miércoles, 5 de marzo de 2025

CUARESMA: IR A LO ESENCIAL (Francisco)

«Tocad la trompeta, proclamad un ayuno santo» (Joel 2,15), dice el profeta en la primera lectura. La Cuaresma se abre con un sonido estridente, el de una trompeta que no acaricia los oídos, sino que anuncia un ayuno. Es un sonido fuerte, que quiere ralentizar nuestra vida que siempre va a toda prisa, pero a menudo no sabe hacia dónde. Es una llamada a detenerse –un “¡detente!”–, a ir a lo esencial, a ayunar de aquello que es superfluo y nos distrae. Es un despertador para el alma.

El sonido de este despertador está acompañado por el mensaje que el Señor transmite a través de la boca del profeta, un mensaje breve y apremiante: «Conviértanse a mí» (v. 12). Conversión. Si tenemos que regresar, significa que nos hemos ido por otra parte. La Cuaresma es el tiempo para redescubrir la ruta de la vida. Porque en el camino de la vida, como en todo viaje, lo que realmente importa es no perder de vista la meta. Sin embargo, cuando estás de viaje, si lo que te interesa es mirar el paisaje o pararte a comer, no vas muy lejos. Cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿en el camino de la vida, busco la ruta? ¿O me conformo con vivir el día, pensando solo en sentirme bien, en resolver algún problema y en divertirme un poco? ¿Cuál es la ruta? ¿Tal vez la búsqueda de la salud, que muchos dicen que es hoy lo más importante, pero que pasará tarde o temprano? ¿Quizás los bienes y el bienestar? Sin embargo no estamos en el mundo para esto. Convertíos a mí, dice el Señor. A mí. El Señor es la meta de nuestro peregrinaje en el mundo. La ruta se traza en relación a él.

Para encontrar de nuevo la ruta, hoy se nos ofrece un signo: ceniza en la cabeza. Es un signo que nos hace pensar en lo que tenemos en la mente. Nuestros pensamientos persiguen a menudo cosas transitorias, que van y vienen. La ligera capa de ceniza que recibiremos es para decirnos, con delicadeza y sinceridad: de tantas cosas que tienes en la mente, detrás de las que corres y te preocupas cada día, nada quedará. Por mucho que te afanes, no te llevarás ninguna riqueza de la vida. Las realidades terrenales se desvanecen, como el polvo en el viento. Los bienes son pasajeros, el poder pasa, el éxito termina. La cultura de la apariencia, hoy dominante, que nos lleva a vivir por las cosas que pasan, es un gran engaño. Porque es como una llamarada: una vez terminada, quedan solo las cenizas. La Cuaresma es el momento para liberarnos de la ilusión de vivir persiguiendo el polvo. La Cuaresma es volver a descubrir que estamos hechos para el fuego que siempre arde, no para las cenizas que se apagan de inmediato; por Dios, no por el mundo; por la eternidad del cielo, no por el engaño de la tierra; por la libertad de los hijos, no por la esclavitud de las cosas. Podemos preguntarnos hoy: ¿De qué parte estoy? ¿Vivo para el fuego o para la ceniza?

En este viaje de regreso a lo esencial, que es la Cuaresma, el Evangelio propone tres etapas, que el Señor nos pide de recorrer sin hipocresía, sin engaños: la limosna, la oración, el ayuno. ¿Para qué sirven? La limosna, la oración y el ayuno nos devuelven a las tres únicas realidades que no pasan. La oración nos une de nuevo con Dios; la caridad con el prójimo; el ayuno con nosotros mismos. Dios, los hermanos, mi vida: estas son las realidades que no acaban en la nada, y en las que debemos invertir. Ahí es hacia donde nos invita a mirar la Cuaresma: hacia lo Alto, con la oración, que nos libra de una vida horizontal y plana, en la que encontramos tiempo para el yo, pero olvidamos a Dios. Y después hacia el otro, con caridad, que nos libra de la vanidad del tener, del pensar que las cosas son buenas si lo son para mí. Finalmente, nos invita a mirar dentro de nosotros mismos con el ayuno, que nos libra del apego a las cosas, de la mundanidad que anestesia el corazón. Oración, caridad, ayuno: tres inversiones para un tesoro que no se acaba.

