viernes, 20 de octubre de 2023

¿POR QUÉ TANTAS MISAS?

Puedes estar de acuerdo o no con la siguiente reflexión, pero sin lugar a dudas te moverá y te hará pensar: 

"¿Por qué tantas misas?
: "La misa se nos volvió 'gracia barata'": Hay un fenómeno muy común, ya normalizado, hecho costumbre, y es la cantidad de celebraciones eucarísticas en nuestras parroquias; estoy en Antioquia, Colombia, y cada uno de mis lectores podrá verificar si sucede también en su comunidad cristiana.

No hay muchas misas, la misa es una sola, es la vida entregada de Cristo, su amor hasta el extremo, su triunfo sobre el mal; esta misa sucede desde que el mundo es mundo y sucederá siempre y en todo lugar.
Ahora, cuando las celebraciones se multiplican sin escrúpulo y no parece que haya reparo si un presbítero celebra en serie, las estadísticas dicen que las iglesias se están vaciando y buena parte de las bancas se quedan sin ocupar: mientras más disminuyen los fieles más eucaristías se celebran.

Los estipendios se volvieron la principal entrada, la misa resultó “la gallina de los huevos de oro” para costear la Iglesia...se financia la Iglesia pero se la mata al mismo tiempo, la vida comunitaria se extingue y van quedando sólo individuos piadosos".

(Leído en: RELIGIÓN DIGITAL)

SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR...

"Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.


Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.


Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido".


Poema de Luis Cernuda
 'Si el hombre pudiera decir' [del libro 'Los placeres prohibidos' (1931), sección IV de 'La Realidad y el Deseo'].
© Herederos de Luis Cernuda.

sábado, 8 de julio de 2023

PREPARADOS PARA EL VINO NUEVO

"Los moldes parecen otorgar seguridad. De hecho, los humanos tendemos a aferrarnos a ellos, mientras nos ponemos alerta ante cualquier cambio de aquello que nos era habitual. Si esto es válido para todos los aspectos de la vida, en el campo religioso todavía se intensifica más. El motivo es simple: cuando se cree que un “molde” determinado ha sido revelado por el mismo Dios, se adopta ante él una especial reverencia y sumisión, que lo convierte en “sagrado”, otorgándole un carácter de definitividad. 

Esto explica que los cambios o innovaciones sean tan costosos en el mundo de la religión: ¿Cómo modificar aquello que, según su propia creencia, viene de Dios?; ¿no se trata de algo, por definición, inmodificable? Si a ello le añadimos la necesidad de seguridad de muchas de las personas que se acercan a lo religioso, el inmovilismo quedará asegurado. La novedad será vista como peligrosa y la discrepancia como herejía. 

La ironía, sin embargo, se hace patente en casos como el cristiano, en el que la institución religiosa se ve “forzada” a conservar los “moldes” recibidos, a la vez que sigue proclamando el mensaje de Jesús, que abogaba abiertamente por “odres nuevos”.

 A tenor de lo dicho, parece quedar claro que mientras la religión se aferra a los moldes hechos, la espiritualidad deshace paulatinamente todos ellos. De ahí que no es raro que, a mayor “religiosidad”, mayor bloqueo espiritual".

Enrique Martínez Lozano
Guía para volver a casa

miércoles, 28 de junio de 2023

BUSCANDO LA FELICIDAD

"En nuestra sociedad moderna, a menudo estamos inmersos en un constante estado de prisa y estrés. Nos presionamos para alcanzar metas y objetivos, nos preocupamos por el futuro y nos dejamos llevar por las expectativas de los demás. En medio de este torbellino, es fácil perder de vista lo que realmente nos hace felices.

Tomarse el tiempo para reflexionar y evaluar nuestras vidas es crucial para encontrar la tranquilidad y la felicidad verdaderas. Necesitamos preguntarnos a nosotros mismos: ¿Qué es lo que realmente valoro en la vida? ¿Qué me hace sentir en paz y pleno? Estas preguntas nos ayudan a descubrir nuestras prioridades y a centrarnos en lo que realmente importa.

La sociedad a menudo nos dicta un camino predefinido hacia la felicidad, pero la verdad es que cada persona tiene su propia definición de lo que significa ser feliz. Algunos encuentran la felicidad en el éxito profesional, otros en relaciones personales satisfactorias, mientras que otros la encuentran en la conexión con la naturaleza o el desarrollo personal. No hay una fórmula universal para la felicidad, y es importante reconocer y respetar nuestras propias necesidades y deseos.

