jueves, 4 de octubre de 2018

CON TAL DE GANAR A CRISTO


Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos. 

No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús”. 


(Filipenses 3, 7/14)

RECLAMO DE JESÚS


Os inventáis historias,

sucesos cuentos,

casualidades y coincidencias...


para justificar vuestras torpes creencias.



Preguntáis en público,

no para buscar claridades

sino para mostrar vuestras habilidades

y poner a otros en dificultad.



Os agarráis a normas y leyes,

a lo antiguo y viejo, a lo de siempre,

a lo que a vosotros os favorece

y a otros oprime y empobrece.



Soñáis despropósitos,

amáis la risa y el triunfo fácil,

no os interesa la Buena Nueva

y queréis que solucione vuestras ocurrencias...



Así sois los hombres y mujeres:

siempre pensando en ponerme a prueba

en vez de enamoraros y enamorarme,

que es lo que deseo y me gusta.



¡Qué ganas de complicaros la existencia

y de cambiar mi propuesta

para mantener vuestros privilegios

olvidándoos de vuestras promesas!

Florentino Ulibarri

miércoles, 3 de octubre de 2018

LAS EMOCIONES: SON BUENAS O MALAS?


Posiblemente una parte de nosotros admitirá que las emociones no son meritorias ni pecaminosas, y que el sentirse frustrado, enfadado, tener miedo o encolerizarse no hacen que una persona sea buena o mala. Sin embargo, otra parte de nosotros, e incluso los que hemos admitido en teoría lo anterior,  en la práctica cotidiana solemos censurar nuestras emociones, y nos sentimos culpables además por ellas.  

Nuestra conciencia censora no acepta determinadas emociones y las reprime, empujándolas al subconsciente, y aseguran los expertos en medicina psicosomática que la causa más frecuente de cansancio, e incluso de muchas enfermedades, es la represión de las emociones. Lo cierto es que hay muchas emociones que nos resistimos a  reconocer y aceptar, las tememos o nos avergonzamos de ellas, y todo esto tiene una influencia negativa en nuestro modo de vivir nuestra condición de creyentes, es decir, en nuestra vida espiritual.

Es importante, por tanto, convencernos, en primer lugar, de que las emociones no son una realidad moral, sino simplemente fáctica. Es decir, mis iras, mis miedos, mis envidias, mis deseos sexuales, mis temores, etc, no me hacen una mejor o peor persona. Eso sí, esas reacciones emocionales han de ser integradas mental y afectivamente, pero antes de eso, antes de integrarlas y decidir si deseo o no seguirlas, debo permitirles manifestarse y escuchar atentamente lo que me están diciendo. Y debo ser capaz de decir, de aceptar, sin el más mínimo sentido de represión moral, que estoy enfadado, airado, e incluso sexualmente excitado.

Para poder hacer esto, debo antes estar convencido de que las emociones no entran en el terreno de la moral, no son ni buenas ni malas en sí mismas. Y también debo estar convencido de que la experiencia de toda la amplia gama de emociones forma parte de la condición humana y es patrimonio de todo ser humano.

 Ahora, pasamos a un segundo momento: el reconocer y aceptar  plenamente nuestras emociones no implica en modo alguno que debamos siempre obrar de acuerdo con ellas. Cuando una persona permite que sus sentimientos o emociones controlen su vida manifiesta, por supuesto, inmadurez; una cosa es sentir y reconocer ante uno mismo y ante los demás que uno tiene miedo, y otra cosa sería permitir que ese miedo le venza a uno. Una cosa es que yo sienta y reconozca que estoy enfadado, y otra cosa es que le aplaste a alguien la nariz de un golpe.

En las personas integradas las emociones ni están reprimidas ni ejercen el control. Sencillamente son reconocidas (es decir, sé lo que siento) e integradas (¿Deseo obrar de acuerdo con este sentimiento o emoción, o no?).

 A pesar de lo dicho anteriormente, no hay que pensar que las pautas emocionales son puramente biológicas o inevitables. Yo puedo cambiar, y cambiaré, mis pautas emocionales (es decir, pasaré de una emoción a otra), si honradamente he dejado aflorar mis emociones, y tras haberlas explicitado sinceramente, las considero inmaduras o indeseables.  La dinámica es esta: permitimos que nuestras emociones afloren para que puedan ser identificadas; observamos las pautas de nuestras reacciones emocionales, las explicitamos y las juzgamos. Una vez hecho todo esto, de un modo instintivo e inmediato hacemos las modificaciones necesarias a la luz de nuestros propios ideales y expectativas de crecimiento. Es decir, cambiamos. Cualquiera puede intentarlo y comprobarlo por sí mismo.

