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viernes, 17 de mayo de 2024

PENTECOSTÉS

 

Comparto algunas ideas sobre la festividad litúrgica de Pentecostés, que celebraremos el domingo próximo, como cierre del tiempo pascual. Pero lo más importante es la repercusión de lo que celebramos en la vida cotidiana de hombres o mujeres de fe.

1. Preparamos esta fiesta con la oración personal y comunitaria, con novenas y vigilias, rezando o cantando la secuencia al Espíritu Santo que todos conocemos. Como los apóstoles esperamos reunidos como comunidad eclesial la renovación del don que un día recibimos en el bautismo; solemos decir: "Ven, Espíritu Santo", pero el Espíritu habita en nosotros, ya está.  Es él quien despierta la vida que hay en nosotros, quien nos recrea una y otra vez. La respiración puede ayudarnos a tomar conciencia del actuar del Espíritu, cuando cada inspiración es figura del aliento de Dios en nosotros. El Espíritu nos apoya y consuela, es regalo y presencia del Padre y del Hijo, enciende nuestros sentidos e irriga amor en nuestros corazones. 

2. Para hablar del Espíritu usamos símbolos o figuras: viento, fuego, agua. No podemos tener una imagen concreta, pero mediante estás figuras comprendemos su ser y su actuar en nosotros. Es aliento, respiración, suave brisa o tormenta; nos alienta, nos da vida, nos empuja y nos refresca. Es fuego, que purifica y calienta, que arde y mantiene la vida interior ("Llama de amor viva"), y es agua, fuente que sacia la sed, que hace crecer, que salta como un manantial de vida. 

3. El Espíritu Santo nos da un lenguaje común, contrario al de la torre de Babel; nos permite entendernos y comunicarnos, crecer en comunión. Es la respuesta de Dios a la desunión, al desamor, a la violencia entre nosotros, a los partidismos y sectarismos. Nos enseña el lenguaje del amor, de la alegría y de la paz; sana y libera a las personas para que construyan el mundo nuevo de Dios. 

4. El camino del Espíritu Santo es el camino de la vida, y se expresa a través de sus dones o carismas, que San Pablo enumera en la Primera carta a los Corintios: sabiduría e inteligencia, consejo y fortaleza, ciencia y piedad, y temor de Dios. El Espíritu nos regala sus dones cuando los necesitamos, y cada uno de nosotros tiene dones particulares que lo distinguen de los demás, y con los que puede aportar a la comunidad y al mundo la luz de Dios. 

5. Pentecostés es el gran milagro de la comunidad, según la mirada de Lucas, el regalo del Espíritu o aliento de Dios según otros evangelistas. Ese milagro se repite cada vez que nos reunimos como Iglesia, anunciamos la Palabra con libertad y sin temor. Cada vez que la Iglesia se mueve y renueva, rema mar adentro y lanza las redes en el nombre de Cristo, y también cuando acaricia, perdona, acoge. Es el Espíritu Santo quien construye la Iglesia, la mantiene unida y la hace crecer en el amor. 

6. En fin, el don de Dios, su Espíritu, tiene que ver con la plenitud humana, con abrirnos a todo lo que somos y podemos, con levantarnos de nuestros sepulcros y soltar nuestras cadenas, con crecer hasta el mismo Cielo, que es Dios. En el día de Pentecostés celebramos el nacimiento de la Iglesia, la plenitud de nuestra vida en Dios, y los dones que hemos recibido para trabajar en la construcción del Reino y en el mejoramiento humano. 

Una Iglesia que se mueve por el Espíritu Santo es una Iglesia viva, militante, compasiva, solidaria, esperanzada. 

Fray Manuel de Jesús

(Según un texto de Anselm Grün)

miércoles, 8 de mayo de 2024

PARTÍCIPES ACTIVOS DE LA RESURRECCIÓN

 

Vamos llegando al final de la Pascua, tiempo de gracia, para celebrar la Resurrección de Cristo. No somos meros espectadores de ese acontecimiento, ni debemos conformarnos con celebrarlo litúrgicamente; debemos ser partícipes activos de la Resurrección. La Palabra que compartimos durante estos 50 días nos ayuda a encontrar al Resucitado en medio de la vida cotidiana, y también a hacerlo presente con palabras y obras, comprometidos con aquellos valores que impulsa el Espíritu: alegrías, justicia, comunión, paz. 

Jesús dice a sus discípulos: "Les conviene que yo me vaya"; ellos se entristecen con sus palabras que auguran ausencia, pero Jesús promete un Consolador, el Espíritu que procede de él y del Padre, y que lo hará presente de un modo nuevo. Presencia y ausencia adquieren un nuevo sentido para nosotros; es un Dios escondido, al decir de san Juan de la Cruz, pero no es nunca un Dios ausente. "Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo". 

Fray Manuel de Jesús, ocd

miércoles, 3 de abril de 2024

¡¡¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!!!


"La Resurrección no es un acontecimiento único,
sino una liberación del poder y de la luz de Dios
en la tierra y en la historia 
que continúa alterando todas las cosas,
infundiéndoles la gracia y el poder
de la santidad misma de Dios.
Es como si se hubiera abierto una puerta
y lo que brotara no acabara nunca
y la puerta no pudiera ser cerrada".

Megan McKenna

sábado, 21 de mayo de 2022

UN PACTO POR LA LIBERTAD EN JERUSALÉN

Comparto el comentario a la1ª lectura de este Sexto Domingo de Pascua (C) (Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29), escrito por José Luis Sicre:



"Uno de los motivos del éxito de la misión de Pablo y Bernabé entre los paganos fue el de no obligarles a circuncidarse. Esta conducta provocó la indignación de los judíos y también de un grupo cristiano de Jerusalén educado en el judaísmo más estricto. Para ellos, renunciar a la circuncisión equivalía a oponerse a la voluntad de Dios, que se la había ordenado a Abrahán. Algo tan grave como si entre nosotros dijese alguno ahora que no es preciso el bautismo para salvarse.

Como ese grupo de Jerusalén se consideraba “la reserva espiritual de oriente”, al enterarse de lo que ocurre en Antioquía manda unos cuantos a convencerlos de que, si no se circuncidan, no pueden salvarse. Para Pablo y Bernabé esta afirmación es una blasfemia: si lo que nos salva es la circuncisión, Jesús fue un estúpido al morir por nosotros.

En el fondo, lo que está en juego no es la circuncisión sino otro tema: ¿nos salvamos nosotros a nosotros mismos cumpliendo las normas y leyes religiosas, o nos salva Jesús con su vida y muerte? Cuando uno piensa en tantos grupos eclesiales de hoy que insisten en la observancia de la ley, se comprende que entonces, como ahora, saltasen chispas en la discusión. Hasta que se decide acudir a los apóstoles de Jerusalén.

