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sábado, 25 de octubre de 2025

JESÚS CAMINA CON NOSOTROS (homilía Primeras comuniones)

 
Hoy celebramos un paso muy importante… pero no es el primero.

Jesús ya está con ustedes desde el día en que fueron bautizados. Nos acompaña el Espíritu Santo, que es Dios en nosotros.
El día en que fuimos bautizados comenzó un camino: el camino de vivir como hijos/hijas de Dios, como parte de esta gran familia que es la Iglesia, sacramento universal de salvación.

Hoy, al recibir por primera vez el Cuerpo y la sangre de Cristo, ustedes dan un paso más: se acercan a la mesa de la comunidad, al banquete del Reino.

No se acercan a ella por méritos propios, porque lo merezcan. Es Jesús el que invita siempre: “Hagan esto en memoria mía”.
Tampoco vienen solos. Vienen con sus familias, con sus catequistas, con la comunidad que los ha acompañado en su preparación.

A ustedes, niños, les digo con alegría:
Jesús es un buen amigo, el mejor compañero de camino. Él ya te conoce desde que te regaló una vida nueva en el bautismo, te acompaña, y vive en ti.
Pero hoy te invita a algo nuevo: a compartir su vida, su cuerpo y su sangre, su misión.

A las familias, les digo con esperanza:
Este sacramento no es un punto final.
Es una invitación a seguir creciendo juntos en la fe.
A enseñar con la vida que Jesús no es un recuerdo, sino una presencia viva en la comunidad.

Y a todos, como Iglesia, nos toca cuidar este don.
Porque cada sacramento es un regalo para todos, no solo para quien lo recibe.
Cuando un niño comulga por primera vez, toda la comunidad se renueva.
Cuando una familia se acerca al altar, toda la Iglesia se fortalece.

Jesús dijo: “El que come de este pan vivirá para siempre.”
Y ese “vivir” no es solo para después de la muerte.
Es vivir con sentido, con amor, con esperanza… aquí y ahora, como cuerpo unido en Cristo.

Desde el Bautismo, hemos sido injertados en la vid que es Cristo. Cada sacramento que recibimos no es solo un regalo para cada uno y para sus familias, sino una forma concreta de crecer como sarmientos vivos en esa vid.

La Eucaristía, es por eso, una invitación a participar más plenamente en la vida de la comunidad eclesial. Porque los sacramentos no se reciben para guardarlos, o para presumirlos, sino para vivirlos juntos: para ser Iglesia, cuerpo unido, fecundado por la misma savia que es el amor de Dios.

Que hoy sea un momento especial para todos, niños y familias; para los primeros, alegría y compromiso, porque será su primera comunión (esperemos que no la única); para sus familiares, momento de renovar el compromiso bautismal.

Para todos, y dentro de la novena a nuestro patrono, compartir el gozo de ser de Cristo, de tener a María como Madre, y de sabernos parte de un pueblo que camina unido, sostenido por la fe, la esperanza y el amor.

Que esta celebración no se quede en una foto bonita, sino que sea semilla de comunidad viva.

Que cada niño que hoy comulga por primera vez, y cada familia que lo acompaña, sienta que no está sola, que pertenece a una historia más grande: la historia del amor de Dios que se hace pan, que se hace Iglesia, que se hace camino compartido.

Jesús camina con nosotros. Nos alimenta, nos une, nos envía.
Y nosotros, estamos llamados a dar fruto: fruto de fe, de alegría, de servicio.
Que esta primera comunión sea también una comunión más profunda entre nosotros, una oportunidad para volver a decir: ‘Sí, Señor, queremos seguirte, queremos vivir como tú, queremos ser comunidad que ama y acompaña.’”

Amén.

domingo, 19 de octubre de 2025

ORAR COMO QUIEN AMA Y SE DEJA AMAR (Domingo XXIX-C)

Si partimos de la definición teresiana de oración como “tratar de amistad con quien sabemos nos ama”, podemos leer las lecturas de este domingo como una pedagogía de esa amistad: una amistad que se sostiene en la lucha, se expresa en la insistencia, y se vive en comunidad.

1. La oración como trato de amistad (Santa Teresa)

Teresa no define la oración como técnica, ni como obligación, ni como fórmula. Para ella, orar es tratar de amistad, es decir, relación viva, diálogo confiado, presencia compartida. Pero no con cualquiera: con quien sabemos nos ama. La certeza del amor de Dios es el fundamento de toda oración auténtica.

Esta definición nos permite leer las lecturas de hoy no como instrucciones para orar, sino como escenas de amistad vivida.


2. Éxodo 17: Moisés ora como quien acompaña

Moisés no está solo. Ora por su pueblo, en medio de la batalla. Sus brazos levantados son gesto de intercesión, pero también de confianza en el Dios que camina con ellos. Cuando se cansa, no abandona: se deja sostener.

Aquí la oración es amistad que sostiene en la lucha. Moisés no busca controlar a Dios, sino permanecer en relación. Y esa relación se vuelve fuerza para el pueblo.

¿Cómo oramos cuando otros luchan? ¿Nos dejamos sostener cuando nos cansamos?


3. Lucas 18: La viuda ora como quien no se rinde

La viuda insiste ante un juez injusto. No tiene poder, pero tiene voz. Su oración es clamor persistente, no por capricho, sino por necesidad y esperanza.

Jesús nos dice que si incluso un juez injusto responde, cuánto más Dios, que es justo y nos ama. Pero la clave está en la actitud de la viuda: no se rinde, porque sabe que su causa es justa y que su voz vale.

¿Oramos como quien sabe que Dios escucha? ¿Nos atrevemos a insistir, no por ansiedad, sino por confianza?


4. Teresa: la oración como fidelidad amorosa

Teresa vivió noches oscuras, sequedades, cansancio. Pero nunca dejó de orar. Su “determinada determinación” no era terquedad, sino fidelidad a la amistad. Sabía que Dios no siempre responde como queremos, pero siempre está.

La oración, para Teresa, es permanecer junto al Amado, incluso cuando no hay palabras, incluso cuando todo parece estéril. Es no soltar la mano, como Moisés, como la viuda.

¿Educamos en esta oración que no busca resultados, sino comunión? ¿Acompañamos a quienes se cansan de orar?


5. Aplicación pastoral

Podemos invitar a nuestras comunidades a redescubrir la oración como amistad:
No como técnica, sino como relación.
No como obligación, sino como espacio de encuentro.
No como repetición, sino como fidelidad.

