viernes, 25 de noviembre de 2022

ADVIENTO 2022: LOS CAMINOS DEL SEÑOR


La Palabra de Dios nos llega de muchas maneras, entra en nuestra vida no sólo a través de la Escritura, sino también a través de los acontecimientos de cada día. Al comenzar este nuevo tiempo litúrgico, tiempo de gracia, nos colocamos frente a nuestra propia vida, para contemplar el camino que vamos haciendo, ya sea a nivel personal, familiar y comunitario, pero también como parte de la humanidad, para la que tiene Dios un designio de salvación.

 Vamos a tomar un tema concreto: los caminos de Dios; esa palabra aparece a menudo en los textos litúrgicos, y tanto el profeta Isaías como Juan Bautista nos invitan a preparar los caminos del Señor.

Dt 8,2: “Acuérdate de todo el camino que Yahvé, tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto”.

Recordar el camino andado, y escuchar a Dios hablando en ese camino. Porque el camino es para nosotros LUGAR DE ESCUCHA. Salomón le pidió a Dios “un corazón que sepa escuchar”. Esto significa tratar de juzgar y discernir la realidad, nuestra vida y nuestro camino desde el punto de vista de la fe. Necesitamos tomar conciencia de lo que somos para renovarnos y permanecer fieles a nuestra misión de cristianos en medio del CAMINO que recorremos. “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas” (Salmo 25). Los caminos del Señor están siempre llenos de misericordia y fidelidad, muy diferentes a los nuestros. No siempre nos resultan comprensibles los caminos del Señor, pero siguen siendo caminos de misericordia: Dios es fiel.

Hagamos la oración atribuida a Salomón, Sabiduría 9: “Dios de los Padres, Señor de la misericordia, que con tus palabras hiciste el universo, y con tu sabiduría formaste al ser humano para que dominase sobre los seres por ti creados, rigiese el mundo con santidad y justicia y ejerciese el mando con rectitud de espíritu; dame la sabiduría asistente de tu trono, y no me excluyas del número de tus hijos. Que soy un siervo tuyo, hijo de tu sierva, un hombre débil y de vida efímera, incapaz de entender la justicia y las leyes”.

PRIMER TEMA: EL MISTERIO DEL TIEMPO (Eclesiastés 3, 1-8).

1.  Vivimos en el tiempo: Esta visión del autor sagrado preparó el camino y abrió las puertas de la revelación. El tiempo es un misterio; San Agustín dice que sabe lo que es, pero no sabría definirlo, “porque el tiempo es la cosa más larga y al mismo tiempo la cosa más breve”. No es igual para el que goza que para el que sufre o espera. Para los griegos era una divinidad (Cronos). Para nosotros, los creyentes, es el marco en que acontece la historia de salvación: profundo, lleno de potencialidades y posibilidades. La Escritura refiere siempre a un marco temporal: En el principio, vengo pronto, etc. Con la creación surge el tiempo, que para todo es transitorio: hay un tiempo para cada cosa. En el salmo 90, que habla de la fragilidad humana, encontramos un dato de su fugacidad: “Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó, una vela nocturna”. Pero el Verbo de Dios quiso entrar en el tiempo: “En la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo” (Gálatas). También el prólogo de Juan. Nuestra salvación se realiza en el tiempo, ahí está nuestra oportunidad. Por eso dice la palabra: “En el tiempo favorable te escuché, en el día de salvación vine en tu ayuda”. Pues ahora es tiempo propicio, ahora es día de salvación” (Isaías 49,8; 2Corintios 6, 1-2). El apóstol nos exhorta a no dejar pasar el tiempo inútilmente, a no echar la gracia abundante de Dios en saco roto. Es en el tiempo donde experimentamos nuestra fragilidad, nuestras perdidas y fracasos, mientras hacemos el camino de la vida; pero también aquí aguardamos la promesa de Cristo, en Apocalipsis: “Sí, vengo pronto”.