 (Lo anterior está tomado, en su esencia, de JOHN POWELL (Las estaciones del corazón, Sal Terrae, 1999)

lunes, 1 de octubre de 2018

SOLO EL AMOR...

Solo el amor te acompaña cada día, como tu sombra, como tu piel, en cada momento de tu vida; será quizá la eterna causa perdida, pero también la fuerza necesaria para renacer.

Solo el amor recorre el universo con la musicalidad de un eco de fondo, aún así hay que aguzar la caracola y el oído para acoger su mensaje primigenio, hondo, como la espuma y su ola, su latido.

Solo el amor resuena en la roja estrella, la pasión que dio a luz y se dispersó por inéditas rutas interestelares, la huella indeleble que imprimió en nuestras pupilas y amares.

Solo el amor desvela el milagro cotidiano de la ternura y su brisa, solo el amor vislumbra entre escombros unos ojos negros, su clara sonrisa, la brevedad del instante y su asombro.

Solo el amor invita a la gratuidad de la sonrisa y las manos extendidas, solo el amor es capaz de invisibilizar las fronteras impermeables de corazones y frentes divididas, solo el amor perdura en el empeño y su locura.

Solo el amor moldea nuestro corazón para la sorpresa y la maravilla.

Miguel Ángel Mesa en "Cuida con amor tus estrellas" de Editorial Paulinas, 2018
(Tomado de ECLESALIA. net)

viernes, 28 de septiembre de 2018

SOBRE LA HISTORIA OFICIAL

A propósito de la insistencia de los medios nacionales de Cuba en los temas históricos, en detrimento siempre de las noticias de actualidad, vale lo que leo sobre historia y memoria, en un libro de Tony Judt:
Cada monumento, cada alusión conmemorativa a algo del pasado que debería despertar en nosotros sentimientos de respeto, arrepentimiento, orgullo o tristeza, depende de un conocimiento histórico que se da por supuesto: no de la memoria común, sino de una memoria común de la historia tal y como la aprendimos”. 


Hablo de la memoria pública moldeada por el retrato oficial (historia y memoria deben ir juntas, pero no sucede así de hecho). El gobierno ejerce una “pedagogía” de la historia: nos enseña o nos dice qué recordar y cómo recordarlo; vivimos sumergidos en “historia”, se insiste en mirar atrás todo el tiempo para definir nuestro presente desde esa perspectiva, pero resulta que en realidad empobrece nuestra mirada de la historia, nos limita en una verdadera comprensión de la realidad que recordamos y cierra el futuro a sus múltiples posibilidades, pues estamos obligados a imitar, no a recrear o inventar lo que está por delante. 


Este otro texto aporta algo también a la idea anterior:“Las naciones no son datos inmodificables ni desde el punto de vista lógico ni histórico: se trata de ámbitos territoriales de convivencia que no tienen un origen divino ni son inmutables desde el punto de vista de la historia. Las naciones son construcciones culturales, sometidas a las exigencias cambiantes de sus destinatarios, de modo que no tendrá sentido un orden político que deviniese un corsé insoportable o una cárcel para las mismas” 

(Juan José Solozábal, catedrático de derecho constitucional, en EL PAÍS, 10/1/18)

miércoles, 26 de septiembre de 2018

LA ABUNDANCIA DE DIOS



Cada domingo la Palabra proclamada en nuestras comunidades eclesiales nos dice algo importante de Dios, en la persona de Jesús, y eso importante de Dios que está en su Palabra, nos dice algo importante también sobre nosotros mismos. Cuando Dios se revela, nos revela; cuando más ahondamos en Dios, más descubrimos sobre el ser humano

Esta vez, quiero prestar atención a dos palabras claves: abundancia y compartir. Dios es abundancia, así aparece en el salmo 22 (Con él, nada falta, nuestra copa rebosa, alimenta y sostiene) y otro salmo dice: "abres tu mano y nos colmas de favores". Dios es abundancia: lo vemos en su creación, lo vemos cuando acompaña a Israel a lo largo de su historia, lo vemos cuando se entrega del todo en Jesús, lo vemos cuando derrama su Espíritu sobre la Iglesia. Lo vemos en nuestra propia vida. 

Pero la abundancia de Dios exige nuestra respuesta en el compartir: Pensemos en el gesto del joven del Evangelio que, ante el reclamo de Jesús, ofrece lo que tiene de comer; todos tenemos, dice Francisco, nuestros “cinco panes y dos peces” para ofrecer.Es una invitación a sensibilizarnos con las necesidades de los otros, y a no centrarnos egoístamente en las nuestras. 

