miércoles, 15 de septiembre de 2021

HACER LA DIFERENCIA

Gillian es una niña de siete años, muy inquieta, que no puede estar sentada en la escuela. Ella continuamente se levanta, se distrae, vuela con pensamientos, y no sigue las lecciones. Sus maestros se preocupan por ella, la castigan, la regañan, recompensan las pocas veces que está atenta, pero nada. Gillian no sabe cómo sentarse y no puede estar atenta. Cuando vuelve a casa, su madre también la castiga. Así que no sólo Gillian tiene malas notas y castigo en la escuela, sino que también sufre de ellos en casa.

Un día, la madre de Gillian es llamada a la escuela. La señora, triste como alguien esperando malas noticias, toma su mano y va a la sala de entrevista. Los profesores hablan de enfermedad, de un desorden obvio. Tal vez sea hiperactividad o tal vez necesite una medicación.

Durante la entrevista llega un viejo maestro que conoce a la niña. Pide a todos los adultos, madre y colegas, que lo sigan en una habitación contigua desde donde todavía se puede ver el salón. Cuando se van, le dice a Gillian que volverán pronto, y enciende una vieja radio con música.

Mientras la chica está sola en la habitación, inmediatamente se levanta y comienza a moverse hacia arriba y hacia abajo persiguiendo la música en el aire con sus pies y su corazón. El maestro sonríe mientras los compañeros y la madre lo miran entre confusión y compasión, como se hace con frecuencia con los viejos. 
Así que él dice:
′′ Ves? Gillian no está enferma, Gillian es bailarina!"

Recomienda que su madre la lleve a una clase de baile y que sus colegas la hagan bailar de vez en cuando. Ella asiste a su primera lección y cuando llega a casa le dice a su madre:
′′ Todos son como yo, nadie puede estar sentado allí!"

En 1981, después de una carrera como bailarina, abriendo su propia academia de baile y recibiendo reconocimiento internacional por su arte, Gillian Lynne se convirtió en la coreógrafa del musical "Cats". Además fue la coreógrafa de “El Fantasma de la Ópera”, fundó su propia productora y ganó todos los premios y reconocimientos de su profesión.

Ojalá todos los niños "diferentes′′ encuentren adultos capaces de darles la bienvenida por lo que son y no por lo que carecen.
Larga vida a las diferencias, a las pequeñas ovejas negras y a las incomprendidas. Ellos son los que crean belleza en este mundo.

(Tomado de Facebook)

sábado, 11 de septiembre de 2021

¿QUIÉN ES JESÚS? (DOMINGO XXIV-B)

"La esencia del mensaje de Jesús sigue sin ser aceptada porque nos empeñamos en comprenderlo desde nuestra racionalidad. Ni el instinto, ni los sentidos, ni la razón podrán comprender nunca que el fin del individuo sea el fracaso absoluto. Por eso hemos hecho verdaderas filigranas intelectuales para terminar tergiversando el evangelio. Si creemos que lo importante es lo sensible, lo material, que me da seguridades egoístas, lo defenderemos con uñas y dientes y no dejaremos que lo que vale de veras cobre su importancia.

¿Quién es Jesús? La respuesta no puede ser la conclusión de un razonamiento discursivo. No servirán de nada ni filosofías ni psicologías ni teologías. Los análisis externos de lo que hizo y dijo no nos lleva a ninguna parte, porque no son comprensibles. Solo una vivencia interior, que te haga descubrir dentro de ti lo que vivió Jesús, podrá llevarte al conocimiento de su persona. Jesús desplegó todas las ‘posibilidades de ser’ que el hombre tiene. La clave de todo el mensaje de Jesús es ésta: dejarse machacar es más humano que hacer daño a alguien.

Debemos seguir preguntándonos quién es Jesús. Pero lo que nos debe interesar es un Jesús que encarna el ideal del ser humano, que nos puede descubrir quién es Dios y quién es el hombre. La pregunta que debo contestar es: ¿Qué significa, para mí, Jesús? Pero tendremos que dejar muy claro, que no se puede responder a esa pregunta si no nos preguntamos a la vez ¿Quién soy yo? No se trata del conocimiento externo de una persona. Ni siquiera se trata de conocer y aceptar su doctrina. Se trata de responder con mi propia vida.

