viernes, 2 de marzo de 2012

CUANDO TODO SE HA PERDIDO...


“Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad —aunque sea sólo momentáneamente— si contempla al ser querido. Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente —con dignidad— ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido. Por primera vez en mi vida podía comprender el significado de las palabras: "Los ángeles se pierden en la contemplación perpetua de la gloria infinita."
Delante de mí tropezó y se desplomó un hombre, cayendo sobre él los que le seguían. El guarda se precipitó hacia ellos y a todos alcanzó con su látigo. Este hecho distrajo mi mente de sus pensamientos unos pocos minutos, pero pronto mi alma encontró de nuevo el camino para regresar a su otro mundo y, olvidándome de la existencia del prisionero, continué la conversación con mi amada: yo le hacía preguntas y ella contestaba; a su vez ella me interrogaba y yo respondía.
"¡Alto!" Habíamos llegado a nuestro lugar de trabajo. Todos nos abalanzamos dentro de la oscura caseta con la esperanza de obtener una herramienta medio decente. Cada prisionero tomaba una pala o un zapapico.
"¿Es que no podéis daros prisa, cerdos?" Al cabo de unos minutos reanudamos el trabajo en la zanja, donde lo dejamos el día anterior. La tierra helada se resquebrajaba bajo la punta del pico, despidiendo chispas. Los hombres permanecían silenciosos con el cerebro entumecido. Mi mente se aferraba aún a la imagen de mi mujer. Un pensamiento me asaltó: ni siquiera sabía si ella vivía aún. Sólo sabía una cosa, algo que para entonces ya había aprendido bien: que el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su significado más profundo en su propio espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante. No sabía si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo (durante todo el tiempo de reclusión no hubo contacto postal alguno con el exterior), pero para entonces ya había dejado de importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada. Si entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que hubiera seguido entregándome —insensible a tal hecho— a la contemplación de su imagen y que mi conversación mental con ella hubiera sido igualmente real y gratificante: "Ponme como sello sobre tu corazón... pues fuerte es el amor como la muerte". (Cantar de los Cantares, 8,6.)”

“El hombre en busca de sentido” (Viktor Frankl)

lunes, 27 de febrero de 2012

EN EL CAMINO...

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En el caminar de la vida, 
puedes dar tus  pasos de dos formas diferentes:
bien pensando sin ninguna consideración,
solo en ti mismo y tu supervivencia 
o  bien renunciando a tus deseos personales
 y entregándote al destino con amor, 
que no  significa rendición ,
 sino un intento de poner todas tus fuerzas 
en todo sitio en el que seas sembrado.
 Al ir  brotando iluminarás
un rincón oscuro, devolverás la esperanza en torno a ti, 
a aquellos en los que la "prisa importante" 
de la sociedad actual no  les deja
mirar,  contemplar, reposar la  mirada  y ver.
Por el contrario, si caminas pensando en ti,
con tu egoísmo e individualismo,  tu vida
espiritual se irá muriendo y no serás feliz,
porque hemos nacido para vivir con y en el
amor, para dar y darnos. 
El egoísmo, el rencor,el  individualismo, 
no son signos de vida, sino
venenos que terminan por destruirte.

                                           Joseph Falcky

CUARESMA


Primer domingo de Cuaresma:
  1. Jesús es empujado al desierto por el Espíritu. El desierto suponía ruptura con el sistema de vida y de sociedad en que se vivía. Era frecuente entonces entre personas desarraigadas, deudores, descontentos con el orden social imperante.
  2. Jesús cambió radicalmente el modo de entender a Dios y a la religión, y todo comenzó en ese “desierto” o “estado de ausencia ilegal” que inició Jesús.
  3. Y a partir de aquí comenzó el anuncio del Reino y de la “Buena Nueva”.  Es el Reinado del Padre del Cielo, que implica una vida diferente, una sociedad distinta, una felicidad para todos, una esperanza para los pobres y los marginados, para aquellos que han perdido toda esperanza.


Ideas para meditar en este tiempo litúrgico:
  1. Dios está en lo ordinario, en lo cotidiano, en “lo escondido”, y es allí donde se le busca y se le encuentra.
  2. Con el Padre del Cielo no se hacen negocios. Hacen el bien no es moneda de cambio para sacarle a Dios lo que necesitamos.
  3. Dios no quiere más sufrimiento que el que brota de la lucha contra el sufrimiento. Es la solidaridad, el servicio y amor a los demás, el sacrificio que agrada a Dios.
  4. La muerte de Jesús no fue un ajuste de cuentas entre Dios y Dios. Fue el final de una vida para los demás. Sólo eso salva a los humanos.