Jesús dijo: «Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6,21). Nuestro corazón siempre apunta en alguna dirección: es como una brújula en busca de orientación. Podemos incluso compararlo con un imán: necesita adherirse a algo. Pero si solo se adhiere a las cosas terrenales, se convierte antes o después en esclavo de ellas: las cosas que están a nuestro servicio acaban convirtiéndose en cosas a las que servir. La apariencia exterior, el dinero, la carrera, los pasatiempos: si vivimos para ellos, se convertirán en ídolos que nos utilizarán, sirenas que nos encantarán y luego nos enviarán a la deriva. En cambio, si el corazón se adhiere a lo que no pasa, nos encontramos a nosotros mismos y seremos libres. La Cuaresma es un tiempo de gracia para liberar el corazón de las vanidades. Es hora de recuperarnos de las adicciones que nos seducen. Es hora de fijar la mirada en lo que permanece.

¿Dónde podemos fijar nuestra mirada a lo largo del camino de la Cuaresma? Es sencillo: EN CRISTO. Jesús en la cruz es la brújula de la vida, que nos orienta al cielo. La pobreza del madero, el silencio del Señor, su desprendimiento por amor nos muestran la necesidad de una vida más sencilla, libre de tantas preocupaciones por las cosas. Jesús desde la cruz nos enseña la renuncia llena de valentía. Pues nunca avanzaremos si estamos cargados de pesos que estorban. Necesitamos liberarnos de los tentáculos del consumismo y de las trampas del egoísmo, de querer cada vez más, de no estar nunca satisfechos, del corazón cerrado a las necesidades de los pobres. Jesús, que arde con amor en el leño de la cruz, nos llama a una vida encendida en su fuego, que no se pierde en las cenizas del mundo; una vida que arde de caridad y no se apaga en la mediocridad. 
¿Es difícil vivir como él nos pide? Sí, es difícil, pero lleva a la meta. La Cuaresma nos lo muestra. Comienza con la ceniza, pero al final nos lleva al fuego de la noche de Pascua; a descubrir que, en el sepulcro, la carne de Jesús no se convierte en ceniza, sino que resucita gloriosamente. También se aplica a nosotros, que somos polvo: si regresamos al Señor con nuestra fragilidad, si tomamos el camino del amor, abrazaremos la vida que no conoce ocaso. Y ciertamente viviremos en la alegría.

Francisco
6 marzo 2019

martes, 4 de marzo de 2025

CUARESMA 2025: MENSAJE DEL PAPA FRANCISCO

 Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma 2025: Caminemos juntos en la esperanza, 25.02.2025


Publicamos a continuación el Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma de 2025 sobre el tema «Caminemos juntos en la esperanza».

Mensaje del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Con el signo penitencial de las cenizas en la cabeza, iniciamos la peregrinación anual de la santa cuaresma, en la fe y en la esperanza. La Iglesia, madre y maestra, nos invita a preparar nuestros corazones y a abrirnos a la gracia de Dios para poder celebrar con gran alegría el triunfo pascual de Cristo, el Señor, sobre el pecado y la muerte, como exclamaba san Pablo: «La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?» ( 1 Co 15,54-55). Jesucristo, muerto y resucitado es, en efecto, el centro de nuestra fe y el garante de nuestra esperanza en la gran promesa del Padre: la vida eterna, que ya realizó en Él, su Hijo amado (cf. Jn 10,28; 17,3) [1].

En esta cuaresma, enriquecida por la gracia del Año jubilar, deseo ofrecerles algunas reflexiones sobre lo que significa caminar juntos en la esperanza y descubrir las llamadas a la conversión que la misericordia de Dios nos dirige a todos, de manera personal y comunitaria.

