"Vuelve, por favor, vuelve, quien quiera que seas, religioso, infiel, hereje o pagano. Aunque hayas hecho cien promesas y cien veces las hayas roto, esta puerta no es la puerta de la desesperanza y la frustración. Esta puerta está abierta para todos. Ven, ven, tal como seas". (Rumi)
sábado, 31 de diciembre de 2022
ORACIÓN PARA EL FINAL DE UN AÑO
domingo, 25 de diciembre de 2022
NAVIDAD: REFLEXIONES PARA LAS LITURGIAS DEL DÍA
MISA DE VÍSPERAS
En el nacimiento de Jesús alcanza una cima señera la alianza de Dios con la humanidad. El Dios concreto de Israel es el Dios de la promesa; una promesa mantenida en la fidelidad. Y esa promesa nace de una alianza que da cuerpo a la forma de ser y de actuar que Dios tiene. Como un padre, como un esposo, como un pastor solícito, comparte nuestra historia sin abandonarnos nunca. Esta alianza ha surgido de su iniciativa personal y es un compromiso suyo de vivir en comunión constante con nosotros, aún cuando nosotros le seamos infieles. La alianza más elocuente y expresiva, más sugerente y profunda, es la que se forja entre dos amigos, dos amantes, dos esposos. La alianza de Dios con el pueblo es, según la Biblia, parecida a la alianza nupcial; mejor, es su raíz y su posibilidad. No es un contrato, una ley, sino un compromiso personal. La historia del pueblo de Dios, la historia bíblica, es la historia de esa alianza tejida de infidelidades por parte del hombre y de una fidelidad sin falla por parte de Dios.
La Navidad es la cota hasta ahora más alta de lo que da de sí la entrega y el compromiso de Dios con los seres humanos, simbolizado por la alianza. Ahora sabemos lo que encierra la promesa de fecundidad hecha a Abrahán, la promesa de descendencia hecha a David. Del amor de Dios al ser humano, de las nupcias del cielo con la tierra nace el rocío y la vida del Niño-Dios; del árbol frondoso de generaciones y generaciones mantenidas por Dios en la esperanza brota el retoño de Jesús, primogénito de una humanidad nueva.
MISA DE MEDIANOCHE
La misa navideña de medianoche celebra el alumbramiento de María, que da a luz al Niño. Pero, en un sentido más profundo, esta noche festeja ese otro alumbramiento más universal por el cual Dios a través de Jesús, hace que surja la luz de en medio de las tinieblas. Las tinieblas son la oscuridad que hay en el mundo a causa de las injusticias, el hambre, la pobreza; a causa de la opresión de unos hermanos sobre otros; a causa del orgullo del hombre, de su avidez de poder y de dominio. Todo ello constituye como una oquedad tenebrosa, como un seno estéril, como una tumba.
Hasta aquí desciende María y el fruto de su vientre, cuando tienen que refugiarse en la gruta abandonada, cuando tienen que someterse a las órdenes de un gobernador impuesto por potencias extranjeras y abandonar la propia casa. Hasta aquí ha descendido Israel, país pequeño, su patria chica, ocupado durante siglos por países más poderosos.
En medio de esa noche oscura nace Jesús, como niño inefable que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Dios ha suscitado del corazón de la noche la aparición luminosa y real de un hombre, hijo del hombre e Hijo de Dios .Ha resonado la Buena Noticia, la alegría, la claridad de la aurora. Dentro de unos años, pocos, volverá a brillar de nuevo la gloria, el esplendor de Dios, también a través de Jesús, cuando le resucita el Padre por haber sabido descender hasta la muerte en cruz y hasta la tumba ignominiosa de los ajusticiados, el favor de los hermanos.
El alumbramiento de la noche, no el oscurecimiento del día, es la palabra definitiva de Dios.
MISA DE LA AURORA
La Iglesia pasa la noche de Navidad en vigilia festiva, imitando a María, que medita en su corazón. La noche es un tiempo propicio para el silencio y el diálogo meditativos. La meditación del creyente, como la de María, consiste en escuchar el propio corazón, en "re-cordar" y "a-cordarse". La memoria es un recordar, es decir, un hacer que todos los ecos del mundo y de la historia, que como ondas nos circundan, resuenen en nosotros, cobren vida y actualidad, sintonizando a su vez con las otras ondas más profundas que nacen del fondo de nuestro ser, con nuestras aspiraciones, experiencias, sufrimientos y esperanzas.
