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jueves, 11 de mayo de 2023

NO TE MUERAS CON TUS MUERTOS

"¿Sabías que, cuando lloras a tus muertos, lloras por tí y no por ellos? Lloras porque “los perdiste”, porque no LOS TIENES a tu lado. Piensas que todo concluye con la muerte.Y crees que ellos ya NO están.

Entonces si tus muertos ya no están, ¿ dónde están ? Sí se han ido, o ahora están en otro lugar, ¿ ese lugar es mejor que este? Sí, definitivamente ese lugar es mejor que este; entonces ¿Por qué sufres por su partida ?

Cuando hayas terminado de aceptar que ellos ya “NO están aquí”, pero aún están en otro lugar incluso mejor que este, pues allí donde están ya no están enfermos, ni sufriendo. Entonces dejarás de llorarlos y los recuperarás en el recuerdo para que te sigan acompañando con la alegría de todo lo vivido.

Si realmente los amabas VUELVE a amarlos y esta vez con mayor fuerza, con mayor pureza, con mayor entrega. Hoy, ya no habrán reproches de ningún tipo. Sólo el AMOR, será la esencia entre ustedes, entre nosotros, entre ellos.

Respeto tu dolor, y tu manera de expresarlo. Se que lloras y llorarás sin consuelo. Pero ..Hoy te digo: No te mueras con tus muertos. Recuerda que sólo estamos viendo una cara de la moneda (muerte). No estamos viendo el otro lado; No estamos viendo el lugar maravilloso de luz en donde se encuentran.

¿Qué tal si empezamos a ver la “muerte” como un Segundo Nacimiento?
Segundo Nacimiento por el que TODOS pasaremos.

No te mueras con tus muertos, hazles honor viviendo tu vida como ellos hubieran querido que lo hicieras., déjalos trascender. 
Y tú... sigue viviendo".

(Tomado de Facebook).

jueves, 23 de diciembre de 2021

CELEBRAR A JESUCRISTO EN LA NAVIDAD

 

Preparándome para las celebraciones de la ya inminente NAVIDAD, encuentro en mis lecturas algunas ideas sencillas que me parecen iluminadoras para vivir este tiempo litúrgico de manera renovada. Es un tiempo propicio para "aquellos que todavía buscan y quisieran reencontrar la persona de Cristo".

 Puede suceder que en nuestras catequesis y predicaciones no hablemos suficientemente de Cristo; su persona se pierde en medio de otros muchos conceptos e imágenes religiosas. Incluso en este tiempo navideño puede primar lo anecdótico, quedándonos en la admiración ante el niño en el pesebre, con ternura, pero también con un exagerado edulcoramiento, olvidando lo esencial de esta festividad litúrgica.

Fijémonos en el párrafo siguiente: 

 "Los orígenes de la Navidad no tienen verdaderamente nada en común con una tan pronunciada insistencia sobre la infancia de Jesús. Al contrario, la venida del Verbo en la carne está íntimamente ligada al misterio de la Pascua y es una de las características típicamente cristianas de la Encarnación. Esto no significa sólo "Dios con nosotros", sino también nosotros, rescatados con Dios. La humanidad trastornada ha sido hecha partícipe de su rescate para entrar en la vida misma de Dios. En el pensamiento tradicional de la Iglesia, la Encarnación no tiene nada de poético, supone un realismo casi brutal: la venida del Verbo en la carne significa el cumplimiento de la voluntad del Padre hasta la muerte en cruz. Y otra característica de la Encarnación según la fe cristiana: No es venida de Dios para estar con nosotros, sino venida para que nosotros estemos con él". 

 Sería pues un punto de partida para un proceso de divinización, que no se realiza por sí mismo, sino en la medida en que seamos capaces de acoger y trabajar con ese Cristo que viene a nosotros para transformar nuestra historia y la historia de nuestro mundo. Más allá de conceptos teológicos vinculados a esta verdad de fe, necesitamos entender el sentido, la utilidad, de esta venida de Dios al mundo en nuestra carne, y comprenderla en conexión con el misterio de la Alianza de Dios con su pueblo y con la Pascua. 

La Navidad es más que un recuerdo folklórico que permite activar tradiciones, u oportunidad para celebrar con la familia y los amigos, o incluso irnos de vacaciones aprovechando los días feriados. La Encarnación de Cristo es el elemento necesario para la comprensión de todos los sacramentos, y sobre todo de la celebración de la Cena, actualmente de la Misa. 

¿Cómo soñar con un contacto real con Dios sin esta Encarnación?

