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miércoles, 30 de julio de 2025

RESUMEN DE LOS DOCUMENTOS ESCRITOS POR EL PAPA FRANCISCO

Encíclicas

1.  Lumen Fidei (2013) – Sobre la luz de la fe.

2.  Laudato Si’ (2015) – Sobre el cuidado de la casa común.

3.  Fratelli Tutti (2020) – Sobre la fraternidad y la amistad social.

4.  Dilexit Nos (2024) – Sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo.

Exhortaciones Apostólicas

1.  Evangelii Gaudium (2013) – Sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual.

2.  Amoris Laetitia (2016) – Sobre el amor en la familia.

3.  Gaudete et Exsultate (2018) – Sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo.

4.  Christus Vivit (2019) – Dirigida a los jóvenes.

5.  Querida Amazonia (2020) – En respuesta al Sínodo de los Obispos para la región Panamazónica.

6.  Laudate Deum (2023) – Sobre la crisis climática.

7.  C’est la confiance (2023) – Sobre la confianza en el amor misericordioso de Dios, con motivo del 150° aniversario del nacimiento de Santa Teresa del Niño Jesús.

Cartas Apostólicas

Algunas de las más destacadas:

1.  Misericordia et Misera (2016) – Clausura del Año Extraordinario de la Misericordia.

2.  Patris Corde (2020) – Con motivo de los 150 años de la declaración de San José como Patrono de la Iglesia Universal.

3.  Scripturae Sacrae Affectus (2020) – Por los 1600 años de la muerte de San Jerónimo.

 Resumen de las encíclicas del Papa Francisco:

1. Lumen Fidei (2013)

Esta encíclica sobre la fe fue iniciada por Benedicto XVI y completada por Francisco. Reflexiona sobre la importancia de la fe como luz que guía la vida cristiana y su relación con la verdad, la evangelización y el bien común. Destaca que la fe no es solo un sentimiento subjetivo, sino una luz que ilumina toda la existencia y permite comprender la realidad en profundidad.

2. Laudato Si’ (2015)

Conocida como la "encíclica ecológica", aborda el cuidado de la creación y la crisis ambiental. Francisco llama a una conversión ecológica y a la responsabilidad de todos en el cuidado de la casa común. Expone la interconexión entre la crisis ambiental y la crisis social, denunciando el impacto del consumismo y la explotación irresponsable de los recursos naturales. También subraya la necesidad de un cambio en los estilos de vida y en las políticas globales para proteger el planeta.

3. Fratelli Tutti (2020)

Se centra en la fraternidad y la amistad social. Inspirada en San Francisco de Asís, promueve la solidaridad, el diálogo y la construcción de un mundo más justo y pacífico. Francisco denuncia las desigualdades económicas, el individualismo y la falta de compromiso con el bien común. Propone una cultura del encuentro basada en el amor y la apertura hacia los demás, especialmente los más vulnerables.

4. Dilexit Nos (2024)

La más reciente, profundiza en el amor humano y divino del Corazón de Jesús. Reflexiona sobre la misericordia y la centralidad del amor en la vida cristiana. Destaca la importancia de la devoción al Sagrado Corazón como fuente de consuelo y transformación espiritual, llamando a los fieles a vivir el amor de Cristo en sus relaciones personales y en la sociedad.


Ahora, un análisis más detallado de las exhortaciones apostólicas del Papa Francisco:

1. Evangelii Gaudium (2013)

Esta exhortación trata sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. Francisco enfatiza la alegría como elemento central de la evangelización y llama a una Iglesia en salida, comprometida con los pobres y abierta al diálogo con la sociedad. También critica el consumismo y el individualismo que afectan la vida cristiana.

2. Amoris Laetitia (2016)

Se centra en el amor en la familia. Reflexiona sobre la belleza del matrimonio y la vida familiar, abordando también los desafíos contemporáneos. Francisco promueve una pastoral de acompañamiento y discernimiento, especialmente para quienes viven situaciones difíciles, evitando posturas rígidas y legalistas.

3. Gaudete et Exsultate (2018)

Sobre la llamada a la santidad en el mundo contemporáneo. Francisco presenta la santidad como un camino accesible para todos, no solo para religiosos o consagrados. Advierte sobre dos peligros espirituales: el gnosticismo y el pelagianismo, y destaca la importancia de la misericordia y la vida cotidiana como espacios de santificación.

4. Christus Vivit (2019)

Dirigida a los jóvenes, esta exhortación busca animarlos a vivir su fe con entusiasmo y compromiso. Francisco subraya que la juventud no es solo una etapa biológica, sino una actitud del corazón. También aborda los desafíos que enfrentan los jóvenes en la sociedad actual y la importancia de su participación en la Iglesia.