Y podemos proponer gestos concretos:
Sostener los brazos de quienes se cansan (acompañamiento, escucha, intercesión).
Orar con la terquedad de la viuda (persistencia, esperanza).
Permanecer como Teresa (silencio, presencia, confianza).

6. Oración final

Señor,
enséñanos a orar como quien ama,
como quien sabe que tú estás,
aunque no sintamos, aunque no veamos.
Que nuestra oración sea trato de amistad,
como la de Teresa, como la de Moisés,
como la de la viuda que no se rinde.
Que nunca nos cansemos de buscarte,
porque tú nunca te cansas de esperarnos.
Amén.

VOLVER PARA AGRADECER, VOLVER PARA VIVIR (Domingo XXVIII-C)

Las lecturas que nos propone la liturgia de la Iglesia para este domingo nos invitan a reflexionar sobre una actitud que puede parecer sencilla, incluso secundaria en nuestro camino de fe; sin embargo, esta actitud manifiesta, revela, el corazón del creyente: la gratitud.

Veamos la gratitud no solo como simple cortesía, sino como actitud de fe, como respuesta existencial ante el don recibido. Porque todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido de Dios, y de tantas personas que hemos encontrado en el camino de la vida.

En el Evangelio, diez leprosos son curados, pero solo uno —un samaritano, extranjero, excluido— vuelve a Jesús para agradecer. Y Jesús pregunta: “¿Y los otros nueve dónde están?” Esta pregunta no es reclamo, sino lamento. Porque la gratitud no es solo decir “gracias”; es como una semilla llena de promesas, de frutos posibles. La confianza es suficiente para curar, pero sólo salva la respuesta agradecida al don recibido. Agradecer es volver al origen, reconocer la fuente, abrirse a una relación que transforma, que da sentido, que nos vincula con Dios y con los hermanos. Es el gesto que convierte la sanación recibida en salvación.

🌿 Naamán: cargar con la memoria del encuentro

La primera lectura nos presenta a Naamán, un general sirio que, luego de dudar y confiar, acepta sumergirse en el Jordán y queda limpio de su lepra. Pero lo más profundo no es la curación física que recibe, sino su transformación interior. Naamán no se va como si nada: pide llevar tierra de Israel consigo. Quiere cargar con la memoria del encuentro, como quien lleva tierra en las manos para no olvidar el lugar donde fue sanado y tocado por Dios.

Ese gesto es profundamente espiritual. Nos recuerda que la gratitud verdadera no se agota en el momento, sino que se convierte en memoria viva, en una nueva posibilidad de futuro, en compromiso. Naamán no vuelve a su tierra del mismo modo en que salió de ella: ha sido tocado, ha sido cambiado, y ahora empieza a vivir de otro modo.

También nosotros, al ser tocados por Dios, estamos llamados a vivir con memoria agradecida, que nos impulse a caminar con esperanza y coherencia.

🔥 Pablo: la fidelidad que nace de la gratitud

En la segunda lectura, Pablo escribe desde la cárcel. Está encadenado; y, sin embargo, dice: “La Palabra de Dios no está encadenada.” Su fidelidad no nace del deber, sino de la experiencia del amor de Cristo. Pablo ha sido alcanzado por la gracia, y su vida entera es respuesta.

Aquí, la gratitud por el don de la fe se ha vuelto compromiso sostenido. No es emoción pasajera, sino decisión diaria. Pablo vive agradecido, y por eso persevera en su fe, a pesar de las pruebas. Porque quien ha sido tocado por Cristo no puede vivir como antes. La gratitud madura en fidelidad, en entrega, en misión.

Muchos creyentes hoy viven su fe en medio de dificultades, enfermedades, incomprensiones. La gratitud, como en Pablo, puede sostener la fidelidad incluso en la prueba.

🌅 El samaritano: volver como acto de fe

Y en el Evangelio, el samaritano vuelve. No porque se le haya pedido, sino porque su corazón lo impulsa. Vuelve a Jesús, se postra, agradece. Y Jesús le dice: “Tu fe te ha salvado.” No solo ha sido sanado, ha sido salvado. Porque la gratitud lo ha llevado al encuentro, y ese encuentro lo ha transformado.

Este es el núcleo del mensaje: la gratitud abre al encuentro con Cristo, y ese encuentro transforma. No se trata únicamente de curación física; se trata de abrirnos a una salvación integral, que abarca toda la vida de la persona. El samaritano no vuelve a su vida anterior: no solo porque ha sido curado, sino porque su encuentro con Jesús le abre a una nueva relación y a una nueva forma de vivir, desde la fe, desde el vínculo con el Señor.

También nosotros estamos llamados a volver, a postrarnos, a reconocer que el encuentro con Jesús nos abre a una vida nueva.

🌻 Gratitud como actitud de fe

La gratitud, entonces, no es una solo reacción emocional. Es actitud fundamental de nuestra fe. Es reconocer que todo es don, que no somos autosuficientes, que hemos sido alcanzados por la misericordia de Dios. Y desde ahí, vivir en relación con Dios, con los hermanos, con la vida misma, es el fruto de saber agradecer.

El creyente agradecido no se encierra en sí mismo. Vuelve a Dios, y sale al encuentro de los demás. La gratitud nos hace humildes, disponibles y generosos. Nos hace comunidad de fe, nos hace Iglesia.

La gratitud no se queda en palabras. Se convierte en compromiso. En vida entregada. En fidelidad cotidiana. En memoria que transforma. Como Naamán, como Pablo, como el samaritano: quien agradece, se compromete. Proclama su salvación. Se convierte en testigo.

La gratitud nos hace discípulos misioneros, testigos del amor recibido, sembradores de esperanza. Estamos aquí, no porque seamos perfectos, sino porque hemos sido tocados. Que nuestra presencia sea como la del samaritano: humilde, agradecida, transformada.
 Que vivamos nuestra condición de creyentes con coherencia, como quienes han sido sanados, salvados, enviados. Que esta tierra santa que llevamos en el corazón se traduzca en gestos de misericordia, en palabras que sanan, en presencia que acompaña.

Amén.

🙏 Oración después de la comunión: “Volver con el corazón abierto”

Señor Jesús,
hoy hemos vuelto a Ti, como el samaritano,
no solo para recibir, sino para agradecer.
Nos has tocado con tu Palabra,
nos has alimentado con tu Cuerpo,
nos has sanado en lo profundo.