(Ideas tomadas de Adrien Nocent, Celebrar a Jesucristo)

martes, 7 de diciembre de 2021

UN AMOR DESINTERESADO

 

"¿Damos cabida en nuestro cristianismo al fariseísmo de querernos ganar a Dios? ¿No tenemos a veces la pretensión de merecer el amor de Dios, su protección, su ayuda, sus beneficios y todo esto de un modo bastante utilitario? ¿Qué conciencia tenemos nosotros de la misericordia? Existe el riesgo de desfigurarla, viéndola como un amor facilón que ni es comprometedor ni comprometido.Es grave despistarse en esto, pues se trata del amor con que Dios nos ama y del amor con el que hemos de querer nosotros a los demás.

 En la misericordia, todo lo que el amor tiene de generosidad, de gracia, de ternura, lo tiene de exigencia. Nada compromete y exige más que el amor desinteresado que no pide nada. Nadie merece nunca el amor de nadie; ni el de una persona, ni el de Dios-Persona. Cada uno es amado sin méritos, gratuitamente, misericordiosamente, y si no, no es amado.

 La eucaristía es la celebración de la misericordia de Dios que en Cristo nos ama hasta el colmo de su sacrificio".

Teófilo Cabestrero

Adviento para hombres de hoy

domingo, 26 de enero de 2020

A VINO NUEVO, ODRES NUEVOS

"Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres, y se pierde el vino y los odres. A vino nuevo, odres nuevos" (Marcos 2, 20-22). 

 
Jesús y los suyos son recriminados por los más piadosos, por no cumplir los preceptos que establecía la religión, respecto al ayuno. Su respuesta, revolucionaria, permite vislumbrar la novedad que aporta el Maestro, respecto a lo establecido por una lectura rígida de la Escritura y las tradiciones. 

La diferencia entre la religión, el vestido viejo, y la propuesta de Jesús, el paño nuevo, es tal que no permite componendas. Lo que Jesús aporta no es un "arreglo" para que todo siga igual en una religiosidad rutinaria y deteriorada, sino una propuesta nueva que trasciende toda religión. Jesús nos regala un "vino nuevo", que es imposible de contener en los "odres" ya conocidos. 

 Jesús, identificándose a sí mismo con la imagen del novio, sustituye la "mortificación" por la "alegría", y de una religiosidad de tonos sombríos nos invita a pasar a una fiesta de bodas, en la que además, el novio ya está dentro, en medio de nosotros. 

Mientras que la religión organiza una práctica que pretende algún día alcanzar a Dios, Jesús proclama la buena noticia de que todo está ya alcanzado, todo es presente; se trata entonces de aprender a vivir en el aquí y el ahora, donde siempre está Dios. 

 A menudo la la novedad y el frescor de la propuesta de Jesús se sustituyen por la rutina, la reiteración cansina y estéril, y así se corre el riesgo de perder el vino nuevo. El vino es siempre el mismo, pero los odres son inevitablemente relativos y habrá que irlos reponiendo cada cierto tiempo. Cuando confundimos el odre con el vino, el recipiente con el contenido, corremos el riesgo de perder los dos. Así, absolutizamos lo relativo,  y corremos el riesgo de perder lo valioso. 

¿Cómo podemos rescatar y vivir la novedad y el frescor del Evangelio?

(Interpretación personal de un texto de Enrique Martínez Lozano)


lunes, 17 de junio de 2019

HAZ LO QUE PUEDAS...

 Algunos libros que leemos en momentos importantes de nuestra vida resultan ser inolvidables, y en  mi caso uno de esos libros es JUAN CRISTOBAL, de Romain Rolland. Hoy amanecí recordando particularmente un pasaje de ese libro, lo busqué y aquí lo comparto. El protagonista, Juan Cristobal, está viviendo un momento complejo, el paso de la adolescencia a la juventud, marcado por la perdida de su padre (Melchor), un hombre bueno pero debil, a quien mataron sus vicios, y también por sus primeras experiencias dolorosas de amistad y amor. En ese contexto transcurre este encuentro con el hermano de su madre, ya mayor, que cierra una etapa de su vida...

