viernes, 6 de marzo de 2020

EL TENTADOR Y LOS ÁNGELES: reflexiones de Cuaresma


Cada tiempo litúrgico nos recuerda una dimensión importante de nuestra fe; ahora, la Cuaresma actualiza la invitación a la conversión, y a poner la mirada, mientras vamos de camino, en el Misterio Pascual. 


En Facebook, hablan de la ceniza que se impone sobre la frente del creyente como señal de luto por nuestros pecados; creo, y comento, que no hay luto en el bautizado, que se sabe perdonado y redimido. El combate espiritual no cesa, pero tampoco la alegría y la confianza que brotan de la fe. Jesús es el novio que vino a trastocar nuestro luto en danza, en fiesta de salvación, de vida justa y digna para todos.


En Mateo 25, parábola del juicio final, que apunta al verdadero sentido de la práctica religiosa: vivir de una manera nueva, fraternal y solidaria. La comunidad de Jesús tiene la misión de responder los anhelos de una humanidad herida, compartiendo el mensaje, la buena nueva, que ofrece el mensaje de Jesús; esto implica no solo consolar, sino también transformar, hacer presente el Reino, como sal y como luz, como levadura. Ir más allá de lo devocional, para vivir la fe. 


Ni la religión es solo “hacer”, ni el hacer es solo moral, ni la moral es solo sexual, ni lo sexual es solo genital. Hablo de SER, hablo de VIDA, hablo de JUSTICIA, hablo de RELACIÓN. 


Tres escenarios para las tentaciones de Jesús: el desierto, el templo, la montaña; tres lugares epifánicos, lugares donde Dios se manifiesta. No había caído antes en ese detalle, que aporta una nueva arista a la lectura de este pasaje bíblico. Las tentaciones de Jesús son tentaciones “religiosas”, una alerta sobre cómo concebimos a Dios y nos relacionamos con Él. 


Pedir, buscar, llamar: actitudes cristianas que hablan de salida de uno mismo, de reconocer que no somos ni estamos completos sin los otros. Y en los otros, en el otro, está Dios: deja tu ofrenda ante el altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano. La garantía para estar cerca de Dios es amar, amar cada día mejor, servir, entregarse, en las cosas pequeñas de cada día y en el difícil vínculo con los que nos rodean. “La reconciliación con el otro es tan o más importante que el culto”. Superar la literalidad de la ley, con mayor radicalidad e interiorización (mejor que escribas y fariseos, pero sin sentirnos superiores a ellos); comportamiento que nace de la comprensión de lo que realmente somos. 


¿Cómo hacer creíble la experiencia de Dios en la historia si no es a través de nuestras relaciones humanas y fraternas?

jueves, 5 de marzo de 2020

EL CRISTO TENTADO DE MATEO: "Jesús, el verdadero Israel".

El relato aquí parece un verdadero duelo de escribas, por la frecuencia de citas del Antiguo Testamento que jalonan el curso de la narración, y que utilizan los dos oponentes como instrumento de lucha. Así tenían lugar los duelos rabínicos de entonces. Y aquí Jesús aparece como un mejor conocedor de la Escritura que el diablo. Observando los textos comprendemos que Mateo quiere enlazar la tentación de Jesús con las tentaciones de Israel en el desierto, acorde con todo el plan de Mateo en su evangelio. Hay una evidente continuidad entre bautismo de Jesús y tentaciones: “Tú eres mí Hijo” por parte de Dios, y luego “Si en verdad eres hijo”, de parte del diablo. La idea de la filiación divina de Jesús es central en este evangelio. 

Los Padres de la Iglesia comprendieron la importancia espiritual de este vínculo mateano entre Israel y Jesús (NT: vuelta de Egipto, bautismo y tentación, vs. AT: Salida de Egipto, paso del mar rojo, estancia en el desierto). Cristo tentado asume y cumple la “figura israelis”, y Justino ve en la lucha entre Jacob-Israel y el Angel un anuncio de las tentaciones de Cristo. Mateo pretende mostrarnos que las enseñanzas que Israel ha sacado de sus tentaciones se han hecho fructíferas en Jesús, y de ahí Jesús es aquel en quien la historia de Israel confluye, es el la plenitud de Israel, el nuevo y verdadero Israel. 

