domingo, 13 de marzo de 2022

ACERCA DE LA TRANSFIGURACIÓN

“La inmensa mayoría de las interpretaciones del relato de la Transfiguración apuntan a una manifestación de la “gloria” como preparación para el tiempo de prueba de la pasión. Además de que el intento falló totalmente, esto sería una manifestación trampa. Cuando interpretamos la “gloria” como lo contrario a lo normal, nos alejamos del verdadero mensaje del evangelio. El sufrimiento, la cruz, no puede ser un medio para alcanzar lo que no tenemos. En el sufrimiento está ya Dios presente, exactamente igual que en lo que llamamos glorificación.

La “gloria de Dios” no tiene nada que ver con la gloria humana. En Dios, la gloria es simplemente su esencia, no algo añadido. Dios no puede ser glorificado, porque nunca puede estar sin gloria. Cuando hablamos de la gloria divina de Jesús, aplicándole el concepto de gloria humana, tergiversamos lo que es Jesús y lo que es Dios. Si en Jesús habitaba la plenitud de la divinidad, quiere decir que Dios y su “gloria” nunca se separaron de él. Jesús hombre sí podría recibir gloria: cetros, coronas, solios, poder, fama, honores... Cuando queremos añadírselo después de su muerte, no es más que la gran tentación.

El evangelio nos dice que no tenemos nada que esperar para el futuro. La buena noticia no está en que Dios me va a dar algo más tarde, aquí abajo o en un hipotético más allá, sino en descubrir que todo me lo ha dado ya (El reino de Dios está dentro de vosotros). En Jesús está ya la plenitud de la divinidad, pero está en su humanidad. La divinidad de Jesús no se puede percibir por los sentidos ni deducir de lo que se percibe. De fenómenos externos no puede venir nunca una certeza de la trascendencia, por muy espectaculares que parezcan.

Todo lo que Jesús nos pidió que superáramos, lo queremos reivindicar con creces, solo que un poco más tarde. Renunciar ahora para asegurarlo después, y para toda la eternidad, es la mejor prueba de que seguimos esperando la salvación a nivel de nuestro ego. Jesús acaba de decir a los discípulos, justo antes de este relato, que tiene que padecer mucho; que el que quiera seguirle tiene que renunciar a sí mismo. Jesús nos enseñó que debemos deshacernos de la escoria de nuestro ego para descubrir el oro de nuestro verdadero ser. Seguimos esperando de Dios que recubra de oropel la escoria para que parezca oro. 

Lo divino en nosotros no es lo contrario de nuestras carencias. Es una realidad compatible con las limitaciones, que son inherentes a nuestra condición de criaturas. Después de Jesús, es absurda una esperanza de futuro. Dios nos ha dado ya todo lo que podría darnos. Se ha dado Él mismo y no tiene nada más que dar (San Juan de la Cruz). Claro que esto da al traste con todas nuestras aspiraciones de “salvación”. Pero precisamente ahí debe llegar nuestra reflexión:

 ¿Estamos dispuestos a aceptar la salvación que Jesús nos propone, o seguimos empeñados en exigir de Dios la salvación que nosotros desearíamos para nuestro falso yo?”.

Fray Marcos
Fe Adulta

lunes, 7 de marzo de 2022

LOS MIEDOS DE LA IGLESIA

 
"Probablemente es el miedo lo que más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad, pero hay sobre todo miedo a correr riesgos. Hemos comenzado el tercer milenio sin audacia para renovar creativamente la vivencia de la fe cristiana. No es difícil señalar alguno de estos miedos.

Tenemos miedo a lo nuevo, como si «conservar el pasado» garantizara automáticamente la fidelidad al Evangelio. Es cierto que el Concilio Vaticano II afirmó de manera rotunda que en la Iglesia ha de haber «una constante reforma», pues «como institución humana la necesita permanentemente». Sin embargo, no es menos cierto que lo que mueve en estos momentos a la Iglesia no es tanto un espíritu de renovación cuanto un instinto de conservación.

