"Vuelve, por favor, vuelve, quien quiera que seas, religioso, infiel, hereje o pagano. Aunque hayas hecho cien promesas y cien veces las hayas roto, esta puerta no es la puerta de la desesperanza y la frustración. Esta puerta está abierta para todos. Ven, ven, tal como seas". (Rumi)
He podido ver dos recientes cintas cubanas: “Verde, verde”, y “Juan de los muertos”; esta última en una copia malísima, tomada en un cine directamente, moviéndose constantemente, pero como adelanto y para tener una idea, está bien. Ya esperaré una versión mejor más adelante. En cuanto a “Verde, verde”, creo que es un poco artesanal en cuanto arealización, concepto teatral, y ciertas pretensiones simbólicas que no siempre son comprensibles, pero el conflicto es interesante y desafía mentalidades rígidas y prejuicios sociales. En cine español varios títulos: “Amigos”, “Pájaros de papel”, “No controles”, “Flores de otro mundo” y “Carne de neón”. Disfruto muchísimo del cine español, empato bien con buena parte de sus conflictos, y algunos de sus personajes están muy bien hilvanados y actuados. La película “Amigos” es una comedia que va en la misma línea de “Primos”, que vi recién, y “No controles”, es una comedia romántica, ligera y sin el vuelo de las otras, pero entretenida. En “Flores de otro mundo”, película de 1999, aparece una realidad muy actual, compleja y dolorosa, y “Carne de neón” es una excelente película, buena historia, buenas actuaciones, en la línea espectáculo del cine norteamericano, pero sin perder el arte que caracteriza al cine europeo. En estas películas aparecen dos actores jóvenes que parece están en su momento de gloria en el cine español: Unax Ugalde, y Mario Casas, porque aparecen con mucha frecuencia; a mi parecer el segundo se repite un poco en sus caracterizaciones (También lo vi en “El barco”), pero tiene madera, me recuerda a Barden, lo mismo que el primero me hace pensar en Jorge Sanz.
En una librería de libros viejos en Matanzas encontré un folleto sobre cine publicado en Cuba en los años 60, muy al comienzo, escrito por Mirta Aguirre, en el que critica el neorrealismo italiano, y lo confronta con el realismo socialista, por supuesto superior según su criterio; esta señora, poeta además, era comunista de la vieja guardia, de los de Stalin, enfrentados en ese momento al ICAIC, que apostaba justamente por el neorrealismo, pues sus fundadores eran discípulos de Zabatini. Fueron estos comunistas de la vieja guardia los que al final ganaron y se hicieron con la cultura cubana, lamentablemente, y fueron responsables de lo que se ha llamado “el quinquenio gris”, que más bien fue negro y casi decenio. Ahí padecieron su calvario gente como Lezama Lima, Virgilio Piñera, Antón Arrufat y tantos otros.
He estado leyendo bastante en estos días; terminé la novela “Alguien voló sobre el nido del cuco”, que es una parábola sobre la libertad individual frente a los poderes fácticos, lo que la novela llama “el tinglado”, que busca siempre domesticar a los rebeldes. También he leído “Sangra por la herida”, de la cubana Mirta Yañez: historia contada a saltos, muy al uso en cierta novela contemporánea, y que deja un fuerte sentimiento de frustración y dolor, frente a procesos históricos que ignoran y frustran los destinos individuales. La historia gira en torno a un grupo de personajes que fueron jóvenes en la década del 60 del pasado siglo, y que ahora rinden cuentas, a partir del recuerdo de una chica que entonces, y a causa de las presiones ideológicas de la época, se suicidó. Dice la autora que a menudo la gente evoca con nostalgia aquellos años, y que ella quiere salvar la memoria de lo que realmente sucedió. Cuando cierras el libro, tras leer la última página, el sentimiento es de impotencia y frustración, y me hizo recordar lo que sentí hace años cuando leí las memorias de la que fuera compañera (amante) de Boris Pasternak, o cuando leí recién “El hombre que amaba a los perros”, de Padura. También estuve repasando algunos de los libros que recibí en PDF, como la “Historia de la teología cristiana”, de Evangelista Vilanova o “La religión en la ciudad secular”, de Harvey Cox., o “After dark”, de Murakami. Leer y leer para alejar las nubes oscuras que a veces asoman por el horizonte, inevitablemente.