Haz que esta comunión no sea solo rito,
sino memoria viva del encuentro,
como tierra santa que llevamos en el corazón,
como señal de que hemos sido alcanzados por tu misericordia.

Que nuestra gratitud no se quede en palabras,
sino que se convierta en compromiso,
en vida entregada, en fidelidad cotidiana,
en gestos concretos de amor hacia nuestros hermanos.

Como Naamán, queremos cargar con la memoria del lugar
donde fuimos tocados por tu gracia.
Como Pablo, queremos perseverar,
aunque haya cadenas, aunque haya cansancio.
Como el samaritano, queremos volver siempre a Ti,
porque solo en el encuentro contigo hay salvación.

Gracias, Señor, por habernos sanado.
Gracias por abrirnos a la fe.
Gracias por llamarnos a vivir desde el don recibido.

Que esta Eucaristía nos transforme,
nos envíe, nos comprometa.
Y que al salir, llevemos contigo
la tierra del encuentro,
la luz de la gratitud,
y el fuego del amor.

Amén.

sábado, 20 de septiembre de 2025

JESÚS Y LAS MUJERES

"En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando la Buena Noticia del Reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades. María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes". (Lc 8, 1-3)

Les comparto el comentario de Enrique Martínez Lozano, sobre el texto anterior, que habla de la predilección de Jesús por los grupos marginales, especialmente por las mujeres:
 
"A tenor de los documentos de que disponemos, parece que dejarse acompañar por mujeres era algo inédito entre los rabinos. No se las consideraba aptas para el estudio de la Ley; tampoco eran consideradas, propiamente, miembros de la comunidad: el culto solo podía celebrarse cuando estaban presentes al menos diez varones. 

En el evangelio, aparecerán, como grupo, junto a la cruz y como las primeras testigos de la resurrección. 

Reconocer que Jesús tuviera una proximidad especial a colectivos marginados (mujeres, niños, enfermos, “pecadores”…) no tendría que llevar a posturas que, de un modo tan anacrónico como carente de fundamento, hacen de él un “feminista contemporáneo”. Tales lecturas suelen restar credibilidad a quienes, de buena fe, las sostienen. Y, como escribe algún estudioso judío, pareciera que se quiera ensalzar a Jesús a costa de denigrar el judaísmo de su tiempo. Si realmente Jesús hubiera adoptado la actitud que algunos proponen, deberíamos haber encontrado alguna mujer en la lista de los doce apóstoles. 

Obviamente, esto no tiene nada que ver con la cuestión abierta acerca del papel de la mujer en la Iglesia. Aquí se da una situación tan injusta como incomprensible: realmente cuesta entender que, en pleno siglo XXI, y dentro de una sociedad empeñada en superar cualquier lastre machista, la Iglesia se obstine en mantener una postura que no tiene otro sustento que la propia tradición machista que se ha perpetuado hasta hoy. 

El hecho de que no hubiera ninguna mujer en el grupo de los doce no es motivo para, por ejemplo, negar el acceso de la mujer al ministerio ordenado. Por esa misma razón, únicamente los israelitas –como eran los doce– podrían ser consagrados obispos. Pero para reconocer estas obviedades y procurar un cambio en la praxis eclesial, no es necesario proyectar en Jesús unos comportamientos que no eran propios de la época. 

¿Me he preguntado por qué pesa tanto el sexismo (machismo) en la Iglesia?"

(Otro modo de leer el Evangelio)

sábado, 6 de septiembre de 2025

DISCIPULADO Y SEGUIMIENTO DE JESÚS (Domingo XXIII-C)

 

“No basta con estar cerca, hay que seguir a Jesús” 

(Lucas 14, 25-33)

Queridos hermanos y hermanas,

En el pasaje del Evangelio de Lucas que acabamos de proclamar se nos cuenta que mucha gente seguía a Jesús en su viaje a Jerusalén, pero Jesús se detiene y les habla, recordándoles lo que implica ir con Él. “Quien no carga con su cruz y me sigue, quien no deja su familia, quien no renuncia a sus bienes… no puede ser mi discípulo”. Son exigencias duras, evidentemente, y pueden además ser mal comprendidas.

Hay dos palabras fundamentales en el ser cristiano: Discipulado y seguimiento. El Evangelio nos habla de responder a la invitación de Jesús: “seguirle para estar con Él”, y estas palabras no han perdido fuerza con el paso del tiempo. La invitación que Jesús hizo a Pedro, a Juan, a Mateo, y luego a tantas y tantos a lo largo de la historia (Francisco, Domingo, Teresa, etc.), es la misma que hoy nos dirige a cada uno de nosotros: “Ven y sígueme”; este llamado sigue siento actual y urgente. No es una frase bonita, sino un llamado radical. Es una propuesta de vida, un modo de vivir, de asumir la existencia, de estar presente en el mundo.

Y aquí es donde debemos detenernos a pensar. Porque somos muchos los que hemos sido bautizados, hemos recibido los sacramentos, venimos a misa casi todos los domingos. Y eso es bueno, es necesario. Pero, ¿es lo que pide Jesús? ¿Es suficiente con eso? Porque el discipulado cristiano no es solo pertenecer a una religión, o cumplir determinados ritos, o cumplir determinadas normas. Es seguir a una Persona. Es caminar con Jesús, aprender de Él, vivir como Él.

Muchos viven su fe como una (buena) costumbre heredada, como una tradición familiar, pero no como una decisión personal. Es como tener una Biblia en casa que nunca se abre, o como tener una bicicleta que nunca se usa, o como acordarse de santa Bárbara cuando truena, pero nada más. Pero, la fe no nos transforma en personas nuevas, en nuevas criaturas, si no se vive de verdad el seguimiento. Y el discipulado no se da de forma mágica o automática. Necesita una respuesta libre, consciente, comprometida de parte nuestra.

Jesús no busca admiradores entusiastas, no le convencen las multitudes. Busca seguidores, busca discípulos. No quiere que lo miremos desde lejos, sino que caminemos con Él. Y eso implica, como dice hoy el evangelio, dejar cosas atrás. Implica renunciar a la comodidad, al egoísmo, a la indiferencia. Implica abrir el corazón a la Palabra, dejarse formar, ser parte de una comunidad, servir con alegría, cargar la cruz con esperanza, tener un corazón compasivo y solidario. Eso es tomar la cruz sobre los hombros y seguirle.