La memoria nos hace presente el pasado de la historia santa y de la historia humana, pero de una manera real, vital, "cordial", para llevar a cabo y a feliz término todas las posibilidades que en el pretérito han quedado malogradas, desaprovechadas, frustradas y son germen de futuro. La Navidad nos recuerda la historia liberadora que Dios inicia en Israel y quiere llevar a su culminación con Jesús, el enviado para quebrar todas las cadenas de opresión y servidumbre.
Jesús, según la voluntad de Dios, nos libera desde dentro de nuestra propia esclavitud compartiendo en su mismo nacimiento nuestra menesterosidad y desvalimiento. Su acción liberadora de los pobres quedó como truncada por su muerte, causada por la persecución de los propios hermanos. . La memoria de la vida y del nacimiento de Jesús, en fin, de su empresa liberadora nos permite hacerla presente en el corazón de los seres humanos que la aguardan con impaciencia y en la realidad de la historia, como una incitación, como una fuerza propulsora irreprimible que nos empuja hacia adelante.
MISA DEL DÍA
La fe de los cristianos celebra el misterio de la Palabra hecha carne. La Navidad especialmente es palabra densa, real, sustancial, porque es epifanía, revelación, manifestación. PALABRA significa revelación personal, apertura de lo más personal a Dios: su amor, su misericordia, su paternidad, su entrañable ternura. Sin la Navidad, sin la encarnación, nuestra vivencia de Dios habría estado sometida a aberraciones, porque nos faltaría la luz de esta revelación.
Gracias a la Palabra hecha carne sabemos que el Dios verdadero no es el de los filósofos, el Dios teísta, sino el que comparte nuestro destino en todo, el que entra en el juego y en el riesgo de la historia, que es el riesgo de la muerte. Por tanto su cercanía al ser humano cobra una proximidad inusitada. Dios echa sobre sus espaldas todo el rebajamiento y humildad de los pobres, los oprimidos, los olvidados. Y así nos descubre un rostro de Dios que nosotros no nos hubiéramos atrevido a imaginar. Tras la encarnación Dios es Señor no por su fuerza, sino por la humildad; no por el poder, sino por la debilidad; no por la coacción, sino por el silencio.
Ese es el lenguaje inefable de la Palabra hecha carne; un lenguaje de actos, de amor, de verdad profunda y personal.
(Notas tomadas del Misal de la Comunidad)
viernes, 23 de diciembre de 2022
CREDO SENCILLO PARA NAVIDAD
miércoles, 21 de diciembre de 2022
EL ADVIENTO NO SE ACABA... LA NAVIDAD TAMPOCO
lunes, 12 de diciembre de 2022
TERCERA SEMANA DE ADVIENTO: "SIGNOS DEL ADVENIMIENTO DE CRISTO"
El futuro que nos aguarda se nos anuncia a través de ciertos signos y señales; en ellos se nos adelanta y anticipa el Reino de Dios. "Anuncien lo que han visto y oído" (Lc 7,21). El signo principal es el heraldo, el profeta, el testigo que pregona la Buena Nueva del Evangelio acogida antes por él y hecho vida gozosa en su existencia.
También son signos del advenimiento de Dios los pobres, los humildes, el llamado "resto de Israel", es decir, esa masa de hombres y mujeres marginados por los poderosos; la incontable diáspora de quienes viven prostituidos... Los publicanos y las estériles anuncian el Reino porque éste es gratitud pura y no llega como resultado de nuestros merecimientos ni de nuestras búsquedas. Para Dios, los lejanos son los cercanos, y los últimos, los primeros. Ciertamente hace falta fe y disponibilidad, es decir, que la tierra esté abierta. Pero lo decisivo es el rocío y la lluvia de lo alto.
Escrutemos los signos de los tiempos, observemos el rumbo que llevan los acontecimientos. No nos escandalicemos de que el más pequeño, si se abre al Reino, sea un profeta más poderoso que el Bautista.
Preguntemos a los que se acercan a nosotros con los signos de Cristo: ¿eres tú el que ha de venir? Pero no nos escandalicemos si el Cristo que llega es el que menos esperamos, el pobre de Yavé, manso y humilde, y no el condenador de nuestros enemigos, como quisiera ese hombre pecador que llevamos dentro.