Estuve leyendo algunos artículos de la revista ESPACIO LAICAL, publicada por la arquidiócesis de la Habana, en torno a los cambios que se implementan en la isla y sus posibles repercusiones. Algunos son bastante osados para nuestro contexto, y de hecho esa publicación se ha convertido en uno de los foros de opinión más activos del momento en el país, a pesar de que su difusión formal es limitada. Lo bueno es que cuando los canales de información habituales no fluyen, entonces aparecen vías alternativas que brotan de la imaginación de los ciudadanos.
Estuve leyendo un artículo de Gustavo Arcos (vecino de Sol), crítico, profesor universitario, sobre audiovisual en Cuba, y reconocía que en la isla la literatura, artes plásticas y cine han estado a la vanguardia siempre en su función crítica de la sociedad, pero la prensa, escrita, radial o televisiva, ha presentado siempre una realidad idealizada, el “debe ser” más que lo que es, y por eso sigue resultando alienadora.
También en el mismo sitio, el último número de “La gaceta de Cuba”, aparece una entrevista con Fernando Pérez, director cinematográfico (Clandestinos, Madagascar, La vida es silbar, Suite Habana, El ojo del canario); le preguntan qué consejo puede dar a los más jóvenes y contesta:
“Ninguno. No me gustan los consejos. Siempre que voy a dar uno me siento viejo y autoritario. Recuerdo que en mi vida me han dado muchos consejos y casi nunca los he seguido. Uno tiene que encontrar dentro de sí mismo su propia verdad. La única experiencia que puede trasmitir es que uno siempre tiene que escucharse a sí mismo y ejercer su criterio propio. Esa es mi verdad”.
Cerrando el número de la Gaceta, un artículo de dos páginas de Juan Antonio García Borrero, sobre esplendor y decadencia del audiovisual cubano, “una pérdida del público de masas que antes tenía el cine, a favor de la televisión”, no la oficial, sino los nuevos formatos independientes, y la tentación de acudir al control y la censura como otras veces; él invita a pensar en “cómo devolverle al espectador su libertad para que enfrente críticamente aquello que le ofrecen, y no sólo devolverle ese derecho sino estimularlo para que haga uso de él”. Así termina diciendo: “Aprender a ver cine es otro modo de aprender a leer críticamente el mundo”.Esta última frase me la apropio, creo que es real, y no sólo respecto al cine, sino también a la literatura, y cualquier otra manifestación artística.
¿Dime, qué hago ahora? Alguien me ha pasado un correo esta mañana, diciéndome que has muerto. Así, sin preámbulos, y es como si alguien me hubiera dicho que el mundo se acabó. Hace apenas unos días me hablabas de que a los 50 la vida estaba otra vez comenzando, que tendríamos muchas cosas por vivir de ahora en adelante, y vuelvo a preguntarte: ¿Qué hago ahora? Porque cada cosa que hago, miro o pienso me lleva a ti, y no me queda otra cosa sino sentarme a escribirte esta carta, como lo he venido haciendo semana tras semana desde hace ya más de tres años.
Estábamos llenos de planes para compartir. El lunes, cuando hablamos (lo hemos hecho lunes tras lunes desde que volví de España), me preguntaste sobre lo que haríamos en el verano; ya estabas buscando las ofertas para venir en julio, y entonces conversaríamos de muchas cosas, del futuro. Pero la vida es una cabrona, ya lo ves, y de pronto no estás, y yo me he quedado sin futuro, sin sueños, sin tu cercanía, y sobre todo, sin tu amor.
Todavía no me lo creo, es la verdad, por eso te escribo (creo que lo seguiré haciendo durante un buen tiempo); ahora mismo tampoco tengo idea de lo que haré con mi vida, pues tu sembraste una inquietud en mí, un fuego, que no sé cómo apagar.
