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domingo, 1 de enero de 2023

NAVIDAD: EL MISTERIO ÚLTIMO DE LO REAL

"En aquel tiempo los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción" (Lc 2, 16-21). 

La escena que describe Lucas se halla en la retina de todos los cristianos, gracias también a la costumbre de los “pesebres” o “belenes”, que se popularizó a partir de Francisco de Asís. Y sabemos que todo aquello que nos entra por los ojos adquiere un estatus de “certeza indiscutible”. Sin embargo, eso no debería hacernos olvidar que nos hallamos ante una construcción que hizo Lucas, al servicio de un contenido teológico. 

Cuando comparamos los “relatos de infancia” de Lucas y de Mateo, se observan tales diferencias, que parecieran referirse a dos personas distintas. 

Mateo-Lucas 
Genealogía hasta Abraham - Genealogía hasta Adán y Dios 
Anuncio del ángel a José -Anuncio del ángel a María 
Residen en Belén -Residen en Nazaret y viajan a Belén 
Nace en su casa de Belén -Nace en un pesebre 
Los Magos van a su casa -No hay Magos 
Huida a Egipto -No hay huida a Egipto 
Vuelve a Nazaret- No hay vuelta 

Estas diferencias pueden crear problema únicamente a la consciencia mítica, aferrada la literalismo; o a quien ha crecido tomando estos relatos como “descripciones” casi fotográficas de lo ocurrido. Sin embargo, superado ese nivel de consciencia, las diferencias de los relatos se explican desde el interés que mueve a cada evangelista – también desde la diferencia de informaciones de que disponen–, se entienden al servicio del mensaje y se perciben incluso como enriquecedoras. 

En cualquier caso, y más allá de matices, el mensaje –desde la perspectiva no dual– es claro: la divinidad está en un bebé acostado en un pesebre, es decir, en todo lo real. Aquel bebé es humano-divino, y eso es también lo que somos todos. Por tanto, con aquella imagen se está mostrando el misterio último de lo Real. 

¿Sé ver todo en todo?

Enrique Martínez Lozano
Guía para volver a casa

domingo, 25 de diciembre de 2022

NAVIDAD: REFLEXIONES PARA LAS LITURGIAS DEL DÍA

MISA DE VÍSPERAS 

En el nacimiento de Jesús alcanza una cima señera la alianza de Dios con la humanidad. El Dios concreto de Israel es el Dios de la promesa; una promesa mantenida en la fidelidad. Y esa promesa nace de una alianza que da cuerpo a la forma de ser y de actuar que Dios tiene. Como un padre, como un esposo, como un pastor solícito, comparte nuestra historia sin abandonarnos nunca. Esta alianza ha surgido de su iniciativa personal y es un compromiso suyo de vivir en comunión constante con nosotros, aún cuando nosotros le seamos infieles. La alianza más elocuente y expresiva, más sugerente y profunda, es la que se forja entre dos amigos, dos amantes, dos esposos. La alianza de Dios con el pueblo es, según la Biblia, parecida a la alianza nupcial; mejor, es su raíz y su posibilidad. No es un contrato, una ley, sino un compromiso personal. La historia del pueblo de Dios, la historia bíblica, es la historia de esa alianza tejida de infidelidades por parte del hombre y de una fidelidad sin falla por parte de Dios. 

 La Navidad es la cota hasta ahora más alta de lo que da de sí la entrega y el compromiso de Dios con los seres humanos, simbolizado por la alianza. Ahora sabemos lo que encierra la promesa de fecundidad hecha a Abrahán, la promesa de descendencia hecha a David. Del amor de Dios al ser humano, de las nupcias del cielo con la tierra nace el rocío y la vida del Niño-Dios; del árbol frondoso de generaciones y generaciones mantenidas por Dios en la esperanza brota el retoño de Jesús, primogénito de una humanidad nueva. 

MISA DE MEDIANOCHE

La misa navideña de medianoche celebra el alumbramiento de María, que da a luz al Niño. Pero, en un sentido más profundo, esta noche festeja ese otro alumbramiento más universal por el cual Dios a través de Jesús, hace que surja la luz de en medio de las tinieblas. Las tinieblas son la oscuridad que hay en el mundo a causa de las injusticias, el hambre, la pobreza; a causa de la opresión de unos hermanos sobre otros; a causa del orgullo del hombre, de su avidez de poder y de dominio. Todo ello constituye como una oquedad tenebrosa, como un seno estéril, como una tumba. 

 Hasta aquí desciende María y el fruto de su vientre, cuando tienen que refugiarse en la gruta abandonada, cuando tienen que someterse a las órdenes de un gobernador impuesto por potencias extranjeras y abandonar la propia casa. Hasta aquí ha descendido Israel, país pequeño, su patria chica, ocupado durante siglos por países más poderosos. 

