viernes, 1 de mayo de 2020

HAGA BIEN SU TRABAJO TODO EL MUNDO...

"No basta con llegar a la oficina o al surco, o al taller, cuando apenas comienza el día, y laborar como lo indica la costumbre. 
Lo que importa es poner en el trabajo, diariamente, amor y buena voluntad, para que el pan salga dorado de los hornos, 
bien hecho y bien cocido, y los dibujos de las telas nuevas, al recibir el agua de la lluvia, no pierdan sus colores.

Es un deber del sacristán tocar con entusiasmo la campana y sentir que la música que cae de la torre, sobre la plaza de los pueblos es buena para el alma de los hombres. 
El carpintero que hace mesas, o alcancías o armarios, no puede contentarse con serruchar en forma ciega. Tiene la obligación ante si mismo y ante los demás de hacer bien su trabajo y dejar en las tablas un poco de su espíritu…

Haga bien su trabajo, barrendero; deje la calle limpia y dibuje en el suelo, con la escoba, grandes mapas de música. Haga bien su trabajo, soldador; trate de que la mano no le tiemble cuando el fuego comience a cocer los metales. Haga bien su trabajo, Capitán: Lleve los buques hasta el puerto, con mano firme y ojos vigilantes.

Haga bien su trabajo, todo el mundo: El vendedor de helados inclusive, para que un grito suyo - uno solo -, refresque los caminos del verano.

Carlos Castro Saavedra

lunes, 27 de abril de 2020

PARA VIVIR LA RESURRECCIÓN: MARÍA MAGDALENA

Juan ubica en el centro del evangelio de Pascua la figura de María Magdalena, y desde entonces en la Comunidad de Jesús ha sido admirada, llamándole santa, y también "bienaventurada amiga de Dios". A pesar de que su biografía no es clara, pues se le relaciona a veces, y a veces no, con la mujer pecadora de san Lucas y con María de Betania, la hermana de Lázaro, o con la mujer de la que Jesús expulsó siete demonios, ella es símbolo del misterio de que mucho se le concede a quien mucho ama. Como hemos estado compartiendo algunas ideas de Anselm Grün respecto a la resurrección de Jesús no podía faltar el reflexionar en torno a esta figura femenina para seguir intentando vivir la Pascua, el paso del Señor por nuestra vida....

UNA MUJER DESGARRADA: En dos Evangelios se dice que Jesús expulsó siete demonios de María Magdalena. Acompañó a Jesús y tuvo indudablemente una cercanía especial con él. Si consideramos lo que implica estar poseída por siete demonios entonces reconoceremos que María Magdalena era una mujer completamente desgarrada. No tenía identidad, ningún eje central que orientara su vida. Hoy diríamos de ella que vivía al borde, cuya sanación era casi imposible. Y sin embargo, Jesús no tuvo miedo de María Magdalena, vio su desgarramiento y su falta de identidad, su temor... pero también vio su anhelo de amor. La liberó de los siete demonios que no le dejaban vivir y amar de verdad. Al encontrar a Jesús, Magdalena recuperó su dignidad como mujer, y supo cómo rehacer y centrar su vida, ahora sí, en el amor. Magdalena volvió a nacer al encontrarse con Jesús, y experimentó de una manera singular que el amor triunfa siempre sobre la muerte, porque todo lo que en ella estaba muerto despertaba a una nueva vida.


Fue ese amor el que llevó a María Magdalena a la tumba de Jesús muy temprano en la mañana, cuando todavía estaba oscuro. Los hombres, el sexo fuerte, huían o se escondían, mientras la mujer desafía el temor y sale a buscar a su Señor para ungirle con perfumes. En esta historia hay un modelo: la historia de un amor que busca más allá de la muerte, y por eso sale todavía a oscuras con el ansia de encontrar lo que ha perdido. Parece que no está ya lo que se ama, pero sigue vivo, está presente, en el anhelo, en la esperanza. Nos preguntamos: ¿Cuál es mi anhelo más profundo? ¿A dónde me lleva mi deseo de amar? Dios y el amor van siempre juntos, por eso hay que seguir el anhelo de amar hasta el final. Entonces encontraremos al Resucitado, lo mismo que María Magdalena.