 Según esta tipología de Mateo Jesús ha de ser tentado, y la ocasión inmediata es la misma que tuvo el pueblo de Dios: el hambre. El diablo aprovecha la ocasión para incitar a Jesús a cambiar en pan las piedras. Pero es Jesús quien a de clarificarse a sí mismo en que consiste su filiación divina. Al responder Jesús se identifica con Israel en el desierto, y en lugar de la queja, ofrece la confianza (Escribió Orígenes: “Por la respuesta del Señor parece que se sometió a lo penoso del maná, manjar del cielo, y sufrió hambre para llenarse del todo de la fuerza de ese alimento”) El maná es la Palabra que Dios ha dirigido a su pueblo, o a su Hijo en el bautismo, y Jesús vive de esa palabra que le viene del cielo, y que le ha establecido como Hijo; el diablo quería demostrarle que andaba por su cuenta, que Dios no se ocupaba de él. La respuesta de Jesús dice: yo me fío totalmente de esa palabra, y por eso es que entonces se “transforman las piedras”: multiplicación de los panes. 

La segunda ronda de la lucha entre Jesús y el diablo lleva también la marca de la Escritura: el oponente vencido por la Escritura, se vale de ella para la segunda tentación. Si Jesús hubiera secundado la propuesta del tentador habría sido blasfemo, pues se le propone demostrar su cualidad de Hijo; pero así como el pueblo en el desierto provocó a Dios (Dt 6, 16 y Ex 17, 1-7) Jesús como el Israel verdadero se atiene con obediencia incondicional a la voluntad de Dios. Aquí Jesús se muestra como alguien que, en pleno conflicto, se atiene inconmovible a la voluntad de Dios, que le llega en la palabra. Importante este texto para los Padres, pues revela el vínculo de Cristo con la Escritura, el AT, y el recto uso de la Palabra de Dios. 

Finalmente la tercera ronda de duelo entre Cristo y Satanás tuvo lugar en un monte muy alto. El diablo cambia de táctica, y trueca el ataque por un ofrecimiento. Descubrimos aquí el paralelo con Dt 6, 13-15, y Ex 32, 8, cuando el pueblo abjuró de Dios para irse tras los ídolos. Aquí se habla del dominio del mundo: Satanás domina matando, Cristo salvando, dando vida. Satanás le ofrece un camino corto, Jesús elige uno largo: la cruz, la pasión. 

Dirá San Pablo: 1 Corintios 6, 20.

viernes, 7 de febrero de 2020

LAS RELIGIONES... según Javier Melloni

En la etimología de la palabra "religión" se halla la clave de lo que buscamos: las religiones son un religare, un relegere y un religere de la aspiración humana por lo Esencial. 

Religare implica “crear vínculos”, "establecer lazos" con la triple dimensión de la realidad: la divina, la humana y la cósmica. A cada uno de los tres ámbitos le corresponde una característica: las creencias están en relación con Dios; los códigos de comportamiento se relacionan con el grupo humano, y en los ritos nos ponen en relación con el mundo y la naturaleza, en tanto que nos sitúan en las coordenadas de tiempo y espacio.

Relegere significa "releer", "interpretar" el misterio de Dios, el sentido de la vida y de la muerte, de la existencia de cada uno, el porqué del mal... Las religiones son recortes posibles de infinito para hacerlo inteligible y asumible a escala humana. El Misterio permanece inalcanzable, siempre más allá de cualquier interpretación que se haga de él.

Las religiones son dedos apuntando la luna, pero no son la luna. Indican una dirección a seguir hacia un Allá –oculto en cada Acá- que trasciende cualquier palabra y cualquier vehículo, porque Dios permanece siempre más allá de todo y también siempre más acá en todo.

Religere significa elegir una y otra vez, con plena libertad y lucidez, el camino que uno siente ser llamado a recorrer. Las religiones proporcionan el marco donde ejercer el continuo acto de elección por la Vida, estimulando actos cada vez más lúcidos y libres.

Las tres posibles etimologías tienen en común el re- que las precede. El prefijo indica que estos vínculos no son estáticos sino que están en movimiento, en la medida en que son capaces de adaptarse a las situaciones cambiantes que se dan en cada tiempo y generación. Sin este prefijo de reduplicación y de dinamismo, las religiones pueden convertirse en prisiones que, al no renovarse, caen en la inercia o constriñen y acaban en coacción.

Los tres ámbitos que abrazan las religiones (el divino, el humano y el cósmico) están implicados en cada religión simultánea y recíprocamente, ya que el modo de concebir la divinidad marca el modo de comprender la humano y de relacionarse con el cosmos, así como el modo de comprender lo humano determina nuestra relación con lo divino y con lo cósmico, y nuestro modo de estar y relacionarnos con el mundo determina nuestras imágenes de Dios y nuestras relaciones con los demás. Por ello, toda religación es al mismo tiempo una interpretación de la realidad. El modo de vincularse crea una determinada comprensión y desarrolla unos determinados valores.