2.  UNA MIRADA AL PASADO: La memoria. ¿Cuánto hemos hecho? Podemos dedicar unos minutos a pensar en lo vivido, y veremos alegrías, problemas, éxitos y fracasos, esperanzas y desilusiones. Una realidad fugaz y transitoria, se ha ido rápido, hemos experimentado algo de todo. Pero también en esos recuerdos, gracias a Dios, está Dios, su gracia, su providencia. Todo es gracia, dijo el apóstol. Momentos grandes de gracia y también momentos pequeños. Hemos experimentado el “cronos”, pero también el “kairói”: Dios presente siempre en medio de nuestro tiempo. A veces se manifiesta Dios en momentos inolvidables de luz, pero también en terribles momentos de oscuridad. Aprendamos a dar gracias por todo lo vivido, también por las horas difíciles, las tentaciones, las caídas y las victorias. Sobre todo, porque Él ha estado siempre a nuestro lado en cada una de esas situaciones. Casi termina un año y a punto estamos de comenzar otro, y seguramente como dice Pablo, todo concurrirá para nuestro bien, porque nada ni nadie podrá apartarnos del amor de Cristo, principio y fin de todo.

3.  UNA MIRADA AL FUTURO: Así, al reflexionar sobre el tiempo, en el que transcurre nuestra historia de salvación, renovamos nuestra esperanza en Jesús. El Señor seguirá presente con nosotros en el nuevo ciclo litúrgico y en el nuevo año civil. Él es autor del tiempo en que vivimos y de la eternidad hacia la que caminamos, pero a la vez está aquí y ahora en medio de nosotros, a nuestro lado y dentro nuestro. Caminamos con Él, mientras el tiempo pasa; no somos meros espectadores, nos movemos y actuamos; caminamos con el tiempo y en el tiempo. Dios aparece en la Escritura como el Dios de la Historia, la grande y la pequeña de cada uno; guía nuestra vida, como lo hizo con el pueblo elegido en el desierto, llevándolos a la tierra prometida. Con Él peregrinamos. Somos parcialmente responsables de nuestra historia, pero estamos todos dentro de los brazos de Dios: no elegimos el día de nacer o de morir, tampoco los avatares de nuestra existencia, pero creemos por fe que “en Dios vivimos, nos movemos y existimos”. Nos pide ser responsables, viviendo con fe y esperanza, cada tramo de este camino.

4.  LOS CAMINOS DEL SEÑOR:  Veamos algunas pistas sobre esos caminos en la Escritura; para nosotros son incomprensibles, pero podemos aceptarlos y aprender a reconocer en ellos la misericordia de Dios. En el AT, la experiencia de los caminos de Dios es experiencia de sabiduría, fruto de muchos años de pruebas; experiencia de observación, reflexión y visión de fe. Los caminos de Dios son gracia y fidelidad (Salmo 25); Dios no se muda, su amor es fiel y perpetuo, a pesar de nuestra infidelidad. “Dios mío, tus caminos son santos: ¿qué Dios es grande como nuestro Dios?” (Salmo 77). Dios es capaz de abrir caminos por donde parece imposible (“Tú te abriste camino por las aguas, un vado por las aguas caudalosas”).

La experiencia del Éxodo es experiencia de camino (Éxodo13, 21); Dios va delante, abriendo el camino. También Isaías, profeta del Adviento, en 55, 8-9: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni mis caminos son sus caminos. Porque, así como aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los de ustedes”. El precioso salmo 139 nos permite adentrarnos en el obrar de Dios para con nosotros: “Tú me sondeas y me conoces”.

En el NT también encontremos muchas referencias a los caminos de Dios: en el cántico de Zacarías (Lucas), en la Carta a los romanos (8,28), y en 11, 33-36; para Juan, Jesús es camino, verdad y vida.

 A la luz de todo esto, digamos 5 características de los caminos de Dios: diversos, de justicia, de misericordia, de fidelidad, Cristo como el único camino.

Diversos: son y serán siempre caminos muy diferentes a los nuestros.

De justicia: Todo concurre a nuestro bien, aunque no nos demos cuentas; no es castigo, sino bondad y corrección.

De misericordia: Todo aquello que Dios permite en nuestra vida es fruto de su amor por nosotros.

De fidelidad: Dios no cambia, permanece fiel, y nos acepta siempre como somos.

Cristo es el camino de Dios para nosotros, no hay otro, y nuestra vida y camino es seguirle a Él.

