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martes, 8 de abril de 2025

PASIÓN DE JESÚS: COMPARACIÓN ENTRE LUCAS Y JUAN

 
Las narraciones de la pasión de Jesús según Lucas y según Juan tienen diferencias significativas que reflejan las perspectivas y énfasis teológicos únicos de cada evangelista. Aquí una comparación:


1. Jesús como un modelo de compasión y oración (Lucas) vs. Jesús como el Rey soberano (Juan)

- En **Lucas**, Jesús es presentado como un ejemplo supremo de compasión y oración incluso en su sufrimiento. Por ejemplo, en la cruz, ora: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Esta actitud misericordiosa subraya su humanidad y su conexión con los marginados.

- En **Juan**, Jesús es mostrado como el Rey soberano que controla cada evento de su pasión. Por ejemplo, Él confronta a los soldados en el huerto con autoridad, y su crucifixión resalta su identidad divina como el “Cordero de Dios”.



2. Enfoque en la oración y el Espíritu Santo (Lucas) vs. Enfoque en la gloria y la revelación (Juan)

- Lucas enfatiza la oración como sustento en la pasión. La agonía en el huerto (Lucas 22:39-46) incluye la imagen de Jesús sudando gotas de sangre mientras ora intensamente.

- En Juan, la pasión de Jesús está impregnada de lenguaje de gloria y revelación, como cuando habla de ser “levantado” en la cruz para atraer a todos hacia Él (Juan 12:32).


3. Interacción con los personajes secundarios

- **Lucas** incluye interacciones detalladas con personajes secundarios como las mujeres de Jerusalén, a quienes Jesús consuela en su camino al Calvario (Lucas 23:27-31). También el relato del buen ladrón destaca la salvación inmediata a través de la fe (Lucas 23:43).

- **Juan** muestra menos personajes secundarios en estos momentos, pero profundiza en la interacción con María y el discípulo amado, estableciendo una relación íntima entre ellos desde la cruz (Juan 19:26-27).


4. Cumplimiento de las Escrituras

- **Lucas** también señala el cumplimiento de las profecías, pero lo hace con un enfoque narrativo menos explícito que Juan.

- En **Juan**, hay una insistencia constante en que los eventos ocurren conforme a las Escrituras, como el reparto de las vestiduras de Jesús (Juan 19:24) y la lanza que no rompe sus huesos (Juan 19:36-37).


5. La perspectiva final

- En **Lucas**, el último momento de Jesús en la cruz refleja su confianza total en el Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).

- En **Juan**, Jesús simplemente dice: “Todo está cumplido” (Juan 19:30), señalando la consumación de su misión divina.


En resumen, Lucas ofrece una visión más emocional y humana, mientras que Juan enfatiza la identidad divina y la gloria de Jesús. Ambos relatos son profundamente ricos y complementarios, brindando una perspectiva completa sobre la pasión.

PASIÓN DE JESUS EN EL EVANGELIO DE LUCAS

El Evangelio de Lucas tiene una imagen muy particular de Jesús, centrada en su **compasión, humanidad y universalidad**. Aquí te resumo sus características principales:

1. **Jesús como Salvador Universal**: Lucas enfatiza que Jesús vino para salvar a **todos**, no solo al pueblo judío. Hay un énfasis especial en los marginados: los pobres, las mujeres, los pecadores y los extranjeros. Esto se refleja en parábolas exclusivas como la del Buen Samaritano y el Hijo Pródigo.

2. **Jesús lleno de compasión y misericordia**: En este Evangelio, Jesús muestra una profunda empatía. Desde perdonar a quienes lo crucificaron ("Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen") hasta aceptar al Buen Ladrón, su carácter misericordioso resalta.

3. **Jesús como Maestro y Profeta**: Lucas presenta a Jesús como un maestro que instruye sobre el Reino de Dios a través de parábolas y sermones. Además, es descrito como un profeta poderoso en palabra y obra, cumpliendo la misión divina.

4. **Énfasis en la oración y el Espíritu Santo**: Lucas destaca repetidamente a Jesús en oración, mostrando su conexión con el Padre. También da un papel central al Espíritu Santo, desde su concepción hasta su misión.

El Jesús de Lucas es profundamente humano y al mismo tiempo divino, cercano a todos los que sufren y buscan esperanza.


En la narración de la Pasión según San Lucas, que forma parte del Evangelio de Lucas en el Nuevo Testamento, intervienen varios personajes clave. A continuación, te menciono algunos de los más destacados:

-Jesús: Es el protagonista central de la historia.

-Los discípulos: Incluyen a Pedro, quien tiene un papel importante al negar a Jesús tres veces.

-Judas Iscariote: Quien traiciona a Jesús por treinta monedas de plata.

-Las autoridades religiosas: Como los sumos sacerdotes y los fariseos, quienes buscan la manera de condenarlo.

-Pilato: El gobernador romano que interroga a Jesús y finalmente ordena su crucifixión.

-Herodes: A quien Pilato envía a Jesús durante su juicio.

-El pueblo: Que pide que se libere a Barrabás y que Jesús sea crucificado.

-Barrabás: El prisionero que es liberado en lugar de Jesús.

-Los soldados romanos: Que se encargan de su crucifixión y lo ridiculizan.

-Las mujeres: Como las que lloran por Jesús en el camino al Calvario y María, su madre.

-El buen ladrón: Crucificado junto a Jesús, quien reconoce su divinidad.


San Lucas ofrece una versión particularmente compasiva y centrada en el perdón, mostrando la humanidad y el sacrificio de Jesús.

La teología de Lucas tiene características muy particulares que destacan por su enfoque en la misericordia, la inclusión y el cuidado por los marginados. Algunos personajes de la narración de la Pasión que reflejan estos temas propios de la teología lucana son:

- **Las mujeres**: Lucas presta especial atención al papel de las mujeres en la Pasión y en la vida de Jesús. En el camino al Calvario, Jesús se dirige a las mujeres que lloran por Él, mostrando su compasión incluso en medio del sufrimiento. Este énfasis en las mujeres refleja el interés de Lucas por incluir a los marginados y destacar su importancia en el Reino de Dios.

- **El buen ladrón**: En la crucifixión, Lucas presenta al "buen ladrón" como alguien que reconoce la divinidad de Jesús y recibe su promesa de estar con Él en el paraíso. Este acto de perdón y aceptación enfatiza la misericordia y la salvación, que son temas clave en la teología de Lucas.

- **Jesús mismo**: En la versión de Lucas, Jesús es presentado como un modelo de perdón y compasión. Desde su oración en el huerto de Getsemaní hasta las palabras que dirige al buen ladrón y a sus verdugos ("Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"), la humanidad y el amor de Jesús destacan de manera especial en este Evangelio.

En general, Lucas muestra un Jesús profundamente humano y accesible, centrado en el perdón, la salvación y el cuidado por los excluidos y necesitados.

miércoles, 2 de abril de 2025

EN CUARESMA, VOLVER A CRISTO

Todo este proceso de renovación espiritual comienza y tiene como propósito el VOLVER A CRISTO, que a menudo se pierde un poco entre los ritos, las devociones y prácticas piadosas de nuestra vida religiosa. Cristo ha de estar siempre en el centro.

“Entre el dolor y la alegría/con Cristo avanza en su andadura/un hombre, un pobre que confía/ y busca la ciudad futura”.