Tiene entonces lugar lo que se conoce como el “concilio de Jerusalén”, que es el tema de la primera lectura de hoy. Para no alargarla, se ha suprimido una parte esencial: los discursos de Pablo y Santiago (versículos 3-21).

En la versión que ofrece Lucas en el libro de los Hechos, el concilio llega a un pacto que contente a todos: en el tema capital de la circuncisión, se da la razón a Pablo y Bernabé, no hay que obligar a los paganos a circuncidarse; al grupo integrista se lo contenta mandando a los paganos que observen cuatro normal fundamentales para los judíos: abstenerse de comer carne sacrificada a los ídolos, de comer sangre, de animales estrangulados y de la fornicación.

Esta versión del libro de los Hechos difiere en algunos puntos de la que ofrece Pablo en su carta a los Gálatas. Coinciden en lo esencial: no hay que obligar a los paganos a circuncidarse. Pero Pablo no dice nada de las cuatro normas finales.

El tema es de enorme actualidad, y la iglesia primitiva da un ejemplo espléndido al debatir una cuestión muy espinosa y dar una respuesta revolucionaria. Hoy día, cuestiones mucho menos importantes ni siquiera pueden insinuarse. Pero no nos limitemos a quejarnos. Pidámosle a Dios que nos ayude a cambiar".

sábado, 8 de mayo de 2021

EL MAYOR PELIGRO ES NO AMAR (Sexto de Pascua-B)

Nuestro llamado, nuestra vocación es el amor
. Esa es la conversión a la que se nos llama. No se trata de llenarnos de mandamientos, de órdenes, de instrucciones. La vida en Dios no es un listado de reglas que cumplir: ir a misa, acudir a reuniones, pagar un diezmo, ayunar o rezar. La vida en Dios se trata de una sola cosa: amar, amar mucho, ver y tratar a todos como hermanos. 

Lo que nos convierte (transforma) es el amor. El único mandamiento que podemos seguir sin que sea una carga es el que nos invita a amar. Ese es el reinado de Dios: el reinado del amor. El Evangelio es una buena noticia, un sabernos amados: cuando somos buenos y cuando no, cuando estamos sanos y cuando estamos en medio de una pandemia que no termina. Nadie se convierte por miedo. Hay quien deja de hacer cosas por miedo, pero su corazón sigue atado al mal. Lo que nos hace cambiar es el amor, que nos acepta tal y como somos; que nos hace poner a un lado el dolor de un insulto y seguir ofreciendo al otro amistad y servicio. 

Por amor creemos que Dios está presente
, trabajando en este mundo, sanándolo y cuidándolo. Por amor sabemos que Dios no envía ninguna enfermedad para que nos arrepintamos y cambiemos, sino que está esforzándose en que estemos bien, a través de cada persona que trabaja cuidando a los enfermos o buscando una cura. Dios está, dándonos su amor y amando, a través de los voluntarios que ofrecen su tiempo para acompañar en cada cosa que se necesita. Dios está, amando a través de las personas que llaman a aquellos que están solos para conversar. Dios está, en todo amándonos y animándonos a amar. 

El mandamiento del amor no es una orden, es una invitación. Así lo ha dicho el papa Francisco: "La altura de una vida humana está marcada por el amor… todos los creyentes necesitamos reconocer esto: lo primero es el amor, lo que nunca debe estar en riesgo es el amor, el mayor peligro es no amar” (Fratelli Tutti, 92).

Lo anterior, con algunos cambios, lo tomé de la publicación mensual RAYO DE LUZ, y lo leí en una homilía reciente; vale lo mismo para este próximo domino, Sexto de Pascua. Le añado algunos puntos que sugiere FRAY MARCOS:


El mandamiento del amor es el mandamiento nuevo, por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos alianzas. Jesús no manda amar a Dios ni amarle a él, sino amar como él ama. No se trata de una ley sino de una consecuencia de la Vida en Dios.

Dios no es un ser que ama. Dios es el amor. En Él, el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros. Yo puedo amar o dejar de amar y seguiré siendo yo. Si Dios dejara de amar un solo instante, dejaría de existir.

No se puede imponer el amor por decreto. Todos los esfuerzos que hagamos por cumplir un "mandamiento" de amor están abocados al fracaso. El esfuerzo tiene que estar encaminado a descubrir a Dios que es amor dentro de nosotros. Todas las energías que empleamos en ajustarnos a una programación tienen que estar dirigidas a tomar conciencia de nuestro verdadero ser. Solo después de un conocimiento intuitivo de lo que Dios es en mí, podré descubrir los motivos del verdadero amor.

lunes, 12 de abril de 2021

RESURRECCIÓN EN MARCOS (2)

Veamos ahora Marcos 16,9-20, o el final largo del Evangelio de Marcos; desde el punto de vista gramatical es evidente que este texto ha sido añadido al pasaje anterior, y con algo de torpeza. Comienza así: “Resucitado el primer día de la semana por la mañana, se apareció a María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios” (16,9); algunos detalles dejan ver la falta de continuidad con el texto original, aunque luego no se vea así en las diversas traducciones. 

Luego que María Magdalena apareciera huyendo temblorosa y atemorizada, desobediente del mandato del ángel, ahora parece Marcos darle otra oportunidad, y la aparición de Jesús le da nuevas fuerzas para cumplir el mandato del ángel. No se dan detalles en este caso de esa aparición, pero se nos dice que ella lleva la buena nueva a los discípulos que estaban “llenos de tristeza y llorando”, pero en la línea pesimista de Marcos, ellos tampoco le creen. Este pasaje parece decir que solamente el encuentro con el mismo Jesús resucitado vence la anterior falta de fe.

Jesús se aparece a los Once, reunidos en la mesa, y les reprocha por su incredulidad y dureza de corazón, y por no haber creído a los que le vieron resucitado; en los otros Evangelios, la aparición de Jesús vinculada a las comidas tiene un valor eucarístico, pero Mc16,14 no hace nada para subrayar esa dimensión, al menos no de manera explícita. Tal vez quiso llamar la atención a los que, participando de la Eucaristía, no eran capaces de reconocer al Resucitado (en la línea de 1Cor11,20-34).

Luego, también acá esta aparición de Jesús está vinculada la misión de los apóstoles; es alentador que a los mismos a los que reprocha antes por su falta de fe y dureza de corazón, les confía ahora la predicación del evangelio al mundo entero. No hay mejor manera para mostrar que, la gracia de Dios y no el mérito humano, es el elemento principal de la buena nueva proclamada por Jesús. Al predicar a los otros, los apóstoles serán fortalecidos en su fe; el mandato en Marcos es algo más global que en Mateo: “Id por todo el mundo proclamando la buena noticia a toda la humanidad” (Mc), Vs “Id y hacer discípulos entre todos los pueblos” (Mt). Es por la predicación que el Señor Resucitado establece la autoridad que ha conquistado sobre todas las cosas.