 En medio de esa noche oscura nace Jesús, como niño inefable que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Dios ha suscitado del corazón de la noche la aparición luminosa y real de un hombre, hijo del hombre e Hijo de Dios .Ha resonado la Buena Noticia, la alegría, la claridad de la aurora. Dentro de unos años, pocos, volverá a brillar de nuevo la gloria, el esplendor de Dios, también a través de Jesús, cuando le resucita el Padre por haber sabido descender hasta la muerte en cruz y hasta la tumba ignominiosa de los ajusticiados, el favor de los hermanos. 

 El alumbramiento de la noche, no el oscurecimiento del día, es la palabra definitiva de Dios.

MISA DE LA AURORA

La Iglesia pasa la noche de Navidad en vigilia festiva, imitando a María, que medita en su corazón. La noche es un tiempo propicio para el silencio y el diálogo meditativos. La meditación del creyente, como la de María, consiste en escuchar el propio corazón, en "re-cordar" y "a-cordarse". La memoria es un recordar, es decir, un hacer que todos los ecos del mundo y de la historia, que como ondas nos circundan, resuenen en nosotros, cobren vida y actualidad, sintonizando a su vez con las otras ondas más profundas que nacen del fondo de nuestro ser, con nuestras aspiraciones, experiencias, sufrimientos y esperanzas. 

 La memoria nos hace presente el pasado de la historia santa y de la historia humana, pero de una manera real, vital, "cordial", para llevar a cabo y a feliz término todas las posibilidades que en el pretérito han quedado malogradas, desaprovechadas, frustradas y son germen de futuro. La Navidad nos recuerda la historia liberadora que Dios inicia en Israel y quiere llevar a su culminación con Jesús, el enviado para quebrar todas las cadenas de opresión y servidumbre. 

 Jesús, según la voluntad de Dios, nos libera desde dentro de nuestra propia esclavitud compartiendo en su mismo nacimiento nuestra menesterosidad y desvalimiento. Su acción liberadora de los pobres quedó como truncada por su muerte, causada por la persecución de los propios hermanos. . La memoria de la vida y del nacimiento de Jesús, en fin, de su empresa liberadora nos permite hacerla presente en el corazón de los seres humanos que la aguardan con impaciencia y en la realidad de la historia, como una incitación, como una fuerza propulsora irreprimible que nos empuja hacia adelante. 

MISA DEL DÍA

 La fe de los cristianos celebra el misterio de la Palabra hecha carne. La Navidad especialmente es palabra densa, real, sustancial, porque es epifanía, revelación, manifestación. PALABRA significa revelación personal, apertura de lo más personal a Dios: su amor, su misericordia, su paternidad, su entrañable ternura. Sin la Navidad, sin la encarnación, nuestra vivencia de Dios habría estado sometida a aberraciones, porque nos faltaría la luz de esta revelación. 

 Gracias a la Palabra hecha carne sabemos que el Dios verdadero no es el de los filósofos, el Dios teísta, sino el que comparte nuestro destino en todo, el que entra en el juego y en el riesgo de la historia, que es el riesgo de la muerte. Por tanto su cercanía al ser humano cobra una proximidad inusitada. Dios echa sobre sus espaldas todo el rebajamiento y humildad de los pobres, los oprimidos, los olvidados. Y así nos descubre un rostro de Dios que nosotros no nos hubiéramos atrevido a imaginar. Tras la encarnación Dios es Señor no por su fuerza, sino por la humildad; no por el poder, sino por la debilidad; no por la coacción, sino por el silencio. 

 Ese es el lenguaje inefable de la Palabra hecha carne; un lenguaje de actos, de amor, de verdad profunda y personal. 

(Notas tomadas del Misal de la Comunidad)



viernes, 23 de diciembre de 2022

CREDO SENCILLO PARA NAVIDAD



Yo creo en un niño pobre

que nació de noche en una cuadra,

arropado sólo por el amor de sus padres

y la bondad de la gente más sencilla.



Yo creo en un hombre sin importancia

austero, fiel, compasivo y valiente,

que hablaba con Dios como con su madre,

que hablaba de Dios como de su madre,

contando, llanamente, cuentos sencillos,

y por eso molestó a tanta gente

que al final lo mataron,

lo mataron los poderosos, los santos, los sagrados.



Yo creo que está vivo, más que nadie,

y que en él, mas que en nadie,

podemos conocer a Dios

y sabemos vivir mejor.



Y doy gracias al Padre

porque Él nos regaló este Niño

que nos ha cambiado la vida,

y nos ha dado sentido y esperanza.

Yo creo en ese niño pobre,

y me gustaría parecerme a Él



José Enrique Galarreta

miércoles, 22 de diciembre de 2021

LA HISTORIA DEL VERBO DE DIOS

La historia del Verbo de Dios
(Juan 1,1-5.9-14) (forma breve)

Dos advertencias:

1. Según muchos comentaristas, el autor del cuarto evangelio utilizó al comienzo un himno sobre el Verbo Dios, introduciendo por medio, en dos ocasiones, sendas referencias a Juan Bautista. La liturgia permite elegir entre la forma larga, con todo el texto actual, y la breve, que suprime lo referente a Juan. Es esta la que comentaré brevemente, presentando el himno como una historia del Verbo de Dios en cinco etapas.