En el Carmelo tenemos de manera privilegiada todo el magisterio cristológico de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, todavía escasamente aprovechado para enderezar y purificar nuestras búsquedas espirituales. Acudamos a dos textos del santo:

“Traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él”. (Subida, Libro I, capítulo 13, 2).

También en Subida (Libro 2, capítulo22) encontramos un texto eminentemente cristológico, en el que llama a Cristo “Hermano, Compañero y Maestro, Precio y Premio” (5).

“Porque en darnos a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar”.

Para seguir e imitar a Cristo tenemos que estar siempre a la ESCUCHA de su Palabra (de ahí nace la obediencia, obedecer es escuchar), por eso es fundamental para nuestro camino espiritual escuchar diariamente al Maestro en los Evangelios, dialogar con él en la oración personal y comunitaria, rumiar su Palabra, y también estudiarla, conocerla cada día mejor. Solo así uno puede ENAMORARSE DE CRISTO como se enamoró Teresa, y seguirle:

“Yo tan devota toda mi vida de Cristo…Quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retrato e imagen” (4).

“Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero… por esta puerta hemos de entrar… Bienaventurado quien de verdad le amase y siempre le traiga con él” (6 y 7).

No deja Teresa de hablar de la Sacratísima Humanidad de Cristo, aconsejando: “Es gran cosa, mientras vivimos y somos humanos, traerle humano” (9).

Todo lo anterior en el capítulo 22 de VIDA.

Es CRISTO, definitivamente, quien nos introduce en el verdadero camino de CONVERSIÓN; es tenerle como MAESTRO y SEÑOR, aprendiendo de él. El encuentro con el Dios Padre, que nos revela Jesús, nos permite conocer a un Dios paternal y amoroso; es un encuentro con el AMOR, que echa fuera el miedo, disipa las tinieblas, y DESPIERTA, para vivir una VIDA NUEVA. Nos ayuda a conformar una nueva IDENTIDAD, la de ser hijas e hijos de ese Padre divino. Eso que llaman los Evangelios, “metanoia” o CONVERSIÓN, es decir, cambio de dirección o de rumbo, nueva visión, cambio en el modo de pensar y sentir, no se refiere solo al ámbito moral, al HACER (hacer lo bueno), sino al SER, a lo esencial (ser verdadero).

Fray Manuel de Jesús, ocd

miércoles, 5 de marzo de 2025

CUARESMA: IR A LO ESENCIAL (Francisco)

«Tocad la trompeta, proclamad un ayuno santo» (Joel 2,15), dice el profeta en la primera lectura. La Cuaresma se abre con un sonido estridente, el de una trompeta que no acaricia los oídos, sino que anuncia un ayuno. Es un sonido fuerte, que quiere ralentizar nuestra vida que siempre va a toda prisa, pero a menudo no sabe hacia dónde. Es una llamada a detenerse –un “¡detente!”–, a ir a lo esencial, a ayunar de aquello que es superfluo y nos distrae. Es un despertador para el alma.

El sonido de este despertador está acompañado por el mensaje que el Señor transmite a través de la boca del profeta, un mensaje breve y apremiante: «Conviértanse a mí» (v. 12). Conversión. Si tenemos que regresar, significa que nos hemos ido por otra parte. La Cuaresma es el tiempo para redescubrir la ruta de la vida. Porque en el camino de la vida, como en todo viaje, lo que realmente importa es no perder de vista la meta. Sin embargo, cuando estás de viaje, si lo que te interesa es mirar el paisaje o pararte a comer, no vas muy lejos. Cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿en el camino de la vida, busco la ruta? ¿O me conformo con vivir el día, pensando solo en sentirme bien, en resolver algún problema y en divertirme un poco? ¿Cuál es la ruta? ¿Tal vez la búsqueda de la salud, que muchos dicen que es hoy lo más importante, pero que pasará tarde o temprano? ¿Quizás los bienes y el bienestar? Sin embargo no estamos en el mundo para esto. Convertíos a mí, dice el Señor. A mí. El Señor es la meta de nuestro peregrinaje en el mundo. La ruta se traza en relación a él.

Para encontrar de nuevo la ruta, hoy se nos ofrece un signo: ceniza en la cabeza. Es un signo que nos hace pensar en lo que tenemos en la mente. Nuestros pensamientos persiguen a menudo cosas transitorias, que van y vienen. La ligera capa de ceniza que recibiremos es para decirnos, con delicadeza y sinceridad: de tantas cosas que tienes en la mente, detrás de las que corres y te preocupas cada día, nada quedará. Por mucho que te afanes, no te llevarás ninguna riqueza de la vida. Las realidades terrenales se desvanecen, como el polvo en el viento. Los bienes son pasajeros, el poder pasa, el éxito termina. La cultura de la apariencia, hoy dominante, que nos lleva a vivir por las cosas que pasan, es un gran engaño. Porque es como una llamarada: una vez terminada, quedan solo las cenizas. La Cuaresma es el momento para liberarnos de la ilusión de vivir persiguiendo el polvo. La Cuaresma es volver a descubrir que estamos hechos para el fuego que siempre arde, no para las cenizas que se apagan de inmediato; por Dios, no por el mundo; por la eternidad del cielo, no por el engaño de la tierra; por la libertad de los hijos, no por la esclavitud de las cosas. Podemos preguntarnos hoy: ¿De qué parte estoy? ¿Vivo para el fuego o para la ceniza?

En este viaje de regreso a lo esencial, que es la Cuaresma, el Evangelio propone tres etapas, que el Señor nos pide de recorrer sin hipocresía, sin engaños: la limosna, la oración, el ayuno. ¿Para qué sirven? La limosna, la oración y el ayuno nos devuelven a las tres únicas realidades que no pasan. La oración nos une de nuevo con Dios; la caridad con el prójimo; el ayuno con nosotros mismos. Dios, los hermanos, mi vida: estas son las realidades que no acaban en la nada, y en las que debemos invertir. Ahí es hacia donde nos invita a mirar la Cuaresma: hacia lo Alto, con la oración, que nos libra de una vida horizontal y plana, en la que encontramos tiempo para el yo, pero olvidamos a Dios. Y después hacia el otro, con caridad, que nos libra de la vanidad del tener, del pensar que las cosas son buenas si lo son para mí. Finalmente, nos invita a mirar dentro de nosotros mismos con el ayuno, que nos libra del apego a las cosas, de la mundanidad que anestesia el corazón. Oración, caridad, ayuno: tres inversiones para un tesoro que no se acaba.

Jesús dijo: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6,21). Nuestro corazón siempre apunta en alguna dirección: es como una brújula en busca de orientación. Podemos incluso compararlo con un imán: necesita adherirse a algo. Pero si solo se adhiere a las cosas terrenales, se convierte antes o después en esclavo de ellas: las cosas que están a nuestro servicio acaban convirtiéndose en cosas a las que servir. La apariencia exterior, el dinero, la carrera, los pasatiempos: si vivimos para ellos, se convertirán en ídolos que nos utilizarán, sirenas que nos encantarán y luego nos enviarán a la deriva. En cambio, si el corazón se adhiere a lo que no pasa, nos encontramos a nosotros mismos y seremos libres. La Cuaresma es un tiempo de gracia para liberar el corazón de las vanidades. Es hora de recuperarnos de las adicciones que nos seducen. Es hora de fijar la mirada en lo que permanece.