La cruz, como súmmum del dolor, no tiene valor alguno; como símbolo de la entrega total, es la meta de la vida humana. La hora de la plenitud de Jesús fue la hora de la muerte en la cruz. Ahí consumó su carrera. Se identificó con Dios que es don total. Ya no necesita más glorificaciones ni exaltaciones; entre otras razones, porque no hay después, sino un eterno ser en Dios. Jesús vivió y predicó que lo específicamente humano es consumirse en la entrega al bien del hombre concreto, el que me encuentro en el camino de cada día".

Fray Marcos

CAMINOS DE SALVACIÓN

 

En la evolución de toda la creación hay un ascenso de la humanidad, coronada con la presencia de Cristo en virtud de la promesa: Dios será todo en todos. Pero, entrecruzado con este ascenso hay otro: el del pecado, dirigido contra la historia ascendente y plenificadora de la salvación en Cristo. 

 Los seres humanos somos mediadores unos de otros para bien o para mal. Facilitamos o impedimos el crecimiento de la gracia, de la salvación, de la liberación total. Al nacer, se nos entrega un mundo viejo, aunque provisto con la imagen de Dios. Nacemos incompletos y nos hacemos paulatinamente. 

Cristo es el principio, la imagen primigenia, el prototipo del hombre nuevo. En el camino de la difícil realización del mundo y de nosotros mismos, en el tramo de nuestras propias decisiones y actitudes, se presenta la culpa como una piedra en la que podemos tropezar. 

En la  esfera de la confrontación de nuestra intimidad con la de Cristo, aparece el pecado como una sombra. Estamos en situación de pecado, pero en vías de salvación gracias al amor que Dios nos tiene. Recordemos, sin embargo, que el pecado es una lesión al prójimo, pero  sólo se descubre cristianamente delante de  Dios. Nace del corazón, pero se manifiesta públicamente en los fratricidios, corrupciones sociales y políticas, estructuras injustas y opresoras, idolatrías totalitarias, fascismos estatales, etc. 

Todo es iniquidad personal porque lesiona los intereses de la comunidad humana, o mejor dicho, los intereses del Reino de Dios. 

La clave del discernimiento es la justicia.

(Misal de la comunidad)


jueves, 9 de septiembre de 2021

UNA ESPIRITUALIDAD DESDE ABAJO

 

La cruz nos recuerda el misterio del ser humano, nos muestra el camino de la verdadera humanización: hemos de decir sí a las contradicciones que viven en nosotros. Como personas pertenecemos tanto a la Tierra como al Cielo, estamos entre la luz y la oscuridad, entre el hombre y la mujer, entre lo alto y lo profundo, entre el bien y el mal. Solo alcanzamos nuestra integridad cuando reunimos las contradicciones en nosotros y las soportamos: aceptamos nuestra propia división, los conflictos irresolutos, y dejamos entrar a Dios en esta tensión. Nuestra vida no es un crecimiento lineal, sino una especia de “vía crucis”, pero es a través de nuestras heridas por donde el amor de Dios ingresa en nosotros, nos transforma y nos cura.

Una espiritualidad desde arriba comienza por los ideales que nos mueven, y el ascetismo y la oración como sendas para alcanzar el ideal, mientras que una espiritualidad desde abajo parte de nuestra realidad concreta para elevarse luego a Dios. No ve el camino hacia Dios como una calle de una sola dirección en la que siempre se llega a Dios, sino que, por extravíos y rodeos, pasando por fracasos y decepciones, llegamos a Dios. No es mi virtud la que me abre el camino, sino mis debilidades, mis errores y hasta mis pecados.

En el camino espiritual es muy importante conocer la imagen única que Dios tiene de mí
; los ideales tienen una función vital, los modelos a los que miramos también (los santos), porque despiertan la vida en nosotros. Pero también pueden enfermarnos si a la vez que miramos hacia arriba, perdemos el contacto con la tierra, con nuestra propia realidad.

Podemos dar vueltas en torno a nosotros mismos con ambiciones de perfección y no crecer, no avanzar, porque olvidamos que el camino de Jesús es misericordia y amabilidad con el pecador. Recordemos la parábola del fariseo y el publicano: es el pecador el que abre su corazón a Dios en esa historia, porque el corazón destruido, herido y quebrado es la brecha por donde Dios puede entrar. Es el ascenso desde el descenso, la humildad es abrazar la propia humanidad, abrazar la cruz.