Tenemos miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo buscar la fidelidad al evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar; nos inhibimos cuando deberíamos intervenir. Se prohíbe el debate de cuestiones importantes, para evitar planteamientos que pueden inquietar; preferimos la adhesión rutinaria que no trae problemas ni disgusta a la jerarquía.

Tenemos miedo a la investigación teológica creativa. Miedo a revisar ritos y lenguajes litúrgicos que no favorecen hoy la celebración viva de la fe. Miedo a hablar de los «derechos humanos» dentro de la Iglesia. Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el espíritu de Jesús.

Tenemos miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el «ministerio del juicio y la condena», sino el «ministerio de la reconciliación». Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús. Difícilmente se dirá hoy de la Iglesia que es «amiga de pecadores», como se decía de su Maestro.

Según el relato evangélico, los discípulos caen por tierra «llenos de miedo» al oír una voz que les dice: «Este es mi Hijo amado... escuchadlo». Da miedo escuchar solo a Jesús. Es el mismo Jesús quien se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Solo el contacto vivo con Cristo nos podría liberar de tanto miedo".

(José Antonio Pagola, Fe adulta)

miércoles, 2 de marzo de 2022

GESTOS Y SÍMBOLOS CRISTIANOS: LA CENIZA

Entre los signos característicos y los gestos simbólicos con que expresamos el camino de la Cuaresma hacia la Pascua (el ayuno, el color morado, el silencio del aleluya, el viacrucis…) la imposición de una cruz de ceniza en la frente o en la cabeza de los fieles el Miércoles de Ceniza es uno de los más representativos.

En realidad, no es un rito tan antiguo; en los primeros siglos se expresó con ese gesto el camino cuaresmal de los “penitentes”, o sea, del grupo de pecadores que buscaban recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo, a las puertas de la Pascua, con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban de ese modo su arrepentimiento y voluntad de conversión.

Fue hacia el siglo XII, ya desaparecida la institución de los penitentes como grupo, que la Iglesia redescubre el gesto de la ceniza para todos los fieles. Al comienzo de la Cuaresma toda la comunidad se reconocía pecadora, y ayudada con este gesto, actualizaba su deseo de conversión.

En la reforma posterior al Concilio Vaticano II este rito de reorganizó para hacerlo más expresivo y educador; dejó de celebrarse al comienzo de la celebración y se pasó al momento posterior a las lecturas bíblicas y la homilía, para destacar que es la escucha de la Palabra de Dios la que nos impulsa a la conversión, dando contenido y sentido a ese gesto simbólico.

Se puede hacer la imposición de la ceniza fuera de la Eucaristía, pero siempre en un contexto de escucha de la Palabra. Se conservó además la fórmula clásica de la imposición: “acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”, añadiendo otra: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. La primera está inspirada en Gn3,19, y la segunda en Mc1,15, y ambas se complementan: una nos recuerda la caducidad humana, y la otra apunta a la actitud interior de conversión a Cristo y su Evangelio, actitud propia de este tiempo litúrgico.

¿Qué significa el gesto de la ceniza?

1. El primer sentido que nos puede recordar la ceniza es nuestra condición débil y caduca; la ceniza es lo que queda cuando se queman las cosas, y también las personas. Es un símbolo muy presente en la Biblia: Adán fue creado del polvo, su mismo nombre refiere a la tierra, y volverás a la tierra, le dice Dios (Gn3,19). El polvo de la tierra es el origen y el destino del ser humano, en lenguaje metafórico y también realista. La palabra “humildad” viene de humus, tierra: “todos caminan hacia una misma meta: todos han salido del polvo y al polvo retornan” (Qo3,20). Hay grandeza en el ser humano, como imagen de Dios y señor de la creación, pero a la vez el ser humano no es nada: su fragilidad, su caducidad, su marcha inexorable hacia la muerte, nos traen pensamientos de meditación y humildad, para no dejarnos envanecer por los fuegos fatuos de la vida presente. La misma ceniza que usamos, sacada de la quema de las palmas del Domingo de Ramos del año anterior nos recuerdan que lo que fue signo de victoria y de vida, se convierte ahora en mera ceniza. No invita todo esto a la angustia, pero sí a la seriedad (no casualmente viene este tiempo y rito después del carnaval).