San Juan nos cuenta en su evangelio cómo María Magdalena, inmediatamente después que quitaron la piedra del sepulcro, corrió hacia Simón Pedro y el discípulo que Jesús amaba. Y les dijo las palabras que aparecen narradas en otras dos ocasiones por Juan: “Se han llevado a mi Señor, y no sabemos dónde lo han puesto”. Allí no hay ninguna creencia en la Resurrección, sólo la desilusión por no haber encontrado el cuerpo de Jesús, que ella quería ungir. Magdalena quería manifestar su amor a Jesús velando junto a su cadáver, y era un modo también, según algún comentarista, de encontrar consuelo a su dolor. Y entonces comienza la carrera pascual: Simón y Juan, los discípulos más cercanos, corren al sepulcro; Juan va más rápido y llega primero, pero le cede a Pedro el ingreso, y este entra al sepulcro. Pedro ve las vendas en el suelo y el sudario plegado aparte, pero no hay cuerpo. Pedro ve, pero no comprende, no puede imaginar la razón de la tumba vacía, sino que simplemente confirma lo que dijo la Magdalena. No puede ver el sentido. Juan en su evangelio presenta a Pedro como una persona que se guía por la razón y la voluntad, y así nos dice que quien desea juzgar las cosas sólo a partir de la mente no puede comprender el misterio del Resucitado.

El otro discípulo, que la tradición equipara con Juan, entra al sepulcro después, y dice: “vio y creyó”. Este discípulo ve con el corazón, y el corazón que ama comprende y cree. No precisa el texto cuánto alcanzaba de comprensión el discípulo, pero deja claro que el camino para adentrarse en el misterio del Resucitado no es la razón, sino el corazón. Es necesario un corazón que ame y que se sepa amado. El discípulo favorito que aparece en este evangelio como figura, es tanto el que ama a Jesús como el que sabe amado por Él. Aquel que se sabe amado por Jesús hasta el fondo de su corazón puede creer en la resurrección, y confía en que el amor es más fuerte que la muerte, que el amor perdura, y es más valioso que todo lo demás.

Pero demos un paso más: ni a Pedro ni al discípulo amado se les ha dado el regalo del primer encuentro Ha sido María Magdalena la que ha encontrado en su búsqueda al Señor Resucitado. Sólo a la mujer que ama apasionadamente se le permite hablar con el Resucitado. La Magdalena no es sólo la pecadora, sino que ama mucho, y de hecho de ningún otro santo corren tantas leyendas en la historia de la Iglesia como de esta mujer misteriosa a la que el amor de Jesús transformó por completo. Ella amó mucho y fue amada de tal manera que experimentó la gran transformación del amor.

En el evangelio de Juan se expone con claridad cómo el duelo de María Magdalena se convierte en alegría. Mientras Pedro y Juan regresan a casa, María permanece junto al sepulcro. Desea quedarse cerca del lugar donde su amado Señor fue sepultado. Y estando María llorando junto al sepulcro, vio a dos ángeles de blanco, sentados en el sitio donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Ellos le preguntaron: ¿Por qué lloras?, y ella contestó: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto". 

María es valiente, pues aun en medio del dolor entra al sepulcro, pero la misma tristeza no le deja ver más allá de lo acontecido, está cautiva de su tristeza. Ella habla de Jesús como si le perteneciera, quiere consolarse al menos ungiendo su cuerpo muerto; no escapa del dolor, lo abraza, lo convierte en camino, y es el mismo dolor quien le guía para reencontrar a su amado.
Entonces, una vez que ha conversado con los ángeles, María se vuelve, y ve a Jesús ante ella. El diálogo con los ángeles provoca en ella una transformación, abre una puerta, y ante esa puerta está Jesús. Sin embargo, ella aún no le reconoce; vuelve a establecerse un diálogo, casi el mismo de antes: ¿Por qué lloras? porque se han llevado a mi Señor. Dice el evangelio que ella cree que es el jardinero. María se aferra al muerto, y por eso no ve al viviente. María, que ha sido valiente, necesita desprenderse de lo viejo, del pasado, del dolor que la ciega, para reconocer a Jesús que está de pié ante ella. Entonces la voz de Jesús irrumpe, y rompe el muro, la barrera que la separa de la nueva realidad; él le dice: María, y ella le llama: Maestro. Vuelve a reconocerse la relación especial de María Magdalena con Jesús: Él era su Señor y es su Maestro. La voz de Jesús, que ella conoce tan bien, vuelve a despertarla, llevándola a entrar en la nueva realidad o "nueva visión". El dolor de María atrae a Jesús, y el amor de Jesús despierta a María de su letargo doloroso.