UN MAGO EN NEW YORK


“Era una bochornosa tarde de agosto en la ciudad de Nueva York. Uno de esos días asfixiantes que hacen que la gente se sienta nerviosa y malhumorada. En el camino de regreso a mi hotel, tomé un autobús en la avenida Madison y, apenas subí al vehículo, me impresionó la cálida bienvenida del conductor, un hombre de raza negra de mediana edad en cuyo rostro se esbozaba una sonrisa entusiasta, que me obsequió con un amistoso « ¡Hola! ¿Cómo está?», un saludo con el que recibía a todos los viajeros que subían al autobús mientras éste iba serpenteando por entre el denso tráfico del centro de la ciudad. Pero, aunque todos los pasajeros eran recibidos con idéntica amabilidad, el sofocante clima del día parecía afectarles hasta el punto de que muy pocos le devolvían el saludo.
No obstante, a medida que el autobús reptaba pesadamente a través del laberinto urbano, iba teniendo lugar una lenta y mágica transformación. El conductor inició, en voz alta, un diálogo consigo mismo, dirigido a todos los viajeros, en el que iba comentando generosamente las escenas que desfilaban ante nuestros ojos: rebajas en esos grandes almacenes, una hermosa exposición en aquel museo y qué decir de la película recién estrenada en el cine de la manzana siguiente. La evidente satisfacción que le producía hablarnos de las múltiples alternativas que ofrecía la ciudad era contagiosa, y cada vez que un pasajero llegaba al final de su trayecto y descendía del vehículo, parecía haberse sacudido de encima el halo de irritación con el que subiera y, cuando el conductor le despedía con un «¡Hasta la vista! ¡Que tenga un buen día!», todos respondían con una abierta sonrisa.
El recuerdo de aquel encuentro ha permanecido conmigo durante casi veinte años. Aquel día acababa de doctorarme en psicología, pero la psicología de entonces prestaba poca o ninguna atención a la forma en que tienen lugar estas transformaciones.
La ciencia psicológica sabía muy poco —si es que sabía algo— sobre los mecanismos de la emoción. Y, a pesar de todo, no cabe la menor duda de que el conductor de aquel autobús era el epicentro de una contagiosa oleada de buenos sentimientos que, a través de sus pasajeros, se extendía por toda la ciudad. Aquel conductor era un conciliador nato, una especie de mago que tenía el poder de conjurar el nerviosismo y el mal humor que atenazaban a sus pasajeros, ablandando y abriendo un poco sus corazones”.

 Tomado de “Inteligencia emocional”, de Daniel Goleman.

miércoles, 22 de febrero de 2012

CONTIGO EN LA DISTANCIA...


“Tengo la convicción, de que merece la pena que cada uno nos tomemos en serio nuestras aportaciones a la causa de llevar vida, mejor vida, vida más abundante a los demás. Sólo así Cristo vive, porque sólo así somos cuerpo y sangre de Cristo para los demás”.


“A mí no me importa que llueva, me gusta oír caer el agua, incluso pasear bajo la lluvia (con paraguas). Disfruto con la atmósfera y el ambiente especial que crea el agua en las calles, incluso cambia el aroma y el perfil de lo más cotidiano y conocido. Pero sobre todo la lluvia es mágica y especial en la montaña, en el campo. Ver llover, sentir la música y el beso del agua tras los cristales es algo especial, escucharla caer en el tejado, abrir la ventana y oírla acariciar la tierra y los árboles por la noche… magia de Dios”.

“Sigo escuchando cada día, cuando llego a casa, toda la música cubana que me transporta de un modo especial a tu tierra y a ti. Me dejo envolver por sones y acentos y paseo a tu lado por aquella Isla, veo ese mar y ese cielo. Respiro ese calor y esa humedad que dan aroma y color a calles y gentes. Cuba me pareció especial... Claro que no sé, ni sabré nunca, si hubiera sido igual sin estar tú, sin existir un Manuel allá tan especial para mí.
(E.L.)