Antes que nada, caminar. El lema del Jubileo, “Peregrinos de esperanza”, evoca el largo viaje del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, narrado en el libro del Éxodo; el difícil camino desde la esclavitud a la libertad, querido y guiado por el Señor, que ama a su pueblo y siempre le permanece fiel. No podemos recordar el éxodo bíblico sin pensar en tantos hermanos y hermanas que hoy huyen de situaciones de miseria y de violencia, buscando una vida mejor para ellos y sus seres queridos. Surge aquí una primera llamada a la conversión, porque todos somos peregrinos en la vida. Cada uno puede preguntarse: ¿cómo me dejo interpelar por esta condición? ¿Estoy realmente en camino o un poco paralizado, estático, con miedo y falta de esperanza; o satisfecho en mi zona de confort? ¿Busco caminos de liberación de las situaciones de pecado y falta de dignidad? Sería un buen ejercicio cuaresmal confrontarse con la realidad concreta de algún inmigrante o peregrino, dejando que nos interpele, para descubrir lo que Dios nos pide, para ser mejores caminantes hacia la casa del Padre. Este es un buen “examen” para el viandante.

En segundo lugar, hagamos este viaje juntos. La vocación de la Iglesia es caminar juntos, ser sinodales [2]. Los cristianos están llamados a hacer camino juntos, nunca como viajeros solitarios. El Espíritu Santo nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir hacia Dios y hacia los hermanos, y nunca a encerrarnos en nosotros mismos [3]. Caminar juntos significa ser artesanos de unidad, partiendo de la dignidad común de hijos de Dios (cf. Ga 3,26-28); significa caminar codo a codo, sin pisotear o dominar al otro, sin albergar envidia o hipocresía, sin dejar que nadie se quede atrás o se sienta excluido. Vamos en la misma dirección, hacia la misma meta, escuchándonos los unos a los otros con amor y paciencia.

En esta cuaresma, Dios nos pide que comprobemos si en nuestra vida, en nuestras familias, en los lugares donde trabajamos, en las comunidades parroquiales o religiosas, somos capaces de caminar con los demás, de escuchar, de vencer la tentación de encerrarnos en nuestra autorreferencialidad, ocupándonos solamente de nuestras necesidades. Preguntémonos ante el Señor si somos capaces de trabajar juntos como obispos, presbíteros, consagrados y laicos, al servicio del Reino de Dios; si tenemos una actitud de acogida, con gestos concretos, hacia las personas que se acercan a nosotros y a cuantos están lejos; si hacemos que la gente se sienta parte de la comunidad o si la marginamos [4]. Esta es una segunda llamada: la conversión a la sinodalidad.

En tercer lugar, recorramos este camino juntos en la esperanza de una promesa. La esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5), mensaje central del Jubileo [5], sea para nosotros el horizonte del camino cuaresmal hacia la victoria pascual. Como nos enseñó el Papa Benedicto XVI en la Encíclica Spe salvi, «el ser humano necesita un amor incondicionado. Necesita esa certeza que le hace decir: “Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” ( Rm 8,38-39)» [6]. Jesús, nuestro amor y nuestra esperanza, ha resucitado [7], y vive y reina glorioso. La muerte ha sido transformada en victoria y en esto radica la fe y la esperanza de los cristianos, en la resurrección de Cristo.

Esta es, por tanto, la tercera llamada a la conversión: la de la esperanza, la de la confianza en Dios y en su gran promesa, la vida eterna. Debemos preguntarnos: ¿poseo la convicción de que Dios perdona mis pecados, o me comporto como si pudiera salvarme solo? ¿Anhelo la salvación e invoco la ayuda de Dios para recibirla? ¿Vivo concretamente la esperanza que me ayuda a leer los acontecimientos de la historia y me impulsa al compromiso por la justicia, la fraternidad y el cuidado de la casa común, actuando de manera que nadie quede atrás?  

Hermanas y hermanos, gracias al amor de Dios en Jesucristo estamos protegidos por la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5). La esperanza es “el ancla del alma”, segura y firme [8]. En ella la Iglesia suplica para que «todos se salven» ( 1 Tm 2,4) y espera estar un día en la gloria del cielo unida a Cristo, su esposo. Así se expresaba santa Teresa de Jesús: «Espera, espera, que no sabes cuándo vendrá el día ni la hora. Vela con cuidado, que todo se pasa con brevedad, aunque tu deseo hace lo cierto dudoso, y el tiempo breve largo» ( Exclamaciones del alma a Dios, 15, 3) [9].