El efecto de la predicación está descrito en 16,16: “Quien crea y se bautice se salvará; quien no crea se condenará”; la predicación del evangelio estará acompañada de señales persuasivas, de modo que, para Marcos, quien la rechaza manifiesta su obstinación. No obstante, debemos ser cautos al proponer hoy esta afirmación que identifica de manera dualista la fe en Jesús con la salvación y la incredulidad con la condenación; sabemos hoy que la incredulidad deriva de muchos factores, incluyendo el pésimo testimonio de los cristianos, y la proclamación de Cristo por parte de algunos que se parecen poco a él.

En algunos puntos de este texto, Marcos se aproxima a la teología joánica, y también aparecen algunos ecos, como en las señales que acompañarán a los discípulos en su ministerio, que hacen pensar en Hechos. En los discípulos, y en esas señales que menciona 16, 17-18, se manifiesta el poder que Jesús tenía sobre toda creación.

Cierra el “final largo” con la elevación de Jesús al cielo, donde está sentado a la derecha de Dios (16,19); evoca este texto a la formulación de Lucas (24,36-52). Ya las dudas que los discípulos tuvieron han quedado atrás, y ellos obedecen yendo a predicar por todas partes. Y el Señor, fiel a su promesa, aunque ha sido entronizado, “obra con ellos”, confirmando “la palabra” a través de las señales que acompañan a los discípulos.

Esa era la experiencia de los primeros cristianos, que anunciaron el Evangelio, y hasta entregaron la vida, en medio de persecuciones, porque confiaban en esa promesa y palabra poderosas.

(Lo anterior es un resumen de un texto de Raymond Brown)

domingo, 11 de abril de 2021

VER PARA CREER (Segundo domingo de Pascua, B)

 

Dios entra por los sentidos. Es lo que le pasó a Tomás. Este hombre decía lo que dice mucha gente cuando se plantea el tema de Dios: si no lo veo, no lo creo. Tomás quería ver, tocar, palpar. Y Jesús se lo concedió. Pero, ¿qué vio y tocó Tomás? Vio y tocó llagas de dolor y muerte. Palpó cicatrices de sufrimiento. Y ahí, en eso, en lo que entra por los sentidos, Tomás se dio de cara con la fe: ¡Señor mío y Dios mío!. Esto no quiere decir que el camino para ir a Dios sea el camino del dolor. Dios no quiere el sufrimiento. Lo que ocurre es que en esta vida hay mucha gente que sufre más de lo que puede soportar. Y esto supuesto, la fe en la resurrección se expresa en el hecho de que nos pone en el recto camino para prestar atención a los padecimientos y esperanzas del pasado; y para aceptar el desafío de los muertos (J.B. Metz). 

Dichosos los que creen sin ver. Hoy la presencia de Jesús está allí donde los que le buscan, encuentran llagas de dolor y muerte. Si, en lugar de eso, encuentran poder, pompa y boato, no podrán decir: ¡Señor mío y Dios mío!

José María Castillo

La religión de Jesús

viernes, 9 de abril de 2021

RESURRECCIÓN EN MARCOS (1)

 
Marcos es el evangelio más estudiado y el más difícil, y también con el que, por mucho tiempo, estuvimos menos familiarizados los cristianos. Su estilo, parco y sobrio, deja muchas cosas sin explicar, y ha sido una constante invitación a trabajar con la imaginación. Un ejemplo de lo anterior es su capítulo 16, centrado en la resurrección; sus ocho primeros versículos están atestiguados con seguridad como parte del texto originario, no así los que siguen, que se añadieron más tarde (final largo). Esto no quita, por supuesto, que ambos textos sean parte del evangelio, e inspirados, pero saberlo facilita su comprensión.

Veamos primero Marcos 16, 1-8: en esta escena son las mujeres las protagonistas; María Magdalena, María de Santiago, y Salomé (que habían sido presentadas antes en 15,40-41). Ellas habían seguido a Jesús desde Galilea, y observaron desde lejos su crucifixión. No parecen formar parte del grupo de los discípulos, los que han estado con él en sus últimas horas y luego le abandonaron, pero su lejanía del calvario, hacen patente el propósito de Marcos de mostrarnos a Jesús abandonado por todos. En una segunda referencia a estas mujeres (15,47), ellas también ven desde lejos como José de Arimatea sepulta el cuerpo de Jesús (“un insigne miembro del tribunal supremo, que esperaba también el Reino de Dios”). No se nos dice el por qué estas mujeres no participaron de la sepultura.

Pasado el sábado (aproximadamente después de las 6 de la tarde de ese día), las mujeres actúan a favor de Jesús, porque compran aromas para ungirlo. Lo anterior permite que se revele a ellas, y a nosotros, la resurrección de Jesús. Luego vuelve a fijar el tiempo: “El primer día de la semana, muy de madrugada, al salir el sol”; típico de este evangelio es fijar el tiempo en intervalos de tres horas, así fue con el relato de la Pasión. Los exégetas sugieren que lo anterior puede ser expresión de tiempos establecidos de oraciones conmemorativas de la primera comunidad cristiana. También la referencia al amanecer (sol) puede ser una referencia simbólica a la resurrección, pues antes Marcos ha manifestado interés por los símbolos de la vista y la ceguera, la luz y las tinieblas.

En Marcos 16,3-4, las mujeres hacen una pregunta retórica sobre la piedra del sepulcro, que era muy grande, reforzando el contraste entre la incapacidad humana y el poder de Dios. La piedra ha sido removida, y roto el sello del sepulcro. Al entrar en él sepulcro, las mujeres ven un joven sentado a la derecha (puesto de honor), vestido de blanco. Es evidentemente un portavoz divino y ellas se asombran o asustan, como es típico en estas apariciones; el mensajero celeste les habla: “No se asusten. Buscan a Jesús el Nazareno, el crucificado. Ha resucitado. No está aquí. Vean el sitio donde lo pusieron”.

El mensaje habla de diversas cosas: de continuidad entre el crucificado y el resucitado; habla de Jesús Nazareno, que es como había antes llamado a Jesús un demonio (1,24). El que antes mostró poder sobre el mal, ahora aparece venciendo a la muerte. También se hace referencia al significado del sepulcro vacío, y su sentido. Luego en el versículo 7 se hace patente que la tarea de Jesús no termina con su resurrección, que quedan cosas por hacer. “Vayan y digan a sus discípulos y a Pedro que Él ira delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, como Él les dijo”. Jesús había dejado una esperanza para los que le abandonaron en 14,28: “Cuando resucite, iré delante de ustedes a Galilea”; el joven del sepulcro retoma aquí aquella promesa. Jesús no va abandonar a los suyos, siempre va delante de ellos, y en Galilea los volverá a reunir. Los que fueron dispersados en la pasión se convertirán de nuevo en comunidad cuando regresen al lugar donde fueron llamados por primera vez como discípulos (1,14-20). Dios les hará ver a Jesús el Nazareno resucitado de entre los muertos, vencedor sobre la crucifixión, a quien ellos prometieron seguir.