Una hermosa imagen para nuestra meditación y contemplación es este encuentro entre Jesús y la Magdalena. Una invitación provocativa para que experimentemos en la propia vida que el amor es más fuerte que la muerte. Llévale a Jesús tu dolor, acude confiado a tu Señor y Maestro, y su voz, que habla en tu interior, pronunciará tu nombre, y te despertará. Somos importantes para Jesús, ha grabado nuestro nombre en la palma de su mano, no olvidemos nunca cuánto somos amados.

(Texto preparado a partir de otro de Anselm Grün)

sábado, 25 de abril de 2020

SER IGLESIA EN TIEMPOS DIFÌCILES


El Sagrario, con el pan consagrado en nuestras celebraciones eucarísticas, es el corazón de la comunidad cristiana; late ahí nuestra fe, la misma que nos convoca para reunirnos en torno a la mesa del Señor, escuchar su Palabra y compartir el pan que nos da vida. Es un rincón propicio para la oración y el recogimiento, para sentir el latido de la Iglesia, porque creemos que ahí está Cristo presente de una manera especial y ùnica. 

Pero ahora mismo, escuchando a la gente a mi alrededor, temo que esto se absolutice, como si no pudiéramos encontrar a Jesús en ninguna otra parte; como si Dios pudiera ser limitado a un solo lugar, como si no se pudiera orar, sino en ese lugar del templo. Nosotros también tenemos un corazón, y no necesitamos verlo para saber que late dentro, que impulsa la sangre y la vida en nuestros cuerpos; así, también al pasar por un templo católico, sabemos que hay un sagrario en el que late el corazón de una comunidad cristiana. Podemos orar, o hacer la señal de la cruz, sin verlo, porque el mismo Maestro dijo: “Dichosos los que crean sin ver”. 

En tiempos difíciles se pone a prueba la fe, y por ello también salen a flote muchas actitudes que se le parecen, pero no brotan del amor a Dios, sino del miedo y la falta de confianza en él. Parece fe, pero en realidad es superstición; es un intento de agarrarse a palabras, gestos, ritos, porque necesito ver, tocar, lo mismo que Tomas, el incrédulo. Se olvidan las promesas del Señor de la historia, y su invitación a no tener miedo. “Gente de poca fe, ¿por qué dudan?”. 

Ahora es el momento de mostrar que de verdad creemos, momento de estar disponibles y confiar, de ahondar en lo que significa la Iglesia, el bautismo, la comunión de fe y de vida de los cristianos. Otra cosa es andar extraviados, incapaces de ver al que sigue caminando a nuestro lado, intentando hacernos comprender que cada paso que damos en la vida nos acerca más al corazón de Cristo y a la salvación. 

Aquel que decimos que “se hizo carne” sale hoy a nuestro encuentro en esta crisis; en los desafìos que supone para nuestra vida y nuestra economìa, nuestra familia o nuestros hijos; en los enfermos y en los que buscan combatir y vencer la enfermedad; en los pobres y débiles que la pasan mal porque no tienen las mínimas condiciones de vida para enfrentarlo; en los perjudicados de siempre, haya o no una crisis sanitaria. Ahí está Cristo, tendido en medio del camino, y nosotros dando un rodeo para correr a buscarlo en nuestras mediaciones, litúrgicas o sagradas, cuya función es ayudar a que le veamos, no ocultarlo. 

Las palabras del ángel a los discípulos resuenan hoy también para nosotros, como un reclamo de la fe verdadera, la que es profunda, orante, fraterna y solidaria: ¿Qué hace ustedes ahora mirando al cielo?; ese que buscan está en la Galilea de la vida, en la prueba y la esperanza de la gente. Vayan allí, y le encontraran. Quiero decir, en resumen, que las mediaciones están bien si nos conducen al centro de la vida para ejercer allí nuestra condición de cristianos, fraternos y solidarios, luego de sentirnos Iglesia, aunque de momento no podamos reunirnos físicamente en un lugar, o recibir la comunión, o ver el Sagrario o el Santísimo expuesto. Es momento de crecer y madurar la fe, momento de mostrar que Cristo vive en medio de los suyos, y no se acobarda; momento de orar y encontrarle “en espíritu y verdad”. 

