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miércoles, 27 de marzo de 2024

LAS TRES PROFECÍAS DE JESÚS

"Después de la oración habitual de los Salmos, todavía en camino hacia el lugar del reposo, Jesús hace tres profecías. 

Se aplica a sí mismo la profecía de Zacarías, cuando dijo que se heriría al «pastor» –que sería asesinado– y que, consiguientemente, se dispersarían las ovejas (cf. Za 13,7; Mt 26,31). Zacarías había aludido en una misteriosa visión a un Mesías que sufre la muerte y, por tanto, a una nueva dispersión de Israel. Sólo esperaba la salvación de Dios a través de estas tribulaciones extremas. Jesús da una forma concreta a esta visión, en sí misma sombría y dirigida hacia un futuro desconocido: sí, se hiere al pastor. Jesús mismo es el Pastor de Israel, Pastor de la humanidad. Y toma sobre sí la injusticia, la carga destructiva de la culpa. Se deja golpear. Se pone de parte de los vencidos de la historia. Ahora, en esta hora, eso significa también que la comunidad de los discípulos se dispersa, que esta nueva familia incipiente de Dios se disgrega antes incluso de haber comenzado a establecerse verdaderamente. «El pastor da la vida por las ovejas» (Jn 10,11). Estas palabras de Jesús, basándose en Zacarías, aparecen bajo una nueva luz: ha llegado el momento en que se cumplen. 

Sin embargo, a la profecía de adversidad sigue inmediatamente la promesa de salvación: «Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea» (Mc 14,28). «Ir delante» es una expresión típica en el lenguaje de los pastores. Jesús, pasando a través de la muerte, vivirá de nuevo. Como el Resucitado, es plenamente ese Pastor que en la travesía de la muerte guía por el camino de la vida. Ambas dimensiones forman parte del Buen Pastor: dar la propia vida e ir por delante. Más aún, el dar la vida es ya un preceder. Él guía precisamente por este dar la vida. Justamente mediante este «dar», Él abre la puerta hacia la inmensidad de la realidad. A través de la dispersión se produce la reunión definitiva de las ovejas. Al comienzo de la noche en el Monte de los Olivos aparece la palabra sombría del golpear y del dispersar, pero también la promesa de que precisamente así Jesús se manifestará como el verdadero Pastor, reunirá a los dispersos y los guiará hacia Dios, introduciéndolos en la vida. 

La tercera profecía es una ulterior modificación de las conversaciones con Pedro en la Última Cena. Pedro no se fija en la profecía de la resurrección. Percibe sólo el anuncio de muerte y dispersión, y esto le ofrece la oportunidad de ostentar su valor inquebrantable y su fidelidad radical a Jesús. Al ser contrario a la cruz, no puede entender la palabra resurrección y quisiera –como ya en Cesarea de Felipe– el éxito sin la cruz. Él confía en sus propias fuerzas.

 ¿Quién puede negar que su actitud refleja la tentación constante de los cristianos, e incluso también de la Iglesia, de llegar al éxito sin la cruz? Por eso se le ha de anunciar su debilidad, su triple negación. Nadie es por sí mismo tan fuerte como para recorrer hasta el final el camino de la salvación. Todos han pecado, todos necesitan la misericordia del Señor, el amor del Crucificado (cf. Rm 3,23s)".

Benedicto XVI
Jesús de Nazaret II

sábado, 23 de marzo de 2024

LA MUERTE DE JESÚS FUE CONSECUENCIA DE SU VIDA

"Al relatar la pasión de Jesús, cada evangelista coloca sus propios acentos en aquello que le interesa subrayar. Esto explica que, a partir del hecho histórico de la muerte de Jesús, se hayan construido relatos cargados también de intencionalidad teológica. 

Por ejemplo,  Lucas, en concreto, pone mucho cuidado en subrayar la inocencia de Jesús: Pilato la declara por tres veces; Herodes, implícitamente; y, de una forma expresa y contundente, el centurión romano al pie de la cruz. Lucas es también el único que pone en boca de Jesús las palabras sobre el perdón a quienes lo están crucificando, así como la promesa de vida al compañero de suplicio que se dirige a él. Suprime el grito del Salmo 22 (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”), y lo sustituye por el Salmo 31,6, que expresa una confianza más explícita (“En tus manos encomiendo mi vida”). 

Con todo, más allá de las peculiaridades propias de cada autor, es claro en todos ellos que la muerte de Jesús fue consecuencia de su vida: lo mataron porque estorbó a la autoridad. 

El “descuido” grave de la tradición cristiana consistió, precisamente, en desconectar la cruz de lo que había sido la práctica concreta del Maestro. De ese modo, la cruz vino a convertirse en un valor “abstracto” en sí misma: lo que nos habría salvado sería la cruz; bastaba creer en ello, aunque se desconociera la vida histórica de Jesús. 

Este planteamiento produjo, entre otras, dos consecuencias graves: el dolorismo y el doctrinarismo. El dolorismo consiste en la afirmación de que “el dolor es siempre bueno”. Si lo que nos había salvado había sido la cruz, y la cruz es dolor, la conclusión se imponía por sí misma: el dolor es bueno y a Dios le agrada. 

El doctrinarismo hizo del cristianismo “la religión de la cruz”, y parecía que ser cristiano era más una cuestión de creer –en el sentido de creencia o doctrina– que de vivir. Olvidada la práctica de Jesús, en sus rasgos más concretos, críticos, novedosos e incluso subversivos, se instauró una nueva “ideología religiosa”. 

Frente a ambos riesgos –de matriz eminentemente “religiosa” y egoica, aparte de mítica–, haríamos bien en recuperar la sencillez del evangelio y la práctica de Jesús, que me parecen van en la dirección de los sabios versos del gran poeta Antonio Machado: “Y más que un hombre al uso, que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. 

La cruz contiene el relato de un hombre bueno, que es aplastado por un poder político y religioso inhumano. Es, por eso también, un grito contra toda injusticia y de solidaridad con todos los crucificados".

