sábado, 2 de julio de 2022

FE E IDEOLOGÍA (1)

"Se entiende por ideología todo un sistema de pensamiento encerrado en sí mismo, es decir, que renuncia a toda relación con la realidad. La ideología se identifica con un sistema de pensamiento cuya falsedad se torna evidente al tratar de interpretar la realidad desde un aspecto parcial de la misma que previamente se ha absolutizado... Una característica de la ideología es la ruptura de relaciones con la realidad y la firme auto convicción de la posesión de la verdad total".

"El peligro permanente que ha acosado al cristianismo ha sido convertirse en una ideología, reelaborando su doctrina según unos esquemas intelectuales ideológicos. Así la imagen y experiencia del Dios verdadero cae bajo la sospecha de haber sido de tal manera manipulada, que un ídolo ha suplantado a Dios en el corazón del creyente. Jesús es raptado por una ideología conservadora que lo mitifica y lo adultera hasta extremos inconcebibles; los sacramentos. por su parte, son readaptados a la nueva situación originada: ya no significan una realidad que surge de y en la comunidad creyente, sino que se tornan en simples medios o ritos mágicos; un ordenamiento moral de la conducta humana que asegura un cierto comportamiento social y legitima unas situaciones, sustituye a unos imperativos de solidaridad, justicia y amor...".

"El enmascaramiento de la realidad a que da lugar toda ideología no es un fenómeno consciente, sino que está motivado por la necesaria opacidad de las relaciones sociales en las que vive el individuo y la colectividad, impidiendo la manifestación auténtica del mundo vivencial de los miembros de la sociedad. De este modo la espontaneidad de la fe o de las relaciones sociales queda recubiertas por un sistema ideológico que, a su vez, engendra una nueva concepción de la fe o de la existencia".

"El proceso de desarrollo de una ideología tiene tres momentos: comienza convirtiendo algo accidental de la realidad en elemento fundamental o una parte en el todo; en un segundo momento legitima el orden social que surge de esa falsificación de la realidad a fin de justificar el dominio que unos hombres ejercen sobre otros; por último, crea unas estructuras y un modelo de organización que son germen de inmovilismo y endurecimiento". 

"El cristianismo debe comenzar por dirigir sobre su propia fe las sospechas de ideologización que frecuentemente lanza sobre otras estructuras sociales... aceptar la muerte de la iglesia de cristiandad para dejar renacer la iglesia de la evangelización". 

José Ramón Guerrero

EL OTRO JESÚS

(Ediciones Sígueme, 1978)


sábado, 21 de mayo de 2022

UN PACTO POR LA LIBERTAD EN JERUSALÉN

Comparto el comentario a la1ª lectura de este Sexto Domingo de Pascua (C) (Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29), escrito por José Luis Sicre:



"Uno de los motivos del éxito de la misión de Pablo y Bernabé entre los paganos fue el de no obligarles a circuncidarse. Esta conducta provocó la indignación de los judíos y también de un grupo cristiano de Jerusalén educado en el judaísmo más estricto. Para ellos, renunciar a la circuncisión equivalía a oponerse a la voluntad de Dios, que se la había ordenado a Abrahán. Algo tan grave como si entre nosotros dijese alguno ahora que no es preciso el bautismo para salvarse.

Como ese grupo de Jerusalén se consideraba “la reserva espiritual de oriente”, al enterarse de lo que ocurre en Antioquía manda unos cuantos a convencerlos de que, si no se circuncidan, no pueden salvarse. Para Pablo y Bernabé esta afirmación es una blasfemia: si lo que nos salva es la circuncisión, Jesús fue un estúpido al morir por nosotros.

En el fondo, lo que está en juego no es la circuncisión sino otro tema: ¿nos salvamos nosotros a nosotros mismos cumpliendo las normas y leyes religiosas, o nos salva Jesús con su vida y muerte? Cuando uno piensa en tantos grupos eclesiales de hoy que insisten en la observancia de la ley, se comprende que entonces, como ahora, saltasen chispas en la discusión. Hasta que se decide acudir a los apóstoles de Jerusalén.

Tiene entonces lugar lo que se conoce como el “concilio de Jerusalén”, que es el tema de la primera lectura de hoy. Para no alargarla, se ha suprimido una parte esencial: los discursos de Pablo y Santiago (versículos 3-21).