El camino de la adultez, camino creciente en la experiencia de la vida, conduce también a descender con valor hacia la propia oscuridad, soledad y tristeza. Así la imagen de Dios surge en uno, porque entramos en contacto con nuestra verdadera esencia. En las horas de mayor necesidad puede el ser humano experimentar su ser verdadero y allí, en el dolor, el sufrimiento, la pérdida, el desamparo, encontrar al Dios que le carga en sus brazos, lo libera, lo ama y lo ilumina.

Así, volviendo a la cruz, ella nos recuerda que, en todo momento y lugar, Dios está, y a él le pertenece el mundo, y él hace que este mundo sea más humano. La cruz nos recuerda que estamos totalmente cercados por la presencia amorosa y redentora de Dios. Por eso, toda decepción es posibilidad, y en las heridas crecen perlas; donde estoy herido, también estoy vivo, y si acepto mis heridas, puedo transformarlas en una fuente de vida y de amor.

El ser humano verdadero es vulnerable; no se trata tanto de resolver todas las contradicciones y tensiones, sino de hacerlas fructíferas. Es bueno tener sentido del humor, porque nos relaja y reconcilia con nuestros límites, y la herramienta más importante es el arte de no desesperar jamás de la misericordia de Dios.

Dios es quien me transforma
, quien, por mi fracaso y mis pecados, por mis frustraciones y decepciones, me abre para sí, para que yo finalmente deje de confundir a Dios con mi propia virtud, y me entregue a él con todo mi ser. A quien se encuentre con su propia humanidad, nada de lo humano le será ajeno. Estará reconciliado con todo lo humano que venga a su encuentro, y también con lo débil y enfermo, con lo imperfecto y lo fracasado. Verá todo circundado por la benevolente mirada de Dios y por la misericordiosa visión de Jesús. Y así, no podrá otra cosa más que mirar con una actitud misericordiosa y benevolente todo aquello que venga a su encuentro dentro de su propia alma y en todo hombre.

Ascendemos Dios cuando descendemos a nuestra condición humana, y justamente allí donde no podemos hacer nada, donde fracasamos por nuestras propias ideas sobre nosotros, donde según los parámetros humanos todo sale mal, allí es donde Dios quiere hablarnos y mostrarnos que todo es gracia.

(Resumen de: Anselm Grün, Con el corazón y todos los sentidos)

domingo, 5 de septiembre de 2021

ÁBRETE...

 Las lecturas de hoy son sencillas, pero hermosas, y hablan de la liberación que trae Dios, y que hace ver, oír, hablar y saltar con alegría. No se trata de meros milagros, sino de consecuencias del milagro mayor: el encuentro con Jesús, el seguimiento y discipulado, el compromiso con el Reino. Entonces entramos en un camino progresivo de liberación y desapego, de sabiduría y plenitud. Todo eso está contenido en la palabra que pronuncia Jesús: “Éfeta”, es decir, ábrete.

Ábrete al Dios que ha llegado a tu vida, primero llamando y luego irrumpiendo con fuerza, desatando un viento interior que te saca del encierro en que vives (el ego, tus prejuicios, tus temores, tu ceguera y tu mudez, tu sordera y tu cojera) para convertirte en un hacedor de puentes, en un profeta, en un sacerdote, en un rey… es decir, en un hijo.

Ábrete a tus hermanos, los demás seres humanos, sin separarlos o discriminarlos, por su posición social, por su raza, su opinión, su religión. Todos somos pobres y pequeños para Dios, todos necesitamos de los demás, todos anhelamos la plenitud, la libertad y la alegría verdaderas, aunque no siempre lo sabemos.

“Sean fuertes y no teman”, miren que viene Dios a liberar a los cautivos, y quiere que seamos sus colaboradores en esta gran empresa. Mira a tu alrededor y verás cuántos no pueden ver, ni oír ni hablar, ni saltar de gozo: pero si no te abres tú primero, no podrás ser puerta abierta y camino ancho y esperanza viva para los otros.