5. Querida Amazonia (2020)

En respuesta al Sínodo de los Obispos para la región Panamazónica, Francisco presenta cuatro sueños: social, cultural, ecológico y eclesial. Reflexiona sobre la defensa de los pueblos indígenas, la protección del medio ambiente y la necesidad de una Iglesia con rostro amazónico.

6. Laudate Deum (2023)

Complementa Laudato Si’, abordando la crisis climática con mayor urgencia. Francisco denuncia la falta de acción ante el cambio climático y llama a una conversión ecológica más profunda, instando a los líderes mundiales a tomar medidas concretas.

7. C’est la confiance (2023)

Publicada con motivo del 150° aniversario del nacimiento de Santa Teresa del Niño Jesús, esta exhortación destaca la confianza en el amor misericordioso de Dios. Francisco presenta a Santa Teresita como modelo de abandono confiado en Dios y de sencillez evangélica.

miércoles, 5 de marzo de 2025

CUARESMA: IR A LO ESENCIAL (Francisco)

«Tocad la trompeta, proclamad un ayuno santo» (Joel 2,15), dice el profeta en la primera lectura. La Cuaresma se abre con un sonido estridente, el de una trompeta que no acaricia los oídos, sino que anuncia un ayuno. Es un sonido fuerte, que quiere ralentizar nuestra vida que siempre va a toda prisa, pero a menudo no sabe hacia dónde. Es una llamada a detenerse –un “¡detente!”–, a ir a lo esencial, a ayunar de aquello que es superfluo y nos distrae. Es un despertador para el alma.

El sonido de este despertador está acompañado por el mensaje que el Señor transmite a través de la boca del profeta, un mensaje breve y apremiante: «Conviértanse a mí» (v. 12). Conversión. Si tenemos que regresar, significa que nos hemos ido por otra parte. La Cuaresma es el tiempo para redescubrir la ruta de la vida. Porque en el camino de la vida, como en todo viaje, lo que realmente importa es no perder de vista la meta. Sin embargo, cuando estás de viaje, si lo que te interesa es mirar el paisaje o pararte a comer, no vas muy lejos. Cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿en el camino de la vida, busco la ruta? ¿O me conformo con vivir el día, pensando solo en sentirme bien, en resolver algún problema y en divertirme un poco? ¿Cuál es la ruta? ¿Tal vez la búsqueda de la salud, que muchos dicen que es hoy lo más importante, pero que pasará tarde o temprano? ¿Quizás los bienes y el bienestar? Sin embargo no estamos en el mundo para esto. Convertíos a mí, dice el Señor. A mí. El Señor es la meta de nuestro peregrinaje en el mundo. La ruta se traza en relación a él.

Para encontrar de nuevo la ruta, hoy se nos ofrece un signo: ceniza en la cabeza. Es un signo que nos hace pensar en lo que tenemos en la mente. Nuestros pensamientos persiguen a menudo cosas transitorias, que van y vienen. La ligera capa de ceniza que recibiremos es para decirnos, con delicadeza y sinceridad: de tantas cosas que tienes en la mente, detrás de las que corres y te preocupas cada día, nada quedará. Por mucho que te afanes, no te llevarás ninguna riqueza de la vida. Las realidades terrenales se desvanecen, como el polvo en el viento. Los bienes son pasajeros, el poder pasa, el éxito termina. La cultura de la apariencia, hoy dominante, que nos lleva a vivir por las cosas que pasan, es un gran engaño. Porque es como una llamarada: una vez terminada, quedan solo las cenizas. La Cuaresma es el momento para liberarnos de la ilusión de vivir persiguiendo el polvo. La Cuaresma es volver a descubrir que estamos hechos para el fuego que siempre arde, no para las cenizas que se apagan de inmediato; por Dios, no por el mundo; por la eternidad del cielo, no por el engaño de la tierra; por la libertad de los hijos, no por la esclavitud de las cosas. Podemos preguntarnos hoy: ¿De qué parte estoy? ¿Vivo para el fuego o para la ceniza?

