domingo, 17 de mayo de 2020

CUANDO JESÚS ANUNCIA LA VENIDA DEL ESPÍRITU

Durante la quinta semana de Pascua, que hemos dejado atrás, hemos estado leyendo en nuestras celebraciones eucarísticas los capítulos 13-17 del Evangelio de Juan, los discursos de Jesús en la Última Cena; intentan resumir el mensaje del Señor en su última hora, como un testamento. 

El capítulo 14 contiene el primer discurso, al que siguen la alegoría de la vid y los sarmientos, una exhortación al mandamiento nuevo, y dos anuncios proféticos: la persecución de los discípulos y la tarea del Paráclito. Subyace en estos textos una cuestión fundamental: la ausencia y presencia de Jesús, el tránsito del Jesús histórico al Cristo de la fe. Y, en definitiva, la misión del Espíritu en la Iglesia. Es que los discípulos de Jesús han vivido desde la crucifixión una experiencia profunda: la ausencia sensible de Jesús. Deben experimentarlo ahora de una manera nueva, la misma con que se experimenta a Dios, por medio de la fe, la esperanza y la caridad, la paz y la alegría, todos frutos del Espíritu. 

Ahora, en esta sexta semana de Pascua que comenzamos, San Juan anuncia la venida del Paráclito, término griego sinónimo de intercesor. En realidad, Cristo en su gloria es el abogado o intercesor ante el Padre. Por otra parte, Jesús estará presente en medio de los suyos de una forma nueva, accesible a los creyentes. Esta visión de la fe será posible con la ayuda del Paráclito, del Espíritu. 

Para acoger el Espíritu se requiere una actitud personal y activa, que no resulta posible desde el egoísmo o la autosuficiencia. Es el Espíritu el que hace posible que entremos en la nueva dinámica del Reino: posee función de doctor, en íntima conexión con la Palabra de Dios, contribuye a esclarecer el sentido íntimo de la verdad, y nos alcanza una nueva sabiduría. Pero exige también apertura, transformación, es decir, un nuevo nacimiento. 

 El Espíritu  es el testigo de Jesús, su Defensor, y está presente allí donde se da testimonio de Él; cuando muchos reaccionan con hostilidad frente al mensaje evangélico, él da palabras y fuerza para no desfallecer en el combate de la fe. Así lo veremos en las lecturas bíblicas de esta semana que comienza, sobre todo en las reacciones ante la misión de Pablo.

Algunas notas que ayudarán a clarificar los textos evangélicos de esta semana:

1. Lo más duro de la persecución religiosa no es ser atacado por los que no creen en Dios, sino precisamente por los propios creyentes que piensan salir por los fueros de Dios oponiéndose a la novedad de sus manifestaciones. 

2. Dios tiene sus planes, en virtud de los cuales lo que a nosotros nos parece imprescindible lo sustituye por algo mejor. Así, la partida de Jesús parecía a los discípulos una pérdida irreparable, pero dió paso a la venida del Espíritu Santo en medio de la  comunidad.

3. El mensaje de Cristo no podrá nunca quedar codificado en unos términos concretos de una cultura determinada; es un mensaje dinámico que se va descubriendo al ritmo mismo del avance de la historia.

4. La Tarea evangelizadora está llena de sombras y de luces, pero hay que aceptarlo así, y no desertar en los momentos sombríos y difíciles: Siempre tenemos la esperanza de que de la prueba o el pecado surgirá algo francamente nuevo, con la gracia de Dios.

5. Estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en alegría.

6. El creyente ha de ser siempre una persona de oración. Dios da gratuitamente, y respeta siempre la libertad humana. Por eso, al orar, ponemos equilibrio entre lo que Dios hace y lo que nos toca a nosotros hacer. Iniciativa de Dios Vs. responsabilidad. 

RECUERDA:

A pesar de las tristezas provocadas por la vida, e incluso a través de las mismas, hay un motivo fundamental para conservar el gozo: Dios está con nosotros, especialmente cuando nos reunimos en su nombre, cuando vivimos la verdadera comunión de amor que actúa en el mundo como semilla y fermento del Reino.  