Es importante recordar que el camino hacia la felicidad no siempre es lineal y puede requerir paciencia y perseverancia. No se trata solo de llegar a un destino, sino de disfrutar del viaje. A veces, necesitamos explorar diferentes caminos, experimentar con nuevas actividades y aprender de nuestros errores para descubrir lo que realmente nos hace felices".

Tomado de Facebook (barefoot.nomad)

martes, 27 de junio de 2023

EUCARISTÍA: DETALLES MENORES, PERO SIGNIFICATIVOS

 

La Eucaristia es el sacramento más importante, y participar en él cada domingo nos identifica como cristianos; sin embargo, cuantos hay que se dicen a sí mismos "católicos" y no van regularmente a celebrar su fe el domingo con la comunidad. 

La misa empieza con el templo medio vacío, y luego se va llenando poco a poco, mientras transcurre la celebración; es una vez a la semana, y sin embargo no nos esforzamos por llegar a tiempo, y salimos luego de prisa sin saludar a nadie.

Cuando faltamos un domingo a la eucaristía, el domingo siguiente queremos confesarnos antes de comulgar, pero no venimos antes para hacerlo, sino que estamos en la fila de la confesión o hablando largamente con el sacerdote mientras transcurre la misa. Y volvemos a estar ausentes de la celebración. Nos parece importante confesarnos para comulgar, pero al parecer no es tan importante escuchar la Palabra o la homilía, o incluso entramos al confesonario cuando empieza el momento de la consagración.

En el momento de la consagración, muchos que están presentes no están atentos al altar; lamentablemente permanecen entretenidos, mirando a otro lado, como si lo que sucede en frente de ellos no sea importante ni significativo. 

A veces la persona que se acerca a comulgar lo hace con poca o ninguna unción; la forma consagrada se recibe con la mano abierta o en la boca, pero no estira uno la mano para agarrarla. A veces la forma consagrada cae al suelo porque no hay el suficiente cuidado para recibirla. 

¿Sabe la persona que comulga lo que está haciendo y lo que esto significa, cuando luego de recibir a Cristo en la comunión va y se arrodilla delante del sagrario a rezar?

Algunas personas llegan al final de la celebración, y van a pedirle al sacerdote o a un ministro que les de la comunión, como si recibirla fuera algo independiente, sin nada que ver con lo que se ha celebrado. 

Fray Manuel de Jesús, ocd

jueves, 22 de junio de 2023

EUCARISTÍA: EL TODO ES MÁS QUE LA PARTE

En una página web que recibo vía e-mail, por razones que no voy a explicar ahora, leo el siguiente relato, relacionado con la eucaristía, un tema sobre el que reflexiono con frecuencia, como puede constatarse en este mismo blog:

"Ocurrió hace 15 años, un jueves Eucarístico. El tiempo ha pasado, pero el recuerdo sigue vivo en mi interior. Es el momento de la santa comunión. Los fieles se ponen en fila. Soy el quinto y estoy cerca del sacerdote.

Rezo. Agradezco.

«¿Cómo un Dios se rebaja a esto?» Me pregunto. El sacerdote le mueve a su voluntad y nosotros lo recibimos. Es algo demasiado grande para comprenderlo.

«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed.» (Juan 6, 35)

Incapaz de comprender la grandeza del momento que se avecina, le doy gracias por permitirme a mí, un pecador, tocarlo, estar con Él, comer el pan de la vida.

Avanzo lentamente. Escucho al sacerdote decir:

“El cuerpo de Cristo”.

Y yo pienso:

“Qué maravilla Señor… Eres tú, verdaderamente”.

Una hostia resbala de la mano del sacerdote. Ocurre súbitamente. La veo caer en cámara lenta y me duele hondo el alma.

¡Es Jesús!

No lo pensé siquiera, me lancé para atraparla, que no tocara el piso, que nadie sin querer la mancillara.

No llegué a tiempo. Me arrodillé frente a Jesús que yacía en suelo. Le pedí perdón e imploré su amor.

¡Mi dulce y buen Jesús!

La recogí con gran devoción y la deposité nuevamente en las manos del sacerdote quien sonrió amablemente y me dijo en voz baja: “Gracias”.

Volví a mi puesto en la fila y esperé mi turno para comulgar.