Enrique Martínez Lozano.

sábado, 9 de abril de 2022

RECUPERAR LA SENCILLEZ DEL EVANGELIO Y LA PRÁCTICA DE JESÚS

 


"Al relatar la pasión de Jesús, cada evangelista coloca sus propios acentos en aquello que le interesa subrayar. Esto explica que, a partir del hecho histórico de la muerte de Jesús, se hayan construido relatos cargados también de intencionalidad teológica. Lucas, en concreto, pone mucho cuidado en subrayar la inocencia de Jesús: Pilato la declara por tres veces; Herodes, implícitamente; y, de una forma expresa y contundente, el centurión romano al pie de la cruz. Lucas es también el único que pone en boca de Jesús las palabras sobre el perdón a quienes lo están crucificando, así como la promesa de vida al compañero de suplicio que se dirige a él. Suprime el grito del Salmo 22 (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”), y lo sustituye por el Salmo 31,6, que expresa una confianza más explícita (“En tus manos encomiendo mi vida”). Con todo, más allá de las peculiaridades propias de cada autor, es claro en todos ellos que la muerte de Jesús fue consecuencia de su vida: lo mataron porque estorbó a la autoridad. El “descuido” grave de la tradición cristiana consistió, precisamente, en desconectar la cruz de lo que había sido la práctica concreta del Maestro. De ese modo, la cruz vino a convertirse en un valor “abstracto” en sí misma: lo que nos habría salvado sería la cruz; bastaba creer en ello, aunque se desconociera la vida histórica de Jesús. Este planteamiento produjo, entre otras, dos consecuencias graves: el dolorismo y el doctrinarismo. El dolorismo consiste en la afirmación de que “el dolor es siempre bueno”. Si lo que nos había salvado había sido la cruz, y la cruz es dolor, la conclusión se imponía por sí misma: el dolor es bueno y a Dios le agrada. El doctrinarismo hizo del cristianismo “la religión de la cruz”, y parecía que ser cristiano era más una cuestión de creer –en el sentido de creencia o doctrina– que de vivir. Olvidada la práctica de Jesús, en sus rasgos más concretos, críticos, novedosos e incluso subversivos, se instauró una nueva “ideología religiosa”. Frente a ambos riesgos –de matriz eminentemente “religiosa” y egoica, aparte de mítica–, haríamos bien en recuperar la sencillez del evangelio y la práctica de Jesús, que me parecen van en la dirección de los sabios versos del gran poeta Antonio Machado: “Y más que un hombre al uso, que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”. La cruz contiene el relato de un hombre bueno, que es aplastado por un poder político y religioso inhumano. Es, por eso también, un grito contra toda injusticia y de solidaridad con todos los crucificados". 

(Enrique Martínez Lozano, Otro modo de leer el Evangelio).

jueves, 1 de abril de 2021

JUEVES SANTO: LO IMPORTANTE ES EL AMOR

En la tarde de este jueves iniciamos los cristianos la celebración más importante de todo el año litúrgico: el TRIDUO PASCUAL, que hace memoria de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, llamado Cristo o Mesías. Me gustaría compartir algunas ideas sobre la primera de estas celebraciones, la del JUEVES SANTO, que es memorial de la Pascua de Jesús y aniversario de la Última Cena que tuvo Jesús con los suyos antes de encarar la muerte. Esta celebración hace referencia a la voluntad de Jesús de llevar a su plenitud el sentido del banquete pascual judío. Cristo aparece como el verdadero "cordero pascual", que se ofrece al Padre en sacrificio para alcanzare una vida nueva a los seres humanos.

La nota dominante del Jueves Santo es el amor, que instituye  la Eucaristía y el orden sacerdotal
. Entiendo que esto supone fraternidad y servicio. La Eucaristía es el sacramento del misterio de la Iglesia, como comunidad reunida en el amor. También en este día, o en días previos, suele celebrarse la llamada "Misa Crismal", por ser en la que se bendicen los oleos (crismas), que utilizamos en los sacramentos durante todo el año; esta misa manifiesta también la unión de los sacerdotes con su obispo diocesano. La misa de la Cena del Señor debe celebrarse en las últimas horas de la tarde, y el sagrario ha de estar vacío y abierto antes de la celebración de esta misa.


Un momento importante en esta celebración es el LAVATORIO DE LOS PIES: la liturgia nos invita a contemplar el gesto de Cristo lavando los pies a sus discípulos. Esto no debe quedarse en la mera anécdota, sino que debemos prestar atención profunda a este gesto y a lo que implica como actitud de servicio. Este rito nació en Toledo en el año 694, alcanzando luego gran popularidad en el mundo monástico, pues las abadías lo celebraban muy solemnemente, como expresión de la caridad para con los pobres.
Lamentablemente con el paso del tiempo estos fueron sustituidos por monjes, y quedó más como gesto ritual que como verdadera expresión de servicio. Este rito ha de ser celebrado con sencillez, evitando los ruidos y trasiego de muebles, preparando con antelación lo necesario. Según las normas litúrgicas, este rito no es obligatorio, puede omitirse, y además no necesariamente han de ser 12 personas, y también su condición puede variar.

Ha de resaltarse en este día la caridad de la comunidad que celebra, destacando por ejemplo el momento de acogida al templo, el rito de la paz, o las ofrendas dedicadas a los pobres. En este día no se dice el Credo, y se utiliza el primer prefacio de la Eucaristía, el más antiguo, cobrando particular relieve el momento en que se dicen las palabras de Jesús en la Última Cena. Si es posible ha de darse la comunión bajo las dos especies.


Al final de la Eucaristía se traslada el Cuerpo sacramentado del Señor al "Monumento", donde se reserva para la comunión eucarística del Viernes
. El Monumento ha de ser sencillo y no el momento para exhibir los objetos de valor que la comunidad conserva. Evitar también un excesivo barroquismo. Se lleva el Santísimo al Monumento al final de la celebración en procesión y luego allí se ora en silencio luego de algún canto adecuado, como el Tantum Ergo. La asamblea permanece orando, se puede hacer una sencilla meditación también sobre los temas propios de la jornada: eucaristía, sacerdocio, mandamiento del amor, y se pueden leer también pasajes del Evangelio. Esta adoración se realiza con solemnidad hasta la medianoche.