En la versión que ofrece Lucas en el libro de los Hechos, el concilio llega a un pacto que contente a todos: en el tema capital de la circuncisión, se da la razón a Pablo y Bernabé, no hay que obligar a los paganos a circuncidarse; al grupo integrista se lo contenta mandando a los paganos que observen cuatro normal fundamentales para los judíos: abstenerse de comer carne sacrificada a los ídolos, de comer sangre, de animales estrangulados y de la fornicación.

Esta versión del libro de los Hechos difiere en algunos puntos de la que ofrece Pablo en su carta a los Gálatas. Coinciden en lo esencial: no hay que obligar a los paganos a circuncidarse. Pero Pablo no dice nada de las cuatro normas finales.

El tema es de enorme actualidad, y la iglesia primitiva da un ejemplo espléndido al debatir una cuestión muy espinosa y dar una respuesta revolucionaria. Hoy día, cuestiones mucho menos importantes ni siquiera pueden insinuarse. Pero no nos limitemos a quejarnos. Pidámosle a Dios que nos ayude a cambiar".

lunes, 11 de abril de 2022

EL AMOR ES UN MANDAMIENTO

 

A menudo la lectura de un artículo en las redes o en un periódico desencadena mis reflexiones; unas veces las rumio solo, y otras comparto lo que pienso. Esta vez es una corta reflexión que lleva por título "El amor es un mandamiento", apenas cuatro párrafos, pero suficientes para ponerme a dar vueltas  con la mente en torno a ciertas palabras. La primera frase: "El no obedecer a Dios es pecado, porque estamos faltando a Su ley", y luego en el segundo dice: "Cristo nos ordena que debemos amarnos los unos a los otros"; finalmente en el último párrafo afirma: "Su gracia permanecerá con aquellos que cumplan Su voluntad". 

En mi experiencia de fe, pienso que amar a Dios va mucho más lejos que "obedecerlo", y seguirle es también mucho más que "cumplir una ley"; Cristo no ordena amar, sino que propone, invita, llama para que seamos parte activa de su proyecto de amor, y Su gracia no está condicionada por nuestra respuesta, siempre es mayor y va delante, abriéndose camino. Claro que la invitación de Dios es para todos, pero su paciencia es infinita, y tiene un camino para cada ser humano. 

El amor es mandamiento nuevo que supera toda ley, porque es algo que está escrito en lo más profundo de cada ser humano, y tiene que ver con nuestra esencia; el llamado de Dios en Cristo no pende sobre nuestras cabezas como una sentencia o una amenaza, sino como una llamada interior, una verdad que nos identifica, una invitación a participar de un Misterio inefable, el de la Vida

¡Es tan importante usar las palabras adecuadas cuando hablamos de Dios! El amor se aprende, nadie ama a su prójimo por obligación, por ley. Cristo es nuestro Maestro para aprender el amor, que tiene su fuente en Dios, y que suple nuestra incapacidad para ser plenos a la hora de entregarnos al servicio de los demás con su inagotable Gracia. Ya lo dijo Santa Teresa: con regalos castiga Dios y nos cambia el corazón

Fray Manuel de Jesús, ocd

 

sábado, 9 de abril de 2022

RECUPERAR LA SENCILLEZ DEL EVANGELIO Y LA PRÁCTICA DE JESÚS

 


"Al relatar la pasión de Jesús, cada evangelista coloca sus propios acentos en aquello que le interesa subrayar. Esto explica que, a partir del hecho histórico de la muerte de Jesús, se hayan construido relatos cargados también de intencionalidad teológica. Lucas, en concreto, pone mucho cuidado en subrayar la inocencia de Jesús: Pilato la declara por tres veces; Herodes, implícitamente; y, de una forma expresa y contundente, el centurión romano al pie de la cruz. Lucas es también el único que pone en boca de Jesús las palabras sobre el perdón a quienes lo están crucificando, así como la promesa de vida al compañero de suplicio que se dirige a él. Suprime el grito del Salmo 22 (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”), y lo sustituye por el Salmo 31,6, que expresa una confianza más explícita (“En tus manos encomiendo mi vida”). Con todo, más allá de las peculiaridades propias de cada autor, es claro en todos ellos que la muerte de Jesús fue consecuencia de su vida: lo mataron porque estorbó a la autoridad. El “descuido” grave de la tradición cristiana consistió, precisamente, en desconectar la cruz de lo que había sido la práctica concreta del Maestro. De ese modo, la cruz vino a convertirse en un valor “abstracto” en sí misma: lo que nos habría salvado sería la cruz; bastaba creer en ello, aunque se desconociera la vida histórica de Jesús. Este planteamiento produjo, entre otras, dos consecuencias graves: el dolorismo y el doctrinarismo. El dolorismo consiste en la afirmación de que “el dolor es siempre bueno”. Si lo que nos había salvado había sido la cruz, y la cruz es dolor, la conclusión se imponía por sí misma: el dolor es bueno y a Dios le agrada. El doctrinarismo hizo del cristianismo “la religión de la cruz”, y parecía que ser cristiano era más una cuestión de creer –en el sentido de creencia o doctrina– que de vivir. Olvidada la práctica de Jesús, en sus rasgos más concretos, críticos, novedosos e incluso subversivos, se instauró una nueva “ideología religiosa”. Frente a ambos riesgos –de matriz eminentemente “religiosa” y egoica, aparte de mítica–, haríamos bien en recuperar la sencillez del evangelio y la práctica de Jesús, que me parecen van en la dirección de los sabios versos del gran poeta Antonio Machado: “Y más que un hombre al uso, que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. La cruz contiene el relato de un hombre bueno, que es aplastado por un poder político y religioso inhumano. Es, por eso también, un grito contra toda injusticia y de solidaridad con todos los crucificados". 