Pero, aunque el mensaje del ángel concierne a los discípulos y a Pedro, Marcos sigue centrando su atención en las mujeres, pues es a ellas a quienes se da este mensaje. Y la reacción de ellas es de absoluta sorpresa para el lector (16,8): “Ellas salieron huyendo del sepulcro, porque se había apoderado de ellas el temor y el espanto, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo”. En lugar de ir a comunicar a los discípulos esta buena nueva, ellas huyen llenas de miedo, y nada dicen. Qué significa esto? Marcos ha mostrado en su evangelio que los seguidores de Jesús fracasaron porque no habían comprendido que Jesús tenía que sufrir o no estaban dispuestos a acompañarlos en su pasión. Las mujeres también, lo vimos, son presentadas un poco al margen de la pasión, y ahora tienen miedo; esto parece en armonía con la insistencia de Marcos en el hecho de que nadie puede huir de la cruz en el seguimiento de Jesús.

Esto es posiblemente un mensaje para los destinatarios primeros de este Evangelio, que seguro habían sido probados por la persecución, e incluso caído, o también eludieron algunos la prueba, quedándose lejos como las mujeres. Los discípulos de Jesús habían fallado todos, y fueron reconciliados con su vocación primera. Para Marcos, ni siquiera la resurrección garantiza la verdadera fe de los seguidores de Jesús; nadie puede hacer suya la victoria de Jesús si no ha pasado por la prueba, por la cruz. No deja de haber algo de pesimismo en este primer “final” de Marcos (Continúa...).

(Resumen hecho a partir de un texto de Raymond Brown).

martes, 6 de abril de 2021

EL TIEMPO PASCUAL

La Iglesia celebra siempre en cada una de las Misas la misma realidad: El misterio pascual de Cristo, el Señor, su bienaventurada pasión, su gloriosa resurrección de entre los muertos y su admirable ascensión. “Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida” (Prefacio de Pascua). Todas las celebraciones de la Eucaristía, las de los domingos y las de cada día, actualizan entre nosotros la salvación continuada del misterio pascual.

Pero existe una época del año litúrgico en la que la Iglesia despliega ante nuestros ojos toda la riqueza doctrinal y de vida de este misterio a fin de hacérnoslo vivir proponiéndolo plásticamente a nuestra fe. Y así como en las misas normales se realiza todo esto en la unidad de una celebración, en el Triduo Pascual se van proponiendo los diversos aspectos de este gran misterio, pero de manera que no pierdan el sentido unitario que enriquece y contiene a cada uno de los otros aspectos. El Triduo constituye la cumbre de todo el año litúrgico, la solemnidad de las solemnidades a la cual nos ha ido preparando toda la Cuaresma.

Por Fiestas Pascuales entendemos aquí no solamente dicho Triduo Pascual, sino su continuación lógica de todo el tiempo de Pascua que, según el calendario litúrgico actual, se continúa a lo largo de 50 días hasta la fiesta de Pentecostés.

En cada uno de los tres aspectos del misterio pascual podemos ver puntos de contacto con la mentalidad del hombre de hoy. El hombre actual huye del sufrimiento, de la privación y de la muerte; pero a la vez también está más capacitado para comprender su radical caducidad y su destino de muerte. La experiencia de cada día nos enseña que, a pesar de todos los esfuerzos, el sufrimiento, la enfermedad y la muerte continúan siendo patrimonio común de la Humanidad.

El misterio de la sepultura de Cristo, segundo aspecto de este misterio pascual, subraya la importancia de la esperanza en el cristianismo. El sábado del sepulcro vacío prepara la gran esperanza del triunfo a pesar de todas las apariencias contrarias. El hombre de hoy no soporta los tiempos vacíos y los compases de espera; parece ebrio de rapidez y de eficacia. A la misma vez, es un hombre amarrado a la historia, abierto al futuro, que equivale a decir sediento de esperanza. En el alma moderna encaja perfectamente esta esperanza cristiana si sabemos presentarla, no como esperanza pasiva, sino como activa preparación al triunfo de Cristo, que es, al mismo tiempo, triunfo del ser humano.

El tercer aspecto del misterio pascual es el triunfo de Cristo sobre la muerte; su resurrección presenta un carácter francamente afirmativo. La fe cristiana conduce a la victoria, pero es necesario comprender su verdadero sentido. El triunfo ha sido conseguido plenamente por Cristo, pero aún no se ha hecho patente a todos los seres humanos. Entre la batalla ganada por Cristo y su victoria final transcurre el tiempo de la Iglesia, la tarea de conseguir sumar a todos los hombres y mujeres de este mundo para que hagan suya la victoria del Señor. Hay que tener presente que el mundo actual se entusiasma ante cualquier perspectiva de afirmación de los valores genuinamente humanos, pero también rechaza un triunfalismo avasallador que no respeta la libertad y la dignidad de las personas. La victoria de Cristo es nuestra liberación de todo servilismo, y se apoya en. el servicio generoso a todos.

La Iglesia visible y espiritual es el lugar del encuentro entre Dios y los seres humanos
: es una señal levantada entre las naciones que encuentra su momento más significativo en esta solemnidad de la Pascua; por lo que nuestras celebraciones y nuestras vidas han de manifestar como en ningún otro del año al Cristo vivo que camina en la historia humana.

En los días de semana durante estas siete semanas de Pascua tomamos como primera lectura el libro de los Hechos de los Apóstoles. Dentro de la Octava de Pascua se proponen los Evangelios de las apariciones del Señor resucitado, conservando las conclusiones de los Sinópticos para la solemnidad de la Ascensión. Después de la Octava se lee el Evangelio de San Juan, tomando los textos de índole pascual y completando así la lectura que se ha hecho de este Evangelio en el tiempo de Cuaresma.

(Notas tomadas de los comentarios bíblicos al Leccionario Ferial)

viernes, 29 de mayo de 2020

CELEBRAR LA FIESTA DE LA VIDA (PENTECOSTÉS)


Desde la Ascensión del Señor hasta Pentecostés, la Iglesia, imitando a los apóstoles, se prepara para celebrar la fiesta del Espíritu, que es el que nos permite recibir a Cristo, aprender de Él, ser Iglesia, y crecer en la fe. 