(Preparado a partir de las notas bíblicas del Libro de la Comunidad)

miércoles, 13 de mayo de 2020

ESCUCHAR, MORIR, PERMANECER...

Algunas ideas tomadas de "La religión dce Jesús", de José María Castillo, me valen para seguir entendiendo los pasajes del Evangelio de Juan que leemos durante este último tiempo de Pascua en nuestras celebraciones, y seguir creciendo en el seguimiento de Jesús: 

"El Evangelio de Juan establece un criterio sobrecogedor: Para dar fruto, el grano de trigo tiene que fracasar y morir (Juan 12, 34-36). Jesús, para producir frutos, tuvo que morir. Aquí está la piedra dura en la que los cristianos nos partimos los dientes, porque nunca la acabamos de masticar y digerir.  Porque hemos asociado el fruto al éxito, a la influencia, al poder y a las alianzas con otros poderes, que poco o nada tienen que ver con Jesús... ¿No tendremos que volver a ser grano de trigo que se pudre y muere para así dar fruto?".

"Resulta desagradable constatar que mucha gente asocia a Dios, a Jesús, a la religión, más con la tristeza y el sufrimiento que con la alegría y la felicidad. Aquí tenemos una de las deformaciones más fuertes de la fe cristiana. Una deformación que ha deformado también a Jesús, al Evangelio y a Dios. De lo cual la Iglesia también se ha resentido, y no poco. Mientras que en el tejido social no se relacione espontáneamente la práctica religiosa con la alegría, difícil le va a resultar a las religiones hacer llegar su mensaje a la gente, empezando por el cristianismo y la Iglesia".

"El problema fuerte que hoy tenemos los cristianos no está en que la Iglesia esté en crisis y el laicismo sea cada vez más fuerte. El problema está en que nuestra religión ha puesto sus preocupaciones en cosas que ni menciona el Evangelio, mientras que el centro del Evangelio ha quedado desplazado, y está a merced de los caprichos o intereses de cada cual".

"La actitud propia del creyente, de todos los creyentes, es la escucha. Porque nada ni nadie, en este mundo, puede tener el monopolio del Espíritu... Todos tenemos que escuchar porque todos tenemos que aprender".

Como apunté en el título de la entrada, tres verbos para vivir el seguimiento en la vida cotidiana, encontrando cada uno modos concretos de hacerlo: 
ESCUCHAR, MORIR, PERMANECER...


domingo, 3 de mayo de 2020

BUEN PASTOR, PUERTA Y VIDA NUEVA

Para este Cuarto domingo de Pascua, llamado DOMINGO DEL BUEN PASTOR, encontré algo publicado en este mismo blog, hace un par de años, y lo comparto de nuevo, con algunos añadidos:


Tres puntos:
1. Dios es el mejor pastor, que cuida de su creación, de toda la humanidad, que nos conduce a buenos pastos y fuentes frescas. Estamos en su mano providente, y él nos dice: no tengan miedo, todo estará bien… Los que ejercen algún ministerio en la comunidad eclesial no sustituyen al único Pastor, sino que lo hacen presente en medio de su pueblo, y para ello han de escuchar al Maestro...

2. Dios suscita, llama, pastores para su pueblo: líderes civiles, guías espirituales, ministros de su palabra, profetas… y vale lo del número anterior: servidores de la comunidad, no están sobre ella, sino para ella... Debemos orar siempre para que no falten obreros que trabajen con denuedo en la viña del Señor. 

3. Todos debemos ser pastores del prójimo, ayudar a construir la nueva humanidad, un mundo mejor que el que encontramos. Dios preguntó una vez: ¿A quién puedo enviar?, y una voz contestó: envíame a mi… Nuestro mundo, nuestra tierra, nuestra iglesia, están necesitados de líderes que quieran servir, que quieran cuidar, que quieran sanar… ¿Cómo podemos ser pastores unos de otros en este camino que compartimos? Cuidándonos, sosteniéndonos mutuamente, curándonos las heridas unos a otros, no hablando mal del prójimo.