Resulta fácil pedir a Dios milagros sin comprometernos nosotros de algún modo con su obrar. Los milagros son más grandes cuando los hacemos juntos: Dios y nosotros. Dios tiene para todos, pero luego no queremos o no sabemos compartirlo, lo repartimos mal, y así no somos fieles a nuestra vocación de ser pastores con él, de ser buenos administradores de sus bienes, de ser creadores con él de un mundo nuevo. 

En el gran signo de la multiplicación que propongo contemplar, según el Evangelio de Juan, aparece el modo de obrar de Dios en el mundo, siempre pidiendo la colaboración humana, y es un preámbulo también de la entrega de Jesús, pan de Dios, pan vivo, que se ofrece en cada eucaristía como invitación a que nos entreguemos nosotros también como alimento para los demás, como sal y luz para el mundo en que nos ha tocado vivir

Dios quiere saciar el hambre material, y también nuestra hambre espiritual, nuestra necesidad de sentido, el hambre de trascender. ¿Cómo aplicar esto a nuestra propia comunidad parroquial? En medio de nuestras necesidades Dios provee siempre, pero: ¿Estamos dispuestos a acoger sus dones, a recibirlos con agradecimiento, a mirar su providencia abundante en lo que vamos encontrando en el camino? ¿Colaboramos con Dios o entorpecemos su obra entre nosotros con actitudes egoístas y poco evangélicas

Frente a la abundancia de Dios en la vida, hay que responder siempre con una mayor entrega, y una mayor compasión por todo y todos. Esa abundancia de Dios para con nosotros exige, o más bien provoca en nosotros, el deseo de compartir lo recibido, de ser amables, serviciales y compasivos. Aquella frase bíblica: “Nadie puede ver a Dios y seguir viviendo”, puede entenderse de este modo: si encuentras a Dios en el camino de la vida, vas a morir a lo que eres y nacer a lo que no eres; “Hay que nacer de nuevo”. La abundante misericordia de Dios nos transforma. 

Entonces: ¿Por qué si Dios es abundancia, nosotros vivimos con tanta frecuencia en la escasez, en la pobreza, en el vacío? 

1.Porque no tenemos una conexión consciente con Dios, “en quien vivimos, nos movemos y existimos”. 

2.También porque nos pensamos como individuos aislados de todo y de todos, y si no hay conexión no hay comunicación de bienes, ya sean materiales o espirituales. 

3.Porque acaparamos de modo egoísta, y no queremos ni sabemos compartir con los demás, generando injusticia, guerras, violencia, muerte. 

El Reino, proclamado por Jesús, es justicia y comunión, es servir y compartir, y por eso es abundancia. Inevitable que ahora mismo no venga a mi memoria la “Oración del alma enamorada” de san Juan de la Cruz, que termina diciendo: “No te pongas en menos, ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu padre. Sal fuera y gloríate en tu gloria. Refúgiate en ella y goza, y alcanzarás lo que anhela tu corazón”. 

Me gustaría poder decir con palabras todo lo que implica para mí saber que Dios es abundancia. Así lo he experimentado en los últimos tiempos, porque ha sido grande conmigo, y quisiera comunicar esa experiencia a mi alrededor. “Mirad y ved qué bueno es el Señor”.


 Fray Manuel de Jesús, ocd
Julio, 2018

lunes, 24 de septiembre de 2018

CON MARÍA, PARA ALCANZAR LIBERACIÓN.

En el mes de septiembre tiene la liturgia católica varias festividades marianas: la Natividad (y la Caridad), el Dulce Nombre de María, la Virgen de los Dolores, y hoy la Virgen de la Merced o las Mercedes, como también suele decirse. Esta advocación mariana está vinculada con la obra de San Pedro Nolasco, que trabajó arduamente por la redención de cautivos; de ahí que muchas personas privadas de libertad, o sus familiares, la tomen por intercesora.

Cada celebración mariana ha de remitirnos siempre a Cristo, y esa es la misión de María, tal y como nos sugiere el pasaje evangélico de esta fiesta, al menos por acá, donde es patrona: en las bodas de Caná, María llama la atención de Jesús ante las necesidades de los novios, diciéndoles: No tienen vino. Así, en la Iglesia, María, que es madre espiritual de todos los que siguen a su hijo, está presta para mediar ante nuestras carencias y limitaciones.

En este momento particular que la Iglesia vive, María intercede para que dejemos atrás nuestras cadenas, nuestras dependencias, y todo lo que impide que mostremos plenamente el rostro de Jesús en nuestra vida y nuestras obras. Y nosotros, como cristianos, debemos procurar la liberación de  aquellos que están encadenados a la pobreza, la soledad, la marginalidad, el rechazo, la falta de esperanza o el pecado.