El verdadero discípulo no es el que solo escucha, sino el que obedece. No es el que solo cree, sino el que ama. No es el que solo asiste, sino el que se compromete. Y eso se nota. Se nota en cómo trata a los demás, en cómo enfrenta las dificultades, en cómo vive su fe en lo cotidiano.

Jesús no pide que no amemos a nuestra familia y a nuestros amigos, pero quiere que ampliemos el círculo de nuestros afectos y nuestro compromiso, porque el proyecto del Reino es para todos, no para unos cuantos elegidos, cercanos, simpáticos, afines. Él nos llama a ser discípulos misioneros. No solo para nosotros, para los nuestros, sino para los demás. Porque el mundo necesita testigos, no solo creyentes. Necesita cristianos que vivan con coherencia su compromiso con la verdad y la justicia, que anuncien con alegría, que sirvan con humildad, al estilo de Jesús. Porque no hay cristianismo sin cruz, sin entrega de la vida.

Y nosotros, hermano, hermana, ¿dónde estamos en ese camino? ¿Somos solo creyentes… o somos discípulos? ¿Tenemos fe que transforma la vida… o solo la acompaña? ¿Hemos respondido al llamado de Jesús… o aún estamos y no estamos, pensando si vale la pena?

Hoy es siempre el día para dar el paso. Para decirle al Señor: “Aquí estoy. Quiero seguirte. Quiero aprender de Ti. Quiero vivir como Tú”. No tengamos miedo. Él no llama a los perfectos. Llama a los que se muestran disponibles. A los que se atreven a dar el paso. A los que confían en su gracia. A los que como María le dicen: “Hágase”.

Pidamos hoy al Espíritu Santo, y a María, cuya natividad celebramos mañana, que encienda en nosotros el fuego del discipulado. Que no nos conformemos con estar cerca… sino que nos decidamos a seguir a Cristo, a estar con él, a ser parte de su comunidad de discípulos. Porque solo el que sigue a Jesús, lo encuentra de verdad, y puede ser llamado discípula o discípulo. Puede hacer presente la novedad del Reino de Dios en el mundo con su modo de vivir, con sus palabras y sus obras.

Amén

(P. Valls)

martes, 8 de abril de 2025

PASIÓN DE JESÚS: COMPARACIÓN ENTRE LUCAS Y JUAN

 
Las narraciones de la pasión de Jesús según Lucas y según Juan tienen diferencias significativas que reflejan las perspectivas y énfasis teológicos únicos de cada evangelista. Aquí una comparación:


1. Jesús como un modelo de compasión y oración (Lucas) vs. Jesús como el Rey soberano (Juan)

- En **Lucas**, Jesús es presentado como un ejemplo supremo de compasión y oración incluso en su sufrimiento. Por ejemplo, en la cruz, ora: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Esta actitud misericordiosa subraya su humanidad y su conexión con los marginados.

- En **Juan**, Jesús es mostrado como el Rey soberano que controla cada evento de su pasión. Por ejemplo, Él confronta a los soldados en el huerto con autoridad, y su crucifixión resalta su identidad divina como el “Cordero de Dios”.



2. Enfoque en la oración y el Espíritu Santo (Lucas) vs. Enfoque en la gloria y la revelación (Juan)

- Lucas enfatiza la oración como sustento en la pasión. La agonía en el huerto (Lucas 22:39-46) incluye la imagen de Jesús sudando gotas de sangre mientras ora intensamente.

- En Juan, la pasión de Jesús está impregnada de lenguaje de gloria y revelación, como cuando habla de ser “levantado” en la cruz para atraer a todos hacia Él (Juan 12:32).


3. Interacción con los personajes secundarios

- **Lucas** incluye interacciones detalladas con personajes secundarios como las mujeres de Jerusalén, a quienes Jesús consuela en su camino al Calvario (Lucas 23:27-31). También el relato del buen ladrón destaca la salvación inmediata a través de la fe (Lucas 23:43).

- **Juan** muestra menos personajes secundarios en estos momentos, pero profundiza en la interacción con María y el discípulo amado, estableciendo una relación íntima entre ellos desde la cruz (Juan 19:26-27).


4. Cumplimiento de las Escrituras

- **Lucas** también señala el cumplimiento de las profecías, pero lo hace con un enfoque narrativo menos explícito que Juan.

- En **Juan**, hay una insistencia constante en que los eventos ocurren conforme a las Escrituras, como el reparto de las vestiduras de Jesús (Juan 19:24) y la lanza que no rompe sus huesos (Juan 19:36-37).


5. La perspectiva final

- En **Lucas**, el último momento de Jesús en la cruz refleja su confianza total en el Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).

- En **Juan**, Jesús simplemente dice: “Todo está cumplido” (Juan 19:30), señalando la consumación de su misión divina.


En resumen, Lucas ofrece una visión más emocional y humana, mientras que Juan enfatiza la identidad divina y la gloria de Jesús. Ambos relatos son profundamente ricos y complementarios, brindando una perspectiva completa sobre la pasión.

PASIÓN DE JESUS EN EL EVANGELIO DE LUCAS

El Evangelio de Lucas tiene una imagen muy particular de Jesús, centrada en su **compasión, humanidad y universalidad**. Aquí te resumo sus características principales:

1. **Jesús como Salvador Universal**: Lucas enfatiza que Jesús vino para salvar a **todos**, no solo al pueblo judío. Hay un énfasis especial en los marginados: los pobres, las mujeres, los pecadores y los extranjeros. Esto se refleja en parábolas exclusivas como la del Buen Samaritano y el Hijo Pródigo.

2. **Jesús lleno de compasión y misericordia**: En este Evangelio, Jesús muestra una profunda empatía. Desde perdonar a quienes lo crucificaron ("Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen") hasta aceptar al Buen Ladrón, su carácter misericordioso resalta.

3. **Jesús como Maestro y Profeta**: Lucas presenta a Jesús como un maestro que instruye sobre el Reino de Dios a través de parábolas y sermones. Además, es descrito como un profeta poderoso en palabra y obra, cumpliendo la misión divina.

4. **Énfasis en la oración y el Espíritu Santo**: Lucas destaca repetidamente a Jesús en oración, mostrando su conexión con el Padre. También da un papel central al Espíritu Santo, desde su concepción hasta su misión.

El Jesús de Lucas es profundamente humano y al mismo tiempo divino, cercano a todos los que sufren y buscan esperanza.