La actitud de Jesús de Nazaret, en cuanto Pastor, es una lección que nunca se acaba de aprender. El pastor bueno, el líder verdadero, es el que sabe dejar de ser pastor o líder en beneficio de su pueblo. Es pastor quien da la vida por el rebaño; no lo es aquel que sacrifica o diezma el rebaño para conservar su liderazgo. El verdadero dirigente es aquel que ayuda a que el grupo sea capaz de enfrentarse responsablemente con su destino. De borrego sin rumbo decidido, el Buen Pastor promociona al hombre para que se haga, en solidaridad con los demás, pastor de su propia vida.


Jesús, Buen Pastor, Puerta y Vida, que todos sigamos tu llamada con alegría y fidelidad, y nos descubramos cada día pastores unos de los otros en el servicio, la caridad y la entrega de la vida. Gracias, Jesús, Buen Pastor, porque "tus heridas nos han curado", y no dejas de llamarnos a vivir, sin temores innecesarios, a una vida plena.

viernes, 1 de mayo de 2020

MISTERIO DE COMUNIÓN

"En la Eucaristía está presente Jesús. Pero en la Eucaristía no comemos el cuerpo histórico de Jesús, el cuerpo que nació de María y recorrió los caminos de Palestina, muriendo en la cruz. En la Eucaristía recibimos al Cristo resucitado. Lo recibimos realmente, de verdad. Pero comulgar no es recibir una "cosa" santa y sagrada. Comulgar es unirse a Cristo, es ser su Cuerpo, de forma que la persona y la vida de Jesús están presentes en la vida del que comulga" (José María Castillo). 

Es decir, que la comunidad de Cristo, la Iglesia, participa ya de la Resurrección de su Señor; es un cuerpo resucitado, aun cuando todavía experimente en sus miembros la huella del pecado, del mal, de la injusticia, de la violencia, del miedo. Pero es un cuerpo que ha salido del sepulcro, que ha vencido a la muerte, que se sabe reconciliado, salvado.


Es decir, que comulgar no es algo ajeno a mí, que yo puedo recibir un momento y luego seguir aparte, fuera de esa realidad. Comulgar es ya estar dentro (del Cuerpo de Cristo= comunidad de Cristo=Iglesia) y seguir dentro. Cuando soy Iglesia, soy cuerpo de Cristo, soy Cristo, y la mejor expresión de todo eso es acercarme a la mesa eucarística, y recibir el Pan de Vida, junto con mis hermanos y hermanos de fe. 

Este es un Misterio grande, no lo rebajemos.

HAGA BIEN SU TRABAJO TODO EL MUNDO...

"No basta con llegar a la oficina o al surco, o al taller, cuando apenas comienza el día, y laborar como lo indica la costumbre. 
Lo que importa es poner en el trabajo, diariamente, amor y buena voluntad, para que el pan salga dorado de los hornos, 
bien hecho y bien cocido, y los dibujos de las telas nuevas, al recibir el agua de la lluvia, no pierdan sus colores.

Es un deber del sacristán tocar con entusiasmo la campana y sentir que la música que cae de la torre, sobre la plaza de los pueblos es buena para el alma de los hombres. 
El carpintero que hace mesas, o alcancías o armarios, no puede contentarse con serruchar en forma ciega. Tiene la obligación ante si mismo y ante los demás de hacer bien su trabajo y dejar en las tablas un poco de su espíritu…

Haga bien su trabajo, barrendero; deje la calle limpia y dibuje en el suelo, con la escoba, grandes mapas de música. Haga bien su trabajo, soldador; trate de que la mano no le tiemble cuando el fuego comience a cocer los metales. Haga bien su trabajo, Capitán: Lleve los buques hasta el puerto, con mano firme y ojos vigilantes.

Haga bien su trabajo, todo el mundo: El vendedor de helados inclusive, para que un grito suyo - uno solo -, refresque los caminos del verano.