2. Para comprender esta historia habría que conocer las reflexiones sobre la Sabiduría de Dios en los dos siglos antes de Jesús. En el segundo domingo después de Navidad se vuelve a leer el prólogo de Juan, y la lectura que lo acompaña es, con razón, la del libro del Eclesiástico.

Primera etapa: la Palabra junto a Dios

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios.

«En el principio creó Dios el cielo y la tierra». Así comienza el libro del Génesis. Para el autor del prólogo, en ese momento existía ya el Verbo, junto a Dios. Es lo mismo que se dice de la Sabiduría en el libro de los Proverbios y en el Eclesiástico.

Segunda etapa: el Verbo y la creación

Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.

Aunque parece una nueva matización del Génesis, supone un desarrollo. Allí se dice que Dios crea por su palabra («dijo Dios») y su acción. Aquí, esa palabra se convierte en compañera suya imprescindible durante el acto creador. Todo fue creado por el Verbo: sol, luna, estrellas, montañas, mar, animales de toda especie, ser humano. Además de habernos creado, es también nuestra vida y nuestra luz. Dos términos claves en la teología del cuarto evangelio, que presentará a Jesús como «el camino, la verdad y la vida». En esa misma teología encaja la referencia a la tiniebla como símbolo de la oposición a Jesús y a Dios.

Tercera etapa: el mundo, creado por el Verbo, lo ignora.

En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció.

El mundo no se refiere aquí a los seres inanimados sino a las personas que ignoran a Dios, no lo adoran, o prescinden de él. El autor del Prólogo piensa en los pueblos paganos, que podrían haber conocido al Dios verdadero, pero que habían caído en diversas formas de idolatría.

Cuarta etapa: la Palabra se instala en Israel; unos lo rechazan, otros la acogen.

Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

¿Qué hará el Verbo cuando se vea ignorado por el mundo? Para un judío, la respuesta es clara: refugiarse en Israel, el pueblo elegido, igual que hacía la Sabiduría: «Eché raíces entre un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad». Pero el Verbo se encuentra con una desagradable sorpresa: «los suyos no lo recibieron». Da la impresión de que un autor posterior consideró esta afirmación demasiado pesimista y añadió que algunos lo recibieron, convirtiéndose en hijos de Dios. Pero este aparente añadido destruye el dramatismo del himno primitivo.

Quinta etapa: el Verbo se hace carne y habita entre nosotros.

La Palabra ha sufrido dos derrotas: el mundo la ignora, su pueblo la rechaza. ¿Qué haría cualquiera de nosotros en su lugar? Quedarse junto a Dios y olvidarse de todos. Afortunadamente, Dios no es así. El Verbo toma la decisión más asombrosa que se puede imaginar.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Reflexión final

El fiel cristiano que haya acudido a la iglesia pensando escuchar unas lecturas bonitas y sencillas sobre Jesús niño y los pastores se encuentra en la misa del día con unas lecturas muy teológicas, pero que le recuerdan la dignidad e importancia de ese niño que ve en el pesebre.

José Luis Sicre

LITURGIA DE NAVIDAD (LAS TRES MISAS).

La celebración de tres misas el día de Navidad debe de ser muy antigua, porque la famosa Misa del Gallo, por la noche, se remonta al siglo V. Sigue la misa de la aurora y se termina con la misa del día. Cada una de ellas tiene sus lecturas propias, las mismas en los tres ciclos (A, B, C). No es normal que la gente asista a las tres misas. Por eso indico brevemente el mensaje global de los tres evangelios.

(Nota mía: En realidad son cuatro misas, porque hay una Misa de Vísperas de Navidad, con los mismos motivos bíblicos y litúrgicos).

El de la misa del Gallo nos habla de un niño que nace muy pobremente, sin nada que envidiarle a los más pobres de la actualidad. Pero, inmediatamente después, un ángel nos presenta a ese niño como Salvador, Mesías y Señor.

El de la misa de la aurora indica diversas reacciones ante ese niño: los pastores corren a visitarlo y vuelven alabando y dando gloria a Dios; los presentes se admiran; María medita todo lo que oye.

El evangelio de la misa del día, el Prólogo de Juan, dice de ese niño algo más grande que el ángel a los pastores: es el Verbo de Dios, que lo acompaña desde el principio, antes de la creación. Y, aunque fue ignorado por el mundo y rechazado por su propio pueblo, se hizo carne, habitó entre nosotros y nos concede poder ser hijos de Dios.


25 de diciembre. Misa de medianoche

Aunque desconocemos el día y la hora en que nació Jesús, imagino que fueron estas palabras del libro de la Sabiduría las que animaron a situar el nacimiento a medianoche: «Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu palabra todopoderosa se abalanzó desde el trono real de los cielos» (Sab 18,14-15).

