eso Jesús nos invitó a amar para poder entrar en la dinámica del Reino: "Ámense unos a otros como yo les he amado". Jesús habla también de Verdad, pero la verdad que propone Jesús no es conceptual, no son dogmas, no son leyes, sino es su persona, viva, dinámica, diversa. Entrar en contacto con Jesús, que es la Verdad de Dios, nos hace libres; con una libertad que nada ni nadie nos puede arrebatar. El perdón tiene que ver con la comunidad, porque el perdón de Dios lo recibimos unos de otros, no es un perdón abstracto, sino concreto, en la convivencia de cada día tenemos que aprender a perdonar, para poder andar. 
Desde esas tres coordenadas: amor, libertad y perdón, está construida la comunidad de Jesús, la Iglesia, que como Jesús, es humana y divina. Hay en ella de inmanencia y de trascendencia, está la institución y está el misterio. Ambas cosas son necesarias, ambas cosas son importantes, porque sin encarnación no hay salvación. No obstante, hay que cuidarse para no confundir las prioridades, para no quedarse en el dedo que apunta a la luna, en lugar de mirar la luna. Todo en ella nos ayuda a conectar con Jesús: la Palabra, los sacramentos, los dogmas, los preceptos. Pero ellos no son Jesús. Amar a la Iglesia es saber que ella es medio, y no fin. Amar a la Iglesia es ejercer en ella también la dimensión profética de nuestro bautismo. También la Iglesia, toda ella, necesita conversión, necesita escuchar, necesita crecer. Debemos amarla entrañablemente, mirarla con misericordia, pero no divinizarla, no adorarla ciegamente, no asumir una postura pasiva y receptora sin reflexión y juicio propio. Nada de eso tiene que ver con el amor.

La fe me enseña a amar, me hace amor. La fe me ayuda a vivir en libertad, me hace libre. La fe me ayuda a perdonar, me hace reconocer la vulnerabilidad de todo lo humano, y la necesitar de abrirnos a lo trascendente.

La fe me hace descubrir la hermosura de nuestra humanidad, frágil y falible, esa por la que Jesús murió y resucitó.

miércoles, 26 de marzo de 2014

DOS FÁBULAS

Las fábulas, como los mejores postres, tienden a deleitar porque ofrecen siempre algo nuevo a la conciencia de las personas. Una fábula sin enseñanza es como un pastelillo sin decorado.
El propósito de una fábula consiste en mostrar las virtudes o defectos de la gente por medio de historias protagonizadas por animales, dioses o cosas. Las fábulas son como
un espejo o un teatro en el que todas las personas se miran a sí mismas. De este modo, pueden mejorar su forma de ser. En último término, las fábulas, antiquísima forma de enseñanza, ofrecen
al ser humano la mayor perla que en el mundo pueda existir: la sabiduría.


"En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de máquinas, vivía, no hace mucho tiempo, un perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto. Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser hombre, excepto por el hecho de que mordía, movía la cola cuando encontraba algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente la luna".


"Enamorada una gata de un hermoso joven, rogó a Afrodita que la
cambiara en mujer. La diosa, compadecida de su pasión, la transformó en una preciosa muchacha, y entonces el joven prendado de ella la llevó a su casa. Hallándose los dos descansando en la alcoba nupcial, quiso saber Afrodita si al cambiar de cuerpo la gata había mudado también de carácter, y soltó un ratón en el centro de la alcoba. Olvidando la gata su condición presente, se levantó del lecho y persiguió al ratón para comérselo. Entonces la diosa, indignada contra ella, la volvió a su primer estado".