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lunes, 30 de marzo de 2020

NOS QUEDA EL EVANGELIO

Faltan pocos días para terminar la Cuaresma, pocos para la Semana Santa, y a todos nos inquieta pensar cómo la viviremos en las actuales condiciones de distanciamiento social. Toca a la creatividad de cada uno descubrir el modo, para vivirla como un verdadero momento de gracia; quiero compartir un texto de José María Castillo, que nos recuerda algo fundamental para hacerlo. Importante que al hacernos la pregunta, no olvidemos esto: 

"Estamos en vísperas de la Semana Santa más vacía de toda mi vida. Una Semana Santa sin santos, sin cofradías, sin procesiones, sin “oficios” y ceremonias en las iglesias, sin viajes ni vacaciones, sin turistas ni turismos, sin libertad para salir a la calle, sin salud y sobrados de miedos, amenazados por una economía que se tambalea. Y todos con la pregunta de si los políticos podrán sacarnos de la situación penosa que nos puede amenazar.

¿Qué nos queda en pie, además de los miedos y peligros que nos amenazan? A las víctimas del coronavirus y sus familias, salir de esta situación cuanto antes. A otras muchas gentes, pasar estos días lo mejor posible. Y para quienes tenemos creencias religiosas – además de lo dicho - ¿qué nos queda? A los creyentes y a todas las personas de buena voluntad, nos queda el Evangelio. Que nos explica la razón de ser y lo esencial de la Semana Santa. Porque – lo digo con insistencia y firmeza – una Semana Santa, que no tiene en cuenta el Evangelio de la pasión de Jesús, es como un banquete presentado en platos elegantes, camareros de etiqueta y músicas de ensueño, pero un banquete en el que no se les da ni un garbanzo crudo a los comensales. O lo que es peor: aprovechar el recuerdo de la muerte de Jesús, para pasar una semana de juerga, descanso y diversión".

José María Castillo
(Teología sin censura)
Religión Digital

sábado, 28 de diciembre de 2019

LA GRAN FAMILIA DE DIOS

La familia es una realidad cardinal en nuestra vida, y a la vez una paradoja, como tantas otras realidades que pertenecen al ámbito de lo humano. Junto a la familia nos encontramos hoy su impugnación y contestación; la sociedad se abre a nuevas formas familiares, desafiando así lo que la Iglesia propone como voluntad de Dios, y lo que entendemos como tradición. Cristo asume y acepta la realidad familiar de su tiempo, la que le tocó vivir, y experimento la cercanía de sus padres y parientes, pero al mismo tiempo la pone en cuestión muy radicalmente, como constatamos en los Evangelios, en los que el valor supremo es siempre el Reino de Dios, incluso por encima de los lazos familiares. 

 En los medios católicos tradicionales, y en otros medios, ha habido como una absolutización de la familia, una especie de idolización. La familia lo era todo, y en aras de la familia había que sacrificarlo todo: Jesús da un rotundo NO a esta concepción.  La desmitificación que hace Jesús de un exagerado aprecio de la familia se extiende a todos los aspectos de la cuestión, a la vocación social, la vocación política, la vocación personal..., que nunca pueden ser absorbidas por el grupo familiar cerrado. 

 La evolución actual nos hace comprender mejor esta puesta en cuestión del absolutismo familiar. Los jóvenes reciben fuera de la familia tanto como dentro de ella. Reciben de fuera cada vez más las ideas, la cultura, la enseñanza, la amistad, incluso el dinero, el alimento, el techo, pues muchos trabajan, ganan y viven fuera del ámbito familiar gran parte de su tiempo. El grupo familiar queda en cierto modo homologado con los otros grupos humanos. 

 Ahora bien, la familia, aunque relativizada, mantiene todo su valor singular, insustituible. Diversos hechos contemporáneos lo confirman. La experiencia de los países donde se ha llevado al máximo la socialización, y los estudios acerca del desarrollo psicoemocional del individuo, confirman la decisiva trascendencia que para toda la vida tiene el ámbito familiar y las relaciones paterno filiales. 

En el caso concreto de los creyentes, la celebración de la Eucaristía tiene como finalidad ir creando la comunidad cristiana como una familia, en cuyo seno se ofrezca ya lo que debería ser toda la humanidad, o sea, una gran familia, una sociedad fraterna donde el auténtico amor allane cualquier obstáculo que aparezca en el camino, y supere cualquier intento de crear grupos cerrados, que se sientan por encima o al margen de la comunidad humana.

El cristiano no se gloría, sino de una sola aristocracia: la de ser hijo de Dios; y esta condición es sumamente democrática, ya que la condición de hijo de Dios es gratuitamente ofrecida a todo ser humano. Juntos debemos trabajar para que se derriben los muros que dividen a la humanidad: para que todos reconozcamos a Dios como Padre y nos reconozcamos hermanos unos de otros, ayudando a construir la gran familia que Dios quiere. 

(Ideas tomadas del Misal de la Comunidad)



jueves, 21 de noviembre de 2019

DOMINGO DE CRISTO REY

El último domingo del tiempo ordinario la Iglesia celebra la solemnidad de Jesucristo, rey del universo. Esta fiesta, más conocida como Cristo Rey, fue instaurada por Pío XI el 11 de marzo de 1925. Apareció en el contexto histórico y social de una Iglesia sola e inerme frente al auge republicano y anticlerical de los países europeos. No olvidemos que las monarquías eran tradicionalmente cristianas y que los eclesiásticos se declaraban monárquicos. 

 Es fiesta de un título de Cristo correspondiente a una ideología, hostil a la secularización del mundo moderno y nostálgica de la cristiandad medieval.  Se revaloriza el título de Jesús como Rey de reyes, con la pretensión de que los Estados reconozcan pública y oficialmente a Jesucristo Rey, mediante consagraciones hechas por el primer mandatario de la nación. Ante los nuevos parlamentos, la Iglesia pretende defender sus derechos a través de partidos políticos cristianos y de centrales sindicales católicas. No se admitía la autonomía del mundo, se defendía el poder temporal de los papas y se exaltaba la autoridad de la Iglesia institucional hasta límites increíbles. 

 Como Jesús es Rey, se concluía que la Iglesia ha de ejercer la realeza con todas sus consecuencias relativas a derechos, privilegios e influencias.  Otros pretendían espiritualizar la realeza de Jesús considerado Rey de las almas, sin conexión alguna con lo social y lo político. Jesús era mero guía espiritual. 


Después del Concilio Ecuménico Vaticano II debemos situar la fiesta de Cristo Rey en un nuevo contexto social, dentro de las perspectivas litúrgicas del Viernes santo. El mundo posee su autonomía propia, no pertenece a la Iglesia.  Sólo desde la fe podemos afirmar que Jesucristo es Señor del mundo y de los hombres. 