(Notas tomadas a partir del MISAL DE LA COMUNIDAD)

martes, 23 de marzo de 2021

LOS RELATOS DE LA PASIÓN DE JESÚS (2)


Para comprender mejor lo que distingue al Jesús de Marcos, en el relato de su pasión (es el texto que leeremos el próximo domingo de Ramos), presento ahora la imagen de Jesús en su pasión, tal y como aparece en los Evangelio de Lucas y Juan, según Raymond Brown (Cristo en los evangelios del año litúrgico, Sal Terrae).


LA PASIÓN DE JESÚS SEGÚN LUCAS:

El retrato de Lucas es diferente al de Marcos. Los discípulos son presentados bajo una luz más positiva, porque han permanecido fieles a Jesús en sus pruebas (22,28). Si en Getsemaní caen adormecidos (una vez, no tres), es por la tristeza. Incluso los adversarios quedan mejor, pues las autoridades judías no presentan testigos falsos y Pilato reconoce tres veces que Jesús no es culpable. La multitud está de parte de Jesús y se lamenta por lo que le han hecho, y el mismo Jesús se angustia más por los demás que por su propio destino. Cura la oreja del siervo en el momento del arresto, y camino al calvario se preocupa por las mujeres. Perdona a sus verdugos y promete el paraíso al “buen ladrón” que se arrepiente. La crucifixión se convierte en una ocasión para expresar la solicitud y el perdón divinos, y Jesús muere tranquilamente orando: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

LA PASIÓN DE JESÚS SEGÚN JUAN:

El relato de Juan presenta a un Jesús soberano que anuncia como un desafío: “Doy la vida para después recobrarla. Nadie me la quita” (10, 17-18). Cuando van a arrestarlo, los soldados romanos y guardias judíos, caen al suelo impotentes en el instante en que él pronuncia el nombre divino: “YO SOY”. En el huerto no ora para ser liberado de la hora de la prueba y la muerte, porque es en esta hora en la que se encuentra la finalidad entera de su vida (12,27). La autoconfianza de Jesús es una ofensa para el sumo sacerdote (18,22) y Pilato siente miedo cuando Jesús le dice: “No tienes ningún poder sobre mí” (19, 8.11). No aparece nadie para llevar la cruz, porque el mismo Jesús carga con ella, y su realeza es proclamada en tres lenguas y confirmada por Pilato. A diferencia de los otros evangelios, Jesús no está solo en el calvario, pues al pie de la cruz están el Discípulo Amado y la Madre de Jesús. Él establece entre estas dos figuras altamente simbólicas un vínculo mutuo, como hijo y madre, dejando tras de sí una familia de discípulos creyentes. No grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, porque el Padre, ha dicho, está siempre con él (16,32). Sus últimas palabras son una declaración solemne: “Todo se ha cumplido”, y solo cuando él mismo lo decide, entrega su espíritu. Incluso en el momento de la muerte dispensa vida, con el agua y la sangre que brotan de su interior, y su sepultura no está sin preparar, como en los otros evangelios; al contrario, reposa en medio de cien libras de oleos aromáticos, como corresponde a un rey.


Como vemos, hay notables diferencias entre los relatos que narran la pasión de Jesús; esto no debe molestarnos, ni tampoco preguntar cuál es la más fiel o la más correcta. Cada uno se acerca a Jesús de un modo diferente, resaltando algo esencial de su figura: Marcos presenta a Jesús experimentando las profundidades del abandono para al final ser justificado; en Lucas, Jesús se preocupa por los otros y reparte perdón a su alrededor; en Juan, Jesús reina victorioso desde la cruz, controlando todo lo que sucede. Cada una de estas imágenes, y de estos relatos, nos han sido dados por el Espíritu, y ninguna agota el significado que tiene Cristo para nosotros.

Cada año, en la Semana Santa, leemos dos relatos de la Pasión de Jesús, y así el eco de la historia y sus personajes, resuenan en la mente, el corazón y la vida de los creyentes, que con necesidades espirituales diferentes, encuentran sentido para sus vidas en la cruz de su Señor. Una imagen no excluye a las otras, la complementa, y todas juntas expresan un momento de nuestro propio camino de fe.

Fray Manuel de Jesús, ocd

sábado, 11 de abril de 2020

LEVÁNTATE PARA UNA VIDA NUEVA

El Viernes Santo celebramos la muerte de Jesús, y el Sábado Santo velamos, en oración y esperanza, para celebrar su resurrección. Dice la tradición de la Iglesia que él bajó hasta el abismo, o el infierno, es decir, el lugar de los muertos, y cuando salió, los llevó con él.  Así resuena hoy la llamada de Dios en el corazón de los cristianos, que ha de ser a su vez repetidor de la llamada del Padre al mundo entero: LEVÁNTATE. 

Sal de tus abismos, de tus sepulcros, de tus muertes, y escucha la voz amable y cálida de quien te llama a ser lo que eres, a encontrar tu verdadera identidad en el corazón del Creador. Desecha esas imágenes celestes elaboradas por nuestros propios miedos y manipulaciones. 

DIOS ES AMOR, y el amor es más fuerte que la muerte. 
LEVÁNTATE, tú eres mi hijo, no tengas miedo, que para ti he preparado mi descanso, mi PLENITUD. 

La Escritura es para mí una constante fuente de sorpresas, pues me regala luces para entender mi camino espiritual. Hace muchísimos años que leo cada mañana el salmo 94, y la frase: “Y no entrarán en mi descanso”. Me gustaba esa imagen, porque la sentía como una promesa de paz, aunque no deja de resultar para muchos como una amenaza que apura la conversión. Pero esta mañana he comprendido, en mi lectura, que ha de leerse esa frase, en paralelo con otra, de Génesis; tras haber trabajado arduamente en la creación, dice que Dios: “Al séptimo día descansó”. El descanso es la satisfacción, el completamiento, la PLENITUD. 

Es la razón de la oración del alma enamorada de Juan de la Cruz: no reparar en las migajas, sino quererlo todo, como Teresita. Es no dejarse enredar en el puente, y correr a la otra orilla, donde nos espera el Padre con los brazos abiertos, para empezar la fiesta de la VIDA. ¡Cuánto debemos caminar para entenderlo! ¡Cuánta vida perdida para ganar la verdadera!


¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!!!!