En cualquier caso, el papa Sixto III (siglo V d.C.), introdujo en Roma la costumbre de celebrar en Navidad una vigilia nocturna, a medianoche, «en seguida de cantar el gallo», en un pequeño oratorio situado detrás del altar mayor de la Basílica de Santa María la Mayor. Ya que los antiguos romanos denominaban Canto del Gallo al comienzo del día, a la medianoche, se quedó con el nombre de Misa de Gallo la que se celebraba a esta hora.

La liturgia, con tres lecturas preciosas y muy ricas de contenido, suponen un desafío para quien pretenda comentarlas sin agotar al auditorio.

Tres motivos de alegría (Isaías 9,2-7)

 El profeta se dirige a un pueblo que camina en tinieblas, que ha sufrido durante un siglo la opresión del imperio asirio, y le anuncia un cambio prodigioso: un mundo de luz y alegría. Por tres motivos:

el fin del opresor, el imperio asirio, que oprime a Israel con el yugo y el bastón, como si fuera un animal de carga; será derrotado, igual que lo fueron los madianitas en tiempos de Gedeón;

el fin de la guerra, simbolizado por la desaparición, no de lanzas y espadas, sino de los elementos menos peligrosos del soldado: bota y túnica;

la aparición de un niño, que se puede interpretar como el nacimiento de un príncipe o su entronización. Influido por el ritual egipcio, se coloca sobre sus hombros un manto que simboliza el poder, y se le dan diversos nombres: en Egipto eran cinco, aquí son cuatro, que expresan las cualidades más admirables que se pueden esperar de un gobernante: que sepa aconsejar, que sepa defender, que se comporte como un padre con sus súbditos, que traiga un reinado de paz. Por último, abandonando el influjo egipcio y con mentalidad plenamente judía, se relaciona a este niño con David. Y su labor de paz, justicia y derecho, aparentemente imposible, será obra del celo de Dios.

Dos motivos de compromiso (Carta a Tito 2,11-14).

El autor une la primera venida de Jesús («se ha manifestado la gracia de Dios») con la segunda y definitiva («la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo»). ¿Motivos de alegría? Sin duda. Pero estas dos venidas son también motivo de compromiso. Amor con amor se paga. Hay que renunciar a la vida sin religión y a los deseos mundanos, llevar una vida sobria y honrada, esperar la vuelta del Señor, dedicarse a las buenas obras.

¿Un niño pobre o un personaje maravilloso? (Lucas 2,1-14)

El evangelio de esta noche consta de dos escenas radicalmente distintas, pero que se complementan.

El nacimiento de un niño pobre

La primera escena, que se desarrolla únicamente en la tierra, contrasta a poderosos y débiles. Empieza hablando del emperador Augusto, con autoridad para dar órdenes a todos sus súbditos, y del gobernador de Siria, Cirino, que manda empadronarse a la población de su provincia, cada cual en su ciudad, sin preocuparle las molestias que eso puede causar.

Frente a los poderosos, los débiles, representados por una familia muy modesta, a la que solo le cabe obedecer, aunque la esposa deba recorrer, embarazada, los 150 km de Nazaret a Belén. Según Lucas, cuando llegan a su destino no encuentran alojamiento y deben pasar algunos días en la parte baja de una casa, donde están los animales. Son pobres, y para ellos no hay sitio en el piso de arriba («la posada»).

Los «nacimientos» que se montan actualmente en iglesias, casas particulares y otros sitios, ofrecen un pesebre bonito y limpio. Lucas piensa en uno muy distinto, en el que habrá comido un animal poco antes, arreglado aprisa para recostar al niño.

Es una escena de pobreza y humillación. Basta pensar en José, un padre que no tiene otra cosa que ofrecer a su mujer y a su hijo. La escena no se presta a comentarios románticos, sino a preguntas candentes: ¿por qué Gabriel no le dijo a María toda la verdad? ¿Por qué le anunció que su hijo sería el rey de Israel sin advertirle que no tendría riqueza ni poder? ¿Por qué elige Dios el camino de la pobreza y la humillación? ¿Por qué rechazamos los cristianos a quienes no pueden pagarse un pasaje en avión o en barco para llegar hasta nosotros? ¿Por qué no imaginamos que Dios pueda nacer en una chabola de mala muerte, en una familia pobre que trabaja recogiendo la aceituna? ¿Se puede esperar algo de este hijo de emigrantes, que no tendrá cultura ni formación?