 También debemos revisar nuestra concepción cristiana de la Iglesia y, en concreto, las relaciones de esta con el Estado. La Iglesia ha de ser libre e independiente de todo poder civil. Su misión incide en las realidades temporales, aunque desde el ángulo de lo específicamente evangélico, ya que el ejercicio del profetismo es tarea esencial cristiana. 

 La realeza de Cristo no se visibiliza en la Iglesia por sus poderes o su resplandor, sino por la justicia, el servicio y la caridad.

Oración

 Dios, Padre todopoderoso y eterno, que quisiste fundar todas las cosas en tu hijo muy amado, Rey del Universo, haz que toda la creación, liberada de la esclavitud del pecado, sirva a tu infinita misericordia y te glorifique sin fin.

Lecturas: Segundo Libro de Samuel 5, 1-3; Salmo 121; Colosenses 1, 12-20; San Lucas 23, 35-43.

"El triunfalismo eclesial es una renuncia al misterio de la cruz"

(Tomado del MISAL DE LA COMUNIDAD)

martes, 19 de noviembre de 2019

ACERCA DEL CULTO EUCARÍSTICO

Estas notas son un resumen del Diccionario de Liturgia. La Iglesia desde hace unos años ya ha tratado de renovar el culto eucarístico, pero creo esto es válido sólo si tenemos en cuenta ciertos aspectos, de lo contrario, simplemente repetiremos viejos esquemas,superados luego del Concilio Vaticano II, y sería un retroceso (13 de junio de 2007).


Presentación:
La expresión culto eucarístico puede entenderse en dos sentidos: culto al Padre por medio de la celebración eucarística, supremo acto del culto cristiano; y culto al santísimo sacramento del cuerpo y de la sangre de Cristo, es decir, reconocimiento y adoración de la presencia eucarística del Señor, presencia definida como verdadera, real y substancial por el concilio de Trento. Ahora bien, este segundo sentido de la expresión culto eucarístico se desglosa también en dos momentos: durante la celebración de la misa y fuera de ella. Esta distinción no supone ruptura ni distanciamiento entre uno y otro momento, pues es en la celebración de la misa donde tiene su origen toda expresión de culto eucarístico.

Misterio eucarístico quiere decir la eucaristía en toda su integridad y amplitud “tanto en la celebración de la misa como en el culto de las sagradas especies”. Pero no siempre se ha tenido en cuenta la unidad y continuidad entre la misa y el culto eucarístico fuera de ella.

Aspectos históricos:
Las manifestaciones del culto eucarístico fuera de la misa, como la exposición del santísimo, las procesiones, la bendición eucarística, los congresos eucarísticos y otras formas de piedad pública y privada, constituyen una práctica propia de la iglesia de occidente, más exactamente de la iglesia católica; y nacieron entre los siglos IX y XII, cuando se produce un tránsito del simbolismo que caracterizaba a la doctrina eucarística de los santos padres, a una nueva corriente más realista y cosificante. 

Qué significó esto? Pues que se pasó de la consideración de la celebración de la misa en relación directa con el acontecimiento de la muerte del Señor a una atención casi exclusiva de la presencia de Cristo, es decir se perdió de vista la conexión entre la acción litúrgica y el hecho histórico salvífico que la sustenta.

Lo importante pasa a ser la presencia, y el recuerdo de la pasión y muerte se queda en alegoría. La misa se convierte en un acto cada vez más privativo del sacerdote, al que el pueblo asiste para conseguir dones y gracias para vivos y difuntos. La comunión es cada vez más rara e infrecuente. El desconocimiento del latín aísla la liturgia del pueblo, y esta carencia se suple con el DESEO DE VER LA HOSTIA, reforzado por una creciente tendencia afectiva hacia la humanidad de Cristo, propia de este momento histórico. 

Aquí está el origen de las primeras formas de culto eucarístico: ostensión y elevación de las especies, exposición prolongada del santísimo. La mirada se convierte en un acto de fe y adoración e incluso en un acto de comunión espiritual, pues algunos místicos consideraban que se obtenía idéntico beneficio espiritual que con la comunión sacramental.

A partir de este momento comienza a desarrollarse la piedad eucarística en todas las manifestaciones que hemos conocido y que recuerdan los de más edad. El deseo de CONTEMPLAR LA SAGRADA HOSTIA alcanzó rápida difusión a nivel popular, y cuando un moribundo no podía comulgar le llevaban el sacramento para que pudiera contemplarlo. Empieza a cobrar relieve el rito de la elevación y lo acompañan de campanas, luces y cantos, y se pierde poco a poco el sentido originario de realizar el propio ofrecimiento y la comunión con Cristo en ese momento de la misa.

A partir del siglo XI empieza a hacerse sobre el altar principal la reserva eucarística: sagrarios en forma de paloma, suspendidos o en pequeñas torres, que reciben el nombre de TABERNÁCULO., y poco tiempo después el uso de la lámpara, cuyo cuidado y mantenimiento estaba a cargo de las cofradías.

En 1264 el papa Urbano IV instituye para toda la iglesia la fiesta del Corpus Christi, convirtiéndola en una de las principales solemnidades del año, sobre todo después del concilio de Trento, cuando pasó a ser un signo del catolicismo, frente a la doctrina protestante. Otras devociones posteriores fueron las CUARENTA HORAS, la Exposición durante la misa, la adoración nocturna o perpetua, que tuvieron una orientación manifiesta de reparación hacia el Señor presente en el sacramento, hecho prisionero por nosotros, humillado y escarnecido por los pecados.

Desde comienzos del siglo XX se apreciaron síntomas de una crisis en el culto eucarístico fuera de la misa (disposiciones y reformas de Pio X y Pio XII), que se consumará después del vaticano II, pero que llevó a la par una mayor comprensión y estimación de la liturgia eucarística.

Elementos negativos:
Sin afectar la legitimidad de este culto, padecía no obstante de insuficiencias y acentuaciones propias del tiempo en que nació:
1- Posibilidad de convertirse en una realidad desgajada de la celebración eucarística.
2- Justificación autónoma a causa de una teología esencialista y apologética
3- Escasa participación del pueblo en la misa y la comunión sacramental.
4- Devocionismo e individualismo en lugar de nutrirse de las fuentes objetivas de la Palabra de Dios y la Tradición de los Padres de la Iglesia.