El Espíritu Santo es la Vida de Dios en nosotros, es el abogado, el defensor, el consolador, el animador de nuestra misión evangelizadora. El Espíritu enciende una luz en nosotros, es como una llama que arde, y que calienta e ilumina. Es el Amor que irriga nuestro corazón, la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna. Si hablar de Dios es difícil, hablar de su Espíritu mucho más; por eso en la Escritura aparece descrito mediante imágenes: paloma, huracán, fuego, aliento... si confiamos en la fuerza del Espíritu, que  como don de Dios, habita en nosotros, él podrá empujarnos siempre hacia adelante, hacia una vida cada vez más plena.


La fiesta de Pentecostés expresa un misterio grande, porque habla de la presencia divina en cada ser humano, en el creyente más conscientemente, y en nuestra comunión. El Espíritu crea un lenguaje nuevo, el del amor y el perdón; un lenguaje que mueve, une y entusiasma. El Espíritu apoya nuestras búsquedas, anhelos y proyectos, y sobre todas las cosas UNE, forma COMUNIDAD, construye la HUMANIDAD NUEVA. 

En nuestras celebraciones de esta semana y sobre todo del domingo (que ya cierra el tiempo pascual) podemos ver los signos del agua y el fuego, de los cantos de alabanza y la imposición de manos, y todos ellos nos recuerdan que PENTECOSTÉS ES LA FIESTA DE LA VIDA, la fiesta del nacimiento de la Iglesia, la llamada a la plenitud del ser humano, creado a imagen de Dios. Y como es la fiesta de la vida, nunca podemos dejar de celebrarla. 


ADEMÁS: 

Nos faltaría recordar dos dimensiones de la acción del Espíritu: que procura un lenguaje nuevo, un nuevo modo de hablar y comunicar una experiencia, y luego, una nueva comunidad, un modo nuevo de vivir unidos (ambas cosas, en contraste simbólico con la experiencia de Babel, en el AT). Cuando las personas no se entienden, no pueden trabajar juntas; pero, si se entienden, pueden lograr muchas cosas. Cuando se pierde el lenguaje común, las comunidades se destruyen. Pentecostés viene a ser como una respuesta de Dios a la mezcla de lenguas de Babel; Dios desea que todas las personas vuelvan a hablar un mismo idioma y por tanto sean capaces de crear algo nuevo y duradero.


La Iglesia también necesita de ese lenguaje nuevo para ser entendida en su predicación del Evangelio: hablar de forma compasiva, de forma familiar y cercana, de forma alegre y entusiasta. El lenguaje del Espíritu sana y libera.

 Siempre que nos reunimos en el nombre de Jesús se renueva y actualiza el milagro de Pentecostés. Comunión de amor, oración unánime, proyecto común. El Espíritu mueve la comunidad, la desinstala, la desacomoda, la abre, la sacude, la agita… para que no se duerma, ni olvide cuál es su propósito. El Espíritu Santo es el que construye la Iglesia, haciendo que personas tan diversas, tengan “un solo corazón y una sola alma”...

En nuestra realidad habitual, percibimos que hace falta que el Espíritu renueve y transforme, nuestras vidas y comunidades, porque falta amor, libertad interior, fuerza orante, impulso evangelizador….

Digamos entonces, una vez más: "Ven, Espíritu Santo", y que sigamos celebrando cada día al Dios de la Vida en los detalles cotidianos, en la familia, en el estudio y el trabajo, en nuestras celebraciones, y por qué no, también en las pruebas, pérdidas y sufrimientos. En todo se manifiesta la presencia y fuerza del Espíritu que recibimos del Padre y de Jesús, en todo se manifiesta  la Vida Nueva que recibimos. 

jueves, 21 de mayo de 2020

EL AMOR NO COMPARA

En Juan 21, 18-23, Jesús resucitado dialoga con Pedro, y le pregunta tres veces si le ama, y luego le dice "Sígueme", pero Pedro, que ha aceptado que ese seguimiento implica compartir la cruz de Jesús, dejarse llevar, se muestra preocupado por el destino del otro discípulo. La respuesta del Señor es lapidaria: "Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿Qué te importa?". Sobre este pasaje comenta acertadamente Anselm Grün: 

"El camino individual es un misterio. A Pedro no le es dado conocer el destino de los demás. No debe seguir a Jesús porque otros lo hacen, sino porque lo ama. El amor no compara, no calcula el comportamiento de los otros. Ama, porque ama".

"Resurrección no significa que ahora podemos levantarnos y caminar libremente a donde queramos. La resurrección se concede recién cuando estamos dispuestos a dejarnos ceñir y guiar por Dios allí donde no queremos ir. La fe en la resurrección nos libera de las penosas ataduras de la vida y del estancamiento en el camino que deseamos recorrer irremediablemente. Lo importante es que estoy con quien amo, en la vida o en la muerte, en la dicha o en el sufrimiento, en la libertad o en los impedimentos que me encadenan. El amor mira sólo al amado y no a cómo me va en comparación con otros...". 

Dice Jesús: "Si te prohibes compararte con los demás, serás uno contigo, estarás conforme con tu camino. Recién ahí serás capaz de estar atento a cada paso que das. Y cada paso te guiará a la vida y al amor. Caminas porque caminas. Caminas porque amas. Andas tu propio camino, con esa particularidad con la que tú solo puedes reflejar a Dios sobre esta tierra".

(Fragmentos de "La Resurrección de cada día".
Anselm Grün, Lumen.

domingo, 17 de mayo de 2020

CUANDO JESÚS ANUNCIA LA VENIDA DEL ESPÍRITU

Durante la quinta semana de Pascua, que hemos dejado atrás, hemos estado leyendo en nuestras celebraciones eucarísticas los capítulos 13-17 del Evangelio de Juan, los discursos de Jesús en la Última Cena; intentan resumir el mensaje del Señor en su última hora, como un testamento. 

El capítulo 14 contiene el primer discurso, al que siguen la alegoría de la vid y los sarmientos, una exhortación al mandamiento nuevo, y dos anuncios proféticos: la persecución de los discípulos y la tarea del Paráclito. Subyace en estos textos una cuestión fundamental: la ausencia y presencia de Jesús, el tránsito del Jesús histórico al Cristo de la fe. Y, en definitiva, la misión del Espíritu en la Iglesia. Es que los discípulos de Jesús han vivido desde la crucifixión una experiencia profunda: la ausencia sensible de Jesús. Deben experimentarlo ahora de una manera nueva, la misma con que se experimenta a Dios, por medio de la fe, la esperanza y la caridad, la paz y la alegría, todos frutos del Espíritu. 

Ahora, en esta sexta semana de Pascua que comenzamos, San Juan anuncia la venida del Paráclito, término griego sinónimo de intercesor. En realidad, Cristo en su gloria es el abogado o intercesor ante el Padre. Por otra parte, Jesús estará presente en medio de los suyos de una forma nueva, accesible a los creyentes. Esta visión de la fe será posible con la ayuda del Paráclito, del Espíritu. 