El Salvador, el Mesías, el Señor

La segunda escena se desarrolla en cielo y tierra. Es también de poderosos y débiles, de ángeles y pastores. La profesión de pastor, aunque a algunos le recuerde a los antiguos patriarcas de Israel, era de las más despreciadas y odiadas en aquel tiempo, sobre todo por los campesinos. En la escala social de la época, los pastores ocupan el penúltimo lugar, el de las clases impuras, porque su oficio se equipara al de los ladrones. Y pasar la noche al aire libre, vigilando el rebaño, no es la ocupación más agradable. El hecho de que el ángel se dirija a ellos deja clara la «política incorrecta» de Dios. El gran anuncio del nacimiento del Mesías no se comunica al Sumo Sacerdote de Jerusalén, ni a los sacerdotes y levitas, ni a los estudiosos escribas, ni a los piadosos fariseos.

Por otra parte, el anuncio modifica totalmente la imagen de la escena anterior. El niño que ha nacido no es un simple niño pobre. Su nacimiento supone «una gran alegría para todo el pueblo», porque es Salvador, Mesías y Señor. Este ángel anónimo es muy escueto. No comenta ninguno de los tres títulos. Pero es más sincero que Gabriel. No oculta que, a pesar de su grandeza, el niño está envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Afortunadamente, los pastores no son especialistas en la Biblia ni teólogos. En tal caso habrían preguntado de inmediato de qué o de quién iba a salvar ese niño; si era un mesías-rey, como David, o un mesías-sacerdote, como Aarón; si su señorío era igual que el de Dios o que el del César; si los pañales y el pesebre debían ser interpretados de forma real o simbólica… y cómo se compagina la «gran alegría para todo el pueblo» con el hecho de que, años después, el pueblo termine alejándose del Calvario golpeándose el pecho. En realidad, los pastores no tienen tiempo de preguntar nada porque, de pronto, aparece una legión del ejército celestial alabando a Dios y proclamando la paz.

¿Qué harán los pastores? Quien desee saberlo tendrá la respuesta en el evangelio de la Misa de la Aurora.

Pero el lector del evangelio puede ponerse en su lugar y advertir el mensaje que le está proponiendo Lucas. La vida de Jesús se puede interpretar de dos formas muy distintas: desde una óptica puramente humana o desde la fe. La primera resulta descarnada y dura. La segunda puede parecer ingenua; si no de cuento de hadas, de cuento de ángeles. Si se mantiene en la primera, terminará viendo a Jesús como un personaje peligroso y considerando justa su condena a muerte. Si acepta la segunda, a pesar de todas las dudas, terminará creyendo en él como su Salvador.



25 de diciembre. Misa de la aurora

El evangelio de la misa del Gallo nos dejaba con una duda: ¿qué harán los pastores tras escuchar al ángel y al coro celeste? No han recibido ninguna orden, solo una buena noticia. Lucas no se limita a contar su reacción.

Tres reacciones ante la noticia (Lucas 2,15-20)

El evangelio empieza y termina con los pastores, que corren a Belén y vuelven alabando y dando gloria a Dios. Esta gente, tan despreciada socialmente, corre hacia Jesús, cree que un niño envuelto en pañales y en un pesebre puede ser el futuro salvador, aunque ellos no se beneficiarán de nada, porque, cuando ese niño crezca, ellos ya habrán muerto. La visita de los pastores simboliza lo que dirá Jesús más tarde: «Te alabo Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Está también presente un grupo anónimo, que podría entenderse como referencia a la demás personas de la posada, pero que probablemente representa a todos los cristianos, que se admiran de lo que cuentan los pastores.

Finalmente, el personaje más importante, María, que conserva lo escuchado y medita sobre ello. En los relatos de la infancia, Lucas ofrece dos imágenes muy distintas de María. En la anunciación, Gabriel le comunica que será la madre del Mesías, y ella termina alabando en el Magnificat las maravillas que Dios ha hecho en ella. Sin embargo, cuando Jesús nace, Lucas habla de María de forma muy distinta. A partir de ese momento, todo lo relacionado con Jesús le resulta nuevo y desconcertante: lo que dicen los pastores, lo que dirá Simeón, lo que le dirá Jesús a los doce años cuando se quede en Jerusalén. En esas circunstancias, María no repite: «proclama mi alma la grandeza del Señor». Se limita a callar y meditar, igual que hará a lo largo de toda la vida pública de Jesús.

Estas tres actitudes se complementan: la admiración lleva a la meditación y termina en la alabanza de Dios.

Lucas juega con el lector, lo desafía. ¿Qué salvador les ha nacido a los pastores? ¿Qué señal portentosa puede ser un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre? Al día siguiente, los pastores estarán de nuevo con el rebaño, vigilando en medio del frío. Pero su vida ha cambiado, y la dureza de su vida no les impide alabar y dar gloria a Dios. Con ello se convierten en un ejemplo perfecto para el cristiano.

Una buena noticia para Jerusalén y la Iglesia (Isaías 62, 11-12)

Este breve pasaje recoge una imagen típica de la época del destierro en Babilonia: Jerusalén como esposa y madre. Como esposa, su marido, el Señor, la ha abandonado; como madre, ha perdido a su hijos, ha quedado despoblada. El profeta le anuncia un cambio radical: su marido vuelve, como salvador, acompañado de sus hijos.