El vaticano II...  impregnó una nueva orientación al culto eucarístico, y nos ofreció unas importantes líneas teológicas a tener en cuenta:
1- El misterio eucarístico es el centro de la liturgia, y por lo mismo, de toda la vida cristiana. Por misterio eucarístico se entiende la eucaristía en la totalidad de sus aspectos, comenzando por la celebración del memorial del Señor. Esta celebración es también el centro de la vida de la iglesia local y universal.
2- La celebración eucarística es el punto de referencia y la clave de comprensión del culto a la eucaristía, es decir, el origen y el fin de todo culto eucarístico. La eucaristía está siempre destinada a la comunión, aunque mientras tanto, pueda recibir la adoración y el culto de los fieles.
3- La conservación de la eucaristía tiene como objeto primario y primordial la administración del viático, y como objeto secundario la distribución de la comunión y la adoración de Cristo, presente en el sacramento. Por tanto, el culto eucarístico debe conducir a una participación más plena y profunda en el misterio pascual, es decir: PARTICIPAR MÁS FRECUENTEMENTE EN LA EUCARISTÍA Y CON MÁS DISPOSICIÓN; y Practicar LA UNIDAD ENTRE EUCARISTÍA Y CARIDAD. El culto eucarístico no puede ser ajeno a la vida; debe haber continuidad entre eucaristía y servicio al hermano.
4- Armonizar el culto eucarístico con la estructura pascual, trinitario y celebrativo del año cristiano.
5- Importantes los signos que acompañan al culto litúrgico, para no opacar la centralidad de la misa (exposición debe ser después de la misa, no estar la reserva en el altar mayor, que no sea más solemne la exposición que la misa)

miércoles, 30 de octubre de 2019

NECESITAMOS SANTOS...

Comienzo por por una intuición de Simone Weil: "No es suficiente, hoy en día, ser meramente santos, sino que debemos tener el tipo de santidad que nuestro tiempo requiere”. Creo que muchos de los santos tradicionales, justamente por esa razón, continúan siendo un recurso invaluable; sin embargo, no está de más que nos preguntemos: ¿cuáles son las necesidades del mo­mento actual? ¿Qué santidad es hoy más necesaria?


Los ejemplos que conocemos de santidad tendían a enfatizar un ascetismo negador del mundo; hoy necesitamos ejemplos de disciplina y abnegación al servicio del mundo y solidarios con los sufrimientos humanos.

Hay incontables santos que exhibían la virtud de la caridad; necesitamos santos que combinen la caridad con una sed profética de justicia.

Gran parte de la historia cristiana ha sido escrita por manos masculinas; necesitamos recordar el ejemplo y los dones de las mujeres santas y proféticas.

La lista tradicional de los santos ha estado dominada por el clero y los religiosos; necesitamos prestar especial atención a los testimonios de los laicos, de aquellos cuya vocación es infundir el espíritu del evangelio en el mundo.

La historia de la Iglesia tiene tendencia a ser escrita en términos occiden­tales; necesitamos recor­dar la lucha de los santos que tradujeron el evangelio al idioma de las culturas lo­cales, no occidentales; que abrazaron la sabiduría de otros caminos religiosos e intentaron comprender la fe en términos de nuevos horizontes intelectuales y cul­turales.

Necesitamos ejemplos de santidad más allá del claustro; santos inmersos en el universo del arte, de la literatura, en el mundo académico, en el de las lu­chas políticas, y en la vida cotidiana. Necesitamos profetas que presenten un de­safío tanto a la Iglesia como al mundo, para que reflejen mejor la justicia y la mi­sericordia de Dios. 

Debemos prestar atención a la visión de los místicos, que ven a través de la sombra de la cotidianeidad y nos recuerdan, así, al Dios que es siempre más grande que nuestras teologías o nuestra imaginación.

¿Existen santos que hablen a todas estas preocupaciones? Algunos, tal vez. Pero el desafío es recurrir, para nuestro camino, un camino que comienza en el punto en que se halla cada uno de nosotros, al testimonio parcial de muchos com­pañeros santos.
Estamos hechos de lo que admiramos. Pero en esto, como en cualquier otra búsqueda, es posible cultivar nuestro gusto. Resulta importante aprender a reco­nocer qué es bueno, a entrenar nuestros oídos a discernir la verdad, a honrar lo que es verdaderamente honorable, a elegir normas morales que estén más allá de nuestro fácil alcance"

Y claro, nosotros necesitamos ser santos, aquí y ahora.

(Recreando un texto de Robert Ellsberg)

jueves, 27 de junio de 2019

LA HONDURA DEL CORAZÓN DE JESÚS

Una persona con corazón es una persona profunda y a la vez cercana; entrañable y comprensiva, capaz de sentir emociones a la vez que de ir al fondo de las cosas y los acontecimientos.  

El corazón ha simbolizado para la gran mayoría de las culturas el centro de la persona, donde vuelve a la unidad y se fusiona la multiple complejidad de sus facultades, dimensiones, niveles, estratos: lo espiritual y lo material, lo afectivo y lo racional, lo instintivo y lo intelectual. Una persona con corazón es no la dominada por el sentimentalismo, sino la que ha alcanzado una unidad y una coherencia, un equilibrio de madurez que le permite ser objetivo y cordial, lúcido y apasionado, instintivo y racional; la que nunca es fría, sino siempre cordial, nunca ciega, sino siempre realista. 

 Tener corazón equivale para el hombre antiguo a ser una personalidad integrada. En fin, el corazón es el símbolo de la profundidad y de la hondura. Solo quien ha llegado a una armonía consciente con el fondo de su ser consigue alcanzar la unidad y la madurez personales. 

 Jesús, el hombre para los demás, tiene corazón porque toda su vida es como un fruto logrado y maduro, un fruto suculento de sabiduría y santidad. Su corazón no es de piedra, sino de carne. Su
 vida es un signo del buen amar, del saber amar. 

 Pero sobre todo, Jesús en su corazón es la profundidad misma del hombre. En él está la fuente del Espíritu que brota como agua fecunda hastra la vida eterna.

(Misal de la Comunidad)

jueves, 20 de junio de 2019

EL CUERPO DE CRISTO: PRESENCIA Y MEMORIA

Nuestra vida humana está poblada de presencias, unas visibles y otras invisibles; unas cercanas y otras lejanas... A veces la presencia toma la forma de ausencia, a veces de recuerdo.

 Una manera singular de presencia, la más misteriosa y honda, es la que tiene lugar en el fondo último de nuestro ser en aquello que funda, es decir, en nuestra misma vida personal. Ese fondo, que es Dios, está presente en nosotros de un modo substancial y a la vez consciente, a traves de un sentimiento inefable que nos inspira; un sentimiento de confianza, de fe, de cobijo y acogida entrañable. 

 Pero la presencia de Dios en nuestra vida histórica ha tomado cuerpo palpable y tangible en Jesús; se ha encarnado en el ámbito espacio temporal de una persona concreta, nacida en un tiempo y un lugar determinados.

 Sustraído a nuestra experiencia sensible tras la ascensión, la presencia de Jesús cambia de signo pero no de realidad. 