Los textos sagrados contienen la “revelación” de esos códigos de comportamiento y los momentos fundantes de los actos que después se ritualizarán.

Cada religión ofrece una constelación de creencias, criterios de conducta y rituales para que las personas experimenten que no están solas ni aisladas, sino que forman parte de un tejido de vínculos y relaciones que los hacen entrar en comunión con el Todo, liberándolos de la soledad, de la confusión o de la incertidumbre. Cada religión ofrece el legado de una larga tradición donde los diversos elementos tienen coherencia en su conjunto.

Podemos identificar tres grandes constelaciones religiosas en la humanidad: las religiones cósmicas, las personalistas y las oceánicas. En la triple apertura que todas ellas hacen posible hacia lo divino, lo humano y lo cósmico, las religiones cósmicas –fundamentalmente las aborígenes- viven su experiencia humana y de lo sagrado a partir del contacto con la naturaleza; las religiones personalistas –el judaísmo, el cristianismo y el islam- ponen su acento en la dimensión ético-comunitaria y en el valor de cada persona, ya que emanan de la experiencia de un Dios personal; y las religiones oceánicas se caracterizan por la noción de un Todo en el que las individualidades emergen y se sumergen continuamente. Cada religión contiene los elementos que el ser humano requiere para hacer su camino de transformación hacia el origen, pero cada una de ellas ordena estos elementos de un modo particular y único.

Ninguna religión se considera “inventada” por una persona, sino que está fundada a partir de un acontecimiento que sobrepasa la realidad humana y que tiene un origen sagrado. Por esto hablamos de revelación, porque se considera que algo o alguno ha traspasado el velo del Misterio por iniciativa de lo divino que querer mostrarse. Pero el revelarse del Misterio desvela tanto como vela, porque Dios, lo divino, lo trascendente, está atravesado por un excedente que lo preserva en su inagotablidad.

No es posible comprender una religión sin captar su núcleo fundante, aquella experiencia o acontecimiento originario que la excede desde el comienzo y la atrae a la vez desde el fin, porque en toda experiencia religiosa, lo que está al inicio está al final y lo que está al final está al inicio, a la vez que se está llamado a ser vivido en el presente. No es posible captar ese núcleo sin abrirse a la experiencia integral que comporta. Por ello es tan difícil comprender en verdad un camino religioso que no sea el propio.

Hay algo muy importante a considerar: las religiones, siendo vías hacia el absoluto, tienen el peligro de absolutizarse a sí mismas. Aunque ellas mismas tienen el antídoto para no caer en este peligro, ya que todas se remiten a un Origen que las trasciende. En el caso del judaísmo, el nombre de YHVH es un no-Nombre, porque es un nombre impronunciable; en el islam, Allah Akbar, “Dios es siempre mayor”, recuerda que toda imagen o apropiación de Dios es idolatría; en el hinduismo, Brahman solo ha mostrado una cuarta parte de su ser; en el budismo, el vacío (sunyata) preserva de toda tentación de substantivación, lo mismo que en el taoísmo, donde el Tao, el flujo de todas las cosas, no se deja atrapar en ninguna.

Para nosotros, en el cristianismo, se trata del dinamismo del acontecimiento pascual: la muerte y resurrección de Jesús suceden fuera del perímetro de Jerusalén, rasgando el velo del templo. Esto significa que ninguna religión puede delimitar el espacio sagrado donde se manifestará Dios, sino que Dios sobrepasa todos los lugares que le asignamos.

En definitiva, las religiones se han gestado en el corazón de las comunidades y culturas humanas para proporcionar tanto en las personas como en las comunidades la triple apertura a la realidad: hacia la trascendencia abren a la vía mística; hacia las relaciones interpersonales abren la vía ética; y hacia el cuidado y respeto por la tierra abren la vía ecológica.

Siendo completas cada una en sí mismas, hoy descubrimos más que nunca la necesidad de compartir su sabiduría y sus hallazgos milenarios para poder habitar en esta casa común.


Javier Melloni
(Tomado de Internet: Amigos de fe adulta)

sábado, 1 de febrero de 2020

EN LA FIESTA DE LA PRESENTACIÓN: EL CAMINO HUMANO DE JESÚS

"Jesús es un niño normal que tiene que recorrer una trayectoria humana exactamente igual que cualquier otro niño. Por desgracia no es esto lo que hemos oído desde pequeños. El haberle divinizado, desde antes de su nacimiento, nos ha separado de su humanidad y nos ha despistado en lo que podía tener de ejemplo.