(Enrique Martínez Lozano, Otro modo de leer el Evangelio).

domingo, 13 de marzo de 2022

ACERCA DE LA TRANSFIGURACIÓN

“La inmensa mayoría de las interpretaciones del relato de la Transfiguración apuntan a una manifestación de la “gloria” como preparación para el tiempo de prueba de la pasión. Además de que el intento falló totalmente, esto sería una manifestación trampa. Cuando interpretamos la “gloria” como lo contrario a lo normal, nos alejamos del verdadero mensaje del evangelio. El sufrimiento, la cruz, no puede ser un medio para alcanzar lo que no tenemos. En el sufrimiento está ya Dios presente, exactamente igual que en lo que llamamos glorificación.

La “gloria de Dios” no tiene nada que ver con la gloria humana. En Dios, la gloria es simplemente su esencia, no algo añadido. Dios no puede ser glorificado, porque nunca puede estar sin gloria. Cuando hablamos de la gloria divina de Jesús, aplicándole el concepto de gloria humana, tergiversamos lo que es Jesús y lo que es Dios. Si en Jesús habitaba la plenitud de la divinidad, quiere decir que Dios y su “gloria” nunca se separaron de él. Jesús hombre sí podría recibir gloria: cetros, coronas, solios, poder, fama, honores... Cuando queremos añadírselo después de su muerte, no es más que la gran tentación.

El evangelio nos dice que no tenemos nada que esperar para el futuro. La buena noticia no está en que Dios me va a dar algo más tarde, aquí abajo o en un hipotético más allá, sino en descubrir que todo me lo ha dado ya (El reino de Dios está dentro de vosotros). En Jesús está ya la plenitud de la divinidad, pero está en su humanidad. La divinidad de Jesús no se puede percibir por los sentidos ni deducir de lo que se percibe. De fenómenos externos no puede venir nunca una certeza de la trascendencia, por muy espectaculares que parezcan.

Todo lo que Jesús nos pidió que superáramos, lo queremos reivindicar con creces, solo que un poco más tarde. Renunciar ahora para asegurarlo después, y para toda la eternidad, es la mejor prueba de que seguimos esperando la salvación a nivel de nuestro ego. Jesús acaba de decir a los discípulos, justo antes de este relato, que tiene que padecer mucho; que el que quiera seguirle tiene que renunciar a sí mismo. Jesús nos enseñó que debemos deshacernos de la escoria de nuestro ego para descubrir el oro de nuestro verdadero ser. Seguimos esperando de Dios que recubra de oropel la escoria para que parezca oro. 

Lo divino en nosotros no es lo contrario de nuestras carencias. Es una realidad compatible con las limitaciones, que son inherentes a nuestra condición de criaturas. Después de Jesús, es absurda una esperanza de futuro. Dios nos ha dado ya todo lo que podría darnos. Se ha dado Él mismo y no tiene nada más que dar (San Juan de la Cruz). Claro que esto da al traste con todas nuestras aspiraciones de “salvación”. Pero precisamente ahí debe llegar nuestra reflexión:

 ¿Estamos dispuestos a aceptar la salvación que Jesús nos propone, o seguimos empeñados en exigir de Dios la salvación que nosotros desearíamos para nuestro falso yo?”.