 

SOMOS PEREGRINOS: Miramos nuestra vida en el tiempo como expresión del misterio de Dios; en Dios adquiere nuestro tiempo y nuestra vida sentido pleno. Nuestra vida es un camino trazado por Dios, marcado por momentos gracia. No sabemos ni el tiempo ni la hora en que seremos llamados a la eternidad, pero podemos estar seguros de que todo concurrirá para nuestro bien durante el tiempo que vivamos. Aceptemos nuestra condición de peregrinos que caminan en el tiempo hacia la eternidad; aceptemos las circunstancias de nuestra vida, aunque no siempre podamos comprenderlas. No significa no actuar ante lo injusto o conformidad, sino reconocer la mano de Dios en todo, y buscar cómo responder mejor a esos desafíos, con fe y esperanza.

(Ideas de Camilo Maccise, ocd, adaptadas por Manuel de Jesús, ocd)

 

lunes, 21 de noviembre de 2022

SOBRE MARÍA Y LA IGLESIA (San Agustín)

"Os pido que atendáis a lo que dijo Cristo, el Señor, extendiendo la mano sobre sus discípulos: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. ¿Por ventura no cumplió la voluntad del Padre la Virgen María, ella, que dio fe al mensaje divino, que concibió por su fe, que fue elegida para que ella naciera entre los hombres el que había de ser nuestra salvación, que fue creada por Cristo antes que Cristo fuera creado en ella?

Ciertamente, cumplió santa María, con toda perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto, María fue bienaventurada, porque, antes de dar a luz a su maestro, lo llevó en su seno.

Mira si no es tal como digo. Pasando el Señor, seguido de las multitudes y realizando milagros, dijo una mujer: Dichoso el vientre que te llevó. Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las realidades de orden material, ¿Qué es lo que respondió?: Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. De ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que lleva en el seno.

María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al mismo Dios por cabeza.

Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotros mismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Estos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos".

(San Agustín, Sermón 25)

domingo, 20 de noviembre de 2022

EL REINO DE CRISTO

Con la solemnidad litúrgica de Jesucristo, Rey del universo, llega a su final el año litúrgico; o bueno, queda una semana más, como una especie de intermedio, hasta el domingo próximo, primero de Adviento. El año litúrgico es como un caminar con Jesús, haciendo de cada eucaristía un encuentro vital, discipular, en el que vamos siendo transformados a imagen del Maestro. Todavía nos falta mucho a la mayoría para entender, valorar y vivir el verdadero sentido de esas celebraciones que hemos convertido en costumbre, tradición, hábito o mero cumplimiento; seguimos sin comprender la gratuidad e incondicionalidad con que Dios se entrega a nosotros en el misterio de Cristo, en los sacramentos.

 Los pasajes del Evangelio que la Iglesia propone para este domingo de Cristo Rey en los tres ciclos litúrgicos nos revelan el sentido de lo que celebramos: Mateo 25, 31-46; Juan 18, 33b-37; Lucas 23, 35-43. Pilato le pregunta a Jesús si él es rey, tal y como dicen los judíos, que siguen sin entender el camino mesiánico elegido por Dios para llevar salvación al mundo. Jesús acepta el título, pero advierte: "Mi reino no es de este mundo". Nada que ver con los que detentan el poder entre nosotros, poco preocupados por el bien común, y menos aun por los más pobres y débiles de nuestras sociedades. Se proclama a sí mismo "testigo de la verdad"; una verdad que escapa a los que la buscan a través de la fuerza, el poder, la violencia, la injusticia o el miedo. Reino y verdad en Jesús casan, al contrario, con amor, perdón, justicia, servicio, solidaridad. Y sobre todo, con abajamiento y entrega total de Dios a la humanidad frágil y marcada por la huella del pecado. 

 Reinar, para Dios, en Jesús, es vencer todo eso que no deja crecer y vivir la plenitud de nuestra vocación original, nacida del amor gratuito de Dios. "Y el último enemigo a vencer será la muerte", nos recuerda la Palabra. Y ya entonces, con el triunfo de Cristo, Dios será todo en todas las cosas, y reinará. Porque, a fin de cuentas, no es que Dios posea un reino, sino que el reino es Dios mismo, su seno amoroso, del que nacemos y al que regresamos plenos. 