 Ahora nos encontramos con Él a través de una presencia en forma de memoria.  Es su memoria la que nos acerca y nos lo hace presente; especialmente su memoria litúrgica y sacramental. Efectivamente, en la reunión eucarística, los cristianos hacemos, ante todo, memoria de Jesús, de su vida, de su muerte y de su resurrección, y así lo hacemos presente y presencia. 

 Pero de modo análogo a lo sucedido en su vida terrena, su presencia ahora no es desencarnada; toma encarnadura en el ámbito espacio temporal. Ese ámbito se lo ofrecen los símbolos del pan y del vino que se nos entregan a nosotros como comida y comunión lo mismo que Jesús se nos entregó en persona, brindándonos su cuerpo y su sangre. 

(Tomado del MISAL DE LA COMUNIDAD)

miércoles, 19 de junio de 2019

EL CUERPO DE CRISTO

"Hemos convertido la eucaristía en un rito cultual. En la mayoría de los casos no es más que una pesada obligación que, si pudiéramos, nos quitaríamos de encima. Se ha convertido en una ceremonia rutinaria, carente de convicción y compromiso. La eucaristía fue para las primeras comunidades el acto más subversivo imaginable. Los cristianos que la celebraban se sentían comprometidos a vivir lo que el sacramento significaba, conscientes de que recordaban lo que Jesús había sido y comprometiéndose a vivir como él vivió.

El problema de este sacramento, es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente su esencia, que es su aspecto sacramental. Con la palabreja “transustanciación” no decimos nada, porque la “sustancia” aristotélica es solo un concepto que no tiene correspondencia alguna en la realidad física. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos ni son ritos mágicos ni son milagros. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda la capacidad de comunicación, que los seres humanos hemos desplegado, se realiza a través de signos. Todas las formas de lenguaje no son más que una intrincada maraña de signos. Con esta estratagema hacemos presentes mentalmente las realidades que no están al alcance de nuestros sentidos. Ahora bien, todos los sonidos, todos los gestos, todos los grafismos, que sirven para comunicarnos son convencionales, no se pueden inventar a capricho. Si me invento un signo que no dice nada a los demás, será solo un garabato.

El primer signo es el Pan partido y preparado para ser comido, es el signo de lo que fue Jesús toda su vida. La clave del signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido. El pan se parte para comerlo, es decir, el signo está en la disponibilidad de poder ser comido. Jesús estuvo siempre preparado para que todo el que se acercara a él pudiera hacer suyo todo lo que él era. Se dejó partir, se dejó comer, se dejó asimilar; aunque esa actitud tuvo como consecuencia que fuera aniquilado por los jefes de su religión. La posibilidad de morir por ser como era, fue asumida con la mayor naturalidad.

El segundo signo es la sangre derramada. Es muy importante tomar conciencia de que para los judíos, la sangre era la vida misma. Si no tenemos esto en cuenta, se pierde el significado. Tenían prohibido tomar la sangre de los animales, porque como era la vida, pertenecía solo a Dios. La sangre está haciendo alusión a la vida de Jesús que estuvo siempre a disposición de los demás. No es la muerte la que nos salva, sino su vida humana que estuvo siempre disponible para todo el que lo necesitaba. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramento no pertenece a lo esencial y nos despista de su verdadero valor.

La realidad significada es una realidad trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Por eso tenemos necesidad de los sacramentos. Dios no los necesita, pero nosotros sí, porque no tenemos otra manera de acceder a esas realidades. Esas realidades son eternas y no se pueden ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Están siempre ahí. En lo que fue Jesús durante su vida, podemos descubrir esa realidad, la presencia de Dios como don.

El principal objetivo de este sacramento, es tomar conciencia de la presencia divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Toda celebración que no alcance, aunque sea mínimamente, este objetivo, se convierte en completamente inútil. Celebrar la eucaristía pensando que me añadirá algo automáticamente, sin exigirme la entrega al servicio de los demás, es un autoengaño. Si nos conformamos con realizar el signo sin alcanzar lo significado, solo será un garabato.

En la eucaristía se concentra todo el mensaje de Jesús, que es el AMOR. El Amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total, Amor total, sin límites. Al comer el pan y beber el vino consagrados, lo que quiere decir es que hago mía su vida y me comprometo a identificarme con lo que fue e hizo Jesús. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando como sino cuando me dejo comer, como hizo él...

La comunión no tiene ningún valor si la desligamos de signo sacramental. El gesto de comer el pan y beber el vino consagrados es el signo de nuestra aceptación de lo que significa el sacramento. Comulgar significa el compromiso de hacer nuestro todo lo que Es Jesús. Significa que, como él, soy capaz de entregar mi vida por los demás, no muriendo, sino estando siempre disponible para todo aquel que me necesite. Es una pena que sigamos oyendo misa sin pensar en la importancia que tiene celebrar una eucaristía.

Todas las muestras de respeto hacia las especies consagradas están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir menospreciando o ignorando al prójimo es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia. A Jesús hay que descubrirlo en todo aquel que espera algo de nosotros, en todo aquél a quien puedo ayudar a ser él mismo, sabiendo que esa es la única manera de llegar a ser yo mismo...".

FRAY MARCOS
(Religión Digital)

miércoles, 12 de junio de 2019

TRINIDAD: LA PROFUNDIDAD DE DIOS ES NUESTRA PROPIA PROFUNDIDAD... (domingo después de Pentecostés).

Normalmente nos movemos en la superficie. Cuando ahondamos en nuestras experiencias, vemos que todo es distinto y que tenemos que seguir ahondando.  Presentimos como que hay una profundidad sin fondo, infinita. A esta profundidad infinita y a ese fondo inagotable de nuestro ser se refiere la palabra "Dios". Dios significa esto:  las profundidades últimas de nuestra vida, la fuente de nuestro ser, de nuestro interés último, de lo que tomamos en serio sin reserva alguna. 

 Ese fondo íntimo de cada hombre se trasluce ante todo en su apertura a la persona, en la seriedad absoluta de la inclinación de su yo a un tú personal y al nosotros que de ese encuentro surge.  Así llevamos troquelada en el fondo de nosotros la imagen de la Trinidad del Dios cristiano.

 Este cuño  trinitario de nuestra vida es calco de otro que marca toda la vida de Dios. Nosotros somos el reflejo de Dios pues somos sus hijos y por eso llevamos su señal, que es una señal trinitaria.  Somos la proyección de Dios fuera de Él, en el ámbito de lo creado.

 Lo que registramos en nosotros no es sino el desdoblamiento pálido y remoto de lo que acaece en el interior de Dios. Su vida es una vida también y, en primer lugar, compartida, comunicada; su vida es diálogo permanente con Alguien (el Hijo) que, sin embargo, no está fuera de la intimidad del que se entrega (el Padre), sino que está absolutamente identificado con Él, siendo igual a Él en todo, gracias a que hay una congenialidad absoluta y radical de vida, de amor (gracias al Espíritu, el tercer  Alguien trinitario)- Dios es vida, movimiento plural. 