2. También la ceniza de este día es signo de penitencia y conversión; expresa la tristeza por el mal que hay en nosotros y del que queremos liberarnos en nuestro camino a la Pascua. Además de caducos, somos pecadores, y las lecturas bíblicas que preceden al signo son llamadas apremiantes a la conversión. Iniciamos, dice la oración colecta, el “combate cristiano contra las fuerzas del mal”. En la Biblia la ceniza aparece como gesto simbólico que expresa la actitud de penitencia interior, el dolor ante las malas noticias o las calamidades, el arrepentimiento ante lo mal hecho.


3. Pero también aparece la ceniza como expresión de una plegaria intensa, con la que se quiere pedir la salvación a Dios. Cuando la comunidad cristiana quiere empezar su camino de liberación, su “subida a Jerusalén”, unida a Cristo, anhelando verse libre del mal y entrar en la Vida Nueva de la Pascua, es bueno intensificar la oración con gestos como este, que es al mismo tiempo acto de humildad, de conversión y súplica ardiente ante el que todo lo puede, incluso llenar de vida nueva nuestras existencias.

4. Finalmente, la imposición de la ceniza no es un gesto que simplemente recuerda la muerte, nuestra caducidad y pecado. Con ella empezamos el camino de la Cuaresma, que es camino de la Pascua; no es un gesto aislado, ni mucho menos masoquista, sino signo de comienzo, todo comienzo tiene un meta al otro extremo: Somos llamados a la vida, a participar de la resurrección de Cristo. Venimos del polvo y al polvo volvemos, pero esa no es toda nuestra historia ni todo nuestro destino. Son cenizas de resurrección las del comienzo de la Cuaresma, cenizas pascuales. Nos recuerdan que la vida es cruz, muerte, renuncia, pero a la vez nos aseguran que el programa pascual es dejarse alcanzar por Cristo, por la Vida Nueva y Gloriosa del Señor Jesús. Así como el barro de Adán, por el soplo de Dios, recibió vida, así mismo nuestro barro de hoy, por la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús, está destinado también a darnos Vida. De estas cenizas, Dios saca vida, y del grano que se hunde en la tierra, recoge frutos; a través de la cruz, Cristo fue exaltado a la vida definitiva, y a través de la cruz el cristiano es incorporado a la corriente de vida pascual de Cristo.

En fin, que la Cuaresma empieza con el gesto de la ceniza, pero acaba con el agua de la noche pascual; desde ese primer momento de la imposición de la ceniza, la Cuaresma es “sacramento de la Pascua”, signo pedagógico y eficaz de un éxodo, de una liberación, de un tránsito de la muerte a la vida. Ceniza al principio, y agua al final; la ceniza ensucia, habla de destrucción y muerte; el agua limpia, y es fuente de la vida en la Vigilia Pascual. También enlaza esta ceniza con el fuego vivo del Cirio Pascual, signo de renovación y vida resucitada; de la ceniza al fuego vivo. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con fuego y agua.

El lenguaje con el que la Cuaresma nos quiere hacer “entrar en la Pascua” es muy diverso: oraciones, cantos, lecturas bíblicas, ayuno, etc. Pero entre ellos, la ceniza no es un signo menor: nos recuerda nuestra debilidad y nuestro pecado, para que dejemos actuar a Dios en nosotros, incorporándonos a la resurrección de su Hijo, lavándonos con el agua bautismal de la Pascua.

Es una imagen clara de lo que significa vivir en este mundo, y de que ser cristiano es algo muy serio, que exige humildad y reciedumbre, que supone una lucha constante contra el mal en esta vida, pero que también lleva en sí misma una promesa de victoria.