A partir de ese día empecé a fijarme cuando en alguna parroquia usan la bandeja de comunión. Me intrigaba saber si caen partículas de hostia consagrada. Efectivamente. He visto algunas bandejas llenas de partículas de todos los tamaños. Allí está Jesús.

Es casi inevitable… si no se usa la bandeja de comunión o la patena, para prevenirlo, Jesús caerá al suelo".
 
Seguramente a muchos les dará devoción este relato y encenderá su piedad, pero en realidad este modo de entender la Presencia de Jesús en la Eucaristía no expresa plenamente la fe de la Iglesia. El papa Francisco suele usar una frase que viene ahora a mi mente: El todo es más que la parte. Jesús está presente en la Eucaristía, es decir, cuando nos reunimos en su nombre, convocados por él, para compartir su palabra y su mesa. La comunidad de fe es el lugar donde está presente Jesús en primer lugar (Es el "Cuerpo de Cristo"). No es el sacerdote el que hace la eucaristía: la preside, pero también el sacerdote es convocado por Jesús y forma parte de su comunidad, en la que Jesús está presente, y dentro de la cual ejerce su ministerio 

Las formas consagradas en la misa, pan y vino, son el signo sacramental de esa presencia; son la parte que refiere al todo.Jesús no está encerrado en la Hostia, ni el sacerdote "lo mueve a su voluntad", ni se rebaja Jesús para dejarse comer por nosotros. Al contrario, comulgar expresa nuestra "comunión" con Jesús, nuestro ser parte de él, en su Iglesia, formada por pecadores amados y perdonados.
 
La Iglesia es sabia y es sobria, y el mismo autor de este relato lo reconoce así en otro artículo que escribe sobre el mismo tema: cuando una forma consagrada cae al suelo, en el momento de dar la comunión "el sacerdote se inclina, la toma con devoción y la consume. Luego sigue distribuyendo la Sagrada Comunión". Es lo que debe hacerse, y no formar aspavientos exagerados, como he visto hacer alguna vez, hasta pasar la lengua por el sitio donde la forma consagrada estuvo en el suelo, o correr a pasar un paño húmedo, evitando que nadie vaya a pasar por el lugar. Eso es tomar la parte por el todo. 

Veo con tristeza que, mientras crece este tipo de piedad, acompañada por una atención cada vez mayor a la adoración a Cristo en las formas sacramentales conservadas en el sagrario, la Misa o Eucaristía dominical sigue siendo una mera rutina de cumplimiento para muchos católicos. Y aun peor, mientras nuestra piedad eucarística crece de esa manera, nuestra ceguera ante Jesús en el prójimo, en el pobre, en el extraño, es cada vez mayor. Todas esas exageraciones piadosas resultan por ello más difíciles de entender.

Hablar de "mancillar a Jesús"...de "pedirle perdón" por algo que humanamente puede suceder, y sucede, es a mi parecer una exgeración, pero además no refleja el verdadero sentido del "estar en comunión" y saber Presente a Cristo en ese espacio comunitario. No es necesario estar vigilando al sacerdote cuando da la comunión, por si puede caer una partícula del pan consagrado al suelo; es más importante estar atentos a los muchos cristos que a nuestro alrededor, sufren y padecen, caen y son pisoteados. 

Jesús está en su Iglesia, y cada comunidad que celebra es la Iglesia toda, el Cuerpo de Cristo. Ahí está presente, y en su Palabra, y en la Mesa del banquete pascual, donde se nos recuerda una y otra vez que somos hijas e hijos amados de Dios, en los que Dios se complace. El Pan y el Vino, convertidos para nosotros en Cuerpo y Sangre de Cristo, son el signo sacramental de esa Presencia viva, y como hizo Jesús por nosotros, se parten, comparten y se comen, para transformarnos a nosotros también en comunión, hostia, pan, para ser comidos en el servicio del Reino. 

No comparto esta reflexión para incomodar o molestar a nadie, pero me provoca como cristiano, cada vez que el Misterio hermoso de la Eucaristía no se entiende y vive en toda su plenitud. Repito: El todo es más que la parte. Sacramento es la celebración toda, y dentro de ella están los signos sacramentales. Jesús está realmente Presente en esos signos, también en la Palabra que se proclama, porque está presente en la comunidad de fe reunida en su nombre. A Jesús no podemos encerrarlo ni limitarlo a ningún lugar. Jesús está vivo, en medio de la Vida, y nos sigue salvando y redimiendo. Más que piedad, necesitamos espiritualidad.