Para acoger el Espíritu se requiere una actitud personal y activa, que no resulta posible desde el egoísmo o la autosuficiencia. Es el Espíritu el que hace posible que entremos en la nueva dinámica del Reino: posee función de doctor, en íntima conexión con la Palabra de Dios, contribuye a esclarecer el sentido íntimo de la verdad, y nos alcanza una nueva sabiduría. Pero exige también apertura, transformación, es decir, un nuevo nacimiento. 

 El Espíritu  es el testigo de Jesús, su Defensor, y está presente allí donde se da testimonio de Él; cuando muchos reaccionan con hostilidad frente al mensaje evangélico, él da palabras y fuerza para no desfallecer en el combate de la fe. Así lo veremos en las lecturas bíblicas de esta semana que comienza, sobre todo en las reacciones ante la misión de Pablo.

Algunas notas que ayudarán a clarificar los textos evangélicos de esta semana:

1. Lo más duro de la persecución religiosa no es ser atacado por los que no creen en Dios, sino precisamente por los propios creyentes que piensan salir por los fueros de Dios oponiéndose a la novedad de sus manifestaciones. 

2. Dios tiene sus planes, en virtud de los cuales lo que a nosotros nos parece imprescindible lo sustituye por algo mejor. Así, la partida de Jesús parecía a los discípulos una pérdida irreparable, pero dió paso a la venida del Espíritu Santo en medio de la  comunidad.

3. El mensaje de Cristo no podrá nunca quedar codificado en unos términos concretos de una cultura determinada; es un mensaje dinámico que se va descubriendo al ritmo mismo del avance de la historia.

4. La Tarea evangelizadora está llena de sombras y de luces, pero hay que aceptarlo así, y no desertar en los momentos sombríos y difíciles: Siempre tenemos la esperanza de que de la prueba o el pecado surgirá algo francamente nuevo, con la gracia de Dios.

5. Estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en alegría.

6. El creyente ha de ser siempre una persona de oración. Dios da gratuitamente, y respeta siempre la libertad humana. Por eso, al orar, ponemos equilibrio entre lo que Dios hace y lo que nos toca a nosotros hacer. Iniciativa de Dios Vs. responsabilidad. 

RECUERDA:

A pesar de las tristezas provocadas por la vida, e incluso a través de las mismas, hay un motivo fundamental para conservar el gozo: Dios está con nosotros, especialmente cuando nos reunimos en su nombre, cuando vivimos la verdadera comunión de amor que actúa en el mundo como semilla y fermento del Reino.  

(Preparado a partir de las notas bíblicas del Libro de la Comunidad)

domingo, 3 de mayo de 2020

BUEN PASTOR, PUERTA Y VIDA NUEVA

Para este Cuarto domingo de Pascua, llamado DOMINGO DEL BUEN PASTOR, encontré algo publicado en este mismo blog, hace un par de años, y lo comparto de nuevo, con algunos añadidos:


Tres puntos:
1. Dios es el mejor pastor, que cuida de su creación, de toda la humanidad, que nos conduce a buenos pastos y fuentes frescas. Estamos en su mano providente, y él nos dice: no tengan miedo, todo estará bien… Los que ejercen algún ministerio en la comunidad eclesial no sustituyen al único Pastor, sino que lo hacen presente en medio de su pueblo, y para ello han de escuchar al Maestro...

2. Dios suscita, llama, pastores para su pueblo: líderes civiles, guías espirituales, ministros de su palabra, profetas… y vale lo del número anterior: servidores de la comunidad, no están sobre ella, sino para ella... Debemos orar siempre para que no falten obreros que trabajen con denuedo en la viña del Señor. 

3. Todos debemos ser pastores del prójimo, ayudar a construir la nueva humanidad, un mundo mejor que el que encontramos. Dios preguntó una vez: ¿A quién puedo enviar?, y una voz contestó: envíame a mi… Nuestro mundo, nuestra tierra, nuestra iglesia, están necesitados de líderes que quieran servir, que quieran cuidar, que quieran sanar… ¿Cómo podemos ser pastores unos de otros en este camino que compartimos? Cuidándonos, sosteniéndonos mutuamente, curándonos las heridas unos a otros, no hablando mal del prójimo.


La actitud de Jesús de Nazaret, en cuanto Pastor, es una lección que nunca se acaba de aprender. El pastor bueno, el líder verdadero, es el que sabe dejar de ser pastor o líder en beneficio de su pueblo. Es pastor quien da la vida por el rebaño; no lo es aquel que sacrifica o diezma el rebaño para conservar su liderazgo. El verdadero dirigente es aquel que ayuda a que el grupo sea capaz de enfrentarse responsablemente con su destino. De borrego sin rumbo decidido, el Buen Pastor promociona al hombre para que se haga, en solidaridad con los demás, pastor de su propia vida.


Jesús, Buen Pastor, Puerta y Vida, que todos sigamos tu llamada con alegría y fidelidad, y nos descubramos cada día pastores unos de los otros en el servicio, la caridad y la entrega de la vida. Gracias, Jesús, Buen Pastor, porque "tus heridas nos han curado", y no dejas de llamarnos a vivir, sin temores innecesarios, a una vida plena.

lunes, 27 de abril de 2020

PARA VIVIR LA RESURRECCIÓN: MARÍA MAGDALENA

Juan ubica en el centro del evangelio de Pascua la figura de María Magdalena, y desde entonces en la Comunidad de Jesús ha sido admirada, llamándole santa, y también "bienaventurada amiga de Dios". A pesar de que su biografía no es clara, pues se le relaciona a veces, y a veces no, con la mujer pecadora de san Lucas y con María de Betania, la hermana de Lázaro, o con la mujer de la que Jesús expulsó siete demonios, ella es símbolo del misterio de que mucho se le concede a quien mucho ama. Como hemos estado compartiendo algunas ideas de Anselm Grün respecto a la resurrección de Jesús no podía faltar el reflexionar en torno a esta figura femenina para seguir intentando vivir la Pascua, el paso del Señor por nuestra vida....

UNA MUJER DESGARRADA: En dos Evangelios se dice que Jesús expulsó siete demonios de María Magdalena. Acompañó a Jesús y tuvo indudablemente una cercanía especial con él. Si consideramos lo que implica estar poseída por siete demonios entonces reconoceremos que María Magdalena era una mujer completamente desgarrada. No tenía identidad, ningún eje central que orientara su vida. Hoy diríamos de ella que vivía al borde, cuya sanación era casi imposible. Y sin embargo, Jesús no tuvo miedo de María Magdalena, vio su desgarramiento y su falta de identidad, su temor... pero también vio su anhelo de amor. La liberó de los siete demonios que no le dejaban vivir y amar de verdad. Al encontrar a Jesús, Magdalena recuperó su dignidad como mujer, y supo cómo rehacer y centrar su vida, ahora sí, en el amor. Magdalena volvió a nacer al encontrarse con Jesús, y experimentó de una manera singular que el amor triunfa siempre sobre la muerte, porque todo lo que en ella estaba muerto despertaba a una nueva vida.