Al final, no se trata tanto de si podemos reunirnos o no en nuestros templos, o si sacamos el Santísimo o la Virgen a recorrer el barrio o la ciudad, o si “vale” seguir la Eucaristía por televisión o confesarse por teléfono. La pregunta es si realmente somos Iglesia; si la “comunión” que anhelamos recibir es la expresión de una comunión real entre nosotros y con Cristo; si somos gente de tradiciones o supersticiones, o gente de fe que se reconoce hijo, hermano del otro; discípulo convencido, capaz de reconocer que la verdadera y plena bendición hoy para la gente y el mundo es la presencia del Cuerpo de Cristo, nosotros, su Iglesia, anunciando una vez más el perdón, la esperanza y el amor de parte de Dios, en medio de esta crisis.

Fray Manuel de Jesùs, ocd


viernes, 24 de abril de 2020

DE JESÚS, PASANDO POR LA EUCARISTÍA, A LA VIDA COTIDIANA

Comenzando a leer en nuestras Eucaristías el capítulo 6 del Evangelio de Juan: el discurso del Pan de Vida de Jesús. Referencias: hacia atrás, Moisés y el Éxodo; hacia adelante: la celebraciones de la comunidad cristiana en torno a la Palabra y el Pan de Vida compartido. Me sirve de pretexto esta lectura para tratar de sintetizar las ideas que voy rumiando en estos días; sigo preocupado por el sentido de nuestras Eucaristías. 

Tres momentos para la reflexión: 
1. La voluntad de Jesús: "Hagan esto en memoria mía". La pregunta es: ¿Qué nos manda Jesús que hagamos? ¿Repetir mecánicamente un rito, unas frases, unos gestos, como algo mágico? ¿O el ritual expresa y apunta a una realidad que no vemos con los ojos velados por la falta de fe? ¿Qué quiso decir Jesús? No puede entenderse su voluntad  si no es en el contexto en que se expresa: una comida, la presencia del Maestro y los discípulos en plan de amistad, de inminencia de la muerte, de la voluntad de entrega y servicio de Jesús.  El que Juan sustituya el relato  que todos conocemos por el lavatorio de los pies es altamente significativo, y siempre ha de estar presente al pensar la Eucaristía. 

2. Lo que hace la comunidad desde los inicios: reunirse, escuchar juntos la Escritura, compartir la mesa. Este es el rito que asumen los cristianos: lo ven como voluntad de Jesús, expresión de comunión con él, testimonio existencial. Va cambiando en sus formas a lo largo de la historia, pero conservando lo esencial hasta el presente. Existe el riesgo de cosificar el Misterio que celebramos, misterio de amor y comunión. A menudo no nos reunimos "con", "en", sino "para"; como se dice "aplicar la misa" por determinadas intenciones. ¿Dónde queda la gratuidad del encuentro? ¿Por qué se circunscribe todo a "comer la hostia", como si sólo ahí hubiera comunión, y no en toda la celebración? 

 3. Su interpretación: Es fundamental la interpretación que damos a lo que celebramos, el entender cómo se expresa y realiza el Misterio de nuestra fe. ¿Tienen valor esos ritos, símbolos, palabras, por sí mismos o son la expresión de algo más hondo, más alto, expresado por Jesús en aquella Última Cena ? Celebrar la Eucaristía implica "vivir eucarísticamente". Creo que con demasiada frecuencia nos quedamos en las formas y no vamos a la vida, que es lo más importante. Nuestras Eucaristías no pueden estar al borde del camino, sino ser camino ellas mismas, expresión de vida.

Lo expresa cabalmente Lucas en su relato de los discípulos de Emaús, que leeremos el próximo domingo: Jesús no está en un lugar distinto de la misma vida. Es en medio de ella donde cobra sentido la Eucaristía: la Palabra y el Pan de Vida se convierten en fraternidad, testimonio y solidaridad, o no son el camino de Jesús. ¿Cómo hacer que nuestras celebraciones sean verdadera expresión de lo que vivimos, y al mismo tiempo alimenten la vida nueva que vivimos en Cristo? ¿Cómo librarnos de esas "misas" que parecen, al menos en el lenguaje que usamos, manipular a Dios a nuestro antojo, usarlo para tapar nuestros agujeros, o tranquilizar nuestra conciencia?