El día de mi cumpleaños, hace apenas semana y media, me recitaste en el teléfono la letra de una canción, cubana, que canta Pitingo en el hermoso disco que me hiciste llegar. La estoy escuchando una y otra vez, y si aquel día, mientras te escuchaba, la iba tarareando, ahora te la escribo como último reclamo:
Revisar cosas guardadas tiene un peculiar encanto. Desempolvar papeles, cartas, hojas con apuntes, teléfonos, o más reciente, direcciones de correo electrónico, trae a la memoria múltiples recuerdos. Suele decirse que “recordar es volver a vivir”, aunque no todo merece ser recordado, e incluso, pienso, no es recomendable despertar ciertos recuerdos; pero en fin, hablaba de revisar papeles guardados, y eso, ahora mismo, me hizo volver a disfrutar de un montón de cosas.
Era mi costumbre llevar siempre conmigo unas buenas tijeras para recortar lo que de interés hallaba en periódicos y revistas en mis viajes por el mundo (que no han sido tantos, pero sí suficientes para descubrir un montón de cosas nuevas). Por eso tengo recortes de periódicos por todas partes: noticias, artículos, fotos, anuncios. Tenerlos a mano, releerlos, es disfrutarlos de nuevo, y traer a la memoria otro momento de la vida. No soy un nostálgico empedernido, para nada, pero, como se dice, “que me quiten lo bailado”, y claro que me gustaría repetir la fiesta.
Entre mis “fiestas” favoritas, lo digo siempre, están los momentos en que puedo disfrutar de un montón de periódicos y revistas, casi como un banquete de informaciones de toda índole. Tengo amistades a quienes les parece suficiente la prensa nacional, la de isla; a mí, para nada, aunque suelo leerla siempre que puedo y me resulte de interés, que no es muy a menudo. En cuatro o cinco páginas no hay mucho, y si dedicas la mitad de ellas a temas tales como la producción de semillas en un pueblo de provincia, pues qué te diré.
Eso sí, disfruto, por ejemplo, de las revistas literarias, como “La Gaceta de Cuba”, o algunas revistas eclesiales, “Espacio Laical”, a veces “Palabra Nueva”, y alguna publicación sobe cine y televisión.
Kart Rahner (1904-1984), que dominó el pensamiento católico a mediados del siglo XX, insistía en que la teología no era un conjunto de dogmas, trasmitido mecánicamente como si fuera una verdad evidente por sí misma. Estas enseñanzas deben estar arraigadas en las condiciones reales en las que viven hombres y mujeres, reflejando la manera en que conocen, perciben y experimentan la realidad. La gente no llegará a conocer lo que Dios es resolviendo adivinanzas doctrinales, demostrando la existencia de Dios o emprendiendo una abstrusa búsqueda metafísica, sino haciéndose consciente del mecanismo de la propia naturaleza.Rahner abogaba por una versión de lo que el Buda había llamado “conciencia”. Cuando nos esforzamos por entender el mundo, vamos constantemente más allá de nosotros mismos en nuestra búsqueda de comprensión. Así, cada acto de conocimiento y cada acto de amor es una experiencia trascendente, porque nos compele a ir más allá del prisma de la individualidad.Constantemente, en nuestra experiencia cotidiana, tropezamos con algo que nos lleva más allá de nosotros mismos, por eso la trascendencia está incorporada a la condición humana.
Rahner subrayaba la importancia del misterio, que es simplemente un aspecto de la humanidad. Lo trascendente no es un complemento, algo separado de la existencia normal, pues significa “ir más allá”. Cuando conocemos, escogemos y amamos a otros seres de este mundo, tenemos que salir de nosotros mismos; cuando tratamos de ir más allá de todos los seres particulares, nos movemos hacia lo que está más allá de las palabras, los conceptos y las categorías. Ese misterio, que desafía toda descripción, es Dios. Las doctrinas religiosas no están destinadas a explicar o definir el misterio; son simplemente simbólicas. Una doctrina articula nuestro sentido de lo inefable y nos hace conscientes de ello. Una afirmación dogmática, por lo tanto, es “meramente el medio de expresar un ser remitiéndose más allá de sí mismo y de cualquier cosa imaginable”.
(Tomado de: “En defensa de Dios”, de KarenArmstrong, Paidós, 2009)