Carlos Castro Saavedra

lunes, 27 de abril de 2020

PARA VIVIR LA RESURRECCIÓN: MARÍA MAGDALENA

Juan ubica en el centro del evangelio de Pascua la figura de María Magdalena, y desde entonces en la Comunidad de Jesús ha sido admirada, llamándole santa, y también "bienaventurada amiga de Dios". A pesar de que su biografía no es clara, pues se le relaciona a veces, y a veces no, con la mujer pecadora de san Lucas y con María de Betania, la hermana de Lázaro, o con la mujer de la que Jesús expulsó siete demonios, ella es símbolo del misterio de que mucho se le concede a quien mucho ama. Como hemos estado compartiendo algunas ideas de Anselm Grün respecto a la resurrección de Jesús no podía faltar el reflexionar en torno a esta figura femenina para seguir intentando vivir la Pascua, el paso del Señor por nuestra vida....

UNA MUJER DESGARRADA: En dos Evangelios se dice que Jesús expulsó siete demonios de María Magdalena. Acompañó a Jesús y tuvo indudablemente una cercanía especial con él. Si consideramos lo que implica estar poseída por siete demonios entonces reconoceremos que María Magdalena era una mujer completamente desgarrada. No tenía identidad, ningún eje central que orientara su vida. Hoy diríamos de ella que vivía al borde, cuya sanación era casi imposible. Y sin embargo, Jesús no tuvo miedo de María Magdalena, vio su desgarramiento y su falta de identidad, su temor... pero también vio su anhelo de amor. La liberó de los siete demonios que no le dejaban vivir y amar de verdad. Al encontrar a Jesús, Magdalena recuperó su dignidad como mujer, y supo cómo rehacer y centrar su vida, ahora sí, en el amor. Magdalena volvió a nacer al encontrarse con Jesús, y experimentó de una manera singular que el amor triunfa siempre sobre la muerte, porque todo lo que en ella estaba muerto despertaba a una nueva vida.


Fue ese amor el que llevó a María Magdalena a la tumba de Jesús muy temprano en la mañana, cuando todavía estaba oscuro. Los hombres, el sexo fuerte, huían o se escondían, mientras la mujer desafía el temor y sale a buscar a su Señor para ungirle con perfumes. En esta historia hay un modelo: la historia de un amor que busca más allá de la muerte, y por eso sale todavía a oscuras con el ansia de encontrar lo que ha perdido. Parece que no está ya lo que se ama, pero sigue vivo, está presente, en el anhelo, en la esperanza. Nos preguntamos: ¿Cuál es mi anhelo más profundo? ¿A dónde me lleva mi deseo de amar? Dios y el amor van siempre juntos, por eso hay que seguir el anhelo de amar hasta el final. Entonces encontraremos al Resucitado, lo mismo que María Magdalena.

San Juan nos cuenta en su evangelio cómo María Magdalena, inmediatamente después que quitaron la piedra del sepulcro, corrió hacia Simón Pedro y el discípulo que Jesús amaba. Y les dijo las palabras que aparecen narradas en otras dos ocasiones por Juan: “Se han llevado a mi Señor, y no sabemos dónde lo han puesto”. Allí no hay ninguna creencia en la Resurrección, sólo la desilusión por no haber encontrado el cuerpo de Jesús, que ella quería ungir. Magdalena quería manifestar su amor a Jesús velando junto a su cadáver, y era un modo también, según algún comentarista, de encontrar consuelo a su dolor. Y entonces comienza la carrera pascual: Simón y Juan, los discípulos más cercanos, corren al sepulcro; Juan va más rápido y llega primero, pero le cede a Pedro el ingreso, y este entra al sepulcro. Pedro ve las vendas en el suelo y el sudario plegado aparte, pero no hay cuerpo. Pedro ve, pero no comprende, no puede imaginar la razón de la tumba vacía, sino que simplemente confirma lo que dijo la Magdalena. No puede ver el sentido. Juan en su evangelio presenta a Pedro como una persona que se guía por la razón y la voluntad, y así nos dice que quien desea juzgar las cosas sólo a partir de la mente no puede comprender el misterio del Resucitado.