Que la Virgen María, Madre de la Esperanza, interceda por nosotros y nos acompañe en el camino cuaresmal.

 

Roma, San Juan de Letrán, 6 de febrero de 2025, memoria de los santos Pablo Miki y compañeros, mártires.

     FRANCISCO

 

___________________

[1] Cf. Carta enc. Dilexit nos (24 octubre 2024), 220.

[2] Cf. Homilía en la Santa Misa por la canonización de los beatos Juan Bautista Scalabrini y Artémides Zatti (9 octubre 2022).

[3] Cf. ibíd.

[4] Cf. ibíd.

[5] Cf. Bula Spes non confundit, 1.

[6] Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 26.

[7] Cf. Secuencia del Domingo de Pascua.

[8] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1820.

[9] Ibíd., 1821.

 

sábado, 18 de enero de 2025

SEGUIR A JESÚS ES VIVIR COMO EL VIVIÓ

 

Todos conocemos la variada y pintoresca gama de figuras que de Jesús se han dado y se dan, desde el dulce niño hasta el guerrillero de la ultraderecha, pasando por el nazareno, el cromo del Corazón de Jesús o el revolucionario de las izquierdas. El abanico no puede ser más indiscriminadamente amplio. 

Pero, sin descubrir a Jesús de Nazaret en la historia concreta humana, a partir de lo que practicó y manifestó en el plano público de lo social, con las consecuencias que se derivan de su muerte o de su cruz, no es posible enraizar la fe en la conciencia crítica humana. Jesús murió porque lo mataron. Y lo mataron los piadosos al considerarlo blasfemo y los dominantes al juzgarlo sedicioso. Conoció el exilio, estuvo en la cárcel, padeció torturas y fue ajusticiado impunemente. Su comportamiento fue el de un hombre extraordinariamente libre y liberador. Se ha repetido, con razón, que es el hombre para los demás. 

 La fe en Jesús supone o entraña creer como creyó Jesús, afiliado enteramente al Padre, a quien lo descubre y con quien se identifica desde su entrega a la realización del Reino de Dios. Consecuencia de esa praxis es el hecho del seguimiento. Creer en Jesucristo es, nada más ni nada menos, seguirle. Dicho de otro modo: tiene fe quien cree consecuentemente en el Dios de Jesús o en el Jesús de Dios.

(Tomado de: Misal de la Comunidad)


martes, 17 de diciembre de 2024

GENEALOGÍAS DE JESÚS EN LOS EVANGELIOS (2)

Comparto 2 comentarios de Enrique Martínez Lozano y su peculiar mirada sobre los textos bíblicos; en este caso la Genealogía de Jesús
:

"Parece que a los humanos nos han interesado siempre las genealogías. No solo por conocer el linaje al que se pertenecía, sino por algo más profundo: formamos una misma “familia” con quienes nos precedieron. En los evangelios encontramos dos listas que pretenden ofrecer el “árbol genealógico” de Jesús: Mateo arranca de Abraham, el padre del pueblo judío, dividiendo la historia del pueblo en tres bloques de catorce generaciones cada una. Lucas, sin embargo, comienza en José hasta llegar a Adán y, finalmente, a Dios (Lc 3,23-38). 

Quizás podamos comprender la diferencia si tenemos en cuenta que Mateo escribe en una comunidad judía, mientras que Lucas pertenece a una comunidad mayoritariamente helenista. En cualquier caso, el sentido de ambas listas es el mismo: toda la historia –judía o universal– se orienta hacia Jesús. Es comprensible que cada pueblo –cultura o religión– haya tendido a considerarse a sí mismo como el “centro” de la historia y del universo: es el etnocentrismo típico de la consciencia mítica. Y eso ocurrió también con el cristianismo. Si abandonamos la trasnochada pretensión etnocéntrica, desde la perspectiva no-dual podemos reconocer a “Cristo” como símbolo de toda la humanidad y de toda la realidad manifiesta. 

El centro de la historia no es un momento determinado dentro del tiempo que nuestra mente imagina, sino el Presente eterno, en su doble cara: lo invisible y lo manifiesto, abrazados en una secreta unidad. “Cristo” es, en la tradición cristiana, el símbolo y el nombre de ese abrazo no-dual que no deja nada fuera. 