Fue ese amor el que llevó a María Magdalena a la tumba de Jesús muy temprano en la mañana, cuando todavía estaba oscuro. Los hombres, el sexo fuerte, huían o se escondían, mientras la mujer desafía el temor y sale a buscar a su Señor para ungirle con perfumes. En esta historia hay un modelo: la historia de un amor que busca más allá de la muerte, y por eso sale todavía a oscuras con el ansia de encontrar lo que ha perdido. Parece que no está ya lo que se ama, pero sigue vivo, está presente, en el anhelo, en la esperanza. Nos preguntamos: ¿Cuál es mi anhelo más profundo? ¿A dónde me lleva mi deseo de amar? Dios y el amor van siempre juntos, por eso hay que seguir el anhelo de amar hasta el final. Entonces encontraremos al Resucitado, lo mismo que María Magdalena.

San Juan nos cuenta en su evangelio cómo María Magdalena, inmediatamente después que quitaron la piedra del sepulcro, corrió hacia Simón Pedro y el discípulo que Jesús amaba. Y les dijo las palabras que aparecen narradas en otras dos ocasiones por Juan: “Se han llevado a mi Señor, y no sabemos dónde lo han puesto”. Allí no hay ninguna creencia en la Resurrección, sólo la desilusión por no haber encontrado el cuerpo de Jesús, que ella quería ungir. Magdalena quería manifestar su amor a Jesús velando junto a su cadáver, y era un modo también, según algún comentarista, de encontrar consuelo a su dolor. Y entonces comienza la carrera pascual: Simón y Juan, los discípulos más cercanos, corren al sepulcro; Juan va más rápido y llega primero, pero le cede a Pedro el ingreso, y este entra al sepulcro. Pedro ve las vendas en el suelo y el sudario plegado aparte, pero no hay cuerpo. Pedro ve, pero no comprende, no puede imaginar la razón de la tumba vacía, sino que simplemente confirma lo que dijo la Magdalena. No puede ver el sentido. Juan en su evangelio presenta a Pedro como una persona que se guía por la razón y la voluntad, y así nos dice que quien desea juzgar las cosas sólo a partir de la mente no puede comprender el misterio del Resucitado.

El otro discípulo, que la tradición equipara con Juan, entra al sepulcro después, y dice: “vio y creyó”. Este discípulo ve con el corazón, y el corazón que ama comprende y cree. No precisa el texto cuánto alcanzaba de comprensión el discípulo, pero deja claro que el camino para adentrarse en el misterio del Resucitado no es la razón, sino el corazón. Es necesario un corazón que ame y que se sepa amado. El discípulo favorito que aparece en este evangelio como figura, es tanto el que ama a Jesús como el que sabe amado por Él. Aquel que se sabe amado por Jesús hasta el fondo de su corazón puede creer en la resurrección, y confía en que el amor es más fuerte que la muerte, que el amor perdura, y es más valioso que todo lo demás.

Pero demos un paso más: ni a Pedro ni al discípulo amado se les ha dado el regalo del primer encuentro Ha sido María Magdalena la que ha encontrado en su búsqueda al Señor Resucitado. Sólo a la mujer que ama apasionadamente se le permite hablar con el Resucitado. La Magdalena no es sólo la pecadora, sino que ama mucho, y de hecho de ningún otro santo corren tantas leyendas en la historia de la Iglesia como de esta mujer misteriosa a la que el amor de Jesús transformó por completo. Ella amó mucho y fue amada de tal manera que experimentó la gran transformación del amor.

En el evangelio de Juan se expone con claridad cómo el duelo de María Magdalena se convierte en alegría. Mientras Pedro y Juan regresan a casa, María permanece junto al sepulcro. Desea quedarse cerca del lugar donde su amado Señor fue sepultado. Y estando María llorando junto al sepulcro, vio a dos ángeles de blanco, sentados en el sitio donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Ellos le preguntaron: ¿Por qué lloras?, y ella contestó: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto". 

María es valiente, pues aun en medio del dolor entra al sepulcro, pero la misma tristeza no le deja ver más allá de lo acontecido, está cautiva de su tristeza. Ella habla de Jesús como si le perteneciera, quiere consolarse al menos ungiendo su cuerpo muerto; no escapa del dolor, lo abraza, lo convierte en camino, y es el mismo dolor quien le guía para reencontrar a su amado.
Entonces, una vez que ha conversado con los ángeles, María se vuelve, y ve a Jesús ante ella. El diálogo con los ángeles provoca en ella una transformación, abre una puerta, y ante esa puerta está Jesús. Sin embargo, ella aún no le reconoce; vuelve a establecerse un diálogo, casi el mismo de antes: ¿Por qué lloras? porque se han llevado a mi Señor. Dice el evangelio que ella cree que es el jardinero. María se aferra al muerto, y por eso no ve al viviente. María, que ha sido valiente, necesita desprenderse de lo viejo, del pasado, del dolor que la ciega, para reconocer a Jesús que está de pié ante ella. Entonces la voz de Jesús irrumpe, y rompe el muro, la barrera que la separa de la nueva realidad; él le dice: María, y ella le llama: Maestro. Vuelve a reconocerse la relación especial de María Magdalena con Jesús: Él era su Señor y es su Maestro. La voz de Jesús, que ella conoce tan bien, vuelve a despertarla, llevándola a entrar en la nueva realidad o "nueva visión". El dolor de María atrae a Jesús, y el amor de Jesús despierta a María de su letargo doloroso.

Una hermosa imagen para nuestra meditación y contemplación es este encuentro entre Jesús y la Magdalena. Una invitación provocativa para que experimentemos en la propia vida que el amor es más fuerte que la muerte. Llévale a Jesús tu dolor, acude confiado a tu Señor y Maestro, y su voz, que habla en tu interior, pronunciará tu nombre, y te despertará. Somos importantes para Jesús, ha grabado nuestro nombre en la palma de su mano, no olvidemos nunca cuánto somos amados.

(Texto preparado a partir de otro de Anselm Grün)

viernes, 24 de abril de 2020

DE JESÚS, PASANDO POR LA EUCARISTÍA, A LA VIDA COTIDIANA

Comenzando a leer en nuestras Eucaristías el capítulo 6 del Evangelio de Juan: el discurso del Pan de Vida de Jesús. Referencias: hacia atrás, Moisés y el Éxodo; hacia adelante: la celebraciones de la comunidad cristiana en torno a la Palabra y el Pan de Vida compartido. Me sirve de pretexto esta lectura para tratar de sintetizar las ideas que voy rumiando en estos días; sigo preocupado por el sentido de nuestras Eucaristías. 