LA MÚSICA ME SALVA


La música me salva, escribí hace unos días en este blog. La música es como un abrazo que recibes, entrañable, que acompaña siempre. A pesar de creer que la música que se escucha hoy por la mayoría no es la mejor, la buena música sigue estando  ahí, para acompañar y hacer crecer. Cosas nuevas aparecen siempre, voces y melodías que descubro recién, y que disfruto; los últimos discos que escucho con atención y placer: Pedro Luis Ferrer (“Tangible”), Eugenia León (“Agua de beber”), Malú (“Intima guerra fría”).  A Eugenia la descubrí en mi primer viaje a México, y desde entonces forma parte de la banda sonora de mi vida; mujer de voz increíble, y decididamente inteligente a la hora de elegir su repertorio, no deja de acudir a la mejor tradición musical para actualizarla con su particular estilo. De España me traje otro imprescindible, Pedro Guerra, y su último disco, “El mono espabilado”, nos devuelve al Pedro de siempre, luego de su incursión por la música iberoamericana en sus dos propuestas anteriores; poesía hecha canción, recreación de detalles cotidianos convertidos en la más pura inspiración para vivir y soñar.
 Aunque algunos me acompañan desde que tengo memoria, como Silvio, Serrat y Amaury, otros han ido apareciendo a lo largo del camino, enriqueciendo mi sensibilidad en todo sentido, como Joaquín Sabina, Leonard Cohen, Pablo, Fito Páez, Aute, y tantos otros nombres imprescindibles. Suelo valorar más el texto de las canciones, lo cual no significa que no disfrute la melodía; y sobre todo, puedo reconocer lo bueno, aun si está distante de mis preferencias musicales. En la medida en que fueron llegando los años de vida aprendí también a disfrutar de la mejor música cubana de siempre, y tengo a mano siempre a Elena Burke, Bola de Nieve, Benny Moré o Celia Cruz, por mencionar algunos, y me dejo llevar por Liuba, Santiago Feliú, Ivette Cepeda o Buena Fe.
 Las canciones hablan por mí, acompañan cada momento del día y de mi vida, incluso cuando parece que callan, pero siguen sonando dentro, desde el corazón. Recuerdo ahora que desde pequeño me costó entender, y de hecho no acepté nunca, la tradición de que, en el luto por una persona querida, no se puede poner música. Entonces más que nunca necesitaba, me era necesario, cantar. En el velorio de una de mis abuelas, mientras caminábamos al cementerio, iba yo cantándole por lo bajo las canciones que más le gustaban, las de Barbarito Diez.
 Ahora canto también, y es mucha la música que trae a la memoria las mejores horas vividas en los últimos tiempos: “No hay bella melodía, en que no surjas tú…”, pero sí quiero escucharlas, porque en ellas encuentro la paz necesaria para continuar haciendo camino.

NOTAS AL VUELO...


La filosofía me apasiona siempre, aunque no sea un experto, tal vez porque no tuve acceso real a su historia hasta que llegué al seminario, con casi treinta años. En la Universidad, mientras estudiaba medicina, tuve que recibir clases de Filosofía marxista, economía política (capitalista y socialista) e historia el movimiento obrero; por suerte cuando me tocaba dar “comunismo científico”, en cuarto o quinto año de la carrera, no encontraron profesor, y me libré. Fue en el seminario cuando accedí a la otra filosofía, llamada siempre acá “burguesa”, y más que centrarme en las elucubraciones metafísicas de los filósofos, me interesa conocer sus vidas y como estas influyen y determinan en su pensamiento.


Para refrescar me senté a ver “El gato con botas” y “Peter pan”, pues nada como volver a ser niños para recuperar el buen ánimo, y llenar el corazón de ilusiones.  También he visto varios capítulos de la serie norteamericana “The body farm”, del género policial, pero con historias muy bien armadas y cargadas de humanidad; nada de conflictos simples, sino siempre complicados, como complicada es el alma humana.

 Lecturas interesantes y amenas de varios artículos, por ejemplo, un artículo sobre  los discos prohibidos del franquismo; aquí también sucedió lo mismo, y en mi juventud (la primera, quiero decir…), estaban prohibidos The Beatles, (y otras músicas en ingles),  Roberto Carlos, Julio Iglesias, Camilo Sesto, José Feliciano, etc, ya fuera porque su imagen no encajaba en la “moral socialista” (tan conservadora entonces como la católica), o porque dijeron tal o cual cosa sobre Cuba, o le cantaron a tal personaje político. Incluso figuras cercanas o tolerantes con el sistema, como Alberto Cortéz, que nos visitaba con frecuencia, estuvieron suspendidas de la radio. Recuerdo que en la escuela secundaria (estaba yo en una de las llamas “escuelas en el campo”, internado, donde pasábamos mitad del día en las aulas, y la otra mitad trabajábamos en el campo), tenían todos libretas con las canciones de estos interpretes copiadas, aunque yo mismo no había conseguido escuchar casi ninguna, sino que las conocía de oírselas a otros compañeros de estudio. En ese entonces no teníamos como ahora medios alternativos a la radio o la televisión nacionales.
También disfruté el artículo sobre Stephen Hawking, la entrevista con Paul Harding, o la visión de Juan Goytisolo, acerca de la llamada “Primavera árabe”; y en cuanto a declaraciones de obispos españoles sobre uno u otro tema, casi siempre moral, debería pedirles el papa un voto de silencio durante un buen tiempo, a ver si piensan más y mejor, y caen en la cuenta de que “por la boca muere el pez”. Es justo decir que a veces también la prensa sobredimensiona lo que dicen, lo mismo que le pide a cualquier tonto una opinión sobre un tema, y ya parece que están sentando cátedra. El que una persona se destaque en una actividad determinada no significa que ya pueda opinar sobre cualquier cosa, con coherencia y sentido común, sobre todo cuando en nuestro tiempo los “héroes” son los que aparecen con frecuencia en las revistas de chismes, o deportistas, o cantantes de moda.  En Cuba pasan unos programas juveniles, en los que se pregunta a jóvenes sobre un tema determinado, y cada uno dice lo que le parece, sin que luego cierren con la opinión de alguien más enterado que clarifique lo que es válido y lo que no, y no veas las cosas que se dicen. Es válido, por supuesto,  que coexistan opiniones diversas en la sociedad, siempre y cuando estas no pretendan imponerse a los que piensen diferente.