En este viaje de regreso a lo esencial, que es la Cuaresma, el Evangelio propone tres etapas, que el Señor nos pide de recorrer sin hipocresía, sin engaños: la limosna, la oración, el ayuno. ¿Para qué sirven? La limosna, la oración y el ayuno nos devuelven a las tres únicas realidades que no pasan. La oración nos une de nuevo con Dios; la caridad con el prójimo; el ayuno con nosotros mismos. Dios, los hermanos, mi vida: estas son las realidades que no acaban en la nada, y en las que debemos invertir. Ahí es hacia donde nos invita a mirar la Cuaresma: hacia lo Alto, con la oración, que nos libra de una vida horizontal y plana, en la que encontramos tiempo para el yo, pero olvidamos a Dios. Y después hacia el otro, con caridad, que nos libra de la vanidad del tener, del pensar que las cosas son buenas si lo son para mí. Finalmente, nos invita a mirar dentro de nosotros mismos con el ayuno, que nos libra del apego a las cosas, de la mundanidad que anestesia el corazón. Oración, caridad, ayuno: tres inversiones para un tesoro que no se acaba.

Jesús dijo: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6,21). Nuestro corazón siempre apunta en alguna dirección: es como una brújula en busca de orientación. Podemos incluso compararlo con un imán: necesita adherirse a algo. Pero si solo se adhiere a las cosas terrenales, se convierte antes o después en esclavo de ellas: las cosas que están a nuestro servicio acaban convirtiéndose en cosas a las que servir. La apariencia exterior, el dinero, la carrera, los pasatiempos: si vivimos para ellos, se convertirán en ídolos que nos utilizarán, sirenas que nos encantarán y luego nos enviarán a la deriva. En cambio, si el corazón se adhiere a lo que no pasa, nos encontramos a nosotros mismos y seremos libres. La Cuaresma es un tiempo de gracia para liberar el corazón de las vanidades. Es hora de recuperarnos de las adicciones que nos seducen. Es hora de fijar la mirada en lo que permanece.

¿Dónde podemos fijar nuestra mirada a lo largo del camino de la Cuaresma? Es sencillo: EN CRISTO. Jesús en la cruz es la brújula de la vida, que nos orienta al cielo. La pobreza del madero, el silencio del Señor, su desprendimiento por amor nos muestran la necesidad de una vida más sencilla, libre de tantas preocupaciones por las cosas. Jesús desde la cruz nos enseña la renuncia llena de valentía. Pues nunca avanzaremos si estamos cargados de pesos que estorban. Necesitamos liberarnos de los tentáculos del consumismo y de las trampas del egoísmo, de querer cada vez más, de no estar nunca satisfechos, del corazón cerrado a las necesidades de los pobres. Jesús, que arde con amor en el leño de la cruz, nos llama a una vida encendida en su fuego, que no se pierde en las cenizas del mundo; una vida que arde de caridad y no se apaga en la mediocridad. 
¿Es difícil vivir como él nos pide? Sí, es difícil, pero lleva a la meta. La Cuaresma nos lo muestra. Comienza con la ceniza, pero al final nos lleva al fuego de la noche de Pascua; a descubrir que, en el sepulcro, la carne de Jesús no se convierte en ceniza, sino que resucita gloriosamente. También se aplica a nosotros, que somos polvo: si regresamos al Señor con nuestra fragilidad, si tomamos el camino del amor, abrazaremos la vida que no conoce ocaso. Y ciertamente viviremos en la alegría.

Francisco
6 marzo 2019

miércoles, 15 de marzo de 2023

RELACIONES FUNDAMENTALES DE LA EXISTENCIA HUMANA

"Los relatos de la creación en el libro del Génesis contienen, en su lenguaje simbólico y narrativo, profundas enseñanzas sobre la existencia humana y su realidad histórica. Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, negándonos a reconocernos como criaturas limitadas. Este hecho desnaturalizó también el mandato de «dominar» la tierra (cf. Gn 1,28) y de «labrarla y cuidarla » (cf. Gn 2,15). Como resultado, la relación originariamente armoniosa entre el ser humano y la naturaleza se transformó en un conflicto (cf. Gn 3,17-19). Por eso es significativo que la armonía que vivía san Francisco de Asís con todas las criaturas haya sido interpretada como una sanación de aquella ruptura. Decía san Buenaventura que, por la reconciliación universal con todas las criaturas, de algún modo Francisco retornaba al estado de inocencia primitiva. Lejos de ese modelo, hoy el pecado se manifiesta con  toda su fuerza de destrucción en las guerras, las diversas formas de violencia y maltrato, el abandono de los más frágiles, los ataques a la naturaleza".

Francisco, LAUDATO SI, # 66

martes, 1 de noviembre de 2022

CAMINO DE SANTIDAD: TU MISIÓN EN CRISTO

 

"Para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad, porque «esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Ts 4,3). Cada santo es una misión; es un proyecto del Padre para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio. 