No es una cifra abstracta, estática, un motor inmovil, una estrella solitaria.  Dios es muy parecido a nosotros, porque nosotros somos muy parecidos a Dios. Una misma realidad abisal  surca nuestros destinos.

"Dios Padre de misericordia, que has enviado al mundo la Palabra de la Verdad y el Espíritu de la santificación y la unidad, concédenos conocer la fe verdadera y la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad amorosa".

LECTURAS:
Primera: Éxodo 34, 4b-6, 8-9. Dios se muestra presente en un profeta como Moisés, que se acerca al lugar en donde Dios se acerca a él. El mediador invoca su presencia y su guía, y pronuncia su nombre clemente y compasivo sobre el pueblo.

Salmo: Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, bendito tu nombre santo y glorioso (Deuteronomio). 

Segunda: 2 Corintios 13, 11-13. La comunidad cristiana debe buscar la unidad, pero sin estandarizar a las personas. Unidad no es uniformidad, sino diversidad. 

Evangelio: Juan 3, 16-18. Dios no ha mandado  su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo. Evangelizar es presentar el rostro benevolente y amoroso de Dios, que no se cansa de llamar desde lo profundo del corazón humano. 

Hemos de meditar siempre en las dimensiones inabarcables de nuestra propia profundidad.  De esta meditación surgirá un inmenso respeto y admiración por nuestra dignidad de hombres (dignidad divina) y por el misterio de Dios. Así empezamos a salvar al mundo.

La vida del creyente cristiano consiste en saber rastrear las huellas de la comunidad trinitaria a través de toda la creación y de todos los acontecimientos históricos. La dimensión religiosa es la dimensión de la profundidad; si tenemos ese sentido de lo profundo, no nos podemos llamar ateos; ser creyentes es sabernos inmersos en el inabarcable misterio de Dios. 

Este Misterio sobre todo es comprensible desde el Amor. El que ama, participa del Amor Divino. El que ama conoce a Dios; el que ama, sabe. 

(Notas tomadas del MISAL DE LA COMUNIDAD)

viernes, 24 de mayo de 2019

GUARDAR Y CUMPLIR SU PALABRA (Sexto domingo de Pascua)

El hombre justo vive en tensión con la estructura del mundo en el que se tiene que mover.  El conflicto lo provoca la injusticia, la incomprensión, las coacciones del medio ambiente, los sistemas económicos y sociales que rigen la convivencia. Hay quienes se conforman con estar en desacuerdo, mientras que otros se dedican a realizar su transformación individual, y esperan que, por el proceso imprevisible del tiempo, todo cambie y evolucione. 

Pero no basta con eso; no es suficiente pensar lo recto y desear el cambio. Debemos esforzarnos por "cumplirlo con la ayuda de Dios". La estructura de este mundo está poseída por un espíritu de injusticia, y el hombre justo, con su acción, ha de trabajar para expulsar este espíritu del mal. En el proceso de esta lucha hay que tener confianza: "Que no tiemblen sus corazones ni se acobarden". El Espíritu de Dios está presente en el mundo para transformarlo, convenciéndolo de su injusticia y liberándolo de las estructuras de pecado. 

 En esta lucha para condseguir la justicia y la liberación no hay espacios acotados. El orden temporal, en todos sus aspectos, debe ser invadido por la crítica y transformación del Espíritu del Resucitado. Afirmar hoy que Jesús ha resucitado, sin embargo, no crea ninguna conmoción. Lo que produce la crisis, la persecución, es revelar y exigir las consecuencias de esta acción de Dios, que ha resucitado a Jesucristo, y quiere que todo y todos participemos de esa resurrección. 

 Nosotros comulgamos con la Palabra que se ha encarnado en el mundo para salvarlo.  Guardar esa Palabra quiere decir hacerla presente en nuestra vida personal y comunitaria, para que, como una levadura, transforme la tierra según el proyecto de Dios.

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Los cristianos no deben imponer su fe a los hombres con orgullosas pretensiones. Solamente deben ser hombres y mujeres de buena conducta y llenos de esperanza, hasta el punto de que sus compañeros queden sorprendidos y les pregunten què esperan y por què. Entonces serà oportuna una respuesta de fe.

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El Espìritu Santo, presente en la comunidad de creyentes, es el ùnico defensor y abogado que Jesùs ha legado a sus discìpulos. La Iglesia no deberà buscar otras apoyaturas de tipo mundano, por muy honorables y respetuosas que sean.


(Notas tomadas del MISAL DE LA COMUNIDAD)

jueves, 23 de mayo de 2019

PARA AMAR Y SERVIR (Quinto domingo de Pascua).


En un mundo centrado en el TENER, estar disponibles para servir al que lo necesite no es algo que goce de mucho prestigio.  Quién es capaz de ponerse a servir espontánea y gratuitamente a los demás? Los que tienen dinero conquistan con el poder de la riqueza a los más pobres y los ponen a su servicio. Cuanto más poderosa es una persona tiene más servidores, y él, a su vez, sirve menos a los demás. Pareciera que es la dinámica normal, lo inevitable. 

Quien participe de esta mentalidad, no entenderá los criterios evangélicos sobre el servicio a los demás. El servicio es la manifestación de que nos amamos los unos a los otros. El amor es una preocupación mutua, en la que los que se aman están dispuestos a compartir la trabajosa vida de cada uno. Ha de ser un amor que no quede reducido a meras palabras, sino que se ha de manifestar en actos.  Estar pendiente del otro, preocupados, atentos a sus necesidades con una actitud de ayuda, eso es el servicio.

 La comunidad cristiana en el mundo no tiene más sentido que ser servidora de esta humanidad: la misión de la Iglesia es el anuncio de la salvación, impulsada por el amor al mundo.  La Iglesia, por otro lado, como sacramento de la salvación, tiene que realizar en su seno la realidad de la vida humana: el amor y el servicio. La institución de los diáconos, servidores de la comunidad, solo es una muestra de esta tendencia fundamental que la comunidad debe realizar. 

CICLO A

Primera lectura: Hechos 6, 1-7. En aquella primera comunidad cristiana todos eran todavía judíos, pero unos procedían de la emigración y eran más abiertos, mientras que los que pertenecían a familias que nunca abandonaron Palestina eran más conservadores y tradicionalistas. Estos últimos trataban a los primeros como cristianos de segunda clase, provocando situaciones  de tensión, por lo que los apóstoles buscan resolver todo esto, rechazando cualquier discriminación. 