La ceniza es un rito antiguo, pero no anticuado.

(Ideas tomadas de “Ritos y símbolos”, de José Aldazabal)

domingo, 27 de febrero de 2022

CUARESMA 2022: "NO NOS CANSEMOS DE HACER EL BIEN".


Mensaje del Papa para la Cuaresma 2022: No nos cansemos de hacer el bien

«No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a)

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un tiempo favorable para la renovación personal y comunitaria que nos conduce hacia la Pascua de Jesucristo muerto y resucitado. Para nuestro camino cuaresmal de 2022 nos hará bien reflexionar sobre la exhortación de san Pablo a los gálatas: «No nos cansemos de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad (kairós), hagamos el bien a todos» (Ga 6,9-10a).

Siembra y cosecha

En este pasaje el Apóstol evoca la imagen de la siembra y la cosecha, que a Jesús tanto le gustaba (cf. Mt 13). San Pablo nos habla de un kairós, un tiempo propicio para sembrar el bien con vistas a la cosecha. ¿Qué es para nosotros este tiempo favorable? Ciertamente, la Cuaresma es un tiempo favorable, pero también lo es toda nuestra existencia terrena, de la cual la Cuaresma es de alguna manera una imagen.[1] Con demasiada frecuencia prevalecen en nuestra vida la avidez y la soberbia, el deseo de tener, de acumular y de consumir, como muestra la parábola evangélica del hombre necio, que consideraba que su vida era segura y feliz porque había acumulado una gran cosecha en sus graneros (cf. Lc 12,16-21). La Cuaresma nos invita a la conversión, a cambiar de mentalidad, para que la verdad y la belleza de nuestra vida no radiquen tanto en el poseer cuanto en el dar, no estén tanto en el acumular cuanto en sembrar el bien y compartir.

El primer agricultor es Dios mismo, que generosamente «sigue derramando en la humanidad semillas de bien» (Carta enc. Fratelli tutti, 54). Durante la Cuaresma estamos llamados a responder al don de Dios acogiendo su Palabra «viva y eficaz» (Hb 4,12). La escucha asidua de la Palabra de Dios nos hace madurar una docilidad que nos dispone a acoger su obra en nosotros (cf. St 1,21), que hace fecunda nuestra vida. Si esto ya es un motivo de alegría, aún más grande es la llamada a ser «colaboradores de Dios» (1 Co 3,9), utilizando bien el tiempo presente (cf. Ef 5,16) para sembrar también nosotros obrando el bien. Esta llamada a sembrar el bien no tenemos que verla como un peso, sino como una gracia con la que el Creador quiere que estemos activamente unidos a su magnanimidad fecunda.

¿Y la cosecha? ¿Acaso la siembra no se hace toda con vistas a la cosecha? Claro que sí. El vínculo estrecho entre la siembra y la cosecha lo corrobora el propio san Pablo cuando afirma: «A sembrador mezquino, cosecha mezquina; a sembrador generoso, cosecha generosa» (2 Co 9,6). Pero, ¿de qué cosecha se trata? Un primer fruto del bien que sembramos lo tenemos en nosotros mismos y en nuestras relaciones cotidianas, incluso en los más pequeños gestos de bondad. En Dios no se pierde ningún acto de amor, por más pequeño que sea, no se pierde ningún «cansancio generoso» (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 279).

Al igual que el árbol se conoce por sus frutos (cf. Mt 7,16.20), una vida llena de obras buenas es luminosa (cf. Mt 5,14-16) y lleva el perfume de Cristo al mundo (cf. 2 Co 2,15). Servir a Dios, liberados del pecado, hace madurar frutos de santificación para la salvación de todos (cf. Rm 6,22).