Esa misión tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde él. En el fondo la santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida. Consiste en asociarse a la muerte y resurrección del Señor de una manera única y personal, en morir y resucitar constantemente con él. Pero también puede implicar reproducir en la propia existencia distintos aspectos de la vida terrena de Jesús: su vida oculta, su vida comunitaria, su cercanía a los últimos, su pobreza y otras manifestaciones de su entrega por amor. La contemplación de estos misterios, como proponía san Ignacio de Loyola, nos orienta a hacerlos carne en nuestras opciones y actitudes. Porque «todo en la vida de Jesús es signo de su misterio», «toda la vida de Cristo es Revelación del Padre», «toda la vida de Cristo es misterio de Redención», «toda la vida de Cristo es misterio de Recapitulación», y «todo lo que Cristo vivió hace que podamos vivirlo en él y que él lo viva en nosotros». 

 El designio del Padre es Cristo, y nosotros en él. En último término, es Cristo amando en nosotros, porque «la santidad no es sino la caridad plenamente vivida». Por lo tanto, «la santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado como, con la fuerza del Espíritu Santo, modelamos toda nuestra vida según la suya». Así, cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo. 

 

Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no conviene entretenerse en los detalles, porque allí también puede haber errores y caídas. No todo lo que dice un santo es plenamente fiel al Evangelio, no todo lo que hace es auténtico o perfecto. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida, su camino entero de santificación, esa figura que refleja algo de Jesucristo y que resulta cuando uno logra componer el sentido de la totalidad de su persona. 

  Esto es un fuerte llamado de atención para todos nosotros. Tú también necesitas concebir la totalidad de tu vida como una misión. Inténtalo escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él te da. Pregúntale siempre al Espíritu qué espera Jesús de ti en cada momento de tu existencia y en cada opción que debas tomar, para discernir el lugar que eso ocupa en tu propia misión. Y permítele que forje en ti ese misterio personal que refleje a Jesucristo en el mundo de hoy. 

 Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará. El Señor la cumplirá también en medio de tus errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor y estés siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina".

FRANCISCO

Exhortación apostólica Gaudete et Exsultate

(#s 19-24)

viernes, 2 de septiembre de 2022

"NO SOMOS GENTE QUE VA HACIA ATRÁS" (Francisco habla de la liturgia)

“La liturgia es la obra de Cristo y de la Iglesia, y como tal es un organismo vivo, como una planta, no se puede descuidar ni maltratar. No es un monumento de mármol o de bronce, no es algo de museo. La liturgia está viva como una planta, y debe ser cultivada con cuidado. Además, la liturgia es alegre, con la alegría del Espíritu, no una fiesta mundana. Por eso, por ejemplo, una liturgia de tono fúnebre, no va. Es siempre alegre, porque canta alabanzas al Señor... Necesitamos, hoy más que nunca, una visión elevada de la liturgia, de modo que no se reduzca a disquisiciones de detalle rúbricas: una liturgia no mundana, sino que eleve los ojos al cielo, para sentir que el mundo y la vida están habitados por el Misterio de Cristo; y al mismo tiempo una liturgia con «los pies en la tierra», propter homines, no alejada de la vida. No con esa exclusividad mundana, no, eso no tiene nada que ver. Serio, cercano a la gente. Las dos cosas juntas: volver la mirada al Señor sin dar la espalda al mundo.

El progreso en la comprensión y también en la celebración litúrgica debe estar siempre enraizado en la tradición, que siempre te hace avanzar en ese sentido que quiere el Señor. Hay un espíritu que no es el de la verdadera tradición: el espíritu mundano del «indietrismo», de moda hoy en día: pensar que ir a las raíces significa ir hacia atrás. No, son cosas diferentes. Si vas a las raíces, las raíces te llevan hacia arriba, siempre. Como el árbol, que crece a partir de lo que le llega desde las raíces. Y la tradición es precisamente ir a las raíces, porque es la garantía del futuro, como decía Mahler. En cambio, el indietrismo retrocede dos pasos porque «así se ha hecho siempre» es mejor. Es una tentación en la vida de la Iglesia que te lleva a un restauracionismo mundano, disfrazado de liturgia y teología, pero es mundano. Y el indietrismo siempre es mundano: por eso el autor de la Carta a los hebreos dice: «No somos gente que va hacia atrás". No, tú avanzas, según la línea que te marca la tradición. Retroceder es ir contra la verdad y también contra el Espíritu. Haz bien esta distinción. Porque hay muchos en la liturgia que dicen ir «según la tradición», pero no lo son: a lo sumo serán tradicionalistas. Otro dijo que la tradición es la fe viva de los muertos, el tradicionalismo es la fe muerta de algunos vivos. Matan ese contacto con sus raíces al retroceder. Cuidado: la tentación actual es el indietrismo disfrazado de tradición… 