(Misal de la Comunidad)
sábado, 10 de diciembre de 2022
TERCER DOMINGO DE ADVIENTO: MORIR A LO VIEJO PARA QUE NAZCA LO NUEVO
Ya estamos en el tercer domingo de Adviento, cada vez más cerca la fiesta grande del nacimiento de Jesús. Hoy alguien cuestionaba en las redes el por qué celebrar ese día, si en realidad no conocemos la fecha de su nacimiento histórico; claro que Jesús no nació un 25 de diciembre, fue la Iglesia en un momento determinado quien eligió ese día, acorde con la cultura religiosa de entonces: ese día se celebraba al Sol invicto en la religión politeísta en el Imperio Romano, antes de que el cristianismo ocupara su lugar y asumiera sus funciones. Pero no es tan importante si ese día nació, sino que nació y vivió y murió y resucitó por nosotros, con nosotros. No celebramos, como a veces he leído, "el cumpleaños de Jesús"; el 25 de diciembre celebramos uno de los dos grandes Misterios de la fe cristiana: la Encarnación.
Veamos entonces lo que la Palabra nos reserva para nuestra meditación y celebración de este domingo, llamado tradicionalmente "de Gaudete", que en latín significa "Alegría", porque así empieza la antífona de la eucaristía en este día: "Esten siempre alegres en el Señor; se los repito, estén alegres. El Señor está cerca" (Filipenses 4, 4.5).
Primera lectura (Isaías 35, 1-6a.10): Un profeta, discípulo de Isaías, expone al final del destierro el gozo de la restauración de Judá, signo, manifestación histórica de la salvación. Esa restauración es obra de Dios, y en ella revela su poder, sus caminos y su misericordia. La vuelta a Jerusalén (símbolo de la salvación) se describe como una renovación de la naturaleza y una transformación del hombre. Y supone también un juicio. Es como una peregrinación sagrada, que nos remite a Jesús, que llega también perdonando y sanando, revelándose como Dios salvador.
Salmo 145: "Ven, Señor, a salvarnos". La llegada del Mesías traerá renovación, transformación y liberación, sobre todo de los oprimidos, de los últimos: hambrientos, cautivos, viudas, huérfanos... No es meramente una salvación espiritual como vemos en el texto, que habla de realidades concretas, de sufrimiento humano.
Segunda lectura (Santiago 5, 7-10): La perspectiva de la Venida del Señor se convierte en exhortación a la santidad de vida; esa espera, alegre y esperanzada, condiciona la vida del cristiano; ha de vivir con paciencia y fortaleza, amando y sirviendo a los hermanos. Toda la vida cristiana está signada por esta tensión escatológica.
Evangelio (Mateo 11, 2-11): La pregunta de Juan Bautista para Jesús da un carácter particular a este domingo; dijimos en los domingos anteriores que en los momentos más difíciles y oscuros del camino podemos dudar y preguntarnos: ¿Será o no será este el camino verdadero? Pero también sucede que a menudo idealizamos el futuro, lo fijamos según nuestras perspectivas, y Dios desafía siempre nuestros conceptos religiosos, invitándonos a reconocerle en lo que es, en lo Real. El mensaje de Juan Bautista va en una línea diferente a la de Jesús; el prepara el camino según los conceptos judíos de realeza y destino de esa nación, y lo hace con un lenguaje duro, apocalíptico. Pero ahora Jesús se aparece con otra cosa, otro lenguaje, otras formas, y habla de perdón, de preferencia por el pobre, incluso de salvación más allá de las fronteras del pueblo elegido. Juan está preso, y a las puertas de la muerte, y no entiende: por eso pregunta: ¿Eres Tú o seguimos esperando a otro?. Jesús le responde citando a los profetas de Israel que Juan conoce, pero también alaba a Juan, reconoce su misión y su grandeza, al mismo tiempo que señala el tiempo que llega: "El más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que Juan".
El Bautista cierra una época y una nueva se abre con Jesús; a veces nosotros seguimos aferrados a las formas y estilo de Juan Bautista, nos gusta su lenguaje duro, de amenazas y castigos (sobre todo porque casi siempre es para otros y no para nosotros), que tal vez son necesarios para llegar a Jesús, en el caso de algunos o en determinados ambientes. Pero ese no es el Evangelio de Jesús, no es lo que nos colma de alegría al preparar los caminos del Señor. A veces algo tiene que morir en nosotros para que nazca lo nuevo (la estrechez de ciertos conceptos religiosos), y toda muerte es difícil y dolorosa, pero debemos entrar en la alegría, la sorpresa, el renacer que trae Cristo cuando llega a nuestra vida.
Eso es lo que esperamos y preparamos en Adviento.
Fray Manuel de Jesús, ocd.