Fray Manuel de Jesús

jueves, 9 de abril de 2020

JUEVES SANTO: LA EUCARISTÍA A LA LUZ DEL LAVATORIO DE LOS PIES

Aunque ya he publicado varias entradas sobre el tema, no me resisto a compartir lo que escribe Fray Marcos, en FE ADULTA, para este jueves santo, a propósito de la Eucaristía. Expresa con claridad algunas inquietudes que me rondan desde hace ya algún tiempo en relación con el sacramento...


"La liturgia de este día se centra en el recuerdo de la cena: el lavatorio de los pies y las palabras y gestos que dieron lugar a la eucaristía. Ni los evangelistas, ni los exégetas se ponen de acuerdo si fue o no fue una cena pascual. No tiene mayor importancia, porque para nosotros lo esencial está en lo que va más allá del rito judío de la cena pascual. Esta Pascua no es ya la pascua de los judíos. Es curioso que los tres evangelistas, que narran la institución de la eucaristía, no hablen del lavatorio de los pies, y Juan, que narra el lavatorio de los pies, no dice nada de la institución de la eucaristía.

Tampoco sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. La protesta de Pedro deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada. Sin embargo, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras, está encerrado lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos. 

Debemos tomar conciencia de la importancia de los que celebramos, como la toma el evangelista Juan cuando hace esa grandiosa obertura: “Consciente Jesús de que había llegado su “hora”, la de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, les demostró su amor en el más alto grado. Pero no es menos sorprendente el final del relato: “¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el “Maestro” y el “Señor”; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”.

Comenzamos por el lavatorio de los pies. No porque sea más importante que la eucaristía, sino porque espero que esta reflexión nos ayude a comprenderla mejor. En ese gesto, Cristo está tan presente ahí como en la celebración de la eucaristía. Lavar los pies era un servicio que solo hacían los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como señor. Lo importante no es el hecho físico, sino el simbolismo que encierra. La plenitud de Jesús como ser humano está en el servir a los demás. Fijaos que ese profundo simbolismo es lo que se quiere manifestar en el evangelio de Juan.

El más espiritual y místico de los evangelistas, el que más profundiza en el mensaje de Jesús, ni siquiera menciona la institución de la eucaristía. Sospecho que la eucaristía se había convertido ya en un rito mágico y formal, vacío de contenido, y Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como don, como entrega. Jesús denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder o en el dominio de los demás, pero proclama que la verdadera plenitud humana está en parecerse a Dios, que se da siempre y a todos sin condiciones ni reservas.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”. Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaos! No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Tenemos que amar a los demás, eso sí, como Dios ama, como Jesús amó. Una eucaristía celebrada como una devoción más, que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús. Debemos hacer un verdadero esfuerzo por superar la tentación de seguir oyendo misa y comprometernos en la celebración de la eucaristía.

En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato del pan partido y del vino derramado; pero en la eucaristía corremos el riesgo de quedarnos en una visión espiritualista y abstracta que no afecta a mi vida concreta. La presencia real de Cristo en el pan y en el vino, entendida de una manera estática y física, nos ha impedido durante siglos descubrir el aspecto vivencial del sacramento y dejarnos al margen de la verdadera intención de Jesús al compartir esos gestos con sus discípulos.

Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi­cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Recordemos que “cuerpo” en la antropología judía del tiempo de Jesús, quería decir persona, no carne. Como si dijera: meteos bien en la cabeza que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dando mi propio ser a los demás. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos, es decir, que da Vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que me bebe. Eso soy yo. Eso tenéis que ser vosotros.

Por haber insistido exclusivamente en la presencia real de Cristo en la eucaristía, nos acercamos al sacramento como a una realidad misteriosa, pero que no tiene valor de persuasión, no me lleva a ningún compromiso con los demás. La presencia real, por el contrario, debía potenciar el verdadero significado del gesto. Nos debía recordar en todo momento lo que Jesús fue y lo que nosotros, como cristianos, debemos ser. El haber cambiado este sentido dinámico, por una adoración, ha empobrecido el sacramento hasta convertirlo en algo aséptico, que poco me exige y poco me motiva.

Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir, manifestando de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana, solo la alcanzaría cuando llegara a la donación total en la muerte asumida y aceptada. Solo un Jesús des-trozado puede ser asimilado e integrado en nuestro propio ser. Descubrir que destrozarnos, para que nos puedan comer, es también la meta para nosotros, es el primer objetivo de un seguidor de Jesús. 

Juan no menciona la eucaristía en el relato de la última cena, pero en el c. 6 encontramos la explicación de lo que es la eucaristía. “Yo soy el pan de Vida”. “Quien viene a mí, nunca pasará hambre; el que cree, nunca pasará sed”. Queda claro que comer el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre al servicio de los demás hasta deshacerse por ellos. El mayor peligro que tenemos hoy los cristianos es acercarnos al sacramento como medio de unirnos a Dios, olvidándonos de los hombres.

Dice más adelante: “El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me “come” vivirá por mí”. No hay una explicación más profunda de lo que significa este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también esa misma Vida definitiva, que no se verá alterada por la muerte biológica. Para hacer nuestra esa Vida, tenemos que aceptar la “muerte” a todo lo que hay en nosotros de caduco, de terreno, de transitorio, de individualismo, de egoísmo. Sin esa muerte, nunca podrá haber Vida. No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo".



Hoy va de AMOR. ¡Para volverse loco!

Los mil significados de la palabra nos despistan

La misma religión nos ha metido

por callejones sin puerta de salida

Con el AMOR, Jesús apuntó al infinito

Y quedamos mirando al simple dedo

El primer cristianismo lo vio claro

Usó el término “ágape” con un significado novedoso

aplicable solo a Dios que nos identifica con Él.

El Amor del que hablamos es Dios mismo.

Ni hay sujeto que ame ni hay amado.

No hay nada fuera de Él. No hay relación.

En Él todo queda unificado, no confundido

Lo poco que entendemos nos asusta.

No queremos ni hablar de sumergirnos

en el agujero negro de la Luz y la Vida.

Merodeamos en el horizonte de sucesos

sin dejarnos caer en lo absoluto

que haría nuestra meta irreversible.

Si no mantengo el ego, no lo acepto.

La salvación que espero es potenciarlo.

Ahora veréis por qué falla el mensaje.

El evangelio está sin estrenar. No es aceptable.

Lo hemos manipulado hasta la nausea.