Que Jesús haya desarrollado su infancia en contacto con una profunda religiosidad judía es muy importante a la hora de valorar su trayectoria personal. Si no hubiera vivido dentro de la fe judía, nunca hubiera llegado a la experiencia que tuvo de Dios. Esto nos tiene que hacer pensar. Lo que Jesús nos enseñó no lo sacó de la chistera como si fuera un prestidigitador. Fue su trayectoria religiosa la que le llevó a la experiencia de Dios, que luego se transformó en mensaje.

Todo lo que Jesús nos contó sobre Dios, lo vivió antes como hombre que va alcanzando una plenitud humana. Su propuesta fue precisamente que nosotros teníamos que alcanzar esa misma plenitud. Su objetivo y el nuestro es el mismo: desplegar todo lo que hay de posibilidad humanizadora en cada uno de nosotros. Esa posibilidad de crecer hasta el infinito está disponible gracias a lo que Dios es en cada uno de nosotros.

Es la misma religión la que a veces nos aparta de ese objetivo. Nos propone otros logros intermedios como meta y así nos despista de lo que tenía que ser el punto de llegada de toda trayectoria verdaderamente humana. Todo lo que no sea esta meta, debemos considerarlo como medio para alcanzar el fin.

Meditación

No es necesario que nadie me presente ante Dios.
Sé que soy más de Él que de mí mismo
y nada sería si pudiera separarme de Él.
Esa realidad desconcertante me sobrepasa.
Una vez descubierta y aceptada,
me abre posibilidades infinitas de ser humano.

Fray Marcos
(Tomado de Amigos de fe adulta)

jueves, 30 de enero de 2020

¿SOMOS CAPACES DE PERCIBIR LA BELLEZA?

Un hombre se sentó en una estación de metro de Washington DC y comenzó a tocar violín, una fría mañana de enero; tocó seis piezas de Bach durante aproximadamente 45 minutos. Durante ese tiempo, ya que era hora de pico, se calcula que alrededor de 1,100 personas cruzaron la estación, su mayoría, en camino al trabajo.
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Tres minutos se pasaron cuando un hombre de mediana edad notó al músico, ralentizado el paso y se detuvo por unos segundos, pero siguió después su recorrido para no llegar tarde.
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Un minuto después, el violinista recibió su primer dólar, una señora tiró el dinero sin siquiera parar y siguió su camino.
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Unos minutos después, alguien se detuvo a la pared para escucharlo, pero mirando el reloj reanudó la marcha. Estaba claramente atrasado para el trabajo
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Quien prestó mayor atención fue un menido de 3 años. Mamá lo traía por la mano, apurada, pero el niño se detuvo para mirar al violinista. Por fin, mamá lo sacó con más fuerza y el niño siguió caminando, girando la cabeza varias veces para ver al violinista. Esta acción fue repetida por varios otros niños. Todos los padres, sin excepción, obligaron a los niños a continuar.
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En los 45 minutos en que el músico tocó, sólo 6 personas pararon por un tiempo. Alrededor de 20 le dieron dinero pero continuaron en su paso normal. Tomó unos 32 dólares. Cuando dejó de tocar y el silencio se ocupó del lugar, nadie se dio cuenta. Nadie aplaudió, ni hubo ningún tipo de reconocimiento.
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Nadie sabía que este violinista era Joshua Bell, uno de los músicos más talentosos del mundo. Tocó algunas de las piezas más elaboradas una vez escritas en un violín de 3,5 millones de dólares.
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Dos días antes de tocar el metro, Joshua Bell agotó un teatro en Boston, donde cada lugar costó un promedio de 100 dólares.
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Esta es una historia real, Joshua Bell tocó incógnito en la estación de metro en un evento organizado por el Washington Post que formaba parte de una experiencia social sobre percepción, gustos y prioridades.
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La pregunta era: en un lugar común, en una hora inapropiada somos capaces de percibir la belleza? Paramos para disfrutar? Reconocemos el talento en un contexto inesperado?
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Una de las posibles conclusiones que se pueden sacar de esta experiencia puede ser: “Si no tenemos un momento para parar y escuchar a uno de los mejores músicos del mundo tocar algunas de las canciones más bien escritas del mundo, ¿cuántas otras cosas estaremos perdiendo?"