La liturgia aplica este anuncio de la llegada de un salvador al nacimiento de Jesús. Y en los pastores podemos ver a ese «pueblo santo» y a «los redimidos del Señor». Cuando se piensa en los millones de cristianos que celebran la Navidad, vemos cómo se cumple la antigua profecía.

Una buena noticia para nosotros (Carta a Tito 3,4-7)

El evangelio habla de tres reacciones ante el nacimiento de Jesús. La carta de Pablo se centra en Dios y en nosotros.

Ante todo, lo ocurrido es una manifestación de la bondad de Dios y de su amor al hombre. Como diría el cuarto evangelio: «De tal manera amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único» (Juan 3,16). Si la gente se admiró de lo que decían los pastores, igual debemos admirarnos nosotros de esta prueba del amor de Dios. Sobre todo, teniendo en cuenta que no es algo que nosotros hayamos merecido ni ganado por nuestros propios méritos.

Además, la salvación que entonces tuvo lugar se actualiza en nuestro bautismo, que nos hace nacer de nuevo, nos concede abundantemente el Espíritu Santo, y nos hace herederos de la vida eterna, donde «estaremos siempre con el Señor» (1 Tesalonicenses 4,17).



25 de diciembre. Misa del día

La misa de la aurora nos presentó a María meditando lo que han contado los pastores. Es una pena que Lucas, que transmitió en el Magnificat su reacción a las palabras de Isabel, en este caso guarde silencio. Dos teólogos cristianos, los autores del cuarto evangelio y de la carta a los Hebreos, sí nos dejaron su reflexión sobre Jesús y su nacimiento. La liturgia les antepone la visión de un profeta-poeta.

«El Señor ha consolado a su pueblo» (Isaías 52,7-10)

El texto de Isaías de la misa de la aurora presentaba a Jerusalén como esposa y madre, que recupera a su esposo y sus hijos. Este la presenta como ciudad, sin rey y en ruinas después de la caída en manos de los babilonios. Pero el mensaje de esperanza es el mismo: Dios vuelve a ella como rey, y las ruinas, reconstruidas, cantarán de alegría. Como en el caso anterior, la liturgia aplica la venida de Dios-rey a Jesús, que nace como Mesías y Salvador.

«El Señor nos ha hablado por su Hijo» (Hebreos 1,1-6)

Imaginemos al autor de la carta ante el pesebre. Pero el niño no acaba de nacer, él escribe bastantes años después. Es mucho lo que ya se ha dicho y discutido sobre Jesús. Y él comienza su carta con un resumen ambicioso, que abarca desde el comienzo de los siglos hasta la glorificación del Señor.

Lo primero que destaca es la novedad de que Dios nos hable a través de su Hijo, no a través de profetas. Un hecho tan grande que no debemos esperar algo distinto y mayor: estamos en la «etapa final».

Luego acumula palabras para describir la dignidad del Hijo. Retrocede del momento en el que hereda todo (se supone que tras la resurrección) al momento en el que intervino en la creación del mundo. Habla de su identidad e identificación con Dios con expresiones misteriosas: «reflejo de su gloria, impronta de su ser». Dedica una frase, casi de pasada, a la vida terrena, en la que solo sugiere, de forma velada, su muerte, que purifica nuestros pecados. Y termina con su triunfo a la derecha de la Majestad y su encumbramiento por encima de los ángeles.

San Ignacio de Loyola, al hablar del nacimiento de Jesús, sugiere al ejercitante pensar cómo el Señor nace en suma pobreza «y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz» (Ejercicios espirituales, nº 110). El autor de la carta a los Hebreos tiene una perspectiva más amplia. No menciona aquí los sufrimientos y la muerte (tema que desarrollará más adelante) sino su triunfo y su gloria.

(Jose Luis Sicre, FE Adulta)

martes, 29 de diciembre de 2020

UNA HISTORIA DE NAVIDAD...


 A pocos centímetros del suelo


«Mamá, ¿por qué ningún compañero de mi clase sabe el nombre de su ángel de la guarda?» Ahí vamos otra vez: mi hija de cinco años y sus imposibles preguntas. Para ella, la identidad de su ángel nunca estuvo en duda: siempre supo que era su tío D, un tío a quien nunca conoció, a menos que se cuenten dos años de tiempo compartido (suponiendo que haya alguna medida de tiempo allá en lo alto) antes de su nacimiento y después de la muerte de su tío. 


Si alguien sabía sobre accidentes, ese era Duane. Sufrió convulsiones violentas durante toda su vida, de modo que, aun extremando los cuidados, no hubo manera de evitarle su buena cuota de caídas, golpes y dientes quebrados. Quién mejor que él para cuidar a una niña que en sus dos primeros años ya tenía en su haber una conmoción cerebral, un ahogo y un diente partido en forma de triángulo, que recordaba a una vampirita algo torpe. Su hermano y su hermana, tan aventureros como ella, lograron llegar a la preadolescencia sin registrar desastres naturales. Esta niña, en cambio, necesita ojos atentos sobre ella, y sabe que allí están.