En la narración de la Pasión según San Lucas, que forma parte del Evangelio de Lucas en el Nuevo Testamento, intervienen varios personajes clave. A continuación, te menciono algunos de los más destacados:

-Jesús: Es el protagonista central de la historia.

-Los discípulos: Incluyen a Pedro, quien tiene un papel importante al negar a Jesús tres veces.

-Judas Iscariote: Quien traiciona a Jesús por treinta monedas de plata.

-Las autoridades religiosas: Como los sumos sacerdotes y los fariseos, quienes buscan la manera de condenarlo.

-Pilato: El gobernador romano que interroga a Jesús y finalmente ordena su crucifixión.

-Herodes: A quien Pilato envía a Jesús durante su juicio.

-El pueblo: Que pide que se libere a Barrabás y que Jesús sea crucificado.

-Barrabás: El prisionero que es liberado en lugar de Jesús.

-Los soldados romanos: Que se encargan de su crucifixión y lo ridiculizan.

-Las mujeres: Como las que lloran por Jesús en el camino al Calvario y María, su madre.

-El buen ladrón: Crucificado junto a Jesús, quien reconoce su divinidad.


San Lucas ofrece una versión particularmente compasiva y centrada en el perdón, mostrando la humanidad y el sacrificio de Jesús.

La teología de Lucas tiene características muy particulares que destacan por su enfoque en la misericordia, la inclusión y el cuidado por los marginados. Algunos personajes de la narración de la Pasión que reflejan estos temas propios de la teología lucana son:

- **Las mujeres**: Lucas presta especial atención al papel de las mujeres en la Pasión y en la vida de Jesús. En el camino al Calvario, Jesús se dirige a las mujeres que lloran por Él, mostrando su compasión incluso en medio del sufrimiento. Este énfasis en las mujeres refleja el interés de Lucas por incluir a los marginados y destacar su importancia en el Reino de Dios.

- **El buen ladrón**: En la crucifixión, Lucas presenta al "buen ladrón" como alguien que reconoce la divinidad de Jesús y recibe su promesa de estar con Él en el paraíso. Este acto de perdón y aceptación enfatiza la misericordia y la salvación, que son temas clave en la teología de Lucas.

- **Jesús mismo**: En la versión de Lucas, Jesús es presentado como un modelo de perdón y compasión. Desde su oración en el huerto de Getsemaní hasta las palabras que dirige al buen ladrón y a sus verdugos ("Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"), la humanidad y el amor de Jesús destacan de manera especial en este Evangelio.

En general, Lucas muestra un Jesús profundamente humano y accesible, centrado en el perdón, la salvación y el cuidado por los excluidos y necesitados.

miércoles, 5 de marzo de 2025

CUARESMA: IR A LO ESENCIAL (Francisco)

«Tocad la trompeta, proclamad un ayuno santo» (Joel 2,15), dice el profeta en la primera lectura. La Cuaresma se abre con un sonido estridente, el de una trompeta que no acaricia los oídos, sino que anuncia un ayuno. Es un sonido fuerte, que quiere ralentizar nuestra vida que siempre va a toda prisa, pero a menudo no sabe hacia dónde. Es una llamada a detenerse –un “¡detente!”–, a ir a lo esencial, a ayunar de aquello que es superfluo y nos distrae. Es un despertador para el alma.

El sonido de este despertador está acompañado por el mensaje que el Señor transmite a través de la boca del profeta, un mensaje breve y apremiante: «Conviértanse a mí» (v. 12). Conversión. Si tenemos que regresar, significa que nos hemos ido por otra parte. La Cuaresma es el tiempo para redescubrir la ruta de la vida. Porque en el camino de la vida, como en todo viaje, lo que realmente importa es no perder de vista la meta. Sin embargo, cuando estás de viaje, si lo que te interesa es mirar el paisaje o pararte a comer, no vas muy lejos. Cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿en el camino de la vida, busco la ruta? ¿O me conformo con vivir el día, pensando solo en sentirme bien, en resolver algún problema y en divertirme un poco? ¿Cuál es la ruta? ¿Tal vez la búsqueda de la salud, que muchos dicen que es hoy lo más importante, pero que pasará tarde o temprano? ¿Quizás los bienes y el bienestar? Sin embargo no estamos en el mundo para esto. Convertíos a mí, dice el Señor. A mí. El Señor es la meta de nuestro peregrinaje en el mundo. La ruta se traza en relación a él.

Para encontrar de nuevo la ruta, hoy se nos ofrece un signo: ceniza en la cabeza. Es un signo que nos hace pensar en lo que tenemos en la mente. Nuestros pensamientos persiguen a menudo cosas transitorias, que van y vienen. La ligera capa de ceniza que recibiremos es para decirnos, con delicadeza y sinceridad: de tantas cosas que tienes en la mente, detrás de las que corres y te preocupas cada día, nada quedará. Por mucho que te afanes, no te llevarás ninguna riqueza de la vida. Las realidades terrenales se desvanecen, como el polvo en el viento. Los bienes son pasajeros, el poder pasa, el éxito termina. La cultura de la apariencia, hoy dominante, que nos lleva a vivir por las cosas que pasan, es un gran engaño. Porque es como una llamarada: una vez terminada, quedan solo las cenizas. La Cuaresma es el momento para liberarnos de la ilusión de vivir persiguiendo el polvo. La Cuaresma es volver a descubrir que estamos hechos para el fuego que siempre arde, no para las cenizas que se apagan de inmediato; por Dios, no por el mundo; por la eternidad del cielo, no por el engaño de la tierra; por la libertad de los hijos, no por la esclavitud de las cosas. Podemos preguntarnos hoy: ¿De qué parte estoy? ¿Vivo para el fuego o para la ceniza?

En este viaje de regreso a lo esencial, que es la Cuaresma, el Evangelio propone tres etapas, que el Señor nos pide de recorrer sin hipocresía, sin engaños: la limosna, la oración, el ayuno. ¿Para qué sirven? La limosna, la oración y el ayuno nos devuelven a las tres únicas realidades que no pasan. La oración nos une de nuevo con Dios; la caridad con el prójimo; el ayuno con nosotros mismos. Dios, los hermanos, mi vida: estas son las realidades que no acaban en la nada, y en las que debemos invertir. Ahí es hacia donde nos invita a mirar la Cuaresma: hacia lo Alto, con la oración, que nos libra de una vida horizontal y plana, en la que encontramos tiempo para el yo, pero olvidamos a Dios. Y después hacia el otro, con caridad, que nos libra de la vanidad del tener, del pensar que las cosas son buenas si lo son para mí. Finalmente, nos invita a mirar dentro de nosotros mismos con el ayuno, que nos libra del apego a las cosas, de la mundanidad que anestesia el corazón. Oración, caridad, ayuno: tres inversiones para un tesoro que no se acaba.