¿Dónde podemos fijar nuestra mirada a lo largo del camino de la Cuaresma? Es sencillo: EN CRISTO. Jesús en la cruz es la brújula de la vida, que nos orienta al cielo. La pobreza del madero, el silencio del Señor, su desprendimiento por amor nos muestran la necesidad de una vida más sencilla, libre de tantas preocupaciones por las cosas. Jesús desde la cruz nos enseña la renuncia llena de valentía. Pues nunca avanzaremos si estamos cargados de pesos que estorban. Necesitamos liberarnos de los tentáculos del consumismo y de las trampas del egoísmo, de querer cada vez más, de no estar nunca satisfechos, del corazón cerrado a las necesidades de los pobres. Jesús, que arde con amor en el leño de la cruz, nos llama a una vida encendida en su fuego, que no se pierde en las cenizas del mundo; una vida que arde de caridad y no se apaga en la mediocridad. 
¿Es difícil vivir como él nos pide? Sí, es difícil, pero lleva a la meta. La Cuaresma nos lo muestra. Comienza con la ceniza, pero al final nos lleva al fuego de la noche de Pascua; a descubrir que, en el sepulcro, la carne de Jesús no se convierte en ceniza, sino que resucita gloriosamente. También se aplica a nosotros, que somos polvo: si regresamos al Señor con nuestra fragilidad, si tomamos el camino del amor, abrazaremos la vida que no conoce ocaso. Y ciertamente viviremos en la alegría.

Francisco
6 marzo 2019

sábado, 2 de marzo de 2024

EL VERDADERO CULTO (TERCER DOMINGO DE CUARESMA.B)

EL TEXTO EVANGÉLICO PARA ESTE TERCER DOMINGO DE CUARESMA: "Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: “El celo de tu casa me devora”. Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?”. Jesús contestó: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Los judíos replicaron: “Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”. Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús" (Jn 2, 13-22).


Comparto el comentario de Enrique Martínez Lozano sobre el pasaje anterior del Evangelio de Juan, según aparece en dos de sus libros; 

"La historicidad del relato –que se narra en los cuatro evangelios que han llegado hasta nosotros– parece innegable. Sin embargo, los tres sinópticos lo sitúan al final de la vida de Jesús, mientras que Juan lo coloca prácticamente al inicio mismo de su actividad. 

Parece claro que esta actuación de Jesús tuvo mucho que ver con su muerte. De hecho, en el juicio ante el Sumo Sacerdote Caifás, constituirá una de las acusaciones más graves contra él: “Nosotros le hemos oído decir: «Yo derribaré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro no edificado por hombres»” (Mc 14,58). Incluso será un tema que aparezca como insulto dirigido al crucificado: “Tú, que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz” (Mt 27,40). 

Decía que, a diferencia de los sinópticos, el cuarto evangelio coloca este episodio al inicio mismo de la actividad de Jesús. El motivo parece ser el siguiente: Juan muestra una particular insistencia por subrayar la novedad de Jesús. Por eso, empieza por mostrarlo como el que realiza la nueva alianza (bodas de Caná) y el nuevo culto (episodio del templo y diálogo con la samaritana), asentando con rotundidad la necesidad de “nacer de nuevo” (diálogo con Nicodemo) para poder comprender y vivir su propuesta. 

Y eso es, exactamente, lo que se necesita para dar el paso de la “religión” a la “espiritualidad”: nacer de nuevo, pasar de una consciencia egoica, con la que nos habíamos familiarizado porque venimos de ella, a otra consciencia transpersonal, que quiere nacer en nosotros. Es difícil y costoso –Nicodemo dirá que es como pedirle entrar en el vientre de su madre para nacer otra vez–, pero es posible; más aún, es el camino de la sabiduría y de la bondad, que tanto nos impresiona en Jesús. 

Para la religión, el “templo” es un espacio sagrado separado; para la espiritualidad, el “templo” es todo lo real, porque todo es presencia y manifestación de Dios". 

(Otro modo de leer el Evangelio)

"Indudablemente, no se trató de una mera “purificación” del templo, sino de un “gesto profético” –en la línea de los realizados por los grandes profetas de su pueblo– que significaba proclamar el final del templo, tal como el propio evangelio expresará nítidamente un poco más adelante: “Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén… Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo adoran en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn 4, 21-24). 

El mayor riesgo de la religión es su absolutización. Es entonces cuando se hace indigesta e incluso peligrosa. Y constituye una tentación en la que es fácil caer: por un lado, porque se articula en torno a la experiencia de lo Absoluto; por otro, porque sus mediadores encuentran en ello el modo más eficaz de sostener y alimentar su propio poder. 

Se trata de un riesgo en el que han caído todas las religiones, provocando confusión y sufrimiento, a la vez que alentando posturas ateas y anticlericales. El propio Jesús denunció con fuerza ese engaño, lo cual, por cierto, provocó su ejecución. 

Frente a esa trampa, la religión solo es constructiva cuando se vive al servicio de la espiritualidad –en cuanto dimensión profunda y constitutiva del ser humano– y de la vida. La religión es una construcción humana; la espiritualidad, una dimensión básica y universal del ser humano. Religión es lo que tenemos; espiritualidad es lo que somos.

(Guía para volver a casa)

Enrique Martínez Lozano


miércoles, 14 de febrero de 2024

VOLVER AL CAMINO

Hoy comenzamos nuevamente el
Ciclo Pascual; me gusta mucho este tiempo litúrgico, y me propongo seguir dos textos: Una vida con propósito, de Rick Warren (ya hace años lo seguí en otra Cuaresma), y Vuelve a descubrir a Jesús, de Matthew Kelly; ambos tienen 40 capítulos, uno para cada día. No significa aceptar pasivamente sus ideas, sino confrontarme con ellas, y tratar de alimentar la oración personal, y enriquecer mi reflexión diaria de la Palabra de Dios. Compartiré acá a lo largo de estos 40 días algunas de mis reflexiones:

VOLVER AL CAMINO

A lo largo del año tenemos momentos en los que hacemos alto y renovamos propósitos; es fácil perderse en atajos y recovecos, y tenemos que volver al Camino. Dos ideas fundamentales: 

1. No se trata de mí, se trata de Dios. Dios es el Todo, yo una parte. Dios es más grande. 

2. Cuando necesito revisar mi vida, reconducirla, volver a empezar, recordar que conversión es siempre volver a Jesús. Jesús es el nuevo comienzo supremo. El Dios de Jesús, el Dios de nuestra fe, es el Dios de las segundas oportunidades y de los nuevos comienzos.

Al comenzar la Cuaresma nos encontramos dos imágenes bíblicas: Jesús que invita a la conversión, porque el Tiempo de Dios está aquí, “ahora” dice Pablo, tiempo de gracia y oportunidad, y luego Jesús que va al desierto, empujado por el Espíritu, y allí es tentado para asumir un camino religioso (de éxito, poder, influencia, reconocimiento) que no es el suyo, ni el del Padre.

ASUMIR QUE: El Espíritu nos conduce al lugar donde podemos crecer; debemos revisar nuestras imágenes de Dios y nuestra religiosidad para purificarlas; la vida puede verse como camino y como desierto, como el lugar donde se prueba nuestra fe, donde maduramos como discípulos, donde sentimos la cercanía de Dios.

Nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo, aunque ya lo hayas intentado muchas veces antes; a Dios le encantan los nuevos comienzos, y dice, por boca de Jesús: “Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá” (Mateo7,7). Siempre estamos comenzando. 

¿En qué aspectos de mi vida está Dios invitándome a experimentar un nuevo comienzo?

¿Cómo puedo renovar mi propósito de vivir para Dios (“En obsequio de Jesucristo”), reconociéndole como el Todo, el fundamento, la fuente que no deja nunca de manar, “aunque es de noche”?

Fray Manuel de Jesús, ocd

sábado, 11 de marzo de 2023

LA ESPERANZA NO DEFRAUDA

 

En el tercer domingo de Cuaresma (Ciclo A) nos topamos con un hermoso y significativo pasaje de la Carta del apóstol san Pablo a los Romanos (5, 1-2. 5-8). Seguramente los comentarios de este día estarán centrados en el precioso Evangelio de Jesús y la mujer samaritana, pero ya he comentado varias veces ese texto acá en el blog, por lo que esta vez invito a prestar atención al mensaje de la carta de Pablo: 

"Ya que hemos sido justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado".

El texto habla de fe, esperanza y amor, concatenados en el misterio de la presencia de Dios en nosotros. Habla no tanto de lo que alcanzaremos (la gloria de Dios), sino de lo que ya somos y tenemos (en presente): fuimos hechos justos, alcanzamos paz, vivimos en gracia, y todo eso no por mérito nuestro. Fue Jesucristo quien nos lo alcanzó todo. 

"Cuando nosotros todavía estabamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos... la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Gratuidad, don inmerecido, pura gracia).

En nuestras devociones y rezos populares se habla con insistencia de pecado, de muerte, de infierno. Qué bueno sería que hablaramos más, en presente, de justificación, de perdon, de gracia, de vida, de gratuidad y de amor. Hay una conciencia fuerte de ser pecadores, pero no de estar perdonados; y ese es el sentido de vivir en cristiano. El cristiano es aquel que vive en alegría y en esperanza, porque se sabe amado y justificado, más allá de su natural fragilidad. 

Escribe Henri Nouwen: "Quizá no logre tener una correcta disciplina, pero eso no cambia la realidad de que mi cuerpo es un templo donde reside el Espíritu creador, No cambia la realidad de que, como Jesús, soy el hijo amado de Dios. Esa es la verdad".

Y también: "Jesús afirma que es un camino estrecho, queriendo decirnos que ocasionalmente nos saldremos y que eso es asumible. Todo el curso de la vida espiritual supone un caer y levantarse, resbalar saliéndose de la verdad y volver a ella; partir y retornar. Por eso, tanto en nuestra marcha como en nuestro retorno, debemos tratar de recordar que somos bendecidos, amados, apreciados y esperados por Aquel cuyo amor no cambia".

Fray Manuel de Jesús, ocd.




lunes, 6 de marzo de 2023

SEGUNDA SEMANA DE CUARESMA: MISERICORDIA Vs PECADO

 

En la primera semana de Cuaresma la liturgia nos recuerda nuestra vocación a la santidad; el impedimento que encuentra el ser humano para llegar a esa metra es lo que llamamos pecado. A lo largo de esta segunda semana la superación del pecado es un tema central en las lecturas de nuestras celebraciones eucarísticas. Para superar el pecado es condición indispensable reconocerse pecador, lo cual lleva consigo la confesión del pecado (Dan 9, 4-10). Dios llama constantemente a la conversión (Isaías 1, 10.16-20). Y sólo nos atrevemos a reconocer nuestros fallos y pedir perdón cuando esperamos que se nos va a conceder. La liturgia de esta semana, proclama justamente que Dios está lleno de misericordia para con el pecador (Lucas 15,1 y ss; Jeremías 17, 5-10). 

 El proceso por el que el hombre, ayudado por la gracia, supera el pecado en su vida y alcanza el perdón es lo que llamamos el camino pascual o la conversión. Esta no se realiza sino ante la palabra de Dios (Lucas 16, 19-31). Supone un proceso hondo y lento, con la confianza puesta en Dios y sin condiciones de recompensa (Mateo 20, 17-28). Como consecuencia del perdón recibido debemos fomentar la actitud de servicio (Mateo 20, 26-28) y la fraternidad (Mateo 23, 1-12).

Los salmos del formulario litúrgico ayudan a crear la tesitura espiritual conveniente; hablan del celo de Dios para con los suyos (Salmo49), pero también que perdona y olvida el pecado cuando volvemos a Él (salmo 78). 

"Señor, tú que amas la inocencia y la devuelves a quien la ha perdido, atrae hacia tmi nuestros corazones y abrásalos en el fuego de tu Espíritu".

(Misal de la Comunidad)

viernes, 3 de marzo de 2023

ACEPTACIÓN DE LO QUE ES Y VOLUNTAD DE DIOS

El martes de esta primera semana de Cuaresma leímos el siguiente pasaje evangélico, y a continuación comparto el comentario de Enrique Martínez Lozano en su libro "Guía para volver a casa":

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando recéis no uséis muchas palabras como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis. Vosotros rezad así: Padre nuestro del cielo; santificado sea tu nombre; venga tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy el pan nuestro, perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido, no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del maligno. Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas”. Mt 6, 7-15 

Jesús previene contra el exceso de palabras y parece abogar por una oración silenciosa y centrada en la confianza radical de quien reconoce que el Fondo de lo Real sabe y ama, es Consciencia amorosa. Y, junto con la confianza, el evangelista pone el acento en la actitud de perdón. Confianza y perdón constituyen dos actitudes básicas en la persona orante. 

En realidad, la oración que enseña Jesús –el Padrenuestro– no es, como tal, una oración de petición, puesto que “vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis”, sino una sencilla expresión de lo que el orante quiere vivir: que la Voluntad de Dios se realice, lo cual incluye, entre otras cosas, el pan y el perdón. 

La religión ha querido “encerrar” la voluntad de Dios dentro de las propias creencias y mandamientos que ella misma proclamaba. Sin embargo, si en algo se muestra lo que llamamos –quizás inadecuadamente– “voluntad de Dios”, es sencillamente en “lo que es”, en lo que ocurre. Por ello, decir que se haga su voluntad equivale a asumir una actitud de aceptación profunda y radical de lo que es. Al vivir esa aceptación, nos alineamos con la Vida tal como se expresa. Cesa la resistencia y la Vida puede fluir a través de nosotros. 

La resistencia genera inevitablemente sufrimiento. Y nace del propio apego a lo que quisiéramos que fuera. Es decir, en lugar de sintonizar con el presente y aceptar, nos instalamos en el “debería” o “no debería”, conducidos por nuestro deseo y nuestra interesada y estrecha lectura mental. Desde esa postura, resistimos todo aquello que parece oponerse a lo que nuestro ego desearía. El conflicto resultante es la causa de todo sufrimiento. ¡Cómo duele oponerse a lo real en cada momento! 