Tres momentos para la reflexión: 
1. La voluntad de Jesús: "Hagan esto en memoria mía". La pregunta es: ¿Qué nos manda Jesús que hagamos? ¿Repetir mecánicamente un rito, unas frases, unos gestos, como algo mágico? ¿O el ritual expresa y apunta a una realidad que no vemos con los ojos velados por la falta de fe? ¿Qué quiso decir Jesús? No puede entenderse su voluntad  si no es en el contexto en que se expresa: una comida, la presencia del Maestro y los discípulos en plan de amistad, de inminencia de la muerte, de la voluntad de entrega y servicio de Jesús.  El que Juan sustituya el relato  que todos conocemos por el lavatorio de los pies es altamente significativo, y siempre ha de estar presente al pensar la Eucaristía. 

2. Lo que hace la comunidad desde los inicios: reunirse, escuchar juntos la Escritura, compartir la mesa. Este es el rito que asumen los cristianos: lo ven como voluntad de Jesús, expresión de comunión con él, testimonio existencial. Va cambiando en sus formas a lo largo de la historia, pero conservando lo esencial hasta el presente. Existe el riesgo de cosificar el Misterio que celebramos, misterio de amor y comunión. A menudo no nos reunimos "con", "en", sino "para"; como se dice "aplicar la misa" por determinadas intenciones. ¿Dónde queda la gratuidad del encuentro? ¿Por qué se circunscribe todo a "comer la hostia", como si sólo ahí hubiera comunión, y no en toda la celebración? 

 3. Su interpretación: Es fundamental la interpretación que damos a lo que celebramos, el entender cómo se expresa y realiza el Misterio de nuestra fe. ¿Tienen valor esos ritos, símbolos, palabras, por sí mismos o son la expresión de algo más hondo, más alto, expresado por Jesús en aquella Última Cena ? Celebrar la Eucaristía implica "vivir eucarísticamente". Creo que con demasiada frecuencia nos quedamos en las formas y no vamos a la vida, que es lo más importante. Nuestras Eucaristías no pueden estar al borde del camino, sino ser camino ellas mismas, expresión de vida.

Lo expresa cabalmente Lucas en su relato de los discípulos de Emaús, que leeremos el próximo domingo: Jesús no está en un lugar distinto de la misma vida. Es en medio de ella donde cobra sentido la Eucaristía: la Palabra y el Pan de Vida se convierten en fraternidad, testimonio y solidaridad, o no son el camino de Jesús. ¿Cómo hacer que nuestras celebraciones sean verdadera expresión de lo que vivimos, y al mismo tiempo alimenten la vida nueva que vivimos en Cristo? ¿Cómo librarnos de esas "misas" que parecen, al menos en el lenguaje que usamos, manipular a Dios a nuestro antojo, usarlo para tapar nuestros agujeros, o tranquilizar nuestra conciencia?

He pensado y sigo pensando estos temas, porque creo que la Eucaristía es la expresión cabal de lo que significa ser cristiano y ser Iglesia; mientras nos quedemos en lo exterior y no busquemos dentro del Misterio que celebramos, seguirán siendo ritos religiosos que la gente usa con superstición, pero mira también con escepticismo. Lugares, expresiones, personajes, vinculados a unos rituales que buena parte del mundo relaciona con el pasado y no con el futuro y con la Vida. 

Fray Manuel de Jesús, ocd.

sábado, 18 de abril de 2020

NUESTRA VIDA HOY ES GALILEA (Segunda semana de Pascua)


En San Marcos y San Mateo, el ángel pide a las mujeres que digan a los discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea: allí lo  verán" (Mt 28,7). No sucede lo mismo con San Lucas, para quien Jerusalén constituye el centro, la meta, hacia la cual han de dirigirse los discípulos y su predicación. Pero Marcos y Mateo hablan de Galilea, es allí a dónde deben regresar los discípulos después de la Resurrección; no es en la santa ciudad de Jerusalén, sino en su tierra, en su casa, allí donde viven y trabajan, en medio de la vida cotidiana, donde van a volver a encontrar a Jesús.

 Galilea era la tierra donde conviven  judíos y gentiles, de ahí que estuviera mal vista por los más observantes  y la clase dirigente  judía. Galilea corresponde no sólo a lo cotidiano, sino al mestizaje, a la mezcla de la cual resulta nuestra vida.  Nuestra vida hoy es Galilea; en nosotros conviven mezclados judíos y gentiles. En nosotros están juntos la cercanía y la distancia de Dios, la fe y el escepticismo, el amor y el odio, lo vivo y lo rígido, la salud y la enfermedad, la solidaridad y el egoísmo, la luz y la oscuridad.  Convivimos con personas que buscan a Dios y con personas que lo rechazan o niegan, o simplemente que  no se preocupan por él; con  personas que amamos y con otras con las que tenemos poco en común. Personas que ofrecen lo mejor de sí en el momento de la crisis y personas que, al contrario, siembran desánimo, miedo y desesperanza. 

 Es ahí, en medio de esa mezcla, donde está nuestra Galilea, y es ahí donde vemos al Resucitado. Necesitamos ojos nuevos para verle, para reconocerle; lo primero es aprender a mirar, y luego más tarde conseguiremos oír. Es más fácil celebrar al Resucitado que reconocerlo en medio de la vida: en los muchos rostros e historias de gente que pasa a nuestro lado, en la alegría que supera el dolor, o la pobreza que sabe compartir lo poco, o en la abundancia que se vuelve solidaridad y desprendimiento. En la libertad o el riesgo frente a la imposición y el miedo, en la naturaleza, en la música, en todo el arte. También en los que se movilizan para aliviar el sufrimiento y la necesidad de sus semejantes.
Cierras los ojos un momento y escuchas los aleluyas pascuales que te regala la vida continuamente, y que siempre sabes escuchar.


A lo largo de todo el tiempo pascual la Escritura nos va regalando claves para vivir con gozo nuestra fe, creciendo siempre y madurando espiritualmente. Esta segunda semana de Pascua, tras el asombro compartido con los discípulos por la Resurrección del Señor, somos invitados a buscarle en medio de la vida, a contemplarlo ahí, a sentirlo caminando a nuestro lado, invitándonos a su mesa y partiendo el pan para nosotros. Y recuerda: las dudas son parte del camino, de la búsqueda: ¿era necesario...? Mirando nuestra vida con los ojos del Resucitado podemos ver que todo estaba en las manos de Dios, que estuvo bien, que todo sirvió para que se formara en mí la imagen de Dios que me sostiene y me libera. Confiemos en el Señor, también ahora que somos probados, y oremos con las palabras del apóstol:

"Bendito sea Dios, padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia que no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse, reservada para nosotros en el cielo".


Fray Manuel de Jesús