¿Me siento uno con todos y con todo?

Mateo comienza su evangelio con la genealogía de Jesús, que remonta hasta Abraham, el “padre del pueblo” (a diferencia de Lucas, que llegará hasta Adán) y, desde él, a Dios. Se trata de una genealogía simbólica, cargada de contenido, dividida en tres grandes periodos, de “catorce generaciones” cada uno de ellos: de Abraham a David, de David al exilio, y del exilio al Mesías. 

Con esa periodización, Mateo hace girar la historia de su propio pueblo (“elegido”) en torno a tres ejes: Abraham, David y Jesús, como introducción de un escrito en el que proclamará a este último como el Mesías de Dios. En cierto modo, tal como los vivieron aquellas primeras comunidades, todo el pueblo elegido queda “recapitulado” en la persona del Maestro de Nazaret. 

El modelo mental no logra superar la separación. Por el contrario, cuando una persona se encuentra realmente con su verdadera identidad, se descubre una con toda la humanidad. Es claro que se siguen advirtiendo las diferencias, pero diferencia no significa separación. 

La mente, a falta de otros criterios, tiende a absolutizar las diferencias y, al situarse en la línea del tiempo, divide la historia según sus propias referencias. Sin embargo, cuando vamos más allá del nivel al que la mente puede acompañarnos, descubrimos que nuestra verdad es una y compartida: habitamos la misma “casa” aunque, en este “juego” de formas, desarrollemos papeles diferentes. Al ser una y la misma, el encuentro con la propia verdad implica el encuentro con la verdad de todos los seres. Encontrar la propia casa es descubrir la casa común. Acceder a la propia verdad es llegar a la verdad de Dios. 

Dos místicos sufíes del siglo XIII lo han leído de este modo: “Cada imagen pintada en el lienzo de la existencia es la forma del mismo artista. Eterno Océano que vomita nuevas olas. «Olas» es el nombre que les damos, pero en realidad solo hay mar” 
(Fakir-al-Dîn ‘Iraqui). 
“El Océano es el Océano como lo es desde la Eternidad, y los seres contingentes solo olas y corrientes. No dejes que las olas y las brumas del mundo te velen a Aquel que adopta la forma de esos velos”
 (Mu`ayyid al-Dîn Jandî). 

¿Qué me ayuda a permanecer conscientemente en “casa”?

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

LA GENEALOGÍA DE JESÚS EN SAN MATEO (Según Benedicto XVI)

"Cuando Mateo comienza su Evangelio con la genealogía de Jesús, quiere poner de inmediato bajo la luz correcta, ya desde el principio, la pregunta sobre el origen de Jesús; la genealogía es como una especie de título para todo el Evangelio. 

Para Mateo, hay dos nombres decisivos para entender el «de dónde» de Jesús: Abraham y David. 

Con Abraham –tras la dispersión de la humanidad después de la construcción de la torre de Babel– comienza la historia de la promesa. Abraham remite anticipadamente a lo que está por venir. Él es peregrino hacia la tierra prometida, no sólo desde el país de sus orígenes, sino que lo es también en su salir del presente para encaminarse hacia el futuro. Toda su vida apunta hacia adelante, es una dinámica del caminar por la senda de lo que ha de venir. Con razón, pues, la Carta a los Hebreos lo presenta como peregrino de la fe fundado en la promesa, porque «esperaba la ciudad de sólidos cimientos cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios» (Hb 11,10). Para Abraham, la promesa se refiere en primer término a su descendencia, pero va más allá: «Con su nombre se bendecirán todos los pueblos de la tierra» (Gn 18,18). Así, en toda la historia que comienza con Abraham y se dirige hacia Jesús, la mirada abarca el conjunto entero: a través de Abraham ha de venir una bendición para todos. 

Por tanto, desde el comienzo de la genealogía la visión se extiende ya hacia la conclusión del Evangelio, en la que el Resucitado dice a sus discípulos: «Haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). En la singular historia que presenta la genealogía, está ciertamente presente ya desde el principio la tensión hacia la totalidad; la universalidad de la misión de Jesús está incluida en su «de dónde». 