Fray Manuel de Jesús, ocd

miércoles, 1 de septiembre de 2021

SOBRE EL "CREDO" (1)

AUNQUE ya no se note, el Credo es la narración de una historia: la del amor de Dios al género humano. Esa historia tiene tres partes: Creación, Salvación y «Realización» (o puesta en acto de esa salvación), las cuales coinciden de alguna manera con la obra del Padre, de la Palabra Divina (que nos hace hijos) y del Espíritu de Dios que realiza nuestra filiación. El Credo quiere ser la historia del amor de Dios: desde el origen (creador), a través de nuestro pasado (envía al Hijo) hasta nuestro presente (Espíritu), que nos abre a un futuro esperable. La fe es nuestra respuesta a esa actuación de Dios.

De las muchas profesiones de fe que corrieron en la iglesia primera (muy similares todas ellas), han perdurado dos en nuestra liturgia: el llamado «Credo apostólico», que se remonta a finales del siglo II y el Credo de los concilios de Nicea (año 325) y Constantinopla (381, que completó un poco la fórmula de Nicea). Este segundo es el «credo largo» de nuestras misas. El primero recibe su nombre de la leyenda de que cada uno de los Apóstoles había redactado un artículo. Así lo sugiere el papa Siricio en una carta al Sínodo de Milán (presidido por san Ambrosio) en el 390.

Al hablar de la fe se ha distinguido siempre entre la fe que creemos y la fe con que creemos. La primera se refiere a los contenidos de nuestra fe, y la segunda al acto mismo de creer. Pues bien, la primera palabra del Credo nos orienta hacia este segundo punto, que son los aspectos formales de la fe: qué estoy haciendo cuando digo «creo». Mientras que todos los artículos siguientes desarrollan el primer punto: qué es aquello que creemos. Y al analizar los aspectos formales (o la fe con que creemos) hay que destacar los siguientes aspectos:

 Confío: La afirmación de que creo no es una afirmación cognitiva (creo que Dios existe), sino dinámica: me abandono, me entrego, me fío. Porque, primariamente, la fe no es un saber, sino un encuentro.
El «creo» de nuestro Credo no expresa un mero asentimiento a verdades o enunciados aceptados intelectualmente, sino que proclama una actitud de encuentro personal y de respuesta confiada a ese encuentro. Y cuando lo decimos refiriéndolo a Dios, que no es una persona particular limitada, sino algo así como la totalidad personal del ser, la clave de bóveda, el sentido, la explicación y la plenitud del existir, entonces estamos expresando una actitud global con respecto a la totalidad y el sentido de nuestras vidas; y la estamos expresando con los términos de una relación personal positiva. Es muy importante que esto quede claro. De ahí la simplicidad de nuestra traducción: CONFÍO. La totalidad del misterio que nos envuelve, esa «Nube del no-saber», es una nube acogedora y digna de confianza: entro confiadamente en Ti.

 ¿Creo o creemos?: Pero la fe con que creemos tiene aún otro aspecto importante: además de ser un acto de confianza plena, es una actitud personal y comunitaria a la vez. El Credo apostólico (el breve) comienza con el verbo en singular: «creo...». En cambio, el símbolo niceno-constantinopolitano comienza en plural: «creemos» (DH 125). Desde el punto de vista histórico, es muy probable que ello se deba a que el credo niceno es la proclamación de una asamblea, mientras que el Credo breve es una fórmula que ha brotado de la práctica bautismal, donde el converso debía expresar personalmente su fe, para ser bautizado (quizá respondiendo primero a preguntas y, más tarde, mediante una fórmula aceptada en las diversas iglesias). 

Esta referencia a los orígenes nos permite adivinar que la ambivalencia entre el singular y el plural es importante y no debemos abandonarla. La fe es un acto enorme y decisivamente personal: es la más personal de nuestras decisiones. Pero esto de ningún modo la hace menos comunitaria, sino al revés: porque, en el campo de la fe, cuanto más crece lo personal, tanto más crece lo comunitario.