Jesús dijo: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6,21). Nuestro corazón siempre apunta en alguna dirección: es como una brújula en busca de orientación. Podemos incluso compararlo con un imán: necesita adherirse a algo. Pero si solo se adhiere a las cosas terrenales, se convierte antes o después en esclavo de ellas: las cosas que están a nuestro servicio acaban convirtiéndose en cosas a las que servir. La apariencia exterior, el dinero, la carrera, los pasatiempos: si vivimos para ellos, se convertirán en ídolos que nos utilizarán, sirenas que nos encantarán y luego nos enviarán a la deriva. En cambio, si el corazón se adhiere a lo que no pasa, nos encontramos a nosotros mismos y seremos libres. La Cuaresma es un tiempo de gracia para liberar el corazón de las vanidades. Es hora de recuperarnos de las adicciones que nos seducen. Es hora de fijar la mirada en lo que permanece.

¿Dónde podemos fijar nuestra mirada a lo largo del camino de la Cuaresma? Es sencillo: EN CRISTO. Jesús en la cruz es la brújula de la vida, que nos orienta al cielo. La pobreza del madero, el silencio del Señor, su desprendimiento por amor nos muestran la necesidad de una vida más sencilla, libre de tantas preocupaciones por las cosas. Jesús desde la cruz nos enseña la renuncia llena de valentía. Pues nunca avanzaremos si estamos cargados de pesos que estorban. Necesitamos liberarnos de los tentáculos del consumismo y de las trampas del egoísmo, de querer cada vez más, de no estar nunca satisfechos, del corazón cerrado a las necesidades de los pobres. Jesús, que arde con amor en el leño de la cruz, nos llama a una vida encendida en su fuego, que no se pierde en las cenizas del mundo; una vida que arde de caridad y no se apaga en la mediocridad. 
¿Es difícil vivir como él nos pide? Sí, es difícil, pero lleva a la meta. La Cuaresma nos lo muestra. Comienza con la ceniza, pero al final nos lleva al fuego de la noche de Pascua; a descubrir que, en el sepulcro, la carne de Jesús no se convierte en ceniza, sino que resucita gloriosamente. También se aplica a nosotros, que somos polvo: si regresamos al Señor con nuestra fragilidad, si tomamos el camino del amor, abrazaremos la vida que no conoce ocaso. Y ciertamente viviremos en la alegría.

Francisco
6 marzo 2019

sábado, 18 de enero de 2025

SEGUIR A JESÚS ES VIVIR COMO EL VIVIÓ

 

Todos conocemos la variada y pintoresca gama de figuras que de Jesús se han dado y se dan, desde el dulce niño hasta el guerrillero de la ultraderecha, pasando por el nazareno, el cromo del Corazón de Jesús o el revolucionario de las izquierdas. El abanico no puede ser más indiscriminadamente amplio. 

Pero, sin descubrir a Jesús de Nazaret en la historia concreta humana, a partir de lo que practicó y manifestó en el plano público de lo social, con las consecuencias que se derivan de su muerte o de su cruz, no es posible enraizar la fe en la conciencia crítica humana. Jesús murió porque lo mataron. Y lo mataron los piadosos al considerarlo blasfemo y los dominantes al juzgarlo sedicioso. Conoció el exilio, estuvo en la cárcel, padeció torturas y fue ajusticiado impunemente. Su comportamiento fue el de un hombre extraordinariamente libre y liberador. Se ha repetido, con razón, que es el hombre para los demás. 

 La fe en Jesús supone o entraña creer como creyó Jesús, afiliado enteramente al Padre, a quien lo descubre y con quien se identifica desde su entrega a la realización del Reino de Dios. Consecuencia de esa praxis es el hecho del seguimiento. Creer en Jesucristo es, nada más ni nada menos, seguirle. Dicho de otro modo: tiene fe quien cree consecuentemente en el Dios de Jesús o en el Jesús de Dios.

(Tomado de: Misal de la Comunidad)


martes, 17 de diciembre de 2024

GENEALOGÍAS DE JESÚS EN LOS EVANGELIOS (2)

Comparto 2 comentarios de Enrique Martínez Lozano y su peculiar mirada sobre los textos bíblicos; en este caso la Genealogía de Jesús
:

"Parece que a los humanos nos han interesado siempre las genealogías. No solo por conocer el linaje al que se pertenecía, sino por algo más profundo: formamos una misma “familia” con quienes nos precedieron. En los evangelios encontramos dos listas que pretenden ofrecer el “árbol genealógico” de Jesús: Mateo arranca de Abraham, el padre del pueblo judío, dividiendo la historia del pueblo en tres bloques de catorce generaciones cada una. Lucas, sin embargo, comienza en José hasta llegar a Adán y, finalmente, a Dios (Lc 3,23-38). 

Quizás podamos comprender la diferencia si tenemos en cuenta que Mateo escribe en una comunidad judía, mientras que Lucas pertenece a una comunidad mayoritariamente helenista. En cualquier caso, el sentido de ambas listas es el mismo: toda la historia –judía o universal– se orienta hacia Jesús. Es comprensible que cada pueblo –cultura o religión– haya tendido a considerarse a sí mismo como el “centro” de la historia y del universo: es el etnocentrismo típico de la consciencia mítica. Y eso ocurrió también con el cristianismo. Si abandonamos la trasnochada pretensión etnocéntrica, desde la perspectiva no-dual podemos reconocer a “Cristo” como símbolo de toda la humanidad y de toda la realidad manifiesta. 

El centro de la historia no es un momento determinado dentro del tiempo que nuestra mente imagina, sino el Presente eterno, en su doble cara: lo invisible y lo manifiesto, abrazados en una secreta unidad. “Cristo” es, en la tradición cristiana, el símbolo y el nombre de ese abrazo no-dual que no deja nada fuera. 

¿Me siento uno con todos y con todo?