La aceptación no significa resignación ni pasividad. Al contrario, cuando somos capaces de alinearnos con lo que ocurre, es cuando más brotará en nosotros la creatividad y la acción adecuada en ese momento.

miércoles, 1 de marzo de 2023

PRIMERA SEMANA DE CUARESMA: MIRAR A DIOS, ESCUCHAR SU PALABRA, ORAR

 

Desde el primer momento, la Iglesia  presenta a sus miembros la meta de la conversión: llegar a ser santos, porque Dios es santo (Levítico 19, 1-2. 11-18; Deuteronomio 26, 16-19). Los evangelios insisten sobre este tema: "Sean perfectos como el Padre celestial es perfecto" (Mateo 5, 45-48). La norma de la vida cristiana es el mismo Dios. El estilo de vida del creyente está reflejado en el Sermón de la montaña (Mateo 5, 20-26). La revisión de vida que nos exige la Cuaresma es nada menos que confrontarnos con las Bienaventuranzas. Para que no nos engañemos en esta revisión, la Iglesia nos coloca ante el juicio de Dios: "Lo que hiciste con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hiciste" (Mt 25, 31-46; Mt 5, 20-26). 

 La santificación cristiana es obra de la palabra eficaz de Dios (Isaías 55, 10-11). Este tiempo, en que la comunidad emprende el camino de la restauración y la reconciliación, ha de ser necesariamente un tiempo dedicado a la escucha atenta de la palabra de Dios. Ante ella nos revisamos, y de ella recibimos la fuerza necesaria. Por eso la Iglesia no cesa de rogar: "Conviértenos a Tí... Ilumínanos con la luz de Tu palabra". 

 Si la santidad es un don de la palabra de Dios, el cristiano puede desearla, pedirla con intensidad y perseverancia. Así, una de las prácticas esenciales de la Cuaresma es la oración (Mt 6, 7-15; 7, 7-12). El clima espiritual de esta semana está perfectamente expresado en la oración del miércoles:

"Señor, mira complacido a tu pueblo que desea entregársete en una vida santa".

(Tomado de: Misal de la comunidad, tomo II)

lunes, 27 de febrero de 2023

PRESENCIA ESCONDIDA EN LO HUMANO

Dios es una Presencia
(En Él vivimos, nos movemos y existimos); una Presencia amorosa (que está más allá de la visión mítica de aquel que premia o castiga, según nuestro comportamiento). Pero, es también una Presencia invisible, escondida. San Juan de la Cruz utiliza esta imagen del Dios escondido en “Cántico”, y dice que hemos de escondernos con Él para encontrarle. 

¿Dónde se esconde Dios entonces? Desde la Encarnación, y según nuestra fe, Dios se esconde en lo humano, que es decir también en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo sencillo. Nuestra tendencia habitual es buscar a Dios en lo extraordinario, en lo sobrenatural, en fin, saliendo de, o superando lo humano; pero hoy el texto bíblico nos recuerda que el culto a Dios, o el encuentro con Cristo, tienen lugar en el encuentro con el prójimo. 

Los pasajes del Evangelio, leídos el pasado miércoles, ayer domingo y hoy, son una invitación a revisar nuestra mirada y modo de buscar a Dios; a descubrir su Presencia escondida en su Palabra (expresada en lenguaje humano), en los sacramentos, en el prójimo y en esta humanidad rota y sufriente de la que somos parte también. Y a expresarle y manifestarle también de esa manera sencilla, discreta, humana, con la que Jesús se manifestó al mundo.

Fray Manuel de Jesús, ocd.

domingo, 13 de marzo de 2022

ACERCA DE LA TRANSFIGURACIÓN

“La inmensa mayoría de las interpretaciones del relato de la Transfiguración apuntan a una manifestación de la “gloria” como preparación para el tiempo de prueba de la pasión. Además de que el intento falló totalmente, esto sería una manifestación trampa. Cuando interpretamos la “gloria” como lo contrario a lo normal, nos alejamos del verdadero mensaje del evangelio. El sufrimiento, la cruz, no puede ser un medio para alcanzar lo que no tenemos. En el sufrimiento está ya Dios presente, exactamente igual que en lo que llamamos glorificación.

La “gloria de Dios” no tiene nada que ver con la gloria humana. En Dios, la gloria es simplemente su esencia, no algo añadido. Dios no puede ser glorificado, porque nunca puede estar sin gloria. Cuando hablamos de la gloria divina de Jesús, aplicándole el concepto de gloria humana, tergiversamos lo que es Jesús y lo que es Dios. Si en Jesús habitaba la plenitud de la divinidad, quiere decir que Dios y su “gloria” nunca se separaron de él. Jesús hombre sí podría recibir gloria: cetros, coronas, solios, poder, fama, honores... Cuando queremos añadírselo después de su muerte, no es más que la gran tentación.

El evangelio nos dice que no tenemos nada que esperar para el futuro. La buena noticia no está en que Dios me va a dar algo más tarde, aquí abajo o en un hipotético más allá, sino en descubrir que todo me lo ha dado ya (El reino de Dios está dentro de vosotros). En Jesús está ya la plenitud de la divinidad, pero está en su humanidad. La divinidad de Jesús no se puede percibir por los sentidos ni deducir de lo que se percibe. De fenómenos externos no puede venir nunca una certeza de la trascendencia, por muy espectaculares que parezcan.

Todo lo que Jesús nos pidió que superáramos, lo queremos reivindicar con creces, solo que un poco más tarde. Renunciar ahora para asegurarlo después, y para toda la eternidad, es la mejor prueba de que seguimos esperando la salvación a nivel de nuestro ego. Jesús acaba de decir a los discípulos, justo antes de este relato, que tiene que padecer mucho; que el que quiera seguirle tiene que renunciar a sí mismo. Jesús nos enseñó que debemos deshacernos de la escoria de nuestro ego para descubrir el oro de nuestro verdadero ser. Seguimos esperando de Dios que recubra de oropel la escoria para que parezca oro. 

Lo divino en nosotros no es lo contrario de nuestras carencias. Es una realidad compatible con las limitaciones, que son inherentes a nuestra condición de criaturas. Después de Jesús, es absurda una esperanza de futuro. Dios nos ha dado ya todo lo que podría darnos. Se ha dado Él mismo y no tiene nada más que dar (San Juan de la Cruz). Claro que esto da al traste con todas nuestras aspiraciones de “salvación”. Pero precisamente ahí debe llegar nuestra reflexión:

 ¿Estamos dispuestos a aceptar la salvación que Jesús nos propone, o seguimos empeñados en exigir de Dios la salvación que nosotros desearíamos para nuestro falso yo?”.

Fray Marcos
Fe Adulta

miércoles, 2 de marzo de 2022

GESTOS Y SÍMBOLOS CRISTIANOS: LA CENIZA

Entre los signos característicos y los gestos simbólicos con que expresamos el camino de la Cuaresma hacia la Pascua (el ayuno, el color morado, el silencio del aleluya, el viacrucis…) la imposición de una cruz de ceniza en la frente o en la cabeza de los fieles el Miércoles de Ceniza es uno de los más representativos.

En realidad, no es un rito tan antiguo; en los primeros siglos se expresó con ese gesto el camino cuaresmal de los “penitentes”, o sea, del grupo de pecadores que buscaban recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo, a las puertas de la Pascua, con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban de ese modo su arrepentimiento y voluntad de conversión.

Fue hacia el siglo XII, ya desaparecida la institución de los penitentes como grupo, que la Iglesia redescubre el gesto de la ceniza para todos los fieles. Al comienzo de la Cuaresma toda la comunidad se reconocía pecadora, y ayudada con este gesto, actualizaba su deseo de conversión.