Un día que salía de una taberna, en las afueras de la ciudad, vio en la carretera a algunos pasos de sí, la sombra paliducha de su tío Gottfried que llevaba a cuestas su carga de buhonero. Hacía algunos meses que el pobre hombre no había vuelto a la ciudad y sus ausencias se iban hacien do cada vez más largas. Cristóbal le llamó, muy gozoso. Gottfried, encorvado bajo el peso de su carga, se volvió, miró a Cristóbal, que se entregaba a una mímica extravagante y se sentó en un marmolillo para esperarle. Cristóbal con el rostro muy animado, se acercó dando zapatetas y sacudió fuertemente la mano de su tío con grandes demostraciones de afecto. Gottfried le miró largamente y le dijo: —Buenos días, Melchor. Cristóbal creyó que su tío se equivocaba y soltó una carcajada. —El pobre chochea, pensó para sí, y pierde la memoria. Gottfried parecía en efecto más aventajado, apergaminado y encogido; respiraba con dificultad y con mucha frecuencia. Cristóbal seguía perorando. Gottfried se echó su carga a cuestas y se puso de nuevo silenciosamente en marcha; volvieron juntos, Cristóbal gesticulando y hablando a gritos, y Gottfried tosiendo y callándose. Habiéndole Cristóbal interpelado nuevamente, le dijo: —¡Vamos a ver! ¿Por qué me llamas Melchor? Ya sabes que me llamo Cristóbal. ¿Has olvidado mi nombre?

Gottfried, sin pararse, fijó en él sus ojos atentamente, movió la cabeza y dijo con frialdad: —No, eres Melchor, te reconozco perfectamente. Cristóbal se detuvo aterrado. Gottfried continuaba su trotecillo y Cristóbal le siguió sin replicar. Se había disipado su embriaguez. Al pasar cerca de la puerta de un café-concierto, se acercó a uno de los espejos que había a la entrada, desierta en aquel momento, y se miró, entonces reconoció a Melchor y volvió a su casa enteramente trastornado. Pasó una noche de angustia interrogándose y escudriñando su alma. Ahora comprendía. Sí, reconocía los instintos y los vicios que habían surgido en él y le causaban horror. Pensó en la velada fúnebre pasada junto al cadá- ver de Melchor, en las promesas hechas, y pasó revista a la vida que había hecho desde entonces: había hecho traición a todo lo prometido. ¿Qué había hecho por su Dios, por su arte y por alma? ¿Qué había hecho por su eternidad? Todos los días los había desperdiciado y manchado; no aparecía ni una obra, ni un pensamiento, ni un esfuerzo durable, sino un caos de deseos que se destruían unos a otros. Todo era viento, polvo y nada. ¿De qué le había servido querer? No había hecho nada de lo que había querido. Había hecho lo contrario de lo que se había propuesto y había llegado precisamente a lo que no quería hacer: tal era el balance de su vida. Aquella noche no se acostó. A eso de las seis de la mañana —era aún de noche—, oyó a Gottfried que se preparaba a partir. Porque Gottfried no había querido detenerse más. Al pasar por la ciudad había ido, según su costumbre, a abrazar a su hermana y a su sobrino; pero había anunciado que se pondría en marcha al día siguiente por la mañana. Bajó Cristóbal. Vio Gottfried su rostro pálido en el que se leían las huellas de una noche de dolor. Le sonrió cariñosamente y le preguntó si quería acompañarle un poco. Salieron juntos antes del alba. No tenían nece sidad de hablar, pues se comprendían. Al pasar cerca del cementerio, dijo Gottfried: —Entremos, ¿quieres? Jamás dejaba de hacer una visita a Juan Miguel y a Melchor, cuando pasaba por allí. Cristóbal no había entrado en el cementerio desde hacía un año. Gottfried se arrodilló ante la fosa de Melchor y dijo: —Oremos, para que duerman en paz y para que no vengan a atormentarnos. 

Su pensamiento era una mezcla de extrañas supersticiones y de buen sentido: a veces sorprendía a Cristóbal; pero en aquella ocasión lo comprendió perfectamente. No se dijeron ni una palabra más hasta que salieron del cementerio. Al cerrar la rechinante verja, siguieron, a lo largo de las tapias, en medio de los campos que empezaban a despertarse, el estrecho sendero que pasaba bajo los cipreses plantados junto a las tumbas, de los que goteaba la nieve. Cristóbal se echó a llorar. —¡Ah, querido tío, cuánto sufro! No se atrevía a hablarle de su aventura de amor, porque sentía un miedo extraño de molestar o mortificar a Gottfried; pero habló de su vergüenza, de su mediocridad, de su cobardía y de la violación de sus promesas. —¿Qué hacer, querido tío? He querido y he luchado; y, después de un año, me encuentro en el mismo punto que antes, y ni aun eso siquiera, pues he retrocedido. ¡No sirvo para nada! ¡He perdido mi vida y soy un perjuro! En esto iban subiendo la colina que domina la ciudad y Gottfried dijo con bondad: 

-No será la última vez, hijo mío. No se hace todo lo que se quiere. Se quiere y se vive, que son dos cosas distintas. Hay que consolarse. Lo esen cial, no lo olvides, consiste en no cansarse de querer y de vivir. El resto no depende de nosotros. 