Dios no es “cáritas” sino “ágape”, UNIDAD absoluta,

que nos permite seguir siendo sin ego.

Amar no es ir al otro sino al UNO.

FRAY MARCOS
(Tomado de FE ADULTA, con algunos retoques de mi parte)



miércoles, 8 de abril de 2020

LA EUCARISTÍA: CAMINO DE HUMANIZACIÓN.


Hay diferentes caminos para llegar a uno mismo, para ejercitarse en la individuación; están los métodos psicológicos, que nos enseñan a relacionarnos con nuestro pasado, con la sombra y el inconsciente, que nos ayudan a terminar con las falsas imágenes de uno mismo y a ahondar en nuestra propia esencia. Pero también están los métodos de la meditación y la contemplación, y en la contemplación ocupa un lugar importante la práctica de la buena respiración, estar atentos al flujo del aire en nosotros. La estructura de la respiración es una imagen decisiva para el camino de la persona hacia el sí mismo.  Se concreta en cuatro pasos: aceptar, soltar, ser uno y ser nuevo.  Cada camino hacia uno mismo pasa por estos cuatro pasos, y se aplica lo mismo en sentido psicológico y en sentido espiritual. 

 Estos cuatro pasos de la humanización constituyen también la estructura de la Eucaristía; aquí se vuelve a representar el camino que una vez realizó Jesús, para que seamos partícipes y para que, al igual que Jesús, y en comunión con él, nos transformemos, encontremos nuestro ser trascendente y seamos uno con Dios. Así, con Jesús, en la Eucaristía, seguimos su camino de hacerse hombre y llegar al Padre; de ese modo nos introduce también en el misterio de la vida humana. El camino de Jesús es un camino arquetípico, un camino que es típico para cada vida humana y que pone en movimiento algo en nosotros; según Carl Jung, los arquetipos son como agitadores que revuelven y producen algo en nosotros. 


Cuando nos entregamos al camino de Jesús, Él genera en nosotros una curación, su redención, y nos lleva a nuestra forma genuina a la vida verdadera. Ese camino tiene cuatro pasos, como antes dijimos, que se desarrollan consecutivamente en la Eucaristía (aceptar, soltar, ser uno y ser nuevo), y sobre los que vamos a dar algunas ideas a continuación: 

ACEPTAR: Es lo que sucede en la primera parte de la Eucaristía. Tras el saludo, en el que nos percibimos y aceptamos mutuamente, viene el acto de contrición, cuya finalidad es reconocernos en nuestra verdad y aceptarnos a nosotros mismos. Me presento ante Dios tal como soy, con lo bueno, y también con lo malo, con mis sombras, con mi culpa. No se trata de fingirse los peores, no es degradarse, ni despreciarnos: es ofrecer a Dios nuestra verdad, lo que somos. De lo contrario quedamos divididos, y por tanto separados de nuestra esencia, de nuestro verdadero ser, y así separados de Dios y de las personas. La culpa excluye, separa, divide; el acto de contrición busca llevarnos a la misericordia de Dios, en la que somos reconciliados,  y devueltos a la unidad del ser, a Dios y a la comunidad, donde somos uno. 

 Luego, toda la liturgia de la Palabra trata en torno a la aceptación; las lecturas, el Evangelio, quieren decirnos la verdad de lo que somos, revelarnos el misterio profundo del ser humano: que somos valiosos para Dios, que Dios mismo habita en nosotros. Es importante que nuestra dignidad y nuestra luz salgan y se manifiesten. A veces no solo reprimimos nuestra sombra, sino también la luz que llevamos dentro.

SOLTAR: Este es el segundo paso de la humanización, y tiene lugar cuando celebramos la muerte de Jesús en la Cruz, su entrega; ahí aprendemos a soltar, y al mismo tiempo a abrazar lo que cada día nos crucifica, el estar de acuerdo con las personas que cruzan mi camino, con lo que nos sale mal, con la enfermedad, con lo impredecible. Entonces sucede que aquello que nos crucifica se convierte en la Eucaristía en camino de vida verdadera. 

 El acto de soltar se concreta en los ritos de la preparación de las ofrendas y en la transustanciación.  Con el pan y el vino presentamos a Dios nuestra vida y la elevamos al ámbito divino; le entregamos nuestra cotidianidad, nuestro trabajo, nuestros éxitos, nuestros anhelos, nuestro amor, nuestras alegrías.  Le ofrecemos todo a Dios para que lo acepte y lo transforme. Soltamos, le cedemos todo a Dios, lo dejamos en sus manos, para que él nos lo devuelva transformado. 

También el acto de soltar se relaciona con la transustanciación, donde nuestras ofrendas se transforman por el Espíritu de Dios en cuerpo y sangre de Jesucristo. Es un momento de creación, en el que el pan y el vino son convertidos en ofrenda divina, en cuerpo y sangre, y así nos regala Dios en su Hijo presente un nuevo comienzo. Lo humano, lo cotidiano, una vez ofrecido, es recreado y entra en el ámbito divino, que es su origen último. Lo que ofrecemos, junto al pan y al vino, se nos devuelve como pan de vida y bebida de salvación. Lo que ofrecemos, se santifica, se hace santo. 

SER UNO: Este es el tercer paso en el camino de la contemplación y en el proceso de humanización que acontece en la Eucaristía, y sucede en el momento de la Comunión, cuando comemos del cuerpo y la sangre de Cristo. Ahí, al compartir la mesa, somos uno con Jesús, y por Él, uno con Dios. Somos sumergidos en la vida que transcurre entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; somos aceptados en la comunidad de la Trinidad de Dios. Antes, el trabajo de auto comprenderme y aceptarme era más mío, pero ahora Dios hace más, y la aceptación alcanza otro nivel, si yo lo permito, si lo acepto; si Dios es uno conmigo y yo soy uno con Dios, puedo integrarlo todo: mi vida, mi cuerpo, mi espíritu, mis lados claros y oscuros, mis fortalezas y mis debilidades. Me reconcilio con mi historia, con mi pasado, con lo que vino en el presente, y también reconciliarme con mi mortalidad, mi precariedad, mi finitud.