 
Que tu estudio de la liturgia esté impregnado de la oración y de la experiencia viva de la Iglesia que celebra, de modo que la liturgia «pensada» fluya siempre, como si de una sangre vital se tratara, de la liturgia vivida. La teología se hace con la mente abierta y al mismo tiempo «de rodillas» (cf. Veritatis Gaudium, 3). Esto es cierto para todas las disciplinas teológicas, pero con mayor razón para la suya, que tiene como objeto el acto de celebrar la belleza y la grandeza del misterio de Dios que se nos entrega” 

FRANCISCO
(El jueves 1 de septiembre, el Papa recibió en audiencia en la Sala Clementina del Palacio Apostólico a los miembros de la Asociación italiana de profesores y cultores de la liturgia).

sábado, 22 de mayo de 2021

HACER EL BIEN NOS UNE COMO HUMANIDAD

El 22 de mayo de 2013 el papa Francisco, comentando el evangelio del día, habló acerca de lo que significa "Hacer el bien". En ese entonces compartí lo publicado por ZENIT, y hoy lo comparto acá también, por lo valioso y significativo que me resulta este mensaje: HACER EL BIEN NOS UNE COMO HUMANIDAD.


"Hacer el bien" es un principio que une a toda la humanidad, más allá de la diversidad de ideologías y religiones, y crea aquella cultura del encuentro que es el fundamento de la paz. Así se expresó hoy el papa en la misa de esta mañana en la Casa Santa Marta.
El evangelio de este miércoles nos habla de los discípulos de Jesús que impiden a una persona externa de su grupo a hacer el bien. "Se quejan" --dijo el papa en la homilía--, porque dicen: "Si no es uno de nosotros, no puede hacer el bien. Si no es de nuestro partido, no puede hacer el bien". Y Jesús les corrige: "No se lo impidan –dice, dejen que haga el bien"."Los discípulos –explicó Francisco, eran un poco intolerantes”, cerrados en la idea de ser dueños de la verdad, en la creencia de que "todos aquellos que no tienen la verdad, no pueden hacer el bien". Y "esto estaba mal", por lo que Jesús "amplía el horizonte".
"El Señor nos ha creado a su imagen y semejanza, y somos imagen del Señor, y Él hace el bien y todos tenemos en el corazón este mandamiento: hacer el bien y no hacer el mal. Todos. ‘Pero, padre, ¡este no es católico! ¡No puede hacer el bien!’. Sí, puede. Debe hacerlo. No puede: ¡debe! Porque tiene este mandamiento en su interior. ‘Pero, padre, este no es cristiano, ¡no puede hacerlo!’. Sí, puede. Debe hacerlo. En cambio, esta cerrazón de no pensar que se puede hacer el bien desde fuera, todos, es un muro que nos conduce a la guerra y también a lo que algunos han pensado en la historia: matar en nombre de Dios. Nosotros podemos matar en nombre de Dios. Y eso, sencillamente, es una blasfemia. Decir que se puede matar en nombre de Dios, es una blasfemia".
"En cambio, el Señor --prosiguió el papa--, nos ha creado a su imagen y semejanza y nos dio este mandamiento en el corazón: hacer el bien y no hacer el mal".
"El Señor a todos, a todos nos ha redimido con la sangre de Cristo: a todos, no solo a los católicos. ¡A todos! 'Padre, ¿y los ateos?’. A ellos también. ¡A todos! ¡Y esta sangre nos hace hijos de Dios de primera clase! ¡Hemos sido creados hijos a imagen de Dios y la sangre de Cristo nos ha redimido a todos! Y todos tenemos el deber de hacer el bien. Y este mandamiento de hacer el bien a todos, pienso que es un buen camino para la paz. Si nosotros, cada uno por su parte, hace el bien a los demás, nos encontraremos allá, haciendo el bien; y lo hacemos poco a poco, lentamente, realizamos aquella cultura del encuentro: la que tanto necesitamos. Encontrarse haciendo el bien. ‘Pero yo no creo, padre, ¡yo soy un ateo!’. Pero haz el bien: nos encontramos allá".
"Hacer el bien" --dijo el papa--, no es una cuestión de fe, "es un deber, es una tarjeta de identidad que el Padre nos ha dado a todos, porque nos hizo a su imagen y semejanza. Y él hace el bien, siempre".