Segunda lectura: Primera de Pedro 2, 4-9.  Los cristianos forman parte de un pueblo sacerdotal, no como el pueblo de Israel, donde solamente una casta tenía ese privilegio. De ahí que el sacerdocio ministerial, que ejercen algunos en la comunidad, no deba suponer ningún privilegio, sino un servicio a compartir con el resto de los cristianos. 

Evangelio: Juan 14, 1-12. El itinerario del hombre hacia Dios pasa necesariamente por Cristo. Ahora bien, este encuentro con Cristo no va envuelto en un ambiente de prodigios deslumbrantes. Cristo se manifiesta a través de sus obras, que son obras a favor de la liberación humana. Igualmente la Iglesia, en nombre de Cristo, continuará estas mismas obras, y ellas serán su grado de credibilidad. 

COMENTARIO BREVE:

Jesús dijo palabras esperanzadoras a los suyos para fortalecerles y hasta ilusionarles, de modo que resistieran el momento de la prueba. Y una promesa: Les llevaré conmigo. Son palabras entrañables, y tranquilizantes: En la casa de mi Padre hay muchas estancias...

Las palabras de Tomás expresan las dudas e inquietudes de los discípulos, también las nuestras. Ellos han de dar el salto para reconocer en Jesús al Dios trascendente; nosotros, para encontrarle en lo humano, en lo cercano.

Jesús lo deja claro: El camino soy yo, nadie va al Padre si no es por mí, el Padre y yo somos uno... Reconocer a Dios en la humanidad de Jesús no resulta fácil para muchos, que siguen buscándolo en lo extraordinario, en milagros y visiones. Pero Dios ha querido hablarnos en nuestro propio lenguaje, y sale a nuestro encuentro cada día; para reconocerle necesitos el trato cotidiano con él, a través de la Escritura, la oración y la compasión con el prójimo. 

martes, 9 de abril de 2019

PARA VIVIR LA SEMANA SANTA...

Hoy quiero volver a compartir algunas ideas en torno a la Semana Santa, publicadas hace tiempo ya, en este mismo blog, y parto de esta idea: todo el Triduo Sacro es expresión de la ley fundamental de nuestra vida, de lo que somos, de lo que implica vivir; por eso debemos celebrar esos días con particular atención, participando de la liturgia, pero también reflexionando a nivel personal. Recuerda bien: vale detenerse en los símbolos que aparecen durante estos días: el pan y el cáliz, el lavatorio de los pies, la cruz, el Monumento, el sepulcro, la oscuridad y la luz, etc; cada uno de ellos son, al mismo tiempo, referencias de nuestra vida e imágenes de nuestra salvación.

Si en estos días acompañamos a Jesús en su camino de Pasión, muerte y resurrección, recorreremos al mismo tiempo la ruta de nuestra propia autorrealización humana, y lo haremos en cuatro momentos. Prestemos atención:

1. Jueves Santo…….ACEPTACIÓN.

2. Viernes Santo…….ABANDONO.

3. Sábado Santo……UNIFICACIÓN.

4. Pascua……RENOVACIÓN.

Explicar esto detalladamente supondría mucho tiempo y espacio, pero intentaré resumirlo de alguna manera.

ACEPTACIÓN: En la última Cena somos plenamente acogidos y aceptados por Jesús; Él nos sienta a su mesa, señal de fraternidad, nos lava los pies, nos invita a vivir y celebrar la Vida. No hay nada en nosotros que Él no acoja y bendiga; Él se hace totalmente nuestro, se entrega. Por ello también nuestra vida ha de ser como la de Jesús: acogedora, abierta, servicial, entregada. Aceptar nuestra humanidad, en la que el Hijo de Dios quiso encarnarse, y mostrarnos que ese es el camino por el que Dios viene a nosotros.

ABANDONO: Jesús se debate, inquieto en el Huerto de los Olivos, pero acaba entregándose al Padre totalmente. Expresión de confianza absoluta, que implica incluso aceptar la muerte en medio de la incertidumbre y del desamparo. Es la respuesta que debemos dar nosotros en cada momento de nuestra vida a la pregunta: ¿Está o no está aquí y ahora Dios con nosotros? Eso es la fe, confiar en que estamos totalmente en sus manos.

UNIFICACIÓN: Dice Jesús…"Si el grano de trigo no cae en tierra y muere...”. Morir para vivir. Aguardar en oscuridad y silencio, “Sé que mi Redentor vive...”. Ese es el tiempo en que la semilla aguarda en lo hondo de la tierra. Ahí soy purificado para poder comenzar una vida nueva….soy unificado.

RENOVACIÓN: Y así llega la Primavera, y con ella el tiempo de florecer de nuevo, de resucitar con Cristo. La muerte ha sido vencida, y lo será una y otra vez hasta la definitiva, cuando volvamos al Uno, de donde salimos. 

Si te detienes a pensar en cada uno de estos pasos te darás cuenta de que acontecen muchas veces a lo largo de tu vida, y de que toda tu vida expresa este misterio, que es el MISTERIO DE CRISTO que celebramos domingo tras domingo, y que celebraremos de modo particular durante las próximas jornadas.

lunes, 4 de marzo de 2019

INTROD UCCIÓN A LA CUARESMA (II): DEL MIÉRCOLES AL SÁBADO DE CENIZA


Estos cuatro días anteriores al domingo primero de Cuaresma son como una introducción preparatoria al espíritu cuaresmal. El elemento significativo más importante es la ceniza. Rito tradicional realizado sobre los penitentes y que sigue conservando la liturgia: “estas cenizas vamos a imponer sobre nuestras cabezas en señal de penitencia”.

En estos días destaca, entre otros temas, la llamada a la conversión (Joel 2, 12-18). Ante esta invitación hay que responder con prontitud, como Leví (Lucas 5, 27-32). Los criterios de esta conversión son claros. Hay que dar frutos dignos de penitencia, pero estos deben fraguarse en el interior (Mateo 6, 1-6. 16-18), rasgando el corazón (Joel 2, 12ss). El acto visible de la penitencia que Dios busca en el pecador arrepentido es el amor, la justicia social (Isaías 58, 1-9 y 9-41).

De esta manera, la pedagogía litúrgica de la Iglesia enfrenta a los fieles ante el camino de la conversión. Hay una senda de bendición y otra de maldición, y es necesario elegir (Deuteronomio 30, 15-20); perder la vida de muerte para ganar la vida auténtica es la clave de toda opción verdadera (Lucas 9, 22-25).

El clima espiritual de estos días nos lo describe el salmo 50, cuyo espíritu de confesión del pecado y confianza tiene que asimilar la comunidad cristiana.

Recordemos, ya desde el comienzo, el sentido ascendente y preparatorio que tiene la Cuaresma. Mediante ella nos purificamos del pecado para llegar al hombre nuevo, a la fiesta pascual. “Fieles a las prácticas cuaresmales, puedan llegar, con corazón limpio, a la celebración del misterio pascual de tu Hijo”.