Fray Manuel de Jesús, ocd.

viernes, 19 de mayo de 2023

SER LUZ PARA LOS DEMÁS

Una reflexión de José Luis Martín Descalzo

"Con la muerte del poeta cubano Nicolás Guillén ha venido a mi memoria una copia suya que siempre me pareció un programa de vida formidable que ya me gustaría a mí haber realizado en mis años: 

Ardió el sol en mis manos, 
que es mucho decir; 
ardió el sol en mis manos 
y lo repartí, 
que es mucho decir. 

Efectivamente, es mucho poder decir de un ser humano que ha logrado esa doble maravilla: que el sol arda en sus manos y que haya sabido repartirlo. No sé cuál de las dos hazañas es más prodigiosa.

 Naturalmente, cuando hablamos de que a alguien le arde el sol en las manos lo que estamos diciendo es que tiene la vida llena, radiante, que sus años han sido luminosos como antorchas, que tuvo una gran ilusión que dio sentido a sus horas, que estuvo vivo, en suma. Una gran hazaña, como digo. Porque, desgraciadamente los más de los humanos pasan por la tierra apagados, sin tener nada que dar ni que decir, con sus almas como candiles sin luz. Sólo los santos, los genios, los grandes amantes, tienen el sol en las manos. Son personas que, cuando pasan a nuestro lado, dejan un rastro en nuestro recuerdo, en nuestras vidas. Porque tienen luz, porque sus almas están llenas y despiertas.

 ¿Y por qué ellos tiene luz y la mayoría no? No, desde luego, por instinto ni por nacimiento. Sólo tiene luz el que ha ido recogiéndola, cultivándola. La luz, la belleza, están en el mundo, pero hay que ir sabiendo recogerla. Y hay que empezar por tener las manos abiertas y no como los egoístas, cerradas, empuñadas. Todo el que tiene la luz en sus manos la tiene por su mérito y esfuerzo. Y, naturalmente, no se conquista en un solo día: se van acumulando trozos de luz, pedacitos de amor. 

El alma sólo brilla después de muchos años de esfuerzo de recogida. ¡Pero qué milagro morirse con el alma encendida! «Es mucho decir», como canta el poeta. 

Pero el milagro dos es saber repartir esa luz. La luz es algo que, por su propia naturaleza, es para compartir y repartir. No se da a los hombres para meterla bajo el celemín, sino para ponerla sobre el candelero y que alumbre a todos los de la casa y del mundo. A nadie se le da el alma para sí solo. Aunque haya muchísimas personas que se mueren sin haber llegado a descubrir esta enorme verdad. Éstos son los genios malogrados, doblemente más tristes que los que tienen almas apagadas. Porque, ¿hay algo más absurdo que tener una vida llena y creerse que se tiene para chupetearla privadamente como un helado? Los que son pobres (pobres de alma) y egoístas, son más pobres que malos. Los ricos (ricos de alma) y egoístas, ésos son la misma esterilidad. 

Hay que repetir esto hasta que se entienda: la fraternidad, el amor, la entrega, no son cosas añadidas para que un hombre sea santo o perfecto. Son la sustancia del hombre. El hombre como individuo solitario no es hombre del todo. El hombre es hombre cuando vive en comunidad y para la comunidad. Cuando sirve a alguien. Cuando ama a alguien. Entonces es cuando nace como ser humano. 

Goethe lo explicó con una frase definitiva: «Sólo entre todos los hombres llega a ser vivido lo humano». Es decir: ninguno de nosotros agota por sí solo la condición humana, juntos, sí. Abiertos, sí. La luz del alma sólo es luz cuando es repartida, compartida. 

Tillich, el teólogo, también lo explicó muy bien: «En el mundo sólo existimos en virtud de la comunidad de hombres. Y sólo podemos descubrir nuestra alma mediante el espejo de quienes nos observen. No existe ninguna profundidad en la vida sin la profundidad del bien común». 

Los genios son genios no por lo que producen, sino por lo que proyectan, por lo que reparten. Un genio no es un hombre que tiene el alma muy grande, sino un hombre de cuya alma podemos alimentarnos. En los santos la cosa es aún más clara: son santos porque no se reservaron para sí, sino que se entregaron a todos cuantos les rodeaban. 

Por eso, qué bien si, como dice el poeta, pudieran decir de nosotros que teníamos el sol en nuestras manos y que nos dedicamos a repartirlo a rebanadas. 

Entonces habríamos estado verdaderamente vivos".

(Tomado de "Razones para vivir")