En la reforma posterior al Concilio Vaticano II este rito de reorganizó para hacerlo más expresivo y educador; dejó de celebrarse al comienzo de la celebración y se pasó al momento posterior a las lecturas bíblicas y la homilía, para destacar que es la escucha de la Palabra de Dios la que nos impulsa a la conversión, dando contenido y sentido a ese gesto simbólico.

Se puede hacer la imposición de la ceniza fuera de la Eucaristía, pero siempre en un contexto de escucha de la Palabra. Se conservó además la fórmula clásica de la imposición: “acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”, añadiendo otra: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. La primera está inspirada en Gn3,19, y la segunda en Mc1,15, y ambas se complementan: una nos recuerda la caducidad humana, y la otra apunta a la actitud interior de conversión a Cristo y su Evangelio, actitud propia de este tiempo litúrgico.

¿Qué significa el gesto de la ceniza?

1. El primer sentido que nos puede recordar la ceniza es nuestra condición débil y caduca; la ceniza es lo que queda cuando se queman las cosas, y también las personas. Es un símbolo muy presente en la Biblia: Adán fue creado del polvo, su mismo nombre refiere a la tierra, y volverás a la tierra, le dice Dios (Gn3,19). El polvo de la tierra es el origen y el destino del ser humano, en lenguaje metafórico y también realista. La palabra “humildad” viene de humus, tierra: “todos caminan hacia una misma meta: todos han salido del polvo y al polvo retornan” (Qo3,20). Hay grandeza en el ser humano, como imagen de Dios y señor de la creación, pero a la vez el ser humano no es nada: su fragilidad, su caducidad, su marcha inexorable hacia la muerte, nos traen pensamientos de meditación y humildad, para no dejarnos envanecer por los fuegos fatuos de la vida presente. La misma ceniza que usamos, sacada de la quema de las palmas del Domingo de Ramos del año anterior nos recuerdan que lo que fue signo de victoria y de vida, se convierte ahora en mera ceniza. No invita todo esto a la angustia, pero sí a la seriedad (no casualmente viene este tiempo y rito después del carnaval).

2. También la ceniza de este día es signo de penitencia y conversión; expresa la tristeza por el mal que hay en nosotros y del que queremos liberarnos en nuestro camino a la Pascua. Además de caducos, somos pecadores, y las lecturas bíblicas que preceden al signo son llamadas apremiantes a la conversión. Iniciamos, dice la oración colecta, el “combate cristiano contra las fuerzas del mal”. En la Biblia la ceniza aparece como gesto simbólico que expresa la actitud de penitencia interior, el dolor ante las malas noticias o las calamidades, el arrepentimiento ante lo mal hecho.


3. Pero también aparece la ceniza como expresión de una plegaria intensa, con la que se quiere pedir la salvación a Dios. Cuando la comunidad cristiana quiere empezar su camino de liberación, su “subida a Jerusalén”, unida a Cristo, anhelando verse libre del mal y entrar en la Vida Nueva de la Pascua, es bueno intensificar la oración con gestos como este, que es al mismo tiempo acto de humildad, de conversión y súplica ardiente ante el que todo lo puede, incluso llenar de vida nueva nuestras existencias.

4. Finalmente, la imposición de la ceniza no es un gesto que simplemente recuerda la muerte, nuestra caducidad y pecado. Con ella empezamos el camino de la Cuaresma, que es camino de la Pascua; no es un gesto aislado, ni mucho menos masoquista, sino signo de comienzo, todo comienzo tiene un meta al otro extremo: Somos llamados a la vida, a participar de la resurrección de Cristo. Venimos del polvo y al polvo volvemos, pero esa no es toda nuestra historia ni todo nuestro destino. Son cenizas de resurrección las del comienzo de la Cuaresma, cenizas pascuales. Nos recuerdan que la vida es cruz, muerte, renuncia, pero a la vez nos aseguran que el programa pascual es dejarse alcanzar por Cristo, por la Vida Nueva y Gloriosa del Señor Jesús. Así como el barro de Adán, por el soplo de Dios, recibió vida, así mismo nuestro barro de hoy, por la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús, está destinado también a darnos Vida. De estas cenizas, Dios saca vida, y del grano que se hunde en la tierra, recoge frutos; a través de la cruz, Cristo fue exaltado a la vida definitiva, y a través de la cruz el cristiano es incorporado a la corriente de vida pascual de Cristo.

En fin, que la Cuaresma empieza con el gesto de la ceniza, pero acaba con el agua de la noche pascual; desde ese primer momento de la imposición de la ceniza, la Cuaresma es “sacramento de la Pascua”, signo pedagógico y eficaz de un éxodo, de una liberación, de un tránsito de la muerte a la vida. Ceniza al principio, y agua al final; la ceniza ensucia, habla de destrucción y muerte; el agua limpia, y es fuente de la vida en la Vigilia Pascual. También enlaza esta ceniza con el fuego vivo del Cirio Pascual, signo de renovación y vida resucitada; de la ceniza al fuego vivo. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con fuego y agua.

El lenguaje con el que la Cuaresma nos quiere hacer “entrar en la Pascua” es muy diverso: oraciones, cantos, lecturas bíblicas, ayuno, etc. Pero entre ellos, la ceniza no es un signo menor: nos recuerda nuestra debilidad y nuestro pecado, para que dejemos actuar a Dios en nosotros, incorporándonos a la resurrección de su Hijo, lavándonos con el agua bautismal de la Pascua.

Es una imagen clara de lo que significa vivir en este mundo, y de que ser cristiano es algo muy serio, que exige humildad y reciedumbre, que supone una lucha constante contra el mal en esta vida, pero que también lleva en sí misma una promesa de victoria.

La ceniza es un rito antiguo, pero no anticuado.

(Ideas tomadas de “Ritos y símbolos”, de José Aldazabal)

jueves, 9 de septiembre de 2021

UNA ESPIRITUALIDAD DESDE ABAJO

 

La cruz nos recuerda el misterio del ser humano, nos muestra el camino de la verdadera humanización: hemos de decir sí a las contradicciones que viven en nosotros. Como personas pertenecemos tanto a la Tierra como al Cielo, estamos entre la luz y la oscuridad, entre el hombre y la mujer, entre lo alto y lo profundo, entre el bien y el mal. Solo alcanzamos nuestra integridad cuando reunimos las contradicciones en nosotros y las soportamos: aceptamos nuestra propia división, los conflictos irresolutos, y dejamos entrar a Dios en esta tensión. Nuestra vida no es un crecimiento lineal, sino una especia de “vía crucis”, pero es a través de nuestras heridas por donde el amor de Dios ingresa en nosotros, nos transforma y nos cura.

Una espiritualidad desde arriba comienza por los ideales que nos mueven, y el ascetismo y la oración como sendas para alcanzar el ideal, mientras que una espiritualidad desde abajo parte de nuestra realidad concreta para elevarse luego a Dios. No ve el camino hacia Dios como una calle de una sola dirección en la que siempre se llega a Dios, sino que, por extravíos y rodeos, pasando por fracasos y decepciones, llegamos a Dios. No es mi virtud la que me abre el camino, sino mis debilidades, mis errores y hasta mis pecados.