Fray Marcos
Fe Adulta

lunes, 7 de marzo de 2022

LOS MIEDOS DE LA IGLESIA

 
"Probablemente es el miedo lo que más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad, pero hay sobre todo miedo a correr riesgos. Hemos comenzado el tercer milenio sin audacia para renovar creativamente la vivencia de la fe cristiana. No es difícil señalar alguno de estos miedos.

Tenemos miedo a lo nuevo, como si «conservar el pasado» garantizara automáticamente la fidelidad al Evangelio. Es cierto que el Concilio Vaticano II afirmó de manera rotunda que en la Iglesia ha de haber «una constante reforma», pues «como institución humana la necesita permanentemente». Sin embargo, no es menos cierto que lo que mueve en estos momentos a la Iglesia no es tanto un espíritu de renovación cuanto un instinto de conservación.

Tenemos miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo buscar la fidelidad al evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar; nos inhibimos cuando deberíamos intervenir. Se prohíbe el debate de cuestiones importantes, para evitar planteamientos que pueden inquietar; preferimos la adhesión rutinaria que no trae problemas ni disgusta a la jerarquía.

Tenemos miedo a la investigación teológica creativa. Miedo a revisar ritos y lenguajes litúrgicos que no favorecen hoy la celebración viva de la fe. Miedo a hablar de los «derechos humanos» dentro de la Iglesia. Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el espíritu de Jesús.

Tenemos miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el «ministerio del juicio y la condena», sino el «ministerio de la reconciliación». Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús. Difícilmente se dirá hoy de la Iglesia que es «amiga de pecadores», como se decía de su Maestro.

Según el relato evangélico, los discípulos caen por tierra «llenos de miedo» al oír una voz que les dice: «Este es mi Hijo amado... escuchadlo». Da miedo escuchar solo a Jesús. Es el mismo Jesús quien se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Solo el contacto vivo con Cristo nos podría liberar de tanto miedo".

(José Antonio Pagola, Fe adulta)

miércoles, 2 de marzo de 2022

GESTOS Y SÍMBOLOS CRISTIANOS: LA CENIZA

Entre los signos característicos y los gestos simbólicos con que expresamos el camino de la Cuaresma hacia la Pascua (el ayuno, el color morado, el silencio del aleluya, el viacrucis…) la imposición de una cruz de ceniza en la frente o en la cabeza de los fieles el Miércoles de Ceniza es uno de los más representativos.

En realidad, no es un rito tan antiguo; en los primeros siglos se expresó con ese gesto el camino cuaresmal de los “penitentes”, o sea, del grupo de pecadores que buscaban recibir la reconciliación al final de la Cuaresma, el Jueves Santo, a las puertas de la Pascua, con hábito penitencial y con la ceniza que ellos mismos se imponían en la cabeza, se presentaban ante la comunidad y expresaban de ese modo su arrepentimiento y voluntad de conversión.

Fue hacia el siglo XII, ya desaparecida la institución de los penitentes como grupo, que la Iglesia redescubre el gesto de la ceniza para todos los fieles. Al comienzo de la Cuaresma toda la comunidad se reconocía pecadora, y ayudada con este gesto, actualizaba su deseo de conversión.

En la reforma posterior al Concilio Vaticano II este rito de reorganizó para hacerlo más expresivo y educador; dejó de celebrarse al comienzo de la celebración y se pasó al momento posterior a las lecturas bíblicas y la homilía, para destacar que es la escucha de la Palabra de Dios la que nos impulsa a la conversión, dando contenido y sentido a ese gesto simbólico.

Se puede hacer la imposición de la ceniza fuera de la Eucaristía, pero siempre en un contexto de escucha de la Palabra. Se conservó además la fórmula clásica de la imposición: “acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”, añadiendo otra: “Conviértanse y crean en el Evangelio”. La primera está inspirada en Gn3,19, y la segunda en Mc1,15, y ambas se complementan: una nos recuerda la caducidad humana, y la otra apunta a la actitud interior de conversión a Cristo y su Evangelio, actitud propia de este tiempo litúrgico.

¿Qué significa el gesto de la ceniza?