Cristóbal repetía con desesperación: —¡Soy un perjuro! —¿Oyes? —dijo Gottfried. En esto cantaron unos gallos en el campo. —También cantaron para otro que igualmente fue perjuro. Cantan to das las mañanas para cada uno de nosotros.

—Día llegará —dijo Cristóbal amargamente— en que no cantarán para mí… Ese día no tendrá mañana. ¿Y qué habré hecho yo de mi vida? 
—Hay siempre un mañana —dijo Gottfried. 
—Pero, ¿qué hacer si no sirve de nada querer?
—Vela y ora. 
—Ya no creo. 

Gottfried sonrió: —No vivirías si no creyeses. Todo el mundo cree. Ora. 
—¿Y a quién? Gottfried le mostró el sol que aparecía en el horizonte rojizo y glacial. —Sé piadoso en presencia del día que nace. No pienses en lo que serás dentro de un año o dentro de dos años. Piensa en el día de hoy. Abandona tus teorías. Todas las teorías, hasta las que se proponen por objeto la virtud; son malas, necias y hacen daño. No hagas violencia a la vida. Vive hoy y muéstrate piadoso hacia cada día. Ámalos, respétalos y sobre todo no los manches, no les impidas florecer. Ámalos aunque sean grises y tristes como el de hoy. No te inquietes por ello. Ves, ahora es el invierno. Todo duerme, pero la buena tierra se despertará. Lo principal es ser buena tierra y paciente como ella. Sé piadoso. Espera. Si eres bueno, todo irá bien. Si no lo eres, si te muestras débil, si no sales adelante con tu empresa, no por eso hay que ape sadumbrarse. Seguramente eso obedece a que tus fuerzas no llegan a tanto. Entonces, ¿a qué querer más?, ¿a qué apesadumbrarte por lo que no puedes hacer? Hay que hacer lo que se puede… Als ich kann (Como yo pueda). 

—Es demasiado poco, dijo Cristóbal haciendo una mueca. Gottfried rió amistosamente. —Es más de lo que nadie hace. Eres un orgulloso, quieres ser un héroe y por eso no haces más que tonterías… ¡Un héroe!… No sé exactamente lo que es, pero me lo figuro: un héroe es el que hace lo que puede. Los de más no lo hacen.

—¡Ah! —suspiró Cristóbal—, ¿a qué vivir entonces? Eso no vale la pena. Hay, sin embargo, gente que dice: “¡querer es poder!”. 

Gottfried se echó de nuevo a reír dulcemente: —¿Sí?… Pues te aseguro que los que tal dicen son unos grandes embusteros. O si no, no quieren gran cosa… 

Habían llegado a la cima de la colina y allí se abrazaron cariñosamente. El pobre buhonero siguió adelante con paso fatigado. Cristóbal se quedó pensativo viéndole alejarse y repitiendo en su interior la frase de su tío: —Als ich kann. Luego sonrió, pensando para sí: Efectivamente… Después de todo… es suficiente. Volvió hacia la ciudad. Crujía bajo sus pasos la nieve endurecida. El helado soplo del invierno hacía estremecerse, en lo alto de la colina, las desnudas ramas de los árboles. Hacía colorearse sus mejillas, quemaba su piel y activaba el ardor de su sangre. Allá abajo parecían reír los rojos tejados de las casas bajo las brillantes caricias del sol. La tierra helada p
arecía regocijarse, sacudida por un acre placer. El corazón de Cristóbal sentía lo mismo que ella y él pensaba en su interior: Yo también me despertaré. Tenía aún lágrimas en los ojos. Se secó con el revés de la mano y miró riendo al sol que se ocultaba tras una cortina de vapores. Pasaban por encima de la ciudad pesadas nubes cargadas de nieve, impulsadas por la tormenta. Cristóbal les hizo una higa. Soplaba el viento glacial… 
—¡Sopla, sopla!… ¡Haz lo que quieras de mí! ¡Llévame en tus alas!… Yo sé muy bien a dónde he de ir.

(Romain Rolland, Juan Cristobal, Libro Primero)