En el camino espiritual es muy importante conocer la imagen única que Dios tiene de mí
; los ideales tienen una función vital, los modelos a los que miramos también (los santos), porque despiertan la vida en nosotros. Pero también pueden enfermarnos si a la vez que miramos hacia arriba, perdemos el contacto con la tierra, con nuestra propia realidad.

Podemos dar vueltas en torno a nosotros mismos con ambiciones de perfección y no crecer, no avanzar, porque olvidamos que el camino de Jesús es misericordia y amabilidad con el pecador. Recordemos la parábola del fariseo y el publicano: es el pecador el que abre su corazón a Dios en esa historia, porque el corazón destruido, herido y quebrado es la brecha por donde Dios puede entrar. Es el ascenso desde el descenso, la humildad es abrazar la propia humanidad, abrazar la cruz.

El camino de la adultez, camino creciente en la experiencia de la vida, conduce también a descender con valor hacia la propia oscuridad, soledad y tristeza. Así la imagen de Dios surge en uno, porque entramos en contacto con nuestra verdadera esencia. En las horas de mayor necesidad puede el ser humano experimentar su ser verdadero y allí, en el dolor, el sufrimiento, la pérdida, el desamparo, encontrar al Dios que le carga en sus brazos, lo libera, lo ama y lo ilumina.

Así, volviendo a la cruz, ella nos recuerda que, en todo momento y lugar, Dios está, y a él le pertenece el mundo, y él hace que este mundo sea más humano. La cruz nos recuerda que estamos totalmente cercados por la presencia amorosa y redentora de Dios. Por eso, toda decepción es posibilidad, y en las heridas crecen perlas; donde estoy herido, también estoy vivo, y si acepto mis heridas, puedo transformarlas en una fuente de vida y de amor.

El ser humano verdadero es vulnerable; no se trata tanto de resolver todas las contradicciones y tensiones, sino de hacerlas fructíferas. Es bueno tener sentido del humor, porque nos relaja y reconcilia con nuestros límites, y la herramienta más importante es el arte de no desesperar jamás de la misericordia de Dios.

Dios es quien me transforma
, quien, por mi fracaso y mis pecados, por mis frustraciones y decepciones, me abre para sí, para que yo finalmente deje de confundir a Dios con mi propia virtud, y me entregue a él con todo mi ser. A quien se encuentre con su propia humanidad, nada de lo humano le será ajeno. Estará reconciliado con todo lo humano que venga a su encuentro, y también con lo débil y enfermo, con lo imperfecto y lo fracasado. Verá todo circundado por la benevolente mirada de Dios y por la misericordiosa visión de Jesús. Y así, no podrá otra cosa más que mirar con una actitud misericordiosa y benevolente todo aquello que venga a su encuentro dentro de su propia alma y en todo hombre.

Ascendemos Dios cuando descendemos a nuestra condición humana, y justamente allí donde no podemos hacer nada, donde fracasamos por nuestras propias ideas sobre nosotros, donde según los parámetros humanos todo sale mal, allí es donde Dios quiere hablarnos y mostrarnos que todo es gracia.

(Resumen de: Anselm Grün, Con el corazón y todos los sentidos)

jueves, 1 de abril de 2021

JUEVES SANTO: LO IMPORTANTE ES EL AMOR

En la tarde de este jueves iniciamos los cristianos la celebración más importante de todo el año litúrgico: el TRIDUO PASCUAL, que hace memoria de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, llamado Cristo o Mesías. Me gustaría compartir algunas ideas sobre la primera de estas celebraciones, la del JUEVES SANTO, que es memorial de la Pascua de Jesús y aniversario de la Última Cena que tuvo Jesús con los suyos antes de encarar la muerte. Esta celebración hace referencia a la voluntad de Jesús de llevar a su plenitud el sentido del banquete pascual judío. Cristo aparece como el verdadero "cordero pascual", que se ofrece al Padre en sacrificio para alcanzare una vida nueva a los seres humanos.

La nota dominante del Jueves Santo es el amor, que instituye  la Eucaristía y el orden sacerdotal
. Entiendo que esto supone fraternidad y servicio. La Eucaristía es el sacramento del misterio de la Iglesia, como comunidad reunida en el amor. También en este día, o en días previos, suele celebrarse la llamada "Misa Crismal", por ser en la que se bendicen los oleos (crismas), que utilizamos en los sacramentos durante todo el año; esta misa manifiesta también la unión de los sacerdotes con su obispo diocesano. La misa de la Cena del Señor debe celebrarse en las últimas horas de la tarde, y el sagrario ha de estar vacío y abierto antes de la celebración de esta misa.


Un momento importante en esta celebración es el LAVATORIO DE LOS PIES: la liturgia nos invita a contemplar el gesto de Cristo lavando los pies a sus discípulos. Esto no debe quedarse en la mera anécdota, sino que debemos prestar atención profunda a este gesto y a lo que implica como actitud de servicio. Este rito nació en Toledo en el año 694, alcanzando luego gran popularidad en el mundo monástico, pues las abadías lo celebraban muy solemnemente, como expresión de la caridad para con los pobres.
Lamentablemente con el paso del tiempo estos fueron sustituidos por monjes, y quedó más como gesto ritual que como verdadera expresión de servicio. Este rito ha de ser celebrado con sencillez, evitando los ruidos y trasiego de muebles, preparando con antelación lo necesario. Según las normas litúrgicas, este rito no es obligatorio, puede omitirse, y además no necesariamente han de ser 12 personas, y también su condición puede variar.

Ha de resaltarse en este día la caridad de la comunidad que celebra, destacando por ejemplo el momento de acogida al templo, el rito de la paz, o las ofrendas dedicadas a los pobres. En este día no se dice el Credo, y se utiliza el primer prefacio de la Eucaristía, el más antiguo, cobrando particular relieve el momento en que se dicen las palabras de Jesús en la Última Cena. Si es posible ha de darse la comunión bajo las dos especies.


Al final de la Eucaristía se traslada el Cuerpo sacramentado del Señor al "Monumento", donde se reserva para la comunión eucarística del Viernes
. El Monumento ha de ser sencillo y no el momento para exhibir los objetos de valor que la comunidad conserva. Evitar también un excesivo barroquismo. Se lleva el Santísimo al Monumento al final de la celebración en procesión y luego allí se ora en silencio luego de algún canto adecuado, como el Tantum Ergo. La asamblea permanece orando, se puede hacer una sencilla meditación también sobre los temas propios de la jornada: eucaristía, sacerdocio, mandamiento del amor, y se pueden leer también pasajes del Evangelio. Esta adoración se realiza con solemnidad hasta la medianoche.

(Notas tomadas a partir del MISAL DE LA COMUNIDAD)

miércoles, 31 de marzo de 2021

MOMENTOS Y FIGURAS DE LA PASIÓN SEGÚN SAN JUAN

El domingo de Ramos leímos este año el relato de la Pasión de Jesús según Marcos, y lo comenté en una entrada anterior. El viernes próximo leeremos la Pasión según el evangelio de Juan. 
¿Cómo es Jesús en su Pasión, en el Evangelio de Juan?