(Quien dice “yo creo”, dice: “Yo me adhiero a lo que nosotros creemos”, CIC 185)

El elemento de «conocimiento», intrínseco al acto de fe, deriva en buena parte del carácter comunitario de la fe: pues sin unas verdades compartidas y un lenguaje común, no hay comunidad. Toda comunidad necesita (si queremos hablar así) «dogmas» comunes que la constituyen. Por eso, no sin razón, se llama a las primitivas profesiones de fe «símbolos», que, en una traducción más literal, deberíamos decir «aglutinadores»: porque el símbolo une dos cosas que parecían separadas o distintas; y una comunidad que no tuviera símbolos comunes de fe sería una comunidad «dia-bólica», dividida. 
Nuestra fe se apoya en la fe de los demás, sin duda. Pero, a la vez, incluye a los demás en esa opción tan personal: porque no se puede creer en un Dios que no es soledad, sino comunión, más que de una manera que implique comunión y comunidad. Cuando luego, al final del Credo, profesemos o creamos «que existe la Iglesia», no haremos más que explicitar una cualidad intrínseca a esa fe confiada en el Dios que hemos proclamado antes: creemos «en iglesia» (en grupo). La fe, por tanto, es profundamente personal e intrínsecamente comunitaria. Por eso sería mejor no suprimir ninguna de las dos posibilidades, sino alternarlas según convenga.

Antes de ir exponiendo los artículos puede ser bueno explicar el porqué de nuestra fe en un Dios que es Padre-Palabra-Espíritu. De entrada, aclaremos que ese tipo de fe no brota de una deducción racional, sino de la experiencia en torno a Jesús de que Dios se nos ha dado de maneras muy diversas. El Nuevo Testamento habla tranquilamente del Padre, el Hijo y el Espíritu ya antes de confesar expresamente la trinidad de Dios. No obstante, una vez que el acontecimiento de Cristo nos conduce a la profesión de la Trinidad, podemos encontrar una coherencia razonable con ese modo de hablar de Dios, si tenemos en cuenta que Dios es la Plenitud del ser, la infinitud del ser; y que, en Jesucristo, esa plenitud se nos ha revelado como Amor.

José Ignacio González-Faus
CONFÍO...

domingo, 15 de agosto de 2021

ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Hoy celebramos la solemnidad litúrgica de la Asunción de la Virgen María, una de las verdades de fe que la Iglesia atesora y proclama acerca de la madre de Jesús, nuestro Señor. En cada fiesta o memoria de María, a lo largo del año litúrgico, comenzamos recordando que Cristo es el centro de nuestra fe, somos cristianos, pero María, muy cercana a ese centro, ocupa un lugar muy importante también en la vida de la Iglesia. 

María es la madre del Señor, no sólo en sentido biológico, también en sentido espiritual, porque a través de su conformidad y asentimiento, su “Sí”, permitió que el proyecto de Dios para la Humanidad, el definitivo, echara a andar, aceptando ser la madre del Salvador. Se convirtió así en colaboradora de Dios, lo que implicaba aceptar también, como dice Lucas, que una espada atravesara su corazón. Cuando decimos “Sí” a Dios, ese sí incluye lo bueno y lo malo, los momentos de alegría y también los de inquietud, dudas, angustias y tristezas: lo aceptamos todo, y eso hizo María. Dijo: Aquí está la servidora del Señor, no sé cómo será ni cómo vendrá, pero acepto. 

El proyecto de Dios para cada uno de nosotros nos acerca, nos pone en comunión, con ese SÍ de María, porque también nosotros somos llamados a colaborar con el plan de Dios, como mujeres y hombres de fe: también nosotros estamos grávidos de Cristo y debemos darlo a luz para el mundo, allí donde el Señor nos ha sembrado. Cada día debemos darle ese Sí a Dios: Yo abrazo tu proyecto de amor para mí, para mi familia, para mi Iglesia, para mi gente, para esta humanidad de la que formo parte.

Estas son dos verdades fundamentales que la Iglesia guarda acerca de María: su maternidad y su virginidad. Virgen, porque desde lo más hondo de sí misma, María se entregó toda a Dios. En su pureza, no sólo física, sino también pureza de corazón; lo esencial de María, su ser, pertenecen a Dios. También nosotros compartimos algo de la virginidad de María, porque en todos nosotros hay un punto de pureza en lo más hondo, que nos conecta con Dios, con su esencia. Es una luz que habita en nosotros, que nos define y dignifica, a pesar de que, en lo exterior, en el hacer, en lo de cada día, no todo sea luz. Hablamos de “virginidad espiritual” que nos permite acoger el proyecto de Dios como novedad perenne en nuestras vidas.