Pero la estructura de la genealogía y de la historia que en ella se relata está determinada totalmente por la figura de David, el rey al que se le había prometido un reino eterno: «Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre» (2 S 7,16). La genealogía propuesta por Mateo está modelada según esta promesa. Y se articula en tres grupos de catorce generaciones: primero, ascendiendo desde Abraham hasta David; descendiendo después desde Salomón hasta el exilio en Babilonia, para ir subiendo de nuevo hasta Jesús, donde la promesa llega a su cumplimiento final. Muestra al rey que durará por siempre, aunque del todo diverso al que cabría pensar basándose en el modelo de David. 

Esta articulación resulta aún más clara si se tiene en cuenta que las letras hebreas que componen el nombre de David dan el valor numérico de 14 y, por tanto, también a partir del simbolismo de los números, David, su nombre y su promesa, marcan la vía desde Abraham hasta Jesús. Apoyándose en esto, podría decirse que la genealogía, con sus tres grupos de catorce generaciones, es un verdadero evangelio de Cristo Rey: toda la historia tiene la vista puesta en él, cuyo trono perdurará para siempre. 

La genealogía de Mateo es una lista de hombres, en la cual, sin embargo, antes de llegar a María, con quien termina la genealogía, se menciona a cuatro mujeres: Tamar, Rahab, Rut y «la mujer de Urías». ¿Por qué aparecen estas mujeres en la genealogía? ¿Con qué criterio se las ha elegido? 

Se ha dicho que estas cuatro mujeres habrían sido pecadoras. Así, su mención implicaría una indicación de que Jesús habría tomado sobre sí los pecados y, con ellos, el pecado del mundo, y que su misión habría sido la justificación de los pecadores. Pero esto no puede haber sido el aspecto decisivo en su elección, sobre todo porque no se puede aplicar a las cuatro mujeres. Es más importante el que ninguna de las cuatro fuera judía. Por tanto, el mundo de los gentiles entra a través de ellas en la genealogía de Jesús, se manifiesta su misión a los judíos y a los paganos. 

Pero, sobre todo, la genealogía concluye con una mujer. María, que es realmente un nuevo comienzo y relativiza la genealogía entera. A través de todas las generaciones, esta genealogía había procedido según el esquema: «Abraham engendró a Isaac...». Sin embargo, al final aparece algo totalmente diverso. Por lo que se refiere a Jesús, ya no se habla de generación, sino que se dice: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1,16). En el relato sucesivo al nacimiento de Jesús, Mateo nos dice que José no era el padre de Jesús, y que pensó en repudiar a María en secreto a causa de un presunto adulterio. Y, entonces, se le dijo: «La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo» (Mt 1,20). Así, la última frase da un nuevo enfoque a toda la genealogía. María es un nuevo comienzo. Su hijo no proviene de ningún hombre, sino que es una nueva creación, fue concebido por obra del Espíritu Santo. 

No obstante, la genealogía sigue siendo importante: José es el padre legal de Jesús. Por él pertenece según la Ley, «legalmente», a la estirpe de David. Y, sin embargo, proviene de otra parte, de «allá arriba», de Dios mismo. El misterio del «de dónde», del doble origen, se nos presenta de manera muy concreta: su origen se puede constatar y, sin embargo, es un misterio. Sólo Dios es su «Padre» en sentido propio. La genealogía de los hombres tiene su importancia para la historia en el mundo. Y, a pesar de ello, al final es en María, la humilde virgen de Nazaret, donde se produce un nuevo inicio, comienza un nuevo modo de ser persona humana".

Benedicto XVI
LA INFANCIA DE JESÚS

lunes, 9 de diciembre de 2024

MARÍA, SIEMPRE SUBORDINADA A CRISTO

"En el seno de la Iglesia, la mediación de María, intercesora y madre, sólo se entiende «como una participación de esta única fuente que es la mediación de Cristo mismo», [176] el único Redentor, y «la Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María». [177] La devoción al corazón de María no pretende debilitar la única adoración debida al Corazón de Cristo, sino estimularla: «La misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder». [178] Gracias al inmenso manantial que mana del costado abierto de Cristo, la Iglesia, María y todos los creyentes, de diferentes maneras, se convierten en canales de agua viva. Así Cristo mismo despliega su gloria en nuestra pequeñez".