Cada noche al arroparla, me da las buenas noches a mí y a los ángeles que pueda haber en la habitación, comenzando por el tío D. De camino al jardín de infantes, me explica que el cielo termina a pocos centímetros del suelo para que nuestro ángel pueda volar junto a nosotros. La luz dorada de un atardecer de invierno es señal de que el tío D y sus amigos están horneando galletitas de Navidad (hornear galletitas, puede ser… pero dudo de que las coma; en el tiempo en que lo conocí, jamás aceptó comer algo dulce). A mi hija nunca le preocupó no poder verlo y no esperaba hacerlo, hasta la Navidad pasada, cuando sí lo vio.

Aquella noche, el pesebre viviente se realizó afuera, bajo un cielo estrellado y un viento incesante que hacía temblar la llama de las velas. Delante de un establo precario y humilde, la comunidad toda escuchaba en silencio el relato del nacimiento. Entretanto, los ojos de mi hija iban del bebé bien arropado, dormido en brazos de María, al ángel alto, de cabello oscuro, apostado afuera del establo sosteniendo una antorcha flameante. Comenzamos a desfilar frente al pesebre, cantando villancicos y resguardando nuestras velas del viento cuando, de pronto, me tironeó fuera de la fila: «Me parece que ese es el tío D», dijo, y sus ojitos brillaron más que la luz de las velas: «¿Vamos a preguntarle? ¡Por favor, mamá!». 

El corazón me dio un vuelco. En la noche más santa del año, los adultos sabemos que estamos frente a un hermoso símbolo. Qué momento para que también una niña lo descubra. Intenté buscar una razón para no hablarle al ángel porque, mientras ella veía a Duane, yo veía a un adolescente que hacía poco se había mudado a nuestra comunidad.

El ángel era muy alto; las dos tuvimos que levantar la cabeza para mirarlo. «¡Pregúntale, mamá!», susurró tironeando de mi falda, con los ojos fijos en él. No veía alternativa. Sonreí y con tono de disculpa y voz apenas audible le dije: «Mi hija quiere saber si eres su tío D». Entre el silbido del viento y los cantos, no sé cómo pudo comprender una pregunta tan extraña. Pero supongo que los ángeles conocen el corazón de los niños porque la miró sonriente y respondió: «Sí». 

Mi hija radiaba alegría. Permaneció frente a él, con una enorme sonrisa, hasta que tuvimos que seguir llevadas por la multitud. Lejos de las antorchas, nuestras velas se apagaron; la oscuridad fue total y el frío, intenso; ella no lo sintió, y a mí no me importó.

No volvió a hablar de él hasta la hora de acostarse. Mientras la arropaba con el edredón hasta cubrirle las orejas, ya medio dormida sonrió y dijo: «¡Qué bien que este año le tocó a él cuidar al bebé Jesús!»

No necesitó verlo para saber que los ángeles son reales. Y no me preocupo por qué pasará cuando tenga edad suficiente para saber que los personajes de Nochebuena son personas que conoce y ama aquí en la tierra. A todos nos llega ese momento junto con la profunda convicción de que Dios está junto a nosotros, a nuestro alrededor, a pocos centímetros del suelo que pisamos.

Antes de dormirme, mi primer pensamiento fue de gratitud hacia el joven que le dijo sí a una niña en Nochebuena. Pero acabé dándole gracias a mi hermano.

Por: Maureen Swinger
(Tomado de Plough)

miércoles, 23 de diciembre de 2020

AHORA LLEGA NAVIDAD...

 

Durante las últimas semanas hemos venido haciendo el camino de ADVIENTO, que es camino de espera y de esperanza; en él nos enfrentamos con la realidad de nuestra vida y nuestro tiempo, y nos confrontamos con  nuestras necesidades y deseos insatisfechos, con nuestros anhelos, que desbordan la realidad de nuestra vida. También en Adviento, como contrapeso a lo anterior, oímos una vez más las promesas de Dios tal y como los profetas nos las han trasmitido, y nos dejamos arrastrar por esos sueños de Dios, que animan y potencian nuestras propias posibilidades,

Ahora llega NAVIDAD, en la que celebramos el nacimiento de Jesucristo en Belén; sin embargo, la fiesta no se conforma con el recuerdo de un acontecimiento pasado, sino que celebra nuestro propio nacimiento, nuestra propia vida. Los Padres de la Iglesia vieron que la Navidad era nuestra propia fiesta, la fiesta de nuestra salvación, porque el nacimiento de Cristo tiene un efecto sobre nosotros, nos diviniza, y por eso al celebrar la Navidad, celebramos la fiesta de nuestro propio comienzo, de la vida nueva que nos trajo Cristo. 