En realidad, sólo vemos una pequeña parte del fruto de lo que sembramos, ya que según el proverbio evangélico «uno siembra y otro cosecha» (Jn 4,37). Precisamente sembrando para el bien de los demás participamos en la magnanimidad de Dios: «Una gran nobleza es ser capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra» (Carta enc. Fratelli tutti, 196). Sembrar el bien para los demás nos libera de las estrechas lógicas del beneficio personal y da a nuestras acciones el amplio alcance de la gratuidad, introduciéndonos en el maravilloso horizonte de los benévolos designios de Dios.

La Palabra de Dios ensancha y eleva aún más nuestra mirada, nos anuncia que la siega más verdadera es la escatológica, la del último día, el día sin ocaso. El fruto completo de nuestra vida y nuestras acciones es el «fruto para la vida eterna» (Jn 4,36), que será nuestro «tesoro en el cielo» (Lc 18,22; cf. 12,33). El propio Jesús usa la imagen de la semilla que muere al caer en la tierra y que da fruto para expresar el misterio de su muerte y resurrección (cf. Jn 12,24); y san Pablo la retoma para hablar de la resurrección de nuestro cuerpo: «Se siembra lo corruptible y resucita incorruptible; se siembra lo deshonroso y resucita glorioso; se siembra lo débil y resucita lleno de fortaleza; en fin, se siembra un cuerpo material y resucita un cuerpo espiritual» (1 Co 15,42-44). Esta esperanza es la gran luz que Cristo resucitado trae al mundo: «Si lo que esperamos de Cristo se reduce sólo a esta vida, somos los más desdichados de todos los seres humanos. Lo cierto es que Cristo ha resucitado de entre los muertos como fruto primero de los que murieron» (1 Co 15,19-20), para que aquellos que están íntimamente unidos a Él en el amor, en una muerte como la suya (cf. Rm 6,5), estemos también unidos a su resurrección para la vida eterna (cf. Jn 5,29). «Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre» (Mt 13,43).

«No nos cansemos de hacer el bien»

La resurrección de Cristo anima las esperanzas terrenas con la «gran esperanza» de la vida eterna e introduce ya en el tiempo presente la semilla de la salvación (cf. Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi, 3; 7). Frente a la amarga desilusión por tantos sueños rotos, frente a la preocupación por los retos que nos conciernen, frente al desaliento por la pobreza de nuestros medios, tenemos la tentación de encerrarnos en el propio egoísmo individualista y refugiarnos en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás.

Efectivamente, incluso los mejores recursos son limitados, «los jóvenes se cansan y se fatigan, los muchachos tropiezan y caen» (Is 40,30). Sin embargo, Dios «da fuerzas a quien está cansado, acrecienta el vigor del que está exhausto. […] Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, vuelan como las águilas; corren y no se fatigan, caminan y no se cansan» (Is 40,29.31). La Cuaresma nos llama a poner nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor (cf. 1 P 1,21), porque sólo con los ojos fijos en Cristo resucitado (cf. Hb 12,2) podemos acoger la exhortación del Apóstol: «No nos cansemos de hacer el bien» (Ga 6,9).

No nos cansemos de orar. Jesús nos ha enseñado que es necesario «orar siempre sin desanimarse» (Lc 18,1). Necesitamos orar porque necesitamos a Dios. Pensar que nos bastamos a nosotros mismos es una ilusión peligrosa. Con la pandemia hemos palpado nuestra fragilidad personal y social. Que la Cuaresma nos permita ahora experimentar el consuelo de la fe en Dios, sin el cual no podemos tener estabilidad (cf. Is 7,9). Nadie se salva solo, porque estamos todos en la misma barca en medio de las tempestades de la historia [2] pero, sobre todo, nadie se salva sin Dios, porque sólo el misterio pascual de Jesucristo nos concede vencer las oscuras aguas de la muerte. La fe no nos exime de las tribulaciones de la vida, pero nos permite atravesarlas unidos a Dios en Cristo, con la gran esperanza que no defrauda y cuya prenda es el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo (cf. Rm 5,1-5).