 Los que buscamos la verdad por los caminos del Evangelio, escuchamos la voz de Cristo que nos invita a compartir con él la "Nueva Humanidad", y cuando experimentamos nuestra fragilidad le llamamos como hizo el buen ladrón desde la cruz: "Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino". La salvación de Dios está en presente siempre, lo mismo que la certeza de su fidelidad inamovible: "Hoy estás conmigo en el paraíso". Ese es el lugar de los que confían, y buscan no a un mesías poderoso y con ejércitos, sino a un mesías crucificado y coronado de espinas, capaz de darlo todo, no para salvarse a sí mismo (que es lo que solemos hacer los humanos casi siempre), sino para que todos se salven y lleguen a conocer la verdad del amor de Dios: infinito, gratuito e incondicional. 

 Ese mismo Cristo, que compartió la humanidad con nosotros, que  lo apostó todo por los pequeños, los frágiles, los pecadores, hasta acabar en la cruz, fue el que removió la piedra del sepulcro, y nos ofreció su paz. Rey pacífico, sentado ahora junto al Padre en un trono de gloria, según lo describen las Escrituras, lleva en él toda la plenitud, y a la humanidad redimida la conduce a Dios, porque nos ha reconciliado, a la vez que nos convierte a nosotros también en reyes y reconciliadores. 

 Es Él quien nos espera al final del camino para examinarnos en el amor, y ver si pertenecemos o no a ese Reino de plenitud y vida que es el seno o el corazón del Padre. No habrá gozo mayor que escucharle decir: "Vengan, benditos de mi Padre y hereden el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo". Porque, ofreciéndome sus vidas y sus manos, me dieron de comer y de beber, me vistieron y me visitaron, cada vez que estuve ante ustedes en cada prójimo que apareció en el camino. 

Las hermosas imágenes del Apocalipsis nos lo presentan viniendo entre las nubes del cielo, como rey de reyes, en su segunda venida. Su trono está firme, su amor inamovible; pero, ¿y nosotros? ¿nuestra fe? ¿nuestro compromiso con su reino? Tantas veces hemos intentado construir el reino con las armas ajenas a Cristo: con poder y violencia, con desprecio al de abajo y con imposición, que en lugar de evangelizar, hemos sembrado ateísmo y desconfianza hacia la Iglesia. La realeza de Cristo no se visibiliza en la Iglesia por sus poderes o su esplendor, sino por la justicia, el servicio y la caridad. 

Este domingo, último del ciclo litúrgico, queremos recordar nuestra condición de discípulos, de testigos, de reyes, trabajadores del Reino que esperamos no solo alcanzar, sino también construir en el aquí y el ahora de Dios. La Iglesia es el Cuerpo del Rey que no vino a ser servido, sino a servir; seamos reflejos de ese Señor al que adoramos y esperamos confiados, porque Él reina y, a pesar de nosotros, viene siempre, siempre, siempre...

Fray Manuel de Jesús, ocd.


sábado, 12 de noviembre de 2022

SACRAMENTO: UNA PRESENCIA Y UNA AUSENCIA

“El sacramento cristiano es, efectivamente, un signo. Tiene valor de signo. Pero podemos decir que se elabora sobre todo como una teoría del significante y, sin duda, como una teoría del lenguaje. En todo caso, plantea el problema de saber qué es un signo lingüístico, entendido como distancia entre la palabra y la cosa. Después de los estoicos, la elaboración de la primera gran teoría del signo, de la que depende en parte nuestra comprensión moderna del lenguaje, se la debemos principalmente a san Agustín. En De magistro, da una definición del signo como «una cosa que está puesta en el lugar de otra». Un signo es aquello que viene «en lugar de» algo, que representa algo en su ausencia; por lo tanto, solo puede haber signo si la cosa representada está ausente. Esto construye toda nuestra relación con el lenguaje, especialmente con la palabra: el lenguaje es el poder de la representación, es decir, es aquello que permite hacer aparecer una cosa cuando no está ahí. Tiene el poder de otorgar una presencia a los seres y a las cosas que están ausentes. Cuando alguien que queremos no está, cuando no está presente físicamente, eso no significa que estemos sin él. Disponemos de toda una serie de cosas –de significantes– que permiten que nos lo hacen presente en su ausencia, sin por ello negar su ausencia, puesto que sabemos que no está. Hay un poder de simbolización que es el que utiliza, por ejemplo, el niño pequeño para dar una presencia a su madre cuando ella no está ahí. Da una presencia a la ausente, pero, cuando ella está ahí, tampoco está presente por entero; su presencia está marcada por el sello de la ausencia.