El otro discípulo, que la tradición equipara con Juan, entra al sepulcro después, y dice: “vio y creyó”. Este discípulo ve con el corazón, y el corazón que ama comprende y cree. No precisa el texto cuánto alcanzaba de comprensión el discípulo, pero deja claro que el camino para adentrarse en el misterio del Resucitado no es la razón, sino el corazón. Es necesario un corazón que ame y que se sepa amado. El discípulo favorito que aparece en este evangelio como figura, es tanto el que ama a Jesús como el que sabe amado por Él. Aquel que se sabe amado por Jesús hasta el fondo de su corazón puede creer en la resurrección, y confía en que el amor es más fuerte que la muerte, que el amor perdura, y es más valioso que todo lo demás.

Pero demos un paso más: ni a Pedro ni al discípulo amado se les ha dado el regalo del primer encuentro Ha sido María Magdalena la que ha encontrado en su búsqueda al Señor Resucitado. Sólo a la mujer que ama apasionadamente se le permite hablar con el Resucitado. La Magdalena no es sólo la pecadora, sino que ama mucho, y de hecho de ningún otro santo corren tantas leyendas en la historia de la Iglesia como de esta mujer misteriosa a la que el amor de Jesús transformó por completo. Ella amó mucho y fue amada de tal manera que experimentó la gran transformación del amor.

En el evangelio de Juan se expone con claridad cómo el duelo de María Magdalena se convierte en alegría. Mientras Pedro y Juan regresan a casa, María permanece junto al sepulcro. Desea quedarse cerca del lugar donde su amado Señor fue sepultado. Y estando María llorando junto al sepulcro, vio a dos ángeles de blanco, sentados en el sitio donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Ellos le preguntaron: ¿Por qué lloras?, y ella contestó: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto". 

María es valiente, pues aun en medio del dolor entra al sepulcro, pero la misma tristeza no le deja ver más allá de lo acontecido, está cautiva de su tristeza. Ella habla de Jesús como si le perteneciera, quiere consolarse al menos ungiendo su cuerpo muerto; no escapa del dolor, lo abraza, lo convierte en camino, y es el mismo dolor quien le guía para reencontrar a su amado.
Entonces, una vez que ha conversado con los ángeles, María se vuelve, y ve a Jesús ante ella. El diálogo con los ángeles provoca en ella una transformación, abre una puerta, y ante esa puerta está Jesús. Sin embargo, ella aún no le reconoce; vuelve a establecerse un diálogo, casi el mismo de antes: ¿Por qué lloras? porque se han llevado a mi Señor. Dice el evangelio que ella cree que es el jardinero. María se aferra al muerto, y por eso no ve al viviente. María, que ha sido valiente, necesita desprenderse de lo viejo, del pasado, del dolor que la ciega, para reconocer a Jesús que está de pié ante ella. Entonces la voz de Jesús irrumpe, y rompe el muro, la barrera que la separa de la nueva realidad; él le dice: María, y ella le llama: Maestro. Vuelve a reconocerse la relación especial de María Magdalena con Jesús: Él era su Señor y es su Maestro. La voz de Jesús, que ella conoce tan bien, vuelve a despertarla, llevándola a entrar en la nueva realidad o "nueva visión". El dolor de María atrae a Jesús, y el amor de Jesús despierta a María de su letargo doloroso.

Una hermosa imagen para nuestra meditación y contemplación es este encuentro entre Jesús y la Magdalena. Una invitación provocativa para que experimentemos en la propia vida que el amor es más fuerte que la muerte. Llévale a Jesús tu dolor, acude confiado a tu Señor y Maestro, y su voz, que habla en tu interior, pronunciará tu nombre, y te despertará. Somos importantes para Jesús, ha grabado nuestro nombre en la palma de su mano, no olvidemos nunca cuánto somos amados.

(Texto preparado a partir de otro de Anselm Grün)

sábado, 25 de abril de 2020

SER IGLESIA EN TIEMPOS DIFÌCILES


El Sagrario, con el pan consagrado en nuestras celebraciones eucarísticas, es el corazón de la comunidad cristiana; late ahí nuestra fe, la misma que nos convoca para reunirnos en torno a la mesa del Señor, escuchar su Palabra y compartir el pan que nos da vida. Es un rincón propicio para la oración y el recogimiento, para sentir el latido de la Iglesia, porque creemos que ahí está Cristo presente de una manera especial y ùnica. 