 Cuando yo reconozco y afirmo lo que Dios hace en mí en la Eucaristía, podré abrir mis resistencias a la vida, soltarme y dejarme caer en las manos de Dios. Ahí encuentro la paz, la que viene de Él, y la puedo compartir y ofrecer a los que Él pone en mi camino. 

SER NUEVO: Este es el cuarto paso de la humanización que podemos vivir en la Eucaristía, el renacimiento. Al ser uno con Cristo, hemos renacido, hemos sido recreados gracias a su Espíritu. Ahora somos partícipes de su resurrección que destruye y transforma nuestra muerte. En la comunión nos reconocemos de otro modo, encontramos un UNO que es nosotros, y podemos levantarnos de todos nuestros sepulcros y muertes, de la autocompasión o el rechazo, de la resignación y la decepción, de la tristeza y del miedo. Como dijo Pablo: "El que está en Cristo es una criatura nueva, una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo" (2 Co 5, 17). Qué importante es saber reconocer, en medio del pasado, de la historia que nos marca y traemos con nosotros, eso nuevo que crea el Espíritu en nosotros constantemente, en cada Eucaristía y en cada momento de la vida también. Ahí están también en nosotros la creatividad, la vitalidad, la imaginación. 


No es que olvidemos lo que hay, que cerremos los ojos, que ignoremos las heridas; los podemos contemplar ahora todo, porque al mismo tiempo contemplamos a Jesucristo, que nos ha dado su Espíritu, que nos recrea constantemente con su vida eternamente nueva. Si dejamos que ese Espíritu sople en esos momentos de meditación, de oración y de comunión, el pasado, y lo que no nos deja ser lo que somos, pierde su poder sobre nosotros. Seguirá presente por el momento, pues la curación puede llevar tiempo, pero no será la única realidad, no la más importante, no la que me define como persona. En medio de mi vida herida hay algo nuevo, que brota y se abre paso, y la primavera de Dios acabará estallando dentro, con toda su fuerza.

Estos cuatro pasos, caigamos en la cuenta, son los mismos que hemos mencionado cuando tratamos de comprender, desde esta misma perspectiva, el Triduo Sacro: jueves santo (acoger o aceptar), viernes santo (soltar, entregar), sábado santo (ser uno, unidad) y domingo de resurección (ser nuevo, renacer). Toda la vida espiritual está marcada por estos cuatro momentos.

((Resumen personal de textos de Anselm Grün).

JUDAS, NUESTRAS TRAICIONES Y UN AMOR MÁS GRANDE

La liturgia de la Iglesia, en los días que preceden inmediatamente al jueves y viernes santo, insiste en recordar a Judas. Es indudable que la figura del discípulo traidor evoca cosas muy importantes a los lectores de los Evangelios, y no debemos dejar de detenernos en ellas. Judas pone en evidencia que la traición está presente en medio de todo relato humano, traiciones grandes y pequeñas; traición a la amistad, al grupo o a la comunidad, traición a la vida. 

La deshumanización en los instantes que más nos humanizan, como es este caso la mesa compartida. La mesa es espacio de fraternidad, y era un espacio muy significativo para Jesús, que la compartía con pobres y pecadores como señal de la presencia del Reino. Ahora es en la mesa donde se patentiza la traición de Judas: el que comparte el pan lo va a entregar, e incluso otro lo va a negar, y todos lo abandonaran. Pero curioso, es también en en medio de ese contexto donde nos deja el mandamiento nuevo: ámense unos a otros como yo les he amado. 

Mateo, en su Evangelio, acentúa fuertemente el fracaso de los discípulos: Judas entrega a Jesús, Pedro le niega, los demás huyen. Pero lo hace, no para criticar o condenar, tampoco para desalentar a los lectores: todo lo contrario. Cuando Mateo escribe la Iglesia era perseguida y muchos cristianos se desalentaban y abandonaban la fe. La pregunta era: ¿Podemos volver? Mateo responde sugiriendo que nosotros podemos romper con Jesús, pero Él nunca rompe con nosotros. Su amor es mayor que nuestra infidelidad. Es un MENSAJE MUY IMPORTANTE que recibimos durante la Semana Santa: la acogida y el amor de Jesús supera siempre la derrota y el fracaso de los discípulos.

La última cena, más que un acto religioso, fue una cena de despedida, un acto profundamente humano, cargado de intimidad, de miedos, de oscuridades, y también de cinismo y de traiciones. Como la vida misma, la vida de un hombre entre los hombres. Y en ella, Jesús mostró la plenitud de lo humano, cuando nos mostró que el amor de Dios está siempre por encima de nuestras traiciones.

Hay un Judas en cada uno de nosotros, pero solo la falta de confianza nos apartará del Maestro.

lunes, 6 de abril de 2020

ENTRAMOS EN LA SEMANA SANTA...

Entramos en la Semana Santa, en los días que gozan del calificativo de "santo". Son días benditos en los que la misericordia de Dios se hace más accesible al ser humano. La Semana Santa es la celebración culminante de todo el ciclo litúrgico, a la vez que es meta obligada en la que desemboca la práctica y vivencia cuaresmales. Los días que median entre el Domingo de Ramos y el Jueves Santo revisten un tono de tristeza por la tragedia que se acelera y la la muerte que se avecina. 

La unción de Cristo (lunes), la entrega salvadora (martes) y la traición de Judas (miércoles) nos introducen de lleno en el Triduo Sacro, que mantiene en cada celebración la intensificación propia en el misterio pascual de nuestra redención. La fragancia del perfume con que fue ungido Cristo es signo adelantado de la unción que va a recibir con su muerte; luego alerta sobre el culto a la personalidad  y el ocultar las propias limitaciones, como si ellas no contasen también en el proyecto de Dios; finalmente nos alerta acerca de las pequeñas traiciones cotidianas que pueden llevarnos a renunciar al propósito original con que comenzamos este camino de liberación y humanización plenas. 

Vivamos los cristianos estos días con profunda devoción, orando así: "Dios, cuyo poder está fundado en un amor infinito, mira la fragilidad de nuestra condición humana, propensa al dolor, la enfermedad y el pecado, y levanta nuestra débil esperanza con la fuerza de la pasión generosa de tu Hijo". Amen.

jueves, 2 de abril de 2020

CELEBRAR LA VIDA (Introducción a la Semana Santa)


Al término de la Cuaresma, Jesús aparece ante nosotros como la expresión máxima de la VIDA. Es el mejor modo de cerrar y resumir este itinerario de cinco semanas que ha tenido como propósito proponernos una vez más la CONVERSIÓN, es decir, la necesidad de estar abiertos siempre al cambio, a la transformación interior, y no quedarnos en lo de siempre, acomodados, creyendo que ya está todo hecho.