He pensado y sigo pensando estos temas, porque creo que la Eucaristía es la expresión cabal de lo que significa ser cristiano y ser Iglesia; mientras nos quedemos en lo exterior y no busquemos dentro del Misterio que celebramos, seguirán siendo ritos religiosos que la gente usa con superstición, pero mira también con escepticismo. Lugares, expresiones, personajes, vinculados a unos rituales que buena parte del mundo relaciona con el pasado y no con el futuro y con la Vida. 

Fray Manuel de Jesús, ocd.

sábado, 18 de abril de 2020

NUESTRA VIDA HOY ES GALILEA (Segunda semana de Pascua)


En San Marcos y San Mateo, el ángel pide a las mujeres que digan a los discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de ustedes a Galilea: allí lo  verán" (Mt 28,7). No sucede lo mismo con San Lucas, para quien Jerusalén constituye el centro, la meta, hacia la cual han de dirigirse los discípulos y su predicación. Pero Marcos y Mateo hablan de Galilea, es allí a dónde deben regresar los discípulos después de la Resurrección; no es en la santa ciudad de Jerusalén, sino en su tierra, en su casa, allí donde viven y trabajan, en medio de la vida cotidiana, donde van a volver a encontrar a Jesús.

 Galilea era la tierra donde conviven  judíos y gentiles, de ahí que estuviera mal vista por los más observantes  y la clase dirigente  judía. Galilea corresponde no sólo a lo cotidiano, sino al mestizaje, a la mezcla de la cual resulta nuestra vida.  Nuestra vida hoy es Galilea; en nosotros conviven mezclados judíos y gentiles. En nosotros están juntos la cercanía y la distancia de Dios, la fe y el escepticismo, el amor y el odio, lo vivo y lo rígido, la salud y la enfermedad, la solidaridad y el egoísmo, la luz y la oscuridad.  Convivimos con personas que buscan a Dios y con personas que lo rechazan o niegan, o simplemente que  no se preocupan por él; con  personas que amamos y con otras con las que tenemos poco en común. Personas que ofrecen lo mejor de sí en el momento de la crisis y personas que, al contrario, siembran desánimo, miedo y desesperanza. 

 Es ahí, en medio de esa mezcla, donde está nuestra Galilea, y es ahí donde vemos al Resucitado. Necesitamos ojos nuevos para verle, para reconocerle; lo primero es aprender a mirar, y luego más tarde conseguiremos oír. Es más fácil celebrar al Resucitado que reconocerlo en medio de la vida: en los muchos rostros e historias de gente que pasa a nuestro lado, en la alegría que supera el dolor, o la pobreza que sabe compartir lo poco, o en la abundancia que se vuelve solidaridad y desprendimiento. En la libertad o el riesgo frente a la imposición y el miedo, en la naturaleza, en la música, en todo el arte. También en los que se movilizan para aliviar el sufrimiento y la necesidad de sus semejantes.
Cierras los ojos un momento y escuchas los aleluyas pascuales que te regala la vida continuamente, y que siempre sabes escuchar.


A lo largo de todo el tiempo pascual la Escritura nos va regalando claves para vivir con gozo nuestra fe, creciendo siempre y madurando espiritualmente. Esta segunda semana de Pascua, tras el asombro compartido con los discípulos por la Resurrección del Señor, somos invitados a buscarle en medio de la vida, a contemplarlo ahí, a sentirlo caminando a nuestro lado, invitándonos a su mesa y partiendo el pan para nosotros. Y recuerda: las dudas son parte del camino, de la búsqueda: ¿era necesario...? Mirando nuestra vida con los ojos del Resucitado podemos ver que todo estaba en las manos de Dios, que estuvo bien, que todo sirvió para que se formara en mí la imagen de Dios que me sostiene y me libera. Confiemos en el Señor, también ahora que somos probados, y oremos con las palabras del apóstol:

"Bendito sea Dios, padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia que no puede destruirse, ni mancharse, ni marchitarse, reservada para nosotros en el cielo".