No nos cansemos de extirpar el mal de nuestra vida. Que el ayuno corporal que la Iglesia nos pide en Cuaresma fortalezca nuestro espíritu para la lucha contra el pecado. No nos cansemos de pedir perdón en el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación, sabiendo que Dios nunca se cansa de perdonar. [3] No nos cansemos de luchar contra la concupiscencia, esa fragilidad que nos impulsa hacia el egoísmo y a toda clase de mal, y que a lo largo de los siglos ha encontrado modos distintos para hundir al hombre en el pecado (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 166). Uno de estos modos es el riesgo de dependencia de los medios de comunicación digitales, que empobrece las relaciones humanas. La Cuaresma es un tiempo propicio para contrarrestar estas insidias y cultivar, en cambio, una comunicación humana más integral (cf. ibíd., 43) hecha de «encuentros reales» (ibíd., 50), cara a cara.

No nos cansemos de hacer el bien en la caridad activa hacia el prójimo. Durante esta Cuaresma practiquemos la limosna, dando con alegría (cf. 2 Co 9,7). Dios, «quien provee semilla al sembrador y pan para comer» (2 Co 9,10), nos proporciona a cada uno no sólo lo que necesitamos para subsistir, sino también para que podamos ser generosos en el hacer el bien a los demás. Si es verdad que toda nuestra vida es un tiempo para sembrar el bien, aprovechemos especialmente esta Cuaresma para cuidar a quienes tenemos cerca, para hacernos prójimos de aquellos hermanos y hermanas que están heridos en el camino de la vida (cf. Lc 10,25-37). La Cuaresma es un tiempo propicio para buscar —y no evitar— a quien está necesitado; para llamar —y no ignorar— a quien desea ser escuchado y recibir una buena palabra; para visitar —y no abandonar— a quien sufre la soledad. Pongamos en práctica el llamado a hacer el bien a todos, tomándonos tiempo para amar a los más pequeños e indefensos, a los abandonados y despreciados, a quienes son discriminados y marginados (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 193).

«Si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos»

La Cuaresma nos recuerda cada año que «el bien, como también el amor, la justicia y la solidaridad, no se alcanzan de una vez para siempre; han de ser conquistados cada día» (ibíd., 11). Por tanto, pidamos a Dios la paciente constancia del agricultor (cf. St 5,7) para no desistir en hacer el bien, un paso tras otro. Quien caiga tienda la mano al Padre, que siempre nos vuelve a levantar. Quien se encuentre perdido, engañado por las seducciones del maligno, que no tarde en volver a Él, que «es rico en perdón» (Is 55,7). En este tiempo de conversión, apoyándonos en la gracia de Dios y en la comunión de la Iglesia, no nos cansemos de sembrar el bien. El ayuno prepara el terreno, la oración riega, la caridad fecunda. Tenemos la certeza en la fe de que «si no desfallecemos, a su tiempo cosecharemos» y de que, con el don de la perseverancia, alcanzaremos los bienes prometidos (cf. Hb 10,36) para nuestra salvación y la de los demás (cf. 1 Tm 4,16).

Practicando el amor fraterno con todos nos unimos a Cristo, que dio su vida por nosotros (cf. 2 Co 5,14-15), y empezamos a saborear la alegría del Reino de los cielos, cuando Dios será «todo en todos» (1 Co 15,28).

Que la Virgen María, en cuyo seno brotó el Salvador y que «conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2,19) nos obtenga el don de la paciencia y permanezca a nuestro lado con su presencia maternal, para que este tiempo de conversión dé frutos de salvación eterna.

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2021, Memoria de san Martín de Tours, obispo.

FRANCISCO

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[1] Cf. S. Agustín, Sermo, 243, 9,8; 270, 3; Enarrationes in Psalmos, 110, 1.

[2] Cf. Momento extraordinario de oración en tiempos de epidemia (27 de marzo de 2020).