ORACIÓN: “Señor, fortalécenos con tu auxilio al empezar la Cuaresma, para que nos mantengamos en espíritu de conversión; que la austeridad penitencial de estos días nos ayude en el combate cristiano contra las fuerzas del mal".

LUCES PARA ENTENDER LAS LECTURAS DE ESTOS DÍAS:
1.  Los ritos penitenciales tienen sentido, si traducen el sentir del espíritu: sentir de creaturidad y de culpabilidad, que actúa un movimiento de retorno al Dios creador y salvador. El movimiento es ya un signo de que Dios está cerca. Él está con el pueblo que suplica.
2.  Pecado, no es solamente la culpa personal, sino el clima contaminado producido en la convivencia humana por la acumulación de las culpas personales (estructura de pecado). Cristo no rehuyó la atmósfera contaminada: a veces el puritanismo es la cosa más impura del mundo.
3.  La ascética cristiana debe ser practicada discretamente por los creyentes y no aireada a los cuatro vientos. Las grandes realidades del Evangelio se pueden ofrecer a todos, pero jamás se deben imponer.
4.  Dos caminos se abren ante el hombre: el de la felicidad y la vida, y el de la desdicha y la muerte. Muerte es la existencia sin sentido. La vida verdadera está en la comunicación con el Dios de la vida. La fidelidad a su alianza en obediencia y amor es el camino del encuentro.
5.  El triunfalismo es del polo opuesto de todo proceso evangelizador. Los cristianos hemos soñado demasiado con un “reino de Dios en poder” y hemos pretendido anticiparlo en nuestras gigantescas construcciones y en nuestras deslumbrantes exhibiciones.
6.  De la boca de sus profetas verdaderos oyó el pueblo bíblico las críticas más implacables de la religiosidad hipócrita y sin ética. Ayunos y ritos sacros sin justicia son culto de sí mismos y pura magia, que pretende adueñarse del infinito.
7.  La justicia con el oprimido, la obra que haga vivir como personas a los que no pueden por sí mismos son exigencias anteriores a todo culto válido. El hombre de Dios se define en el amor al hombre.
8.  El ayuno y todas las demás prácticas ascéticas no tienen valor en sí mismas, sino en función de algo mayor. Por eso, una extrema rigidez en la regulación de estas prácticas es ciertamente antievangélica: una pobreza muy reglamentada no deja hueco para la sorpresa del verdadero pobre.
9.  La gran tentación de los cristianos militantes es la de convertirse en un ghetto: se crea un club cerrado, al que solo tienen acceso los iniciados. Los de fuera son considerados como seres lejanos, con los que solo se tienen relaciones externas y a distancia.


PALABRA Y EUCARISTÍA
1-  No es un culto externo lo que Dios busca en nosotros, ni ritos, ni ayunos farisaicos, ni imposiciones de ceniza. El sacrificio verdadero se fragua en el corazón por medio de la fe y la conversión. Unidos a Cristo por el camino de la Cruz, llegamos a la justificación. Él se hizo pecado por nosotros, para que, unidos a Él, seamos capaces de salir del influjo de la maldición que nos aboca a la muerte.
2-  Jesucristo es el prototipo de los que han sido capaces de perder la vida para ganarla. Este gesto supremo, en el que Cristo confiando en Dios se juega la vida, lo hacemos presente en la Eucaristía. Entramos en comunión con Él para seguir el camino de la Cruz; sendero que nos libra de la maldición y nos lleva directamente al reino de la vida.
3-  El rito que Dios espera del hombre es el amor y la justicia. Ni la ceniza, ni el ayuno, ni la limosna, ni la oración, ni la misma Eucaristía, si solo son actos externos, nos santifican. La liturgia que Dios busca es “abrir las prisiones injustas, dejar libres a los oprimidos, partir tu pan con el hambriento”. “Si la austeridad exterior que practicamos no va acompañada por la sinceridad de corazón” (oración), estamos cumpliendo todos los requisitos para que nos tengamos por fariseos.
4-  Hoy Jesús se sienta también a la mesa entre pecadores. Somos enfermos y necesitamos de él como de un médico. Pero tenemos que aceptar su diagnóstico: “Cuando destierres de ti la opresión, cuando partas tu pan con el hambriento, tu oscuridad se volverá mediodía”. Entonces “nos podremos presentar ante Dios como ofrenda agradable a sus ojos”.


viernes, 1 de marzo de 2019

NO HAY FE SI NO SE HACE VIDA (Domingo VIII, ciclo C).


A partir del Evangelio puede afirmarse que cristiano es no solo el que cree en la esperanza del Reino, sino sobre todo quien practica, obra o hace suya la causa de Jesús; no es cristiano quien dice y no hace.  Este es, más bien el fariseo, el enemigo principal de Jesús. 

La fe, como adhesión total a la persona de Jesús, entraña confianza, obediencia, conocimiento y reconocimiento del Salvador. Las obras no son una mera consecuencia y manifestación de la fe, sino verificación de la misma; algo que hace verdadera a la misma fe. No hay fe si no se hace vida, acción, compromiso vital. 

 El ser humano existe para transformar el mundo y tiene obligación de rehacerlo constantemente. La fe, por tanto, no es algo sobreañadido sino una dimensión intrínseca de transformación y de liberación.  Lo que especifica al cristiano no es una doctrina o una ortodoxia sino una praxis que solo es vivida por quien practica activamente el amor de Jesús, y es real en la medida en que ese amor cambia las relaciones sociales y transforma la persona. 

"Concédenos tu ayuda, Señor, para que el mundo progrese, según tu plan de salvación, y gocen todas las naciones de una paz y una justicia estables, y que tu Iglesia coopere activamente en ello y se alegre de poder servirte donde la has puesto, con una entrega alegre y confiada".

Lecturas para este octavo domingo del Tiempo Ordinario:

Eclesiástico 27, 4-7: El ser humano se prueba en su modo de vivir, en el modo en que responde a las pruebas de la vida, en los frutos y en el amor que reparte.

Salmo 91 (Es bueno darte gracias, Señor). 

1Corintios 15, 54-58: Trabajar incansablemente por Reino es dejar al final del camino un mundo mejor.

Lucas 6, 39-45: Lo primero es mirarnos a nosotros mismos con valor para reconocer nuestra verdad, y desde allí contribuir a la transformación de la realidad. 