Fray Manuel de Jesús

jueves, 16 de abril de 2020

PARA VIVIR LA RESURRECCIÒN: LEVANTARSE, DESPERTAR Y SER LIBRES

Aunque la Resurrecciòn de Cristo es el centro de nuestra fe, sucede que no marca tanto nuestra vida cotidiana como quisièramos; hablamos mucho de penitencia y de pecado, de culpa y de confesiòn, y muy poco de alabanza, perdòn, agradecimiento y vida. Son temas que no deben quedarse en este tiempo litùrgico, sino centrar y marcar nuestra vida como cristianos. De ahì la utilidad de las reflexiones que vamos encontrando, pues nos ayudan a incorporar la resurrecciòn a nuestra espiritualidad y testimonio de fe. Ya he compartido en otros años algunas ideas tomadas de Anselm Grûn, y ahora vuelvo a apoyarme en èl para lo que comparto a continuaciòn, tres dimensiones fundamentales de la experiencia del encuentro con el Resucitado: levantarse, despertar, liberarse.

RESURRECCIÒN SE RELACIONA CON LEVANTARSE: Todos tenemos nuestros "sepulcros", es decir, lugares, recuerdos, estados anímicos, que lastran nuestra vida, pero a los cuales nos hemos acostumbrado; también podemos instalarnos en lo negativo, acomodarnos en la indiferencia, la resignación o la depresión, y permanecer ahí, llenos de miedo a la vida, al desafío del presente. Jesús, en los Evangelios, ayuda a mucha gente a levantarse, a ponerse en pié, a incorporarse y erguirse, frente a todo lo que coarta la vida en la persona. Recuerdo ahora su encuentro con el hombre ciego de nacimiento, sentado al borde del camino, pidiendo limosna; el camino es la vida, que transcurre, pero el hombre no anda, no se pone en pié, solo pide, reclama, se queja. Jesús le devuelve la vista, y lo mejor, lo incorpora al camino, a la vida. Así también en los relatos de la Resurrección de Cristo: vemos el sepulcro abierto y vacío, y ya el Señor es dueño de la vida y de la muerte, ya esta última no puede retenerlo. Nosotros, hombres y mujeres de fe, recibimos la fuerza del Resucitado, y por ello podemos salir también de nuestras oscuridades y dependencias, de nuestros temores y angustias, es decir, de nuestros sepulcros. También Pedro, cuenta el libro de los Hechos, levantó a un hombre tullido en el nombre de Cristo, una vez que él y los demás apóstoles habían superado sus propios temores, llenándose de fuerza para realizar su misión. Nosotros, también discípulos, podemos llevar a otros esta buena nueva: La resurrección acontece en nosotros también y al mismo tiempo podemos compartirla, llevando alegría, comunión y bendición a los demás. Recuerda: La fuerza de la resurrección está en nosotros, en mí y en tí, en todos; la gracia de Dios, sus ángeles, han corrido la piedra que tapaba la entrada del sepulcro y ahora podemos levantarnos, erguirnos, y salir al camino, para vivir de verdad, sin miedos.

RESURRECCIÓN SE RELACIONA CON DESPERTAR: Salir del sepulcro, levantarse y volver al camino, implica un "despertar"; es decir, un alcanzar una nueva visión. Aprender a mirar la realidad con los ojos de Cristo, nuestro Maestro y Señor, y aprender de él a relacionarnos de un modo diferente con la realidad. Tenemos los ojos abiertos, sí, pero no vemos, es como si estuviésemos ciegos, y todo se presente ante nosotros desvirtuado; por eso los discípulos no consiguen al principio reconocer al Señor resucitado, porque siguen mirando con ojos viejos. Los ojos de la fe, ojos nuevos, descubren una realidad diferente. Todo aquello que nos inquieta y agobia, que nos asusta o deprime, forma parte del sueño del que debemos despertar, y para ello debemos encontrar a Dios en Cristo. Experimentar al Dios de Jesús es despertar. Levantarnos con el Resucitado de nuestras tumbas es vivir con los ojos abiertos y no dejarnos engañar por ilusiones y espejismos; es alcanzar una nueva sabiduría, que tiene que ver con la escucha atenta y la disponibilidad para vivir la aventura del Evangelio.  