Pero ahora mismo, escuchando a la gente a mi alrededor, temo que esto se absolutice, como si no pudiéramos encontrar a Jesús en ninguna otra parte; como si Dios pudiera ser limitado a un solo lugar, como si no se pudiera orar, sino en ese lugar del templo. Nosotros también tenemos un corazón, y no necesitamos verlo para saber que late dentro, que impulsa la sangre y la vida en nuestros cuerpos; así, también al pasar por un templo católico, sabemos que hay un sagrario en el que late el corazón de una comunidad cristiana. Podemos orar, o hacer la señal de la cruz, sin verlo, porque el mismo Maestro dijo: “Dichosos los que crean sin ver”. 

En tiempos difíciles se pone a prueba la fe, y por ello también salen a flote muchas actitudes que se le parecen, pero no brotan del amor a Dios, sino del miedo y la falta de confianza en él. Parece fe, pero en realidad es superstición; es un intento de agarrarse a palabras, gestos, ritos, porque necesito ver, tocar, lo mismo que Tomas, el incrédulo. Se olvidan las promesas del Señor de la historia, y su invitación a no tener miedo. “Gente de poca fe, ¿por qué dudan?”. 

Ahora es el momento de mostrar que de verdad creemos, momento de estar disponibles y confiar, de ahondar en lo que significa la Iglesia, el bautismo, la comunión de fe y de vida de los cristianos. Otra cosa es andar extraviados, incapaces de ver al que sigue caminando a nuestro lado, intentando hacernos comprender que cada paso que damos en la vida nos acerca más al corazón de Cristo y a la salvación. 

Aquel que decimos que “se hizo carne” sale hoy a nuestro encuentro en esta crisis; en los desafìos que supone para nuestra vida y nuestra economìa, nuestra familia o nuestros hijos; en los enfermos y en los que buscan combatir y vencer la enfermedad; en los pobres y débiles que la pasan mal porque no tienen las mínimas condiciones de vida para enfrentarlo; en los perjudicados de siempre, haya o no una crisis sanitaria. Ahí está Cristo, tendido en medio del camino, y nosotros dando un rodeo para correr a buscarlo en nuestras mediaciones, litúrgicas o sagradas, cuya función es ayudar a que le veamos, no ocultarlo. 

Las palabras del ángel a los discípulos resuenan hoy también para nosotros, como un reclamo de la fe verdadera, la que es profunda, orante, fraterna y solidaria: ¿Qué hace ustedes ahora mirando al cielo?; ese que buscan está en la Galilea de la vida, en la prueba y la esperanza de la gente. Vayan allí, y le encontraran. Quiero decir, en resumen, que las mediaciones están bien si nos conducen al centro de la vida para ejercer allí nuestra condición de cristianos, fraternos y solidarios, luego de sentirnos Iglesia, aunque de momento no podamos reunirnos físicamente en un lugar, o recibir la comunión, o ver el Sagrario o el Santísimo expuesto. Es momento de crecer y madurar la fe, momento de mostrar que Cristo vive en medio de los suyos, y no se acobarda; momento de orar y encontrarle “en espíritu y verdad”. 

Al final, no se trata tanto de si podemos reunirnos o no en nuestros templos, o si sacamos el Santísimo o la Virgen a recorrer el barrio o la ciudad, o si “vale” seguir la Eucaristía por televisión o confesarse por teléfono. La pregunta es si realmente somos Iglesia; si la “comunión” que anhelamos recibir es la expresión de una comunión real entre nosotros y con Cristo; si somos gente de tradiciones o supersticiones, o gente de fe que se reconoce hijo, hermano del otro; discípulo convencido, capaz de reconocer que la verdadera y plena bendición hoy para la gente y el mundo es la presencia del Cuerpo de Cristo, nosotros, su Iglesia, anunciando una vez más el perdón, la esperanza y el amor de parte de Dios, en medio de esta crisis.

Fray Manuel de Jesùs, ocd