Sin embargo, nuestra comprensión de algunas realidades y palabras religiosas peca siempre de mediocre, de pietista, y concluimos que es una mera invitación a ser buenos, a portarnos bien y “cumplir”, a rezar, mientras todo lo demás de nuestra vida sigue igual. En más de 2000 años de cristianismo todavía nos cuesta reconocer la VIDA, en grande, con mayúsculas, que Jesús nos propone.

El mensaje de la Iglesia ha tenido a menudo un carácter fúnebre, insistiendo en demasía sobre el dolor, el sufrir, el morir, y luego acompañado por ideas afines: castigo y premio, infierno o purgatorio, las penas y los demonios. Sólo al final de esa larga cadena de propuestas aparece la vida, y con la coletilla siempre de “eterna”; es decir, después, un día en el futuro, no ahora.

Pero el mensaje de Jesús, su “Evangelio”, su buena nueva, comienza por decirnos que tenemos un Dios que es PADRE, y que nos ha llamado a la VIDA. Humanidad y santidad no son vocaciones opuestas, al contrario; la santidad es una llamada a VIVIR EN PLENITUD. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. El pecado tiene que ver con la muerte, con la perdida de orientación y sentido, con la renuncia a nuestra vocación primordial. Convertirse es regresar al camino de la VIDA, de la vida grande, la vida plena, y ahora sí, la VIDA ETERNA. Eterna no tanto por su duración, sino por su calidad, la vida verdadera.

El encuentro con Jesús tiene necesariamente que llevar este significado: encuentro con la VIDA. No debe ser el cristiano un ser humano que se conforma con vivir al “mínimo”, que niega el disfrute y la belleza de la creación, que siempre le está poniendo “pegas” a la vida. Claro que existir lleva implícito también el sufrir, que hay dolor, que se paga un precio por vivir; pero eso no significa rebajar la vida, significa un mayor aprecio por ella, un valorarla con realismo, y un amarla como don precioso de Dios para sus hijos. Defender la vida ha de ser mucho más que rechazar el aborto y la eutanasia (que refieren al principio y al fin de la existencia humana); ha de ser también trabajar incansablemente por la felicidad y la justicia, por la satisfacción de una vida en la que podamos alcanzar nuestras mejores aspiraciones, una vida en la que podamos ser libres y responsables, una vida que es VIDA (en grande) porque está hecha de AMOR.

El itinerario cuaresmal es por tanto un reconsiderar nuestra existencia a la luz de la VIDA que nos ganó CRISTO. “Yo te digo que si tú crees verás la gloria de Dios”. Habrá que preguntarse, no tanto ¿Cómo vivo, sino, Vivo? ¿Estoy VIVIENDO con la PLENITUD para la cual me llamó CRISTO? ¿Veo para creer o creo para ver la gloria de Dios en medio de (mi) la vida?

Digamos que la Semana Santa es como un arquetipo de nuestra propia autorrealización humana; Ese camino a la plenitud, a la felicidad, a la santidad, o a la VIDA se desarrolla en varias etapas, comenzando por la alternancia de triunfo o fracaso que vislumbramos en el Domingo de Ramos. Pero luego el Triduo lo hace más patente:

1- Aceptación, la presencia del amor en nuestra vida, la capacidad de servir (Jueves santo)
2- Abandono, la presencia del mal en nuestra vida, la traición, el rechazo, la muerte (Viernes santo)
3- Unificación o reconciliación con nuestro verdadero ser y vínculo con el Dios de la Vida (Sábado Santo)
4- Renovación, renacimiento, volver a empezar, reconocer la bendición (Pascua)

Quiera Dios que la celebración gozosa de estos misterios vivificantes de nuestra fe nos DESPIERTEN de este sueño de mediocridad, de conformismo, de miedo, de falta de esperanzas, de pecado y pasividad, de sensualismo y de idolatría, para hacernos VERDADEROS Y ALEGRES TESTIGOS DE LA VIDA, Testigos de Cristo, vivo y resucitado, en cada uno de nosotros. El EVANGELIO es un potente estímulo para DEFENDER LA VIDA frente a los poderes de muerte que tienen su fundamento en el pecado de la humanidad (egoísmo, violencia, mentira, afán de poder y de riquezas); como dijo Juan Pablo II a lo largo de todo su ministerio apostólico: “No tengan miedo de acoger a Cristo en sus vidas”, y luego Benedicto XVI añadiría: “Cristo no quita nada y lo da todo”, porque Cristo es VIDA, y vida en abundancia.

No creamos que cambiando a Cristo y la verdad de su evangelio por satisfacciones pasajeras y temporales viviremos más o seremos más felices; ténganlo presente especialmente los más jóvenes, lo saben bien los de más edad. La vida y la felicidad son otra cosa. Dios lo sabe, por eso y porque nos ama no se cansa de llamar. “Yo soy el camino, y la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Como a Lázaro, hoy Jesús nos llama también a nosotros a salir de los sepulcros; nos dice, a cada uno: “Levántate y anda”. Vive, busca la Verdad, sirve a tus hermanos. Vivir es casi un mandamiento para nosotros; lo reconoció hace cientos de años San Ireneo, con una frase que es antológica en teología: “La gloria de Dios es el hombre vivo”.

Gracias, Señor, por esta Cuaresma tan especial que hemos vivido en Iglesia; danos, Señor, vestirnos de fiesta en esta Pascua, para contigo CELEBRAR LA VIDA.
Amén.