Mateo comienza su evangelio con la genealogía de Jesús, que remonta hasta Abraham, el “padre del pueblo” (a diferencia de Lucas, que llegará hasta Adán) y, desde él, a Dios. Se trata de una genealogía simbólica, cargada de contenido, dividida en tres grandes periodos, de “catorce generaciones” cada uno de ellos: de Abraham a David, de David al exilio, y del exilio al Mesías. 

Con esa periodización, Mateo hace girar la historia de su propio pueblo (“elegido”) en torno a tres ejes: Abraham, David y Jesús, como introducción de un escrito en el que proclamará a este último como el Mesías de Dios. En cierto modo, tal como los vivieron aquellas primeras comunidades, todo el pueblo elegido queda “recapitulado” en la persona del Maestro de Nazaret. 

El modelo mental no logra superar la separación. Por el contrario, cuando una persona se encuentra realmente con su verdadera identidad, se descubre una con toda la humanidad. Es claro que se siguen advirtiendo las diferencias, pero diferencia no significa separación. 

La mente, a falta de otros criterios, tiende a absolutizar las diferencias y, al situarse en la línea del tiempo, divide la historia según sus propias referencias. Sin embargo, cuando vamos más allá del nivel al que la mente puede acompañarnos, descubrimos que nuestra verdad es una y compartida: habitamos la misma “casa” aunque, en este “juego” de formas, desarrollemos papeles diferentes. Al ser una y la misma, el encuentro con la propia verdad implica el encuentro con la verdad de todos los seres. Encontrar la propia casa es descubrir la casa común. Acceder a la propia verdad es llegar a la verdad de Dios. 

Dos místicos sufíes del siglo XIII lo han leído de este modo: “Cada imagen pintada en el lienzo de la existencia es la forma del mismo artista. Eterno Océano que vomita nuevas olas. «Olas» es el nombre que les damos, pero en realidad solo hay mar” 
(Fakir-al-Dîn ‘Iraqui). 
“El Océano es el Océano como lo es desde la Eternidad, y los seres contingentes solo olas y corrientes. No dejes que las olas y las brumas del mundo te velen a Aquel que adopta la forma de esos velos”
 (Mu`ayyid al-Dîn Jandî). 

¿Qué me ayuda a permanecer conscientemente en “casa”?

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

LA GENEALOGÍA DE JESÚS EN SAN MATEO (Según Benedicto XVI)

"Cuando Mateo comienza su Evangelio con la genealogía de Jesús, quiere poner de inmediato bajo la luz correcta, ya desde el principio, la pregunta sobre el origen de Jesús; la genealogía es como una especie de título para todo el Evangelio. 

Para Mateo, hay dos nombres decisivos para entender el «de dónde» de Jesús: Abraham y David. 

Con Abraham –tras la dispersión de la humanidad después de la construcción de la torre de Babel– comienza la historia de la promesa. Abraham remite anticipadamente a lo que está por venir. Él es peregrino hacia la tierra prometida, no sólo desde el país de sus orígenes, sino que lo es también en su salir del presente para encaminarse hacia el futuro. Toda su vida apunta hacia adelante, es una dinámica del caminar por la senda de lo que ha de venir. Con razón, pues, la Carta a los Hebreos lo presenta como peregrino de la fe fundado en la promesa, porque «esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios» (Hb 11,10). Para Abraham, la promesa se refiere en primer término a su descendencia, pero va más allá: «Con su nombre se bendecirán todos los pueblos de la tierra» (Gn 18,18). Así, en toda la historia que comienza con Abraham y se dirige hacia Jesús, la mirada abarca el conjunto entero: a través de Abraham ha de venir una bendición para todos. 

Por tanto, desde el comienzo de la genealogía la visión se extiende ya hacia la conclusión del Evangelio, en la que el Resucitado dice a sus discípulos: «Haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). En la singular historia que presenta la genealogía, está ciertamente presente ya desde el principio la tensión hacia la totalidad; la universalidad de la misión de Jesús está incluida en su «de dónde». 

Pero la estructura de la genealogía y de la historia que en ella se relata está determinada totalmente por la figura de David, el rey al que se le había prometido un reino eterno: «Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre» (2 S 7,16). La genealogía propuesta por Mateo está modelada según esta promesa. Y se articula en tres grupos de catorce generaciones: primero, ascendiendo desde Abraham hasta David; descendiendo después desde Salomón hasta el exilio en Babilonia, para ir subiendo de nuevo hasta Jesús, donde la promesa llega a su cumplimiento final. Muestra al rey que durará por siempre, aunque del todo diverso al que cabría pensar basándose en el modelo de David. 

Esta articulación resulta aún más clara si se tiene en cuenta que las letras hebreas que componen el nombre de David dan el valor numérico de 14 y, por tanto, también a partir del simbolismo de los números, David, su nombre y su promesa, marcan la vía desde Abraham hasta Jesús. Apoyándose en esto, podría decirse que la genealogía, con sus tres grupos de catorce generaciones, es un verdadero evangelio de Cristo Rey: toda la historia tiene la vista puesta en él, cuyo trono perdurará para siempre. 

La genealogía de Mateo es una lista de hombres, en la cual, sin embargo, antes de llegar a María, con quien termina la genealogía, se menciona a cuatro mujeres: Tamar, Rahab, Rut y «la mujer de Urías». ¿Por qué aparecen estas mujeres en la genealogía? ¿Con qué criterio se las ha elegido? 

Se ha dicho que estas cuatro mujeres habrían sido pecadoras. Así, su mención implicaría una indicación de que Jesús habría tomado sobre sí los pecados y, con ellos, el pecado del mundo, y que su misión habría sido la justificación de los pecadores. Pero esto no puede haber sido el aspecto decisivo en su elección, sobre todo porque no se puede aplicar a las cuatro mujeres. Es más importante el que ninguna de las cuatro fuera judía. Por tanto, el mundo de los gentiles entra a través de ellas en la genealogía de Jesús, se manifiesta su misión a los judíos y a los paganos. 

Pero, sobre todo, la genealogía concluye con una mujer. María, que es realmente un nuevo comienzo y relativiza la genealogía entera. A través de todas las generaciones, esta genealogía había procedido según el esquema: «Abraham engendró a Isaac...». Sin embargo, al final aparece algo totalmente diverso. Por lo que se refiere a Jesús, ya no se habla de generación, sino que se dice: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1,16). En el relato sucesivo al nacimiento de Jesús, Mateo nos dice que José no era el padre de Jesús, y que pensó en repudiar a María en secreto a causa de un presunto adulterio. Y, entonces, se le dijo: «La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Así, la última frase da un nuevo enfoque a toda la genealogía. María es un nuevo comienzo. Su hijo no proviene de ningún hombre, sino que es una nueva creación, fue concebido por obra del Espíritu Santo. 