Es un Jesús consciente de su preexistencia, que a través de la muerte retornará a la condición que había abandonado temporalmente para estar en este mundo. No es una víctima de sus enemigos; elige libremente entregar su vida con la absoluta certeza de que la recobrará. El Jesús joánico es omnisciente, no puede sorprenderle desprevenido lo que sucede en la pasión. Elige a Judas sabiendo que va a traicionarlo, y él mismo lo envía a que cumpla su misión malvada. En el huerto, Jesús no es sorprendido por Judas y el destacamento que va a prenderlo: él mismo se adelanta para encontrarse con ellos. El relato juega con los símbolos de la luz y las tinieblas: cuando Judas dejó a Jesús era de noche, ahora viene con antorchas para prender al que es la luz del mundo. Jesús aquí no se ha postrado en huerto para pedir que pase de él este momento, pues para este momento ha venido; no se siente abandonado por el Padre, porque el Padre y él son una sola cosa. Si alguien se va a postrar, son los que vienen a arrestarlo, representantes del poder religioso (judíos) y político (romanos): ellos caen al suelo cuando Jesús usa el nombre divino: YO SOY. Ellos no tienen poder sobre él, pero sí sobre sus seguidores, por eso Jesús protege a los suyos pidiendo que les dejen marchar.


El proceso de Jesús aquí es también es diferente
: no es un procedimiento formal ante Caifás, el sumo sacerdote, sino un interrogatorio policial ante Anás, su suegro. Buscan encontrar algún elemento subversivo en su movimiento o su enseñanza, para entregarlo a los romanos. Jesús se muestra seguro de sí mismo y supera a Anás, de modo que los guardias irritados lo abofetean.

Así, Jesús muestra su inocencia, mientras que su más conocido seguidor, Simón Pedro, muestra su debilidad. En este evangelio es Pedro el que corta la oreja del sumo sacerdote, pero luego niega incluso haber estado en el huerto. Su negación, contrastada con la actitud de Jesús, aparece más destacada acá que en los otros Evangelios. También aparece alguien más en la escena: otro discípulo, presumiblemente “el discípulo al que amaba Jesús”. Quienquiera que fuese históricamente, fue el testigo por excelencia de la comunidad de la que nació este evangelio (18,15; 19,35; 21,24); aparece como una figura de contraste con Simón Pedro, el testigo apostólico más conocido de la Iglesia en general, y en cada escena este Discípulo Amado aparece más favorecido que Pedro.

Luego ya el relato gira hacia el proceso romano: Jesús ante Pilato; muy diferente a los sinópticos, es una escena perfectamente montada en dos planos: los sacerdotes y la multitud fuera, Jesús dentro, y Pilato que va y viene entre ellos. Afuera gritos y presiones, y adentro un diálogo tranquilo y penetrante. Jesús aquí no se calla, responde con elocuencia a sus acusaciones; no rechaza el título de “Rey de los judíos”, si Pilato quiere presentarlo así, pero no fue esa la razón por la que vino al mundo, sino para dar testimonio de la verdad. Es Pilato el que acaba juzgado en su diálogo con Jesús; Jesús no le teme, es Pilato el que se asusta, y el que se encuentra en una encrucijada: es un hombre que conoce la verdad, pero no es capaz de dar testimonio de ella.

El evangelista desplaza la escena de la flagelación y los ultrajes a Jesús a este momento, antes de que sea sacado fuera, y ahí coinciden todos, resaltando la crudeza de los gritos que piden la crucifixión de Jesús como respuesta al Ecce homo de Pilato. Aparece como una acción literalmente inhumana, y como una renuncia de los judíos a sus esperanzas mesiánicas. En este evangelio el sentimiento antijudío es mucho más fuerte, y ha de enmarcarse en la situación concreta de aquella comunidad cristiana, expulsada de la sinagoga y perseguida. Finalmente, Pilato entrega a Jesús a los sacerdotes para que sea crucificado.

Aquí tampoco hay un Simón de Cirene; es el propio Jesús quien carga la cruz, como signo constante de que es dueño de la situación. Juan destaca en pequeñas viñetas los elementos fundamentales de su particular teología: Pilato afirma la realeza de Jesús al poner un cartel en todas las lenguas del imperio: latín, hebreo y griego. Algunas referencias a los salmos 106 y 22, prestando especial atención a la túnica sin costuras que no es rasgada. Esta túnica ha sido interpretada por algunos como símbolo sacerdotal (Jesús sería no solo rey, también sacerdote) y por otros como símbolo de unidad.

Al pie de la cruz Jesús no está solo, como en los sinópticos; al contrario, ahora le acompañan varias mujeres, entre las que destaca su madre, y el Discípulo Amado. Son dos figuras simbólicas para este evangelista, y que se encuentran al final del relato; cada una de ellas es un personaje histórico, pero aquí cobran un relieve mayor. El Jesús que agoniza deja su madre natural como Madre del Discípulo Amado, y este discípulo es designado como su hijo, y por tanto se convierte en hermano de Jesús. Queda así constituida una familia de discípulos, que nace ya al pie de la cruz (y que pasa a ser el lugar de nacimiento de la Iglesia).

En 19, 29-30, mojan una esponja empapada en vinagre en un hisopo y se la ofrecen a Jesús; el hisopo también tiene un sentido simbólico, ya que en la Escritura (Éxodo 12,22) se usa para asperjar con la sangre de los corderos pascuales las casas de los israelitas. Jesús muere a la hora de nona, la misma hora que en la Pascua judía los sacerdotes empiezan a sacrificar los corderos pascuales en los recintos del templo. Con su muerte, Jesús da sentido a la misteriosa aclamación de Juan Bautista: “Ahí está el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (1,29).

Para este cuarto evangelista, incluso el grito de Jesús (“Tengo sed”) se sitúa dentro del control soberano que este tiene sobre todo lo que sucede, pues lo hace para que se cumpla la Escritura, y sabiendo que todo había ya terminado. Toma el vinagre, dice “Todo se ha cumplido”, y entrega el espíritu. Todo muy diferente al final en Marcos (que leímos el pasado domingo), en que el grito de Jesús expresa angustia. Incluso la frase “inclinando la cabeza, entregó el Espíritu” hace pensar en la teología joánica, pues aquí se conserva mucho más la antigua comprensión cristiana según la cual la comunicación del Espíritu Santo era una parte esencial de la muerte y resurrección de Jesús. Es ahí cuando el Espíritu es una realidad para los discípulos, que parece entregarse de modo anticipado a los dos seguidores idealizados por la comunidad joánica como sus antecesores.

Finalmente, aquel que ha muerto de modo soberano también sigue realizando su obra salvífica después de morir: de su costado manan agua y sangre. El agua es símbolo del Espíritu, pero también es posible que aquí refieran a los dos canales a través de los cuales se comunica el Espíritu a la comunidad de discípulos: bautismo y eucaristía. Para sepultar al Jesús soberano hay un sepulcro nuevo, y se usa una cantidad extraordinaria de mirra y áloe, y envuelven el cuerpo en lienzos impregnados en perfumes aromáticos. Y el encargado es también José de Arimatea, pero también aparece Nicodemo, un personaje exclusivo de Juan, que antes había visitado a Jesús de noche, pero no era discípulo. Parece cumplirse aquello de “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

De principio a fin, el relato de la pasión en el cuarto evangelio muestra a Jesús como un rey soberano que vence al mundo; es el contraste del relato que leímos al comenzar la semana, y es la imagen de Jesús que ha primado siempre en la mente de los cristianos.

(Lo anterior es un resumen de un texto de Raymond Brow)