(Traducido del italiano por José Antonio Varela V.)

domingo, 18 de octubre de 2020

EL VALOR ÚNICO DEL AMOR

Las personas pueden desarrollar algunas actitudes que presentan como valores morales: fortaleza, sobriedad, laboriosidad y otras virtudes. Pero para orientar adecuadamente los actos de las distintas virtudes morales, es necesario considerar también en qué medida estos realizan un dinamismo de apertura y unión hacia otras personas. Ese dinamismo es la caridad que Dios infunde. De otro modo, quizás tendremos sólo apariencia de virtudes, que serán incapaces de construir la vida en común. Por ello decía santo Tomás de Aquino —citando a san Agustín— que la templanza de una persona avara ni siquiera es virtuosa. San Buenaventura, con otras palabras, explicaba que las otras virtudes, sin la caridad, estrictamente no cumplen los mandamientos «como Dios los entiende». 

La altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, que es «el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana». Sin embargo, hay creyentes que piensan que su grandeza está en la imposición de sus ideologías al resto, o en la defensa violenta de la verdad, o en grandes demostraciones de fortaleza. Todos los creyentes necesitamos reconocer esto: lo primero es el amor, lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar (cf. 1 Co 13,1-13). 

En un intento de precisar en qué consiste la experiencia de amar que Dios hace posible con su gracia, santo Tomás de Aquino la explicaba como un movimiento que centra la atención en el otro «considerándolo como uno consigo». La atención afectiva que se presta al otro, provoca una orientación a buscar su bien gratuitamente. Todo esto parte de un aprecio, de una valoración, que en definitiva es lo que está detrás de la palabra “caridad”: el ser amado es “caro” para mí, es decir, «es estimado como de alto valor». Y «del amor por el cual a uno le es grata la otra persona depende que le dé algo gratis». 

El amor implica entonces algo más que una serie de acciones benéficas. Las acciones brotan de una unión que inclina más y más hacia el otro considerándolo valioso, digno, grato y bello, más allá de las apariencias físicas o morales. El amor al otro por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Sólo en el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos.

Francisco, Fratelli Tutti (91-94)

miércoles, 7 de octubre de 2020

¿RECUERDO O "MEMORIA VIVA" DE CRISTO?


"Cuando Dios viene y se acerca –dijo Francisco--, siempre hay fiesta". Y "muchas veces nosotros los cristianos tenemos miedo de la fiesta: esta fiesta sencilla y fraterna que es un don de la cercanía del Señor". La vida, agregó, "nos lleva a alejar esta cercanía, solo a mantener el recuerdo de la salvación, no la memoria que es viva". La Iglesia, señaló el papa, tiene "su memoria": la "memoria de la Pasión del Señor". También a nosotros, advirtió, sucede que "alejamos esta memoria y la convertimos en un recuerdo, en un evento habitual".
"Cada semana vamos a la iglesia, o porque ha muerto alguien, vamos al funeral... y este recuerdo, muchas veces, nos aburre, ya que no está cerca. Es triste, pero la misa muchas veces se convierte en un evento social y no estamos cerca de la memoria de la Iglesia, que es la presencia del Señor delante de nosotros... 
"Pidamos al Señor --concluyó el papa-- la gracia de tener siempre su memoria cerca de nosotros, una memoria cercana y no domesticada por el hábito, por tantas cosas, y alejada como un simple recuerdo".

domingo, 27 de septiembre de 2020

OBEDECER A CRISTO ES HACER EL BIEN

"Con su predicación sobre el Reino de Dios, Jesús se opone a una religiosidad que no involucra la vida humana, que no interpela la conciencia y su responsabilidad frente al bien y al mal. Lo demuestra también con la parábola de los dos hijos, que es propuesta en el Evangelio de Mateo (cfr. 21, 28-32). A la invitación del padre de ir a trabajar a la viña, el primer hijo responde impulsivamente “no, no voy”, pero después se arrepiente y va; sin embargo el segundo hijo, que enseguida responde “sí, sí papá”, en realidad no lo hace, no va. La obediencia no consiste en decir “sí” o “no”, sino siempre en actuar, en cultivar la viña, en realizar el Reino de Dios, en hacer el bien. Con este sencillo ejemplo, Jesús quiere superar una religión entendida solo como práctica exterior y rutinaria, que no incide en la vida y en las actitudes de las personas, una religiosidad superficial, solamente “ritual”, en el mal sentido de la palabra" (Francisco),

sábado, 19 de septiembre de 2020

ABRIENDO ESPACIOS NUEVOS PARA DIOS Y EL SER HUMANO

"Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien. Yo tengo esto por una clave importante. Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él. Quiere decir que es un falso profeta que usa la religión en bien propio. Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre han dado espacio a la duda".