María es la mujer creyente, la discípula, la que también aprendió a creer, para no ser solamente la madre biológica de Jesús, sino también la madre de los discípulos de Jesús, la madre de la comunidad de Jesús, madre de la Iglesia. El pasaje del Evangelio de Lucas, que hoy compartimos, nos presenta a María, luego de recibir el anuncio del ángel, saliendo de prisa para visitar y acompañar a su pariente Isabel, que también espera un hijo. Lucas pone frente a frente a dos figuras bíblicas importantes: Juan Bautista, el Precursor y el Salvador, y lo hace a través del encuentro de sus madres: María e Isabel; no está presente Zacarías, no está presente José, ninguno aparece en el relato. Isabel se alegra ante la presencia de María, y también se alegra Juan, que salta de gozo en su seno. “Dichosa tú, que has creído”, le dice Isabel a María. María evangelizadora, que sale a compartir con Isabel el gozo de la buena nueva que ha recibido, y ese anuncio se convierte en alegría para quien lo recibe.

María, en su condición de mujer, de madre, de creyente, de evangelizadora, de portadora de alegría, es figura de la Iglesia
, de la comunidad de fieles de su hijo, y así ha de ser nuestra iglesia: femenina, maternal, creyente, evangelizadora, portadora de alegría, como María. Esa figura de la mujer vestida de sol y adornada con doce estrellas, que aparece en Apocalipsis, que da a luz al niño y se refugia luego en el desierto, es la Iglesia y por eso nos vale también como representación de María. Para hablar de María usamos muchas imágenes bíblicas, y también la adornamos con muchos títulos, tomados de nuestra vida, nuestras tradiciones y nuestros anhelos, para significar nuestro amor y devoción a aquella que estuvo en las bodas de Caná y en la efusión del Espíritu en Pentecostés, señalando siempre a su hijo como la meta de nuestra vida espiritual. “Hagan lo que Él diga”. La misma a la que Jesús entregó al discípulo amado, y por tanto a su comunidad, desde la cruz: “Y desde aquel día el discípulo la recibió en su casa”. 
Esta es la casa de María, la comunidad de los bautizados y seguidores de Cristo. 

María no abunda en palabras en los Evangelios, la María histórica es sobria en sus expresiones, pero Lucas en su Evangelio pone en boca de María un himno precioso, el Magníficat, que habla del proyecto de Dios para nuestra humanidad: levantar a los pequeños y a los pobres, y hacer caer a los soberbios, y sobre todo presenta a Dios como grande y misericordioso, fuente de alegría y esperanza para su pueblo. Un Dios, usando palabras de Santa Teresa, que nunca se cansa de dar, que perdona una y otra vez nuestras infidelidades, para que se vea quiénes somos nosotros y quién es Él.

Pues también, a través de María, Dios nos quiere manifestar quién es Él: ella es la que Dios ha llenado de gracia y bendiciones, no para que se las guarde para sí, sino para que la reparta, como mensajera de su Hijo, a todo el pueblo de Dios. Hoy celebramos la Asunción de María; la otra verdad de fe es la Inmaculada Concepción, que celebramos en otro momento del año cristiano. ¿Qué expresa y celebra la solemnidad de hoy? Que María fue elevada en cuerpo y alma al Cielo, a Dios, luego de terminar su tránsito por esta vida terrena. La que nos precedió en la fe, nos precede también en el camino hacia la plenitud y el destino común de los hijos de Dios. La meta de nuestra vida es Dios, y María es la primera de nosotros, mostrando dos cosas importantes: que no somos, como alguien ha dicho, una melodía inconclusa, sabemos cuál es el final de nuestra historia: Dios, el amor, la plenitud. Y luego, que también nuestro cuerpo tiene un lugar en nuestra historia de salvación. No somos espíritus sin forma cuando vamos a Dios: vamos con un cuerpo, ahora espiritual, porque nuestra corporalidad también nos identifica y singulariza.

María, la mujer joven, la que creyó y dijo Sí, la que acompañó el camino de Jesús desde su corazón de madre, la que también ejerció su misión maternal con la comunidad creyente, no deja de ser Madre en la historia de la Iglesia, y en ella vemos, no a una diosa, sino a la humanidad redimida, peregrina, esperanzada, que sigue a Cristo, y cuya meta es Dios. Ella, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Altagracia, protectora del pueblo dominicanos, sigue recordándonos hoy: miren a Jesús y hagan lo que él les diga. Gracias, Madre, ruega por nosotros.

Fray Manuel de Jesús, ocd