RESURRECCIÓN SE RELACIONA CON LIBERACIÓN: Cuando Jesús resucitó, dice Mateo, se sintió un fuerte terremoto que asustó a los guardias que cuidaban el sepulcro; así también, cuando Jesús resucita, algo grande se pone en movimiento, aunque muchos, cansados o dormidos, no se hayan dado cuenta. La vida de todos aquellos que estuvieron cerca de Jesús cambió irremediablemente, y aunque a veces la oscuridad estuvo cerca y el temor a lo que podía suceder, ya luego volvió el valor y la seguridad en lo que había sido anunciado y prometido. Venimos también con nuestras historias, vivencias, buenas o malas, y ellas forman parte de lo que somos, pero recibir la fuerza del Resucitado  supone adquirir una nueva libertad, interior, y también libertad frente a los poderes de este mundo. Libertad frente al miedo, la desesperanza, la angustia, las viejas heridas. La resurrección rompe nuestras cadenas, y somos invitados a celebrar la fiesta de la vida, y no solos, sino siempre en comunión de fe y de vida con otros, hermanas y hermanos en el camino de la Vida nueva.

PREGUNTAS:

¿Qué significa para mí ahora mismo "levantarme" con el Cristo resucitado en esta Pascua? ¿Qué miedos o cargas no me dejan andar? ¿Cómo puedo  crecer en sabiduría y escucha para participar de una nueva visión resucitada? ¿Ejerzo mi libertad de hijo/hija de Dios o soy esclavo de prejuicios, miedos, tradiciones, esquemas o acomodamientos? Pensar en gestos concretos con los que hacer visible a Cristo Resucitado en mí.


RECUERDA:
Si ahora mismo nos sentimos cansados, tristes, deprimidos, desesperanzados, ahondemos en nuestra comunión con el Jesús resucitado; no se trata solo de pedir una cosa u otra, sino de orar para crecer en la comunión con Aquel en el que somos uno. Si él resucitó, también nosotros estamos ya fuera del sepulcro, libres de las vendas que nos envolvían, capaces de ponernos en pié para CAMINAR, de abrir los ojos de verdad para VER y sobre todo LIBRES para emprender la aventura de la VIDA.

Fray Manuel de Jesús

sábado, 11 de abril de 2020

LEVÁNTATE PARA UNA VIDA NUEVA

El Viernes Santo celebramos la muerte de Jesús, y el Sábado Santo velamos, en oración y esperanza, para celebrar su resurrección. Dice la tradición de la Iglesia que él bajó hasta el abismo, o el infierno, es decir, el lugar de los muertos, y cuando salió, los llevó con él.  Así resuena hoy la llamada de Dios en el corazón de los cristianos, que ha de ser a su vez repetidor de la llamada del Padre al mundo entero: LEVÁNTATE. 

Sal de tus abismos, de tus sepulcros, de tus muertes, y escucha la voz amable y cálida de quien te llama a ser lo que eres, a encontrar tu verdadera identidad en el corazón del Creador. Desecha esas imágenes celestes elaboradas por nuestros propios miedos y manipulaciones. 

DIOS ES AMOR, y el amor es más fuerte que la muerte. 
LEVÁNTATE, tú eres mi hijo, no tengas miedo, que para ti he preparado mi descanso, mi PLENITUD. 

La Escritura es para mí una constante fuente de sorpresas, pues me regala luces para entender mi camino espiritual. Hace muchísimos años que leo cada mañana el salmo 94, y la frase: “Y no entrarán en mi descanso”. Me gustaba esa imagen, porque la sentía como una promesa de paz, aunque no deja de resultar para muchos como una amenaza que apura la conversión. Pero esta mañana he comprendido, en mi lectura, que ha de leerse esa frase, en paralelo con otra, de Génesis; tras haber trabajado arduamente en la creación, dice que Dios: “Al séptimo día descansó”. El descanso es la satisfacción, el completamiento, la PLENITUD. 

Es la razón de la oración del alma enamorada de Juan de la Cruz: no reparar en las migajas, sino quererlo todo, como Teresita. Es no dejarse enredar en el puente, y correr a la otra orilla, donde nos espera el Padre con los brazos abiertos, para empezar la fiesta de la VIDA. ¡Cuánto debemos caminar para entenderlo! ¡Cuánta vida perdida para ganar la verdadera!


¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!!!!

Fray Manuel de Jesús