"Un cristiano restauracionista, legalista, que lo quiere todo claro y seguro, no va a encontrar nada. La tradición y la memoria del pasado tienen que ayudarnos a reunir el valor necesario para abrir espacios nuevos a Dios. Aquel que hoy buscase siempre soluciones disciplinares, el que tienda a la ‘seguridad' doctrinal de modo exagerado, el que busca obstinadamente recuperar el pasado perdido, posee una visión estática e involutiva. Y así la fe se convierte en una ideología entre tantas otras".

"La religión tiene derecho de expresar sus propias opiniones al servicio de las personas, pero Dios en la creación nos ha hecho libres: no es posible una injerencia espiritual en la vida personal". 

(Papa Francisco)

lunes, 29 de junio de 2020

ACTITUDES QUE CIERRAN LA PUERTA DEL ESPÏRITU

"La Iglesia, recién nacida, estaba pasando por una fase crítica: Herodes arreciaba su cólera, la persecución era violenta, el apóstol Santiago había sido asesinado. Y entonces también Pedro fue arrestado. La comunidad parecía decapitada, todos temían por su propia vida. Sin embargo, en este trágico momento nadie escapó, nadie pensaba en salir sano y salvo, ninguno abandonó a los demás, sino que todos rezaban juntos. De la oración obtuvieron valentía, de la oración vino una unidad más fuerte que cualquier amenaza: «mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5).

La unidad es un principio que se activa con la oración, porque la oración permite que el Espíritu Santo intervenga, que abra a la esperanza, que acorte distancias y nos mantenga unidos en las dificultades.

Constatamos algo más: en esas situaciones dramáticas, nadie se quejaba del mal, de las persecuciones, de Herodes. Nadie insulta a Herodes y nosotros insultamos a los dirigentes. Es inútil e incluso molesto que los cristianos pierdan el tiempo quejándose del mundo, de la sociedad, de lo que está mal. 

Las quejas no cambian nada. Las quejas son la segunda puerta cerrada al Espíritu Santo, junto al narcisismo y el pesimismo. Tres actitudes que cierran la puerta al Espíritu. 

Esos cristianos no culpaban a los demás, sino que oraban. En esa comunidad nadie decía: “Si Pedro hubiera sido más prudente, no estaríamos en esta situación”. No, no hablaban mal de él, sino que rezaban por él. No hablaban a sus espaldas, sino a Dios. Hoy podemos preguntarnos: “¿Cuidamos nuestra unidad con la oración? ¿Rezamos unos por otros?”. ¿Qué pasaría si rezáramos más y murmuráramos menos? Con la lengua un poco más tranquila. Como le sucedió a Pedro en la cárcel: se abrirían muchas puertas que separan, se romperían muchas cadenas que aprisionan. 

Pidamos la gracia de saber cómo rezar unos por otros. San Pablo exhortó a los cristianos a orar por todos y, en primer lugar, por los que gobiernan (cf. 1 Tm 2,1-3). Pero este gobernante es...y muchos calificativos. Recemos por los gobernantes. Es una tarea que el Señor nos confía. ¿Lo hacemos, o sólo hablamos? 

Dios espera que cuando recemos también nos acordemos de los que no piensan como nosotros, de los que nos han dado con la puerta en las narices, de los que nos cuesta perdonar. Sólo la oración rompe las cadenas, sólo la oración allana el camino hacia la unidad".

Francisco
(Fiesta de San Pedro y San Pablo)
29 junio 2020

lunes, 30 de marzo de 2020

ABRAZAR LA ESPERANZA (Palabras de Francisco antes de bendecir al mundo).

Homilía del Papa en el momento de oración por el fin de la pandemia: 

 «Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. 

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. 

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados. 

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. 

La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 

Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. 

No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. 

Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. 

No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. 

Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 

El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. 

Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. 

El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. 

En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza. 

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. 

Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 

Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7)

Papa Francisco

viernes, 27 de septiembre de 2019

CLERICALISMO, RIGIDEZ, PROSELITISMO...

“El clericalismo tiene como consecuencia directa la rigidez. Una de las dimensiones del clericalismo es la fijación moral exclusiva en el sexto mandamiento (...). Uno se concentra en el sexo y, después, no se le da peso a la injusticia social, a la calumnia, a los chismes, a las mentiras. Hoy la Iglesia tiene necesidad de una profunda conversión en este aspecto”. El Papa Francisco arremetió con dureza contra los rigoristas, obsesionados con el sexo y el poder, durante su diálogo con los jesuitas de Mozambique y Madagascar, durante su reciente viaje a África.

