viernes, 18 de marzo de 2016

JESÚS, EL COHERENTE.

“La muerte de Jesús no es comprensible aislándola de su actividad histórica. Al encontrarnos con un juicio, una condena a muerte y una ejecución, no tenemos más remedio que acudir a los datos sobre la actividad del personaje, para encontrar las causas reales (oficiales o no) que le llevaron a la muerte. La pasión y muerte es el término de un proceso, el resultado al que le llevó la proclamación de su doctrina (su teoría) y la praxis subsiguiente.

Al final de la vida de Jesús, todos los grupos, instituciones e intereses de la sociedad,se han aliado contra él, a pesar de sus intereses contrapuestos.  No hacia falta que Jesús fuera el hijo de Dios para que pudiera tener conciencia de la inevitabilidad de su muerte.  En realidad, si Cristo era un hombre medianamente inteligente y sensible,  podía prever con bastante seguridad la posibilidad de su muerte.  Todos los datos coincidían en la predicción:  por un lado el testimonio de los profetas del Antiguo Testamento, la misma muerte de Juan el Bautista, la creciente violencia de las autoridades con las que se enfrenta y que en repetidas ocasiones quieren agredirle o capturarle, la reflexión veterotestamentaria sobre el justo oprimido y el siervo sufriente, que tan viva está en el pueblo... Los evangelios ofrecen una gran abundancia de testimonios y predicciones en los que se indica la conciencia que tenia Jesús de su futura muerte violenta.  

Jesús es consciente de la tragedia. No cambia su actitud, ni altera el sentido de su misión.  No se trata de una actitud estoica, indiferente al dolor, ni de una dinámica necrofílica. Cristo ama la vida, no la muerte, y no busca la pasión, ni quería  el sufrimiento... Cristo, como cualquier hombre, siente miedo y rechazo ante el dolor y le asusta el sufrimiento y se vuelve a Dios en Getsemaní pidiendo que, si es posible, se le evite esa prueba.  Es la reacción normal de un hombre sano ante el sufrimiento. Jamás se nos dice en los evangelios que Jesús buscara la cruz, y en diversas ocasiones se indica que quieren apresarlo y que él procura esquivarles y no darles ocasión de que lo capturen. No busca la muerte, ni la desea, pero está dispuesto a asumirla como pago por su conducta.

Jesús es libre ante la muerte, en el sentido de que la asume y la acepta como precio que tiene que pagar por mantener su fidelidad a si mismo, a Dios, y a los hombres, a los que se dirige.  Con la misma consecuencia con que ha hablado de las persecuciones y de la necesidad de afrontar la muerte, sabe encararse con ella, no con una impavidez estoica, sino con la decisión que surge de un compromiso libremente asumido.  Hasta el final permanece fiel a su proyecto histórico, y asume el miedo que le produce sin apartarse de su camino. 

Esa fidelidad la mantiene hasta la prueba final, que es la que se expresa en el calvario.  El grito de Jesús, recogido de diversa forma por los evangelistas,.. y que la multitud interpreta como una llamada a Elías…, es el sufrimiento del hombre inocente, víctima de la opresión e injusticia humana. Vive el sinsentido del dolor inexplicable, ¿por qué Dios permite esto?, y se queja ante un Dios al que interpela, porque lo sabe presente en su mismo silencio y en su aparente ausencia. El quejido de Jesús expresa la complejidad de sentimientos que le embargan: soledad ante el abandono de los suyos, impotencia ante las burlas y el menosprecio de los que le rodean ,.. conciencia del fracaso en su intento de convertir a su pueblo, y también, la angustia y la perplejidad ante un Dios silencioso y que no actúa.  Los evangelistas oscilan al marcar su angustia y su confianza en Dios, y es que su grito probablemente ininteligible y balbuciente es explicitado por cada uno de ellos teológicamente.  Se nos dice que muere abandonando en Dios su causa y poniendo en él su último aliento.

 Los teólogos indican las diversas citas de salmos del Antiguo Testamento, a las que pueden aludir esas expresiones que nos cuentan los evangelistas.  En último extremo, nunca sabremos con segundad la mezcolanza de afectos, sentimientos, interrogantes y aspiraciones de los últimos momentos de Cristo.  En todo caso, no hay la menor alusión a que el sufrimiento le haya endurecido, y muere como ha vivido: perdonando a los otros y abandonándose en Dios. Su muerte, una vez más, remite al significado que él mismo ha anunciado en vida. 

 En cualquier caso, no cabe duda del sentido consciente de donación y de entrega a los hombres que el mismo dio a su muerte en la alianza de la cena, y en el ofrecimiento de su vida como rescate por muchos. Hasta el final, persevera en actitud de servicio a los demás, y de fidelidad profética a la misión de Dios. 

 La cena es el último signo del hombre consciente, que libremente asume la fidelidad a Dios y a su propia obra, y que se entrega en un gesto de amor y de donación. "


JOSÉ M. CASTILLO Y JUAN A. ESTRADA.  El Proyecto de Jesús.

BUEN CAMINO HACIA LA PASCUA, AMIGAS Y AMIGOS DEL BLOG.

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