[3] Cf. Ángelus del 17 de marzo de 2013.

miércoles, 23 de febrero de 2022

EUCARISTÍA: DE LA MESA DEL ALTAR DE LOS SACRIFICIOS A LA MESA DE FAMILIA.

 

Quienes antes del concilio Vaticano II (1962) ya íbamos a misa, estábamos acostumbrados a ver la mesa del altar adosada al retablo. Sobre ese altar, el sacerdote celebraba la misa de espaldas a la gente y en latín. Allí, él solo, ofrecía a Dios el santo sacrificio de su Hijo muerto por nosotros en el altar de la Cruz. El hecho de que el Vaticano II impulsara la separación  de la mesa para ponerla en el centro del presbiterio como la mesa de un comedor de familia, no fue algo insignificante, al contrario nos invitó a entender la eucaristía como la entendieron los primeros cristianos y como la llama san Pablo: la cena del Señor. Este es el primer nombre que recibe la eucaristía en el Nuevo Testamento, ya que la carta de Pablo a los corintios es anterior a los Hechos donde es llamada fracción del pan. De ese modo, el presbiterio ya no es el lugar misterioso, cerrado a veces con verjas hasta el techo para separarlo de la comunidad, en el que el sacerdote ofrece sacrificios a Dios, sino que es el espacio de familia, luminoso y abierto a todos. 

 El hecho de ver el altar en que se celebra la eucaristía como altar de los sacrificios o como mesa de familia refleja dos modos muy diferentes de entender la eucaristía. En el primer caso se entiendo como sacrificio a Dios y en el segundo como una comida de familia. De hecho la celebración tiene forma de comida, no de sacrificio cultual. Se desarrolla en forma de comida porque nació de las comidas de Jesús, porque el comer juntos es lo que mejor refleja el sentido de la vida y de las enseñanzas de Jesús y su anhelo más hondo: Padre, que todos sean uno, y porque el comer juntos expresa la esencia del cristianismo, que es el amor y la solidaridad. 

Cuando el cristianismo se extendió por el imperio, los romanos decían que los cristianos eran ateos, porque no tenían templos ni altares para ofrecer sacrificios a Dios, sino que se reunían en las casas para comer juntos. 

 En todos los pueblos y culturas la comida tiene varias dimensiones: biológica (para alimentarse), antropológica (para relacionarse o vincularse) y también religiosa (para agradecer, bendecir, celebrar la trascendencia). Comer juntos es una profunda experiencia humana y religiosa de comunión con Dios y con los demás que refleja unidad, fraternidad, solidaridad. Lamentablemente en nuestro tiempo crecen las actitudes individualistas, la familia se divide, la gente se acostumbra a comer sola, a no compartir el momento de la cena, el diálogo y la alegría de la comensalidad. 

 La eucaristía es una comida, que refleja la voluntad de Jesús al despedirse de los suyos antes de la Pasión, que fue colofón de la práctica suya durante su vida pública: comer con todos, invitar a comer, manifestar a Dios y su Reino a través de ellas. El Reino de Dios es un banquete. 

Todo lo anterior no significa que la eucaristía no tenga también una dimensión sacrificial, pero es importante comprender en qué sentido. Sobre eso compartiré en otra entrada más adelante...

(Texto y resumen de lo escrito por ANTONIO VIDALES en La Eucaristía. Misterio de fe y escuela de solidaridad, Ed. Claretiana).


sábado, 19 de febrero de 2022

¿AMAR A LOS ENEMIGOS? (Domingo VII-C)

"Cuando interpreto la propuesta de amar al enemigo como una obligación de tener sentimientos positivos hacia él, entramos en una esquizofrenia porque no está a mi alcance. Lo que pide Jesús es otra cosa que sí está al alcance de nuestra voluntad. Se nos pide que amemos con el mismo amor con que Dios nos ama. Yo no puedo tener simpatía hacia el que me está haciendo daño, pero puedo considerar que hay algo en ese sujeto por lo que Dios le ama; y yo estoy obligado a considerar ese aspecto que me permita considerarlo parte de mí e identificarme con él a pesar de su actitud.