La conversación, reproducida íntegramente por La Civiltá Catttolica, gira en buena medida en torno a los riesgos del clericalismo, que “conduce a la hipocresía”. “El clericalismo es esencialmente hipócrita”, sostiene Bergoglio. Más aún: “El clericalismo es una verdadera perversión en la Iglesia”, porque “pretende que el pastor esté siempre delante, establece una ruta y castiga con la excomunión a quien se aleja de la grey. En síntesis: es justo lo opuesto a lo que hizo Jesús. El clericalismo condena, separa, frustra, desprecia al pueblo de Dios”.


“La piedad popular tiene cosas que corregir, sí, pero expresa la soberanía del pueblo santo de Dios, sin clericalismo. El clericalismo confunde el «servicio» presbiteral con la «potencia» presbiteral. El clericalismo es ascenso y dominio”, prosigue el Papa, quien invita a no olvidar la dinámica del servicio, para que no venza el deseo “de ser «promovidos» al altar”.

Durante la conversación, el Papa se refiere a la reconciliación entre los mozambiqueños. “No es fácil reconstruir una sociedad dividida. Vosotros vivís en un país que ha atravesado luchas entre hermanos”, rememora Francisco, quien añade que “sabemos que a veces lo óptimo es enemigo de lo bueno y, en un momento de reconciliación, hay que tragarse muchos sapos. En este proceso es preciso enseñar a tener paciencia”.

Otro de los puntos eje del diálogo fue la diferencia entre evangelización y proselitismo. En este punto, el Papa reivindicó los artículos que en 2017 publicaron, en La Civiltà Cattolica Antonio Spadaro sj., y Marcelo Figueroa sobre “el ecumenismo del odio” y la “teología de la prosperidad”. “Al leerlos verás que hay sectas que verdaderamente no pueden definirse como cristianas. Predican a Cristo, sí, pero su mensaje no es cristiano. Nada que ver con la predicación de un luterano o de otro cristiano evangélico serio”.
El proselitismo no es cristiano

Y es que, como ha repetido en varias ocasiones, “el proselitismo no es cristiano”. “La evangelización libera. En cambio, el proselitismo hace perder la libertad.”, añade el Papa. “En la evangelización el protagonista es Dios, en el proselitismo lo es el yo”.

Francisco admite que “el proselitismo está extendido, bien lo sabemos. Pero no debe estarlo entre nosotros. Debemos evangelizar, que es algo muy distinto del proselitismo”. Y es que “la evangelización no viola nunca la conciencia: anuncia, siembra y ayuda a crecer. Ayuda. En cambio, quienquiera que haga proselitismo viola la conciencia de las personas: no las hace libres, las hace depender”.


Sobre si ha cambiado algo en su fe al ser elegido Papa, Francisco se toma su tiempo para contestar. “Fundamentalmente, mi experiencia de Dios no ha cambiado. Sigo siendo siempre el mismo de antes. Sí, advierto un sentimiento de mayor responsabilidad, sin duda”.


“Le hablo al Señor como antes. Siento que me da la gracia que me hace falta para el tiempo presente. Pero el Señor me la daba también antes. Y, además, cometo los mismos pecados que antes. La elección a papa no me ha convertido de golpe, de modo de hacerme menos pecador que antes. Soy y sigo siendo un pecador. Por eso me confieso cada dos semanas”.


Tras admitir que nunca le habían planteado esa pregunta, Francisco reitera que “mi relación con el Señor no ha cambiado, aparte de un mayor sentimiento de responsabilidad y de una oración de intercesión que se ha ampliado al mundo y a toda la Iglesia. Pero las tentaciones son las mismas y también los pecados. El solo hecho de que ahora yo me vista todo de blanco no me ha hecho para nada menos pecador y más santo que antes”.


“No hay magia alguna en el haber sido elegido papa. El cónclave no funciona por magia”, concluye. “Si la Iglesia ora por el Papa, esto es una gracia. Yo siento de verdad continuamente la necesidad de pedir la limosna de la oración. La oración del pueblo sostiene”.

Finalmente, Francisco condenó “la xenofobia y la aporofobia”, que “son hoy parte de una mentalidad populista que no deja soberanía a los pueblos. La xenofobia destruye la unidad del pueblo, también la del pueblo de Dios. Y el pueblo somos todos nosotros”.

Para el Papa, “hoy estamos tentados por una forma de sociología esterilizada. Parece que se considera a un país como si fuese un quirófano, donde todo está esterilizado: mi raza, mi familia, mi cultura… como si se tuviese miedo de ensuciarla, mancharla, infectarla. Se quiere bloquear ese proceso tan importante que da vida a los pueblos y que es el mestizaje. Mezclar te hace crecer, te da nueva vida. Desarrolla cruces, mutaciones, y confiere originalidad”.

(Tomado de: Religión Digital)