(Tomado de Facebook)

domingo, 26 de enero de 2020

A VINO NUEVO, ODRES NUEVOS

"Nadie le echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto, lo lo nuevo de lo viejo, y deja un roto peor. Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres, y se pierde el vino y los odres. A vino nuevo, odres nuevos" (Marcos 2, 20-22). 

 
Jesús y los suyos son recriminados por los más piadosos, por no cumplir los preceptos que establecía la religión, respecto al ayuno. Su respuesta, revolucionaria, permite vislumbrar la novedad que aporta el Maestro, respecto a lo establecido por una lectura rígida de la Escritura y las tradiciones. 

La diferencia entre la religión, el vestido viejo, y la propuesta de Jesús, el paño nuevo, es tal que no permite componendas. Lo que Jesús aporta no es un "arreglo" para que todo siga igual en una religiosidad rutinaria y deteriorada, sino una propuesta nueva que trasciende toda religión. Jesús nos regala un "vino nuevo", que es imposible de contener en los "odres" ya conocidos. 

 Jesús, identificándose a sí mismo con la imagen del novio, sustituye la "mortificación" por la "alegría", y de una religiosidad de tonos sombríos nos invita a pasar a una fiesta de bodas, en la que además, el novio ya está dentro, en medio de nosotros. 

Mientras que la religión organiza una práctica que pretende algún día alcanzar a Dios, Jesús proclama la buena noticia de que todo está ya alcanzado, todo es presente; se trata entonces de aprender a vivir en el aquí y el ahora, donde siempre está Dios. 

 A menudo la la novedad y el frescor de la propuesta de Jesús se sustituyen por la rutina, la reiteración cansina y estéril, y así se corre el riesgo de perder el vino nuevo. El vino es siempre el mismo, pero los odres son inevitablemente relativos y habrá que irlos reponiendo cada cierto tiempo. Cuando confundimos el odre con el vino, el recipiente con el contenido, corremos el riesgo de perder los dos. Así, absolutizamos lo relativo,  y corremos el riesgo de perder lo valioso. 

¿Cómo podemos rescatar y vivir la novedad y el frescor del Evangelio?

(Interpretación personal de un texto de Enrique Martínez Lozano)


viernes, 17 de enero de 2020

QUITANDO CON JESÚS EL PECADO DEL MUNDO

"Jesús quitó el pecado del mundo escogiendo el camino del servicio, de la humildad, de la pobreza, de la entrega hasta la muerte. Esa actitud anula toda forma de dominio, por eso consigue la salvación total. Es el único camino para llegar a ser hombre auténtico. Jesús salvó al ser humano, suprimiendo de su propia vida toda opresión que impida el proyecto de creación definitiva del hombre. Jesús nos abrió el camino de la salvación, ayudando a todos los oprimidos a salir de su opresión, cogiéndoles por la solapa y diciéndoles: Eres libre, sé tú mismo, no dejes que nadie te destroce como ser humano. En tu verdadero ser, nadie podrá someterte si tú no te dejas. En aquel tiempo, esta opresión era ejercida no solo por Roma sino por sacerdotes y letrados.

Jesús vivió esta libertad durante toda su vida. Fue siempre libre. No se dejó avasallar ni por su familia, ni por las autoridades religiosas, ni por las autoridades civiles, ni por los guardianes de las Escrituras (letrados), ni por los guardianes de la Ley (fariseos). Tampoco se dejó manipular por sus amigos y seguidores, que tenían objetivos muy distintos a los suyos (los Zebedeo, Pedro). Esta perspectiva no nos interesa porque nos obliga a estar en el mundo con la misma actitud que él estuvo; a vivir con la misma tensión que él vivió, a liberarnos y liberar a otros de toda opresión.

No tenemos que oprimir a nadie de ningún modo. No tengo que dejarme oprimir. Tengo que ayudar a todos a salir de cualquier clase de opresión. Jesús quitó el pecado del mundo. Si de verdad quiero seguir a Jesús, tengo que seguir suprimiendo el pecado del mundo. Hoy Jesús no puede quitar la injusticia, somos nosotros los que tenemos que eliminarla. La religiosidad intimista, la perfección individualista, que se nos han propuesto como meta del camino espiritual, es una tergiversación del evangelio. Si no hacemos todo lo posible, no solo por no oprimir a nadie sino para que nadie sea oprimido, es que no me he enterado del mensaje".

Fray Marcos
(Fragmento comentario a II domingo T. O. ciclo A, 
tomado de Religión Digital)