De entrada, tenemos aquí una comprensión del sacramento cristiano como signo. El sacramento es lo que hace presente a un ausente, sin ocultar su ausencia, sin desmentirla. Aquí se trata de la ausencia de Cristo. El sacramento es una institución de la ausencia. Precisamente porque él no está, están los sacramentos. De ahí ese vínculo central con una memoria, un recuerdo, pero en el sentido de que la memoria no es únicamente una relación con el pasado; la memoria es una actualización y una capacidad de hacer presente lo que ha sido. En el sacramento eucarístico encontramos esa orden de Jesús, cuando dice a sus discípulos durante la última cena que comparte con ellos: «Haced esto en memoria mía». Ese «hacer memoria» es una manera, no de recordar banalmente un episodio del pasado, sino de reactivar su carácter de acontecimiento. El signo, como sacramento, es, pues, esta forma de enlazar la presencia y la ausencia. Un pastor del siglo XVII, Jean Claude, utilizó una fórmula sorprendente al afirmar que la cena es el sacramento de la ausencia real (había aquí, por supuesto, un contrapunto polémico a la doctrina de la eucaristía como «presencia real»). Hoy en día podemos comprenderlo como la expresión de un vínculo con el lenguaje. Ritualmente, además, si seguimos tomando el banquete eucarístico como ejemplo, los fieles están reunidos alrededor de una mesa de comunión en la que queda un sitio vacío. Y este lugar vacío es precisamente lo que el signo está designando. Los creyentes se reúnen alrededor de una presencia llamada espiritual, pero es igualmente cierto afirmar que esa presencia es una ausencia. El sacramento representa, pero no puede capturar aquello que está representando”.

 (Jean-Daniel Causse)
Viaje a través del cristianismo

viernes, 11 de noviembre de 2022

UNA GUÍA PARA VOLVER A CASA

 "Lo sepa o no, en todo lo que emprende, el ser humano no busca otra cosa que "volver a casa". Ese es su mayor anhelo y el motor de su existencia. La "casa" es nuestra verdadera identidad. Por tanto, y esta es la primera paradoja, buscamos lo que ya somos, pero que en gran medida ignoramos. La ignorancia nos hace buscar a tientas y la añoranza nos empuja a compensar. Porque, mientras nos creemos lejos de casa, sentimos frío y vacío, que tratamos de compensar con mil objetos sustitutorios: dinero o poder, imagen o títulos, placeres o creencias, sexo o religión, relaciones o soledad... La sensación de estar lejos de casa se manifiesta como ansiedad, que nos hace adictos a cualquier cosa que pueda aliviarla. Pero no hay satisfacción posible mientras permanezcamos en la ignorancia. La realidad es que no hay ninguna lejanía. Aunque hayamos pensado lo contrario, nunca hemos estado, ni podemos estar, fuera de casa. Lo que necesitamos es, sencillamente, caer en la cuenta de que ya estamos en ella".

Enrique Martínez Lozano

OTRO MODO DE LEER EL EVANGELIO

"Parece innegable que, muy frecuentemente, el evangelio ha sido leído desde una doble clave: el literalismo y el moralismo. 

La lectura literalista lo ha convertido en una especie de “anecdotario”, que parecía buscar la exaltación de Jesús como hacedor de milagros, pero al precio de mantener el relato anclado en el pasado y desconectado de las preocupaciones de quienes hoy se acercaban al mismo. 

Por su parte, la lectura moralizante reducía el texto evangélico a una especie de código moral, regulador del comportamiento, con el riesgo de hacerlo aparecer como un “policía divino” o superego controlador. 