No obstante, la genealogía sigue siendo importante: José es el padre legal de Jesús. Por él pertenece según la Ley, «legalmente», a la estirpe de David. Y, sin embargo, proviene de otra parte, de «allá arriba», de Dios mismo. El misterio del «de dónde», del doble origen, se nos presenta de manera muy concreta: su origen se puede constatar y, sin embargo, es un misterio. Sólo Dios es su «Padre» en sentido propio. La genealogía de los hombres tiene su importancia para la historia en el mundo. Y, a pesar de ello, al final es en María, la humilde virgen de Nazaret, donde se produce un nuevo inicio, comienza un nuevo modo de ser persona humana".

Benedicto XVI
LA INFANCIA DE JESÚS

sábado, 31 de agosto de 2024

LO PRIMERO ES SIEMPRE JESÚS

"En toda religión hay tradiciones que son humanas. Normas, costumbres, devociones que han nacido para vivir la religiosidad en determinado ambiente o cultura. Pueden hacer mucho bien. Pero hacen mucho daño cuando nos distraen y alejan de lo que Dios espera de nosotros. Nunca han de tener primacía.

Cuando nos aferramos ciegamente a tradiciones humanas, corremos el riesgo de olvidar el mandato del amor y desviarnos del seguimiento de Jesús, Palabra encarnada de Dios. En la religión cristiana, lo primero es siempre Jesús y su llamada al amor. Solo después vienen nuestras tradiciones humanas, por muy importantes que nos puedan parecer. No hemos de olvidar nunca lo esencial".

(José Antonio Pagola, La buena noticia de Jesús, ciclo B)

domingo, 9 de junio de 2024

POR EL AMOR SE COMPRENDE EL PECADO, NO AL REVÉS

 

"Sin reconocimiento y experiencia del amor de Dios no hay posibilidad de atisbar el pecado cristiano o del cristiano. El amor de Dios, enteramente gratuito y son razón, manifestado en el despojo de la cruz, es redentor, liberador. Es un amor que perdona, Por el amor se comprende el pecado, no al revés. La penitencia cristiana no se centra en el pecado sino en el amor, en el perdón. Expresa que la existencia humana no está bajo el fatalismo o la desesperación, sino perdonada y reconciliada con Dios. 

 Naturalmente, el hecho de que el perdón sea lo primero, no significa que no haya pecado ni culpabilidad. Quiere decir que lo contrario del pecado no es la moralidad sino la fe.  Si el pecado se revela en el perdón, adquiere sentido en relación con la fe, dentro de la reconciliación en Jesucristo. Hay una significación religiosa o cristiana en la falta, distinta de la significación moral. Y, solamente cuando se madura en las exigencias de la fe, se comprende desde el perdón de Jesús el pecado del hombre. La moral no es la fe, ni la religión es una moral que sacraliza la fe. 

 Por supuesto que la moral es necesaria y es un patrimonio del hombre. Para el cristiano, la moral debe situarse dentro de la fe; es decir: la obediencia a la ley justa es necesaria para todo el mundo, pero la obediencia cristiana es obediencia a la fe. 

 El pecado no es, por tanto, transgresión de una ley sino intento de ser el hombre dueño y señor de la vida de sus semejantes, al considerarse amo absoluto. De ahí que el pecado sólo puede ser reconocido "delante de Dios", por medio de la fe. Arrepentirse no es tener remordimientos, sino aceptar las exigencias del Reino de Dios y de las promesas".

Misal de la comunidad (I): decimo domingo

domingo, 2 de junio de 2024

EL HOMBRE ES MÁS QUE EL SÁBADO (Domingo IX-B)


"Un sábado atravesaba el Señor un sembrado, y mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos les dijeron: “Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?”. Él les respondió: “¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que solo pueden comer los sacerdotes, y los dio también a sus compañeros”. Y añadió: “El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del Hombre es señor también del sábado” (Mc 2, 23-289. 

La polémica acerca del sábado ocupa un lugar destacado en los relatos evangélicos. No en vano, para no pocos rabinos, constituía una de las normas más importantes y sagradas del judaísmo. La transgresión del precepto sabático podía ser castigada con la excomunión o incluso con la pena de muerte. 

Con este trasfondo, Marcos nos muestra a los discípulos haciendo algo prohibido en sábado. No sabemos si se trata de una narración simbólica –a eso nos inclinaría a pensar el hecho, insólito, de la presencia de los fariseos en medio del campo– o de un dato histórico. En cualquier caso, parece advertirse el interés del autor por mostrar ya a los discípulos participando de la misma libertad de su Maestro. 

El diálogo que sigue a continuación refleja lo que era una típica discusión rabínica, en la que a una pregunta se contestaba con otra, que hiciera referencia a algún dato de las Escrituras. Y culmina con un dicho radical, que sintetiza admirablemente la novedad del mensaje de Jesús frente a cualquier pretensión nacida de la religión. Al afirmar la supremacía de la persona sobre el sábado, se está diciendo que no existe nada por encima de ella y que todo está a su servicio. 

La radicalidad de la sentencia se pone de manifiesto cuando constatamos que tanto Mateo (12,1-8) como Lucas (6,1-5), en los correspondientes pasajes paralelos, la censuran. Es decir, copiando a Marcos en el relato de este episodio, al llegar a esa afirmación –“el sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado”–, la omiten. Sin duda, porque a su juicio, iba demasiado lejos. Es significativo que, desde tan temprano, se empezara a encubrir la novedad del Maestro de Nazaret. 

Con el tiempo, a lo largo de la historia, en la Iglesia se olvidará con frecuencia esa novedad y surgirán normas que se colocarán, una y otra vez, por encima del bien de las 174 personas. Sin embargo, siempre brillará nítida la sentencia sabia de Jesús: el ser humano no es para ningún “sábado” (póngase aquí lo que se quiera), sino “todo sábado” (institución, norma, religión…) estará al servicio del ser humano. 

¿Cuál es el criterio que rige, aun sin darme cuenta, mi vida cotidiana?

Enrique Martínez Lozano
Otro modo de leer el evangelio