 En el banquete eucarístico nosotros acogemos a Cristo y al hermano mediante el gesto de la verdadera fraternidad y comunión. Así alcanzamos la fuerza necesaria para fructificar en el amor auténtico y potenciamos la bondad que atesora nuestro corazón. Así nuestra boca se llena de palabras de alabanza, y nuestra vida cotidiana habla de Jesús y su proyecto, y es el sal y levadura en nuestro mundo 

(Notas tomadas y recreadas, del Misal de la Comunidad)

jueves, 28 de febrero de 2019

INTRODUCCIÓN A LA CUARESMA


La Cuaresma es como un extenso sacramento en el que la Iglesia hace pasar ante sí misma todo el misterio de la vida humana. Mediante esta estructura pedagógica, el creyente va contemplando los grandes símbolos de la existencia y los contrasta con el mensaje de la Palabra de Dios. Es un “tiempo oportuno, favorable”, en el que la Iglesia hace un alto en el camino para revisar, reflexionar, corregir, enderezar.
El mensaje que evoca la Cuaresma lo podemos resumir así: la vida humana es un proceso de maduración progresivo, hacia la consecución de la Promesa (plenitud), gracia que se nos concederá con la venida del Reino de Dios en la fiesta definitiva.
 El símbolo fundamental de la Cuaresma es la “cuarentena”, es decir, estos cuarenta días, el número 40. En la Biblia el número cuatro, seguido de ceros indica la condición terrena del hombre pecador, penitente, acechado por mil trabajos. El diluvio duró cuarenta días (Génesis 7,17); cuatrocientos fueron los años que estuvieron los hijos de Jacob en Egipto (Génesis 15, 13); Moisés y Elías llegaron al encuentro con Dios después de una purificación de cuarenta días y cuarenta noches en la montaña (Éxodo 24, 12-18 y 1Reyes 19, 3-8); el pueblo liberado de la esclavitud alcanzó la promesa tras un largo éxodo por el desierto que duró cuarenta años (Deuteronomio 1, 1-3;8, 2-15). Jesús mismo sufrió una apretada cuaresma (Mateo 4,2). Así es la vida, una cuaresma (que no es lo mismo que decir que la vida es una penitencia, ni siquiera un valle de lagrimas, pero si puede decirse que la vida es una prueba, un ejercicio, necesario para que el fruto madure y esté listo para la siega). 

Junto a la Cuaresma se ordenan otra serie de símbolos repletos de sugerencias fundamentales: el Éxodo, el Desierto, las Pruebas de la fe, la Promesa de la tierra nueva, la Esperanza, la Purificación del ser humano, la Alianza o el encuentro del pueblo con su Dios. Abraham nos resume las actitudes espirituales del hombre que acepta ponerse en camino para alcanzar la plenitud contenida en la promesa o el plan de salvación de Dios: toda la vida es camino, realizado con la esperanza de superar las pruebas y con la fe de alcanzar la promesa, la tierra prometida.

Estas actitudes cuaresmales han de estar presentes siempre en la comunidad cristiana a lo largo de su peregrinar en la historia. La Cuaresma es el estilo de vivir del creyente en el mundo, su talante, su espíritu. No por gusto llamaban a los primeros cristianos "la gente del camino"; también nosotros ahora nos disponemos para vivir este tiempo de gracia, y para ello seguitremos publicando ideas que nos ayuden en este sentido: me ayudan a mí, espero que también a quienes me leen. 


La estructura litúrgica de la Cuaresma ha adquirido en el transcurso de la tradición las preceptivas bautismales y penitenciales, que la han ido configurando. La tradición bautismal de la Cuaresma es esta: durante este período los catecúmenos que ya se encontraban maduros para recibir el bautismo, se preparaban para acercarse al sacramento de la regeneración.  Es el tiempo en el que la comunidad cristiana da los últimos toques a los que han creído en el Evangelio. Para ello los creyentes han de desplegar ante los bautizandos todo lo que la Iglesia es como sacramento de la salvación ofrecida por Dios al mundo.  De esta manera, la comunidad se ve obligada a depurar su santidad, con el fin de que los bautizandos perciban con más claridad la vocación a la que son llamados y la regeneración que se les ofrece. 

Durante este tiempo cuaresmal la comunidad hace revisión de sus opciones bautismales, a la vez que va anunciando los catecúmenos la vida que les ofrece la fe, como agua que no se agota (Juan 6), como luz que no se apaga (Juan 6) y como existencia conseguida más allá de la muerte (Juan 11). Temas como el amor, la alianza, la fe, la nueva ley, van transcurriendo profusamente en los textos bíblicos proclamados entre la tercera y la quinta semana de Cuaresma.

Este tiempo es ocasión para la revisión de una Iglesia que se debe reconocer también pecadora. Es un momento oportuno para que la comunidad caiga en la cuenta de que no debe cejar nunca en el esfuerzo de la penitencia; esa penitencia común que debe realizar todo hombre y mujer, pues el pecado no desaparece nunca del todo de nuestra vida. La superación total del pecado es un don de los últimos tiempos, por eso la comunidad tiene que tomar conciencia de su pecado y reemprender siempre una actitud penitencial que nunca debería interrumpir. Además, este tiempo tradicionalmente es ocasión propicia para realizar el sacramento de la penitencia con aquellos miembros de la comunidad que tienen que volver a recuperar la opción bautismal que han roto por el pecado.

La Cuaresma proclama la misericordia de Dios, que nunca se agota en el ofrecimiento del perdón de los pecados y es una llamada a la conversión manifestada con frutos dignos de penitencia. La primera y segunda semana cifran estos frutos de la conversión en las prácticas de la oración, el ayuno, la limosna… Pero a la vez nos hacen caer en la cuenta de que no son obras exteriores lo que agrada a Dios, sino la conversión interior, el cambio del corazón, la regeneración de la persona desde su misma raíz. Conversión que más que en ayunos y a abstinencias se ha de manifestar en la adecuación de las actitudes y comportamientos con el espíritu evangélico.

La Cuaresma es, además, el gran símbolo de la liberación social. La salvación que Dios ofrece en el camino de la vida es una liberación. Eso fue la Pascua de Israel; hacia la liberación caminó Jesús y pasó de este mundo al Padre, a un mundo ofrecido gratuitamente por Dios. Por conseguir esta liberación gime la creación entera, aun presa del pecado. La Cuaresma no se vive auténticamente si no se hace además revisión de la situación concreta en que vive la sociedad y sin tomar una posición ante las estructuras de injusticia, opresión y pecado que rodean al hombre y le van conformando poco a poco en una creatura envejecida y caduca.


A la fiesta de la Pascua apunta la Cuaresma, es su fin, como expresión de la realización de la Promesa de Dios que todos esperamos y que será la culminación de nuestra vida. Así, de un modo pedagógico, la Iglesia revisa su existencia y mantiene erguida la esperanza en un futuro, que se ha hecho presente ya en la muerte y resurrección de su Señor Jesucristo.

(Ideas tomadas del Misal dce la Comunidad).