En ambos casos, aunque fuera inconscientemente, se banalizaba y empobrecía el texto, dejando en el olvido lo más importante y decisivo: su carácter de libro de sabiduría, en el sentido más genuino y profundo del término. 

La sabiduría es atemporal, porque trasciende la mente y sus conceptos, aunque indudablemente tenga que hacer uso de una y otros. Por ese motivo, al acercarnos a textos que la expresan, a poco que lo hagamos con un mínimo de apertura, nos sentimos directamente concernidos y afectados. Descubrimos que esos escritos están, en realidad, hablando de nosotros. No importa la anécdota ni la moralina: hemos hallado un espejo en el que vernos reflejados. 

La sabiduría es originaria: no es sino la misma Consciencia expresándose o, si se prefiere, la “voz” del misterio último de lo Real, que también a nosotros nos constituye. Por ello, al leerla o escucharla, resuena con fuerza en nosotros, porque la reconocemos como nuestra propia voz, la voz de nuestro “maestro interior”. 

La sabiduría es luminosa, fuente de toda comprensión y certeza, porque es una con la Verdad. Por esa razón, nos saca de la ignorancia básica acerca de nosotros mismos, nos libera de la confusión y nos rescata del laberinto tortuoso del sufrimiento. Algo se ensancha en nuestro interior, el corazón se dilata y la mente se abre, en una sensación creciente de amplitud y de claridad. 

La sabiduría no tiene que ver, primariamente, con los conceptos ni con la erudición. Ni siquiera con la mente, por más que esta sea una herramienta precisa y preciosa. Tiene que ver, antes que nada, con el sabor, o más exactamente, con el saboreo inmediato de lo Real. Tal vez por ese motivo, las palabras de sabiduría provocan silencio en nuestro interior y, en ese silenciarnos, se produce el encuentro íntimo con la Verdad que somos...". 

Enrique Martínez Lozano

sábado, 5 de noviembre de 2022

LA MUERTE ES COMO UN AMANECER (Domingo XXXI-C)

"En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección y le preguntaron: “Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se caso y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella”. Jesús les contestó: “En esta vida hombres y mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos, no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles de Dios, porque participan de la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos” (Lc 20, 27-38)

 Los saduceos conformaban la elite económica, social y religiosa de la sociedad judía en tiempos de Jesús. Colaboracionistas con los romanos y estrictamente conservadores en lo religioso, únicamente aceptaban, como Libro Sagrado, el Pentateuco, los cinco grandes libros de la Torá. En los relatos evangélicos apenas se narran encuentros de los saduceos con Jesús, lo cual no sorprende si tenemos en cuenta que se movían en dos ámbitos radicalmente diferentes: el del poder y el de la marginalidad. Aparecerán al final, decidiendo la condena de Jesús. 

A diferencia de los fariseos, este grupo no creía en la resurrección. Quizás porque, como decía aquel chiste, no podían imaginar que existiera una vida mejor de la que llevaban. En el caso que proponen –sobre la base de la ley del levirato (de “levir” = cuñado: Deut 25,5-6)–, pretenden llevar el debate al absurdo. Parecen no ver que el absurdo consiste precisamente en imaginar el más allá de la muerte con las categorías que ahora nos son habituales. Sería como querer imaginar la vida de vigilia mientras estamos dormidos. 

A eso mismo parecen apuntar las palabras de Jesús. A partir de ahí, el modo quizás menos inadecuado de percibir la muerte es verla como un despertar. Así como, al salir del sueño, emerge una nueva identidad, muy distinta al sujeto onírico, al morir amanecemos a nuestra identidad más profunda, en la que el ego encuentra también su final. No porque muera, sino porque se descubre que nunca había existido, salvo en nuestra propia mente. 

Al despertar, descubrimos lo que siempre habíamos sido –uno con todo– y que habíamos olvidado. Podemos decir, con razón, tomando prestado el título de uno de los libros de la doctora Elisabeth Kübler-Ross, que “la muerte es un amanecer”.

 ¿Veo la muerte como una forma más que adopta la Vida?".

Enrique Martínez Lozano
Otro modo de leer el Evangelio