1. El primer sentido que nos puede recordar la ceniza es nuestra condición débil y caduca; la ceniza es lo que queda cuando se queman las cosas, y también las personas. Es un símbolo muy presente en la Biblia: Adán fue creado del polvo, su mismo nombre refiere a la tierra, y volverás a la tierra, le dice Dios (Gn3,19). El polvo de la tierra es el origen y el destino del ser humano, en lenguaje metafórico y también realista. La palabra “humildad” viene de humus, tierra: “todos caminan hacia una misma meta: todos han salido del polvo y al polvo retornan” (Qo3,20). Hay grandeza en el ser humano, como imagen de Dios y señor de la creación, pero a la vez el ser humano no es nada: su fragilidad, su caducidad, su marcha inexorable hacia la muerte, nos traen pensamientos de meditación y humildad, para no dejarnos envanecer por los fuegos fatuos de la vida presente. La misma ceniza que usamos, sacada de la quema de las palmas del Domingo de Ramos del año anterior nos recuerdan que lo que fue signo de victoria y de vida, se convierte ahora en mera ceniza. No invita todo esto a la angustia, pero sí a la seriedad (no casualmente viene este tiempo y rito después del carnaval).

2. También la ceniza de este día es signo de penitencia y conversión; expresa la tristeza por el mal que hay en nosotros y del que queremos liberarnos en nuestro camino a la Pascua. Además de caducos, somos pecadores, y las lecturas bíblicas que preceden al signo son llamadas apremiantes a la conversión. Iniciamos, dice la oración colecta, el “combate cristiano contra las fuerzas del mal”. En la Biblia la ceniza aparece como gesto simbólico que expresa la actitud de penitencia interior, el dolor ante las malas noticias o las calamidades, el arrepentimiento ante lo mal hecho.


3. Pero también aparece la ceniza como expresión de una plegaria intensa, con la que se quiere pedir la salvación a Dios. Cuando la comunidad cristiana quiere empezar su camino de liberación, su “subida a Jerusalén”, unida a Cristo, anhelando verse libre del mal y entrar en la Vida Nueva de la Pascua, es bueno intensificar la oración con gestos como este, que es al mismo tiempo acto de humildad, de conversión y súplica ardiente ante el que todo lo puede, incluso llenar de vida nueva nuestras existencias.

4. Finalmente, la imposición de la ceniza no es un gesto que simplemente recuerda la muerte, nuestra caducidad y pecado. Con ella empezamos el camino de la Cuaresma, que es camino de la Pascua; no es un gesto aislado, ni mucho menos masoquista, sino signo de comienzo, todo comienzo tiene un meta al otro extremo: Somos llamados a la vida, a participar de la resurrección de Cristo. Venimos del polvo y al polvo volvemos, pero esa no es toda nuestra historia ni todo nuestro destino. Son cenizas de resurrección las del comienzo de la Cuaresma, cenizas pascuales. Nos recuerdan que la vida es cruz, muerte, renuncia, pero a la vez nos aseguran que el programa pascual es dejarse alcanzar por Cristo, por la Vida Nueva y Gloriosa del Señor Jesús. Así como el barro de Adán, por el soplo de Dios, recibió vida, así mismo nuestro barro de hoy, por la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús, está destinado también a darnos Vida. De estas cenizas, Dios saca vida, y del grano que se hunde en la tierra, recoge frutos; a través de la cruz, Cristo fue exaltado a la vida definitiva, y a través de la cruz el cristiano es incorporado a la corriente de vida pascual de Cristo.

En fin, que la Cuaresma empieza con el gesto de la ceniza, pero acaba con el agua de la noche pascual; desde ese primer momento de la imposición de la ceniza, la Cuaresma es “sacramento de la Pascua”, signo pedagógico y eficaz de un éxodo, de una liberación, de un tránsito de la muerte a la vida. Ceniza al principio, y agua al final; la ceniza ensucia, habla de destrucción y muerte; el agua limpia, y es fuente de la vida en la Vigilia Pascual. También enlaza esta ceniza con el fuego vivo del Cirio Pascual, signo de renovación y vida resucitada; de la ceniza al fuego vivo. La Cuaresma empieza con ceniza y termina con fuego y agua.

El lenguaje con el que la Cuaresma nos quiere hacer “entrar en la Pascua” es muy diverso: oraciones, cantos, lecturas bíblicas, ayuno, etc. Pero entre ellos, la ceniza no es un signo menor: nos recuerda nuestra debilidad y nuestro pecado, para que dejemos actuar a Dios en nosotros, incorporándonos a la resurrección de su Hijo, lavándonos con el agua bautismal de la Pascua.

Es una imagen clara de lo que significa vivir en este mundo, y de que ser cristiano es algo muy serio, que exige humildad y reciedumbre, que supone una lucha constante contra el mal en esta vida, pero que también lleva en sí misma una promesa de victoria.

La ceniza es un rito antiguo, pero no anticuado.

(Ideas tomadas de “Ritos y símbolos”, de José Aldazabal)