 Todos los anhelos quedan en Cristo cumplidos, porque todos ellos tienden, en último término, a la plenitud y divinización del ser humano; al celebrar esta fiesta despierta en nosotros la conciencia de que hay vida divina en cada uno. De no ser así, nos quedaríamos en lo exterior y más visible: nuestros trabajos, éxitos y fracasos, nuestra convivencia, alegrías y dolores cotidianos. Pasaríamos por alto que Dios mismo también está en nosotros. 

 

Todos los símbolos de la Navidad, litúrgicos y familiares, nos ayudan a creer que Dios a venido al mundo y en el mundo se ha quedado, y por eso podemos confiar en que algo en el mundo ha cambiado con Cristo, y que podemos ya sentirnos en casa, y admitir siempre nuevas posibilidades de amor, ternura, sentimiento; aceptar nuestro niño interior, e integrar la imagen de Dios en nosotros.

 En lo más hondo de nosotros está Dios, siempre niño, siempre naciendo, siempre nuevo, y entonces ocurre algo importante. Nosotros somos el pesebre, el establo, en el que Dios quiere nacer; no es algo que merezcamos o que ganemos a fuerza de penitencia, sacrificio u oración. Es un regalo de Dios. No necesitamos esconderle nada, pero sí creer; porque entonces el pesebre se convierte en un castillo hermoso de cristal y diamante en el que Dios se recrea. 

 A menudo nos sentimos lejos de Dios (que no estamos en realidad), por eso necesitamos una fiesta como Navidad para volver a recordar cosas esenciales, para la fe y para la vida: DIOS ESTÁ EN NOSOTROS, y es nuestra parte más pobre y humilde, representada en los pastores y animales del pesebre, la que debe y puede reconocerlo y adorarlo, de manera que se despierten en nosotros nuevas fuerzas, y perduren la alegría y la paz en nuestras vidas. Que la estrella, esa luz interior que es su presencia permanente, siga alumbrando en lo más hondo y nos guíe siempre hacia una vida plena.

Fray Manuel de Jesús, ocd

sábado, 28 de diciembre de 2019

LA GRAN FAMILIA DE DIOS

La familia es una realidad cardinal en nuestra vida, y a la vez una paradoja, como tantas otras realidades que pertenecen al ámbito de lo humano. Junto a la familia nos encontramos hoy su impugnación y contestación; la sociedad se abre a nuevas formas familiares, desafiando así lo que la Iglesia propone como voluntad de Dios, y lo que entendemos como tradición. Cristo asume y acepta la realidad familiar de su tiempo, la que le tocó vivir, y experimento la cercanía de sus padres y parientes, pero al mismo tiempo la pone en cuestión muy radicalmente, como constatamos en los Evangelios, en los que el valor supremo es siempre el Reino de Dios, incluso por encima de los lazos familiares. 

 En los medios católicos tradicionales, y en otros medios, ha habido como una absolutización de la familia, una especie de idolización. La familia lo era todo, y en aras de la familia había que sacrificarlo todo: Jesús da un rotundo NO a esta concepción.  La desmitificación que hace Jesús de un exagerado aprecio de la familia se extiende a todos los aspectos de la cuestión, a la vocación social, la vocación política, la vocación personal..., que nunca pueden ser absorbidas por el grupo familiar cerrado. 

 La evolución actual nos hace comprender mejor esta puesta en cuestión del absolutismo familiar. Los jóvenes reciben fuera de la familia tanto como dentro de ella. Reciben de fuera cada vez más las ideas, la cultura, la enseñanza, la amistad, incluso el dinero, el alimento, el techo, pues muchos trabajan, ganan y viven fuera del ámbito familiar gran parte de su tiempo. El grupo familiar queda en cierto modo homologado con los otros grupos humanos. 

 Ahora bien, la familia, aunque relativizada, mantiene todo su valor singular, insustituible. Diversos hechos contemporáneos lo confirman. La experiencia de los países donde se ha llevado al máximo la socialización, y los estudios acerca del desarrollo psicoemocional del individuo, confirman la decisiva trascendencia que para toda la vida tiene el ámbito familiar y las relaciones paterno filiales. 

En el caso concreto de los creyentes, la celebración de la Eucaristía tiene como finalidad ir creando la comunidad cristiana como una familia, en cuyo seno se ofrezca ya lo que debería ser toda la humanidad, o sea, una gran familia, una sociedad fraterna donde el auténtico amor allane cualquier obstáculo que aparezca en el camino, y supere cualquier intento de crear grupos cerrados, que se sientan por encima o al margen de la comunidad humana.

El cristiano no se gloría, sino de una sola aristocracia: la de ser hijo de Dios; y esta condición es sumamente democrática, ya que la condición de hijo de Dios es gratuitamente ofrecida a todo ser humano. Juntos debemos trabajar para que se derriben los muros que dividen a la humanidad: para que todos reconozcamos a Dios como Padre y nos reconozcamos hermanos unos de otros, ayudando a construir la gran familia que Dios quiere. 

(Ideas tomadas del Misal de la Comunidad)