Esto quiere decir que el amor que nos pide Jesús no está provocado por las cualida­des del otro, sino que es consecuencia exclusiva de una maduración personal. En la vida normal damos por supuesto que tenemos que amar a la persona amable; que debemos acercar­nos a las personas que nos pueden aportar algo positivo. El evangelio nos pide algo muy distinto. Dios ama a todos los seres, no porque son buenos, sino porque Él es bueno. Pero en vez de entrar en la dinámica del amor de Dios, le hemos metido a Él en la dinámica de nuestro instinto. Hemos hecho un dios que premia a los buenos y castiga a los malos. Si pensamos que Dios ama solo a los buenos, ¡qué podemos hacer nosotros!

Ningún amor puede ser consecuencia de un mandamiento. Cualquier forma de programación es lo más contrario al amor. Ésta es la causa de tanto fracaso espiritual. El amor de que habla el evangelio, como todo amor, tiene que ser consecuencia de un conocimiento. La voluntad es una potencia ciega, no tiene capacidad ninguna de elección. Solo puede ser movida por un objeto que la inteligencia le presente como bueno. Lo que le es presentado como malo, lo rechaza sin paliativos, no puede hacer otra cosa. Cuando en la vida real, repetimos una y otra vez una acción que consideramos mala, es que, en el fondo, no hemos descubierto la razón de mal en esa acción, y solamente la hemos considerado mala como fruto de una programación externa o una obligación impuesta.

Pero ese conocimiento, que nos lleve a descubrir como algo bueno el amor al enemigo, no puede ser el que nos dan los sentidos ni la razón, que ha surgido exclusivamente para apoyar a los sentidos y garantizar la vida individual y biológica. El conocimiento que me lleve a amar al enemigo tiene que ser una toma de conciencia de lo que realmente soy, y por ese camino, descubrir lo que son los demás. Este amor es lo contrario del egoísmo. Llamamos egoísmo a una búsqueda del interés individual del falso yo. Cuando descubro que mi verdadero ser y el ser del otro se identifican, no necesitaré más razones para amarle".

Fray Marcos
Amigos de Fe Adulta


lunes, 14 de febrero de 2022

DIOS SIEMPRE ES MÁS DÉBIL....

Todo aquello que decimos de Dios es siempre relativo, porque las palabras para hablar de Dios son insuficientes. Pero a veces algunas expresan de manera especial el Misterio infinito de su amor. Es el caso de las que comparto a continuación, tomadas del libro "Dios en tu prójimo", de Louis Evely (Ediciones Sígueme, 1967): 

 "Dios es amor. Pero el amor es vulnerable. Amar a un ser es inevitablemente depender de él, darle poder sobre nosotros.  Dios nos ha dado poder sobre él. Dios ha querido tener necesidad de nosotros. La pasión de Jesucristo es la revelación del poder tan terrible que tenemos sobre Dios. Se ha entregado a nosotros, lo hemos tenido a nuestra disposición, hemos hecho con él lo que hemos querido. 

En uno de esos grabados que colocan sobre la pared en Normandía, leí esta frase cínica y cruel: El que ama menos es siempre el más fuerte. Siempre es el que menos ama el que obliga a caminar al otro, el que conserva la cabeza fría y el que controla la situación. Dios siempre será más débil que nosotros, porque nos ama más. 

 Podemos negar a Dios, olvidarnos de él, pero él no nos puede negar ni olvidarse de nosotros. Podemos estar sin Dios, pero Dios no puede estar sin nosotros. Podemos dejar de ser sus hijos, pero él no puede dejar de ser nuestro padre. Nosotros somos todos de la raza de Jacob, somos el verdadero Israel, que lucho toda la noche contra el ángel, y mereció de ese modo su nombre: fuerte contra Dios. 

Dios será siempre más débil, porque nos ama".