FRANCISCO
Dilexit Nos # 176

Nota: Al compartir este texto, que reafirma mi convicción de Cristo como único salvador y redentor, frente a ciertas exageraciones de la piedad católica, no quiero justificar ni apoyar un papel subordinado para la mujer en la Iglesia o en la sociedad. Quiero dejar eso claro.

martes, 26 de noviembre de 2024

ADVIENTO: SALIR AL ENCUENTRO DE CRISTO QUE VIENE

 

Luego de varios meses sin publicaciones, regreso con la invitación a iniciar un nuevo año litúrgico: el domingo empieza nuestro ADVIENTO 2024. 

"ADVIENTO es el tiempo oportuno y privilegiado para escuchar el anuncio de la liberación de los pueblos y de las personas. En él se percibe una invitación a dirigir el ánimo hacia un porvenir que se aproxima y se hace cercano, pero que todavía está por llegar. Tiempo para descubrir que nuestra vida pende de unas promesas de libertad, de justicia, de fraternidad todavía sin cumplir; tiempo de vivir la fe como esperanza y como expectación, tiempo de sentir a Dios como futuro absoluto del ser humano"

(Misal de la comunidad)

Comenzamos el ciclo C, que sigue el Evangelio según San Lucas. Además de nuestras lecturas habituales para este tiempo, sería bueno hacer una pequeña introducción a LUCAS, utilizando las presentaciones que para este evangelio hacen nuestras Biblias.

Es de mucho provecho revisar los textos bíblicos que utilizaremos en los cuatro domingos de Adviento, para captar las ideas fundamentales que dan el sentido espiritual a este “camino” que vamos a emprender. Podemos hacerlo solos, a nivel personal, o a nivel de grupos en nuestra comunidad religiosa o parroquial. 

Como primera lectura para los cuatro domingos de Adviento tomamos textos proféticos; si en los ciclos A y B predomina Isaías, en el que vamos a seguir este años aparecen otros profetas: Jeremías, Baruc, Sofonías y Miqueas. Estos profetas hablan al pueblo para animarles en tiempos calamitosos y sostener la esperanza en la cercanía de Dios, promesas de justicia y de misericordia. Estas lecturas están sostenidas después por los salmos con los que oramos y aclamamos en nuestras asambleas esos domingos: A Ti, Señor, levanto mi alma; El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres; Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel; Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve. Son expresiones de anhelo, de necesidad, de confianza y gozo.

Como segunda lectura para los cuatro domingos de Adviento tomamos pasajes de cartas del apóstol Pablo los tres primeros, y para el cuarto de la Carta a los hebreos. El tono es exhortatorio: buenos deseos y buenas obras preparan el camino del Mesías. Agrademos a Dios con nuestra vidas, oremos unos por los otros y crezcamos en amor, estén siempre alegres en el Señor, y digamos siempre: Aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad. 

Finalmente, los pasajes del Evangelio a proclamar los cuatro domingos de Adviento: Lucas 21, 25-28.4-36; Lucas 3, 1-6; Lucas 3, 10-18, y Lucas 1, 39-45. La primera mitad del Adviento tiene siempre un tono apocalíptico, mirando a la segunda venida de Cristo, y ya luego después del día 17, apuntando al nacimiento de Jesús en la historia y en cómo debemos prepararnos para recibirlo. 

Falta que ponga cada uno lo propio; la historia personal,  familiar o social con la que vive este años la espera de Cristo. ¿Cuáles son nuestros anhelos o nuestras necesidades? ¿Qué esperamos? Ahí nos habla Dios y ahí nos invita a crecer. 

Dios nuestro, Padre de todos, aviva en nosotros, al comenzar el Adviento, el deseo de salir al encuentro de Cristo que viene, acompañados por los hermanos y por las buenas obras, para que participando desde ahora en la construcción de tu Reino, merezcamos participar de todas tus promesas.

Fray Manuel de Jesús, ocd