Fray Manuel de Jesús, ocd

lunes, 30 de marzo de 2020

NOS QUEDA EL EVANGELIO

Faltan pocos días para terminar la Cuaresma, pocos para la Semana Santa, y a todos nos inquieta pensar cómo la viviremos en las actuales condiciones de distanciamiento social. Toca a la creatividad de cada uno descubrir el modo, para vivirla como un verdadero momento de gracia; quiero compartir un texto de José María Castillo, que nos recuerda algo fundamental para hacerlo. Importante que al hacernos la pregunta, no olvidemos esto: 

"Estamos en vísperas de la Semana Santa más vacía de toda mi vida. Una Semana Santa sin santos, sin cofradías, sin procesiones, sin “oficios” y ceremonias en las iglesias, sin viajes ni vacaciones, sin turistas ni turismos, sin libertad para salir a la calle, sin salud y sobrados de miedos, amenazados por una economía que se tambalea. Y todos con la pregunta de si los políticos podrán sacarnos de la situación penosa que nos puede amenazar.

¿Qué nos queda en pie, además de los miedos y peligros que nos amenazan? A las víctimas del coronavirus y sus familias, salir de esta situación cuanto antes. A otras muchas gentes, pasar estos días lo mejor posible. Y para quienes tenemos creencias religiosas – además de lo dicho - ¿qué nos queda? A los creyentes y a todas las personas de buena voluntad, nos queda el Evangelio. Que nos explica la razón de ser y lo esencial de la Semana Santa. Porque – lo digo con insistencia y firmeza – una Semana Santa, que no tiene en cuenta el Evangelio de la pasión de Jesús, es como un banquete presentado en platos elegantes, camareros de etiqueta y músicas de ensueño, pero un banquete en el que no se les da ni un garbanzo crudo a los comensales. O lo que es peor: aprovechar el recuerdo de la muerte de Jesús, para pasar una semana de juerga, descanso y diversión".

José María Castillo
(Teología sin censura)
Religión Digital

viernes, 19 de abril de 2019

VIERNES SANTO: LA MUERTE VICTORIOSA

La muerte es el acto definitivo del hombre. Le enfrenta con el propio destino y le hace tomar una opción fundamental. Agudiza el misterio humano; acentúa la soledad del individuo, pone a prueba la relación con los otros mediante la elección entre la comunión o la ruptura, cuestiona el futuro y la esperanza. No es superficial el enfrentamiento con la muerte. 

Ante su muerte, el ser humano se encuentra desamparado, abandonado. El grito humano que se resiste a morir no recibe por parte de Dios otra respuesta que el silencio. ¿Por qué me has desamparado? Los seres humanos tampoco, a la hora de la muerte, pueden hacer nada a nuestro lado, tanto si son amigos como enemigos. La muerte supone preguntas tan lúcidas como el sentido de la vida, su logro o equivocación, si hay alguien que nos acoge y si queda un resquicio para la confianza.  Alrededor hay noche oscura.

La muerte proporciona la oportunidad de realizar el acto de fe definitivo. Una fe contra toda evidencia, una esperanza contras toda esperanza; la confianza que traspasa la espesa noche de la nada para encontrar unas manos que nos acogen con amor infinito. 
"A tus manos encomiendo mi espíritu". 

Esta es la muerte victoriosa, la que vence a la misma muerte en su propio terreno. Muerte con sentido que salva al hombre, que le prepara para la comunión con Dios y la relación sin trabas con los demás y con el universo. Esta muerte es la transformación necesaria para entrar a vivir sin riesgos el nuevo mundo en el que se ha creído y esperado. En la cruz de Jesús se abren de par en par las puertas de la resurrección gloriosa del ser humano.
Así, en el relato de la pasión, en Juan, las últimas palabras de Jesús en la cruz son estas: "Todo está cumplido".

(Notas tomadas del MISAL DE LA COMUNIDAD)


miércoles, 17 de abril de 2019

JUEVES SANTO: EL SACRAMENTO DEL DIOS AMOR

Dios es amor. La manifestación de Dios en Jesús de Nazaret se caracteriza por un amor que llega hasta el extremo, hasta la locura.  Este amor de Dios es pensado como un servicio al hombre y a su mundo, como un compromiso de Dios para ayudar a que el ser humano llegue a vivir dignamente en el mundo. 

Este misterio de Dios revelado en Jesús es, a la vez,  la manifestación de lo que ha de llegar a ser el mundo. El principio animador de toda transformación ha de ser el amor. Este espíritu crea la fraternidad humana y hace que unos estén al servicio de los otros.  Esto supone que el hombre frente al hombre no es un competidor ni un ser que se apropia de lo de los demás y lo acumula en su propio provecho.  La fraternidad conlleva la comprensión, la comunión, la confianza mutua. La alianza de Dios con el hombre empuja, por un lado, a realizar la promoción de la sociedad, superar las estructuras que esclavizan, y estar dispuestos a salir hacia una tierra donde sea posible la libertad. 

La Eucaristía es el sacramento de toda la obra salvadora de Dios y de la vivencia que de esta salvación tiene la comunidad. En ella se hace presente la comunión con Dios y la comunión fraternal. Los gestos del servicio de Cristo exigen que todos los miembros de la comunidad estén dispuestos a poner lo propio en común. Por otro lado, es necesario que al comer la Eucaristía, sacramento de la Pascua, se esté dispuesto a emprender el camino de la liberación; es un signo que manifiesta nuestra decisión de pasar de la esclavitud a la libertad, de un mundo envejecido a la nueva creación.

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La celebración eucarística no es solamente el centro del culto cristiano, sino el espacio esencial de la proclamación evangélica. En el cristianismo, el culto no puede ser exclusivamente litúrgico, sino también profético.

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Jesús, que es el único Señor y Maestro, adopta en el seno dce la comunidad una actitud inequívoca de servicio. De aquí que es incomprensible que pertenezcan a una iglesia cristiana, y mucho menos que ocupen en ella puestos de honor, lo que del ejercicio de la autoridad han hecho una opresión, una explotación o una tiranía.

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Solamente es posible celebrar la Eucaristía si hay en la comunidad una verdadera actitud de servicio mutuo. Para celebrar el sacramento del cuerpo de Cristo es necesario que la comunidad sea por la unidad del cuerpo de Cristo.  Si se vive en comunión, si la fe vivida ha hecho poner en común lo propio, entonces se puede participar en la comunión con  Jesucristo. De lo contrario, es preferible que tomemos más en serio el sacramento de la muerte del Señor. Dejemos la ofrenda en el altar y ocupémonos de hacer surgir la comunidad por la vivencia de la fe. 

(Notas tomadas del MISAL DE LA COMUNIDAD)