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miércoles, 8 de abril de 2020

LA EUCARISTÍA: CAMINO DE HUMANIZACIÓN.


Hay diferentes caminos para llegar a uno mismo, para ejercitarse en la individuación; están los métodos psicológicos, que nos enseñan a relacionarnos con nuestro pasado, con la sombra y el inconsciente, que nos ayudan a terminar con las falsas imágenes de uno mismo y a ahondar en nuestra propia esencia. Pero también están los métodos de la meditación y la contemplación, y en la contemplación ocupa un lugar importante la práctica de la buena respiración, estar atentos al flujo del aire en nosotros. La estructura de la respiración es una imagen decisiva para el camino de la persona hacia el sí mismo.  Se concreta en cuatro pasos: aceptar, soltar, ser uno y ser nuevo.  Cada camino hacia uno mismo pasa por estos cuatro pasos, y se aplica lo mismo en sentido psicológico y en sentido espiritual. 

 Estos cuatro pasos de la humanización constituyen también la estructura de la Eucaristía; aquí se vuelve a representar el camino que una vez realizó Jesús, para que seamos partícipes y para que, al igual que Jesús, y en comunión con él, nos transformemos, encontremos nuestro ser trascendente y seamos uno con Dios. Así, con Jesús, en la Eucaristía, seguimos su camino de hacerse hombre y llegar al Padre; de ese modo nos introduce también en el misterio de la vida humana. El camino de Jesús es un camino arquetípico, un camino que es típico para cada vida humana y que pone en movimiento algo en nosotros; según Carl Jung, los arquetipos son como agitadores que revuelven y producen algo en nosotros. 


Cuando nos entregamos al camino de Jesús, Él genera en nosotros una curación, su redención, y nos lleva a nuestra forma genuina a la vida verdadera. Ese camino tiene cuatro pasos, como antes dijimos, que se desarrollan consecutivamente en la Eucaristía (aceptar, soltar, ser uno y ser nuevo), y sobre los que vamos a dar algunas ideas a continuación: 

ACEPTAR: Es lo que sucede en la primera parte de la Eucaristía. Tras el saludo, en el que nos percibimos y aceptamos mutuamente, viene el acto de contrición, cuya finalidad es reconocernos en nuestra verdad y aceptarnos a nosotros mismos. Me presento ante Dios tal como soy, con lo bueno, y también con lo malo, con mis sombras, con mi culpa. No se trata de fingirse los peores, no es degradarse, ni despreciarnos: es ofrecer a Dios nuestra verdad, lo que somos. De lo contrario quedamos divididos, y por tanto separados de nuestra esencia, de nuestro verdadero ser, y así separados de Dios y de las personas. La culpa excluye, separa, divide; el acto de contrición busca llevarnos a la misericordia de Dios, en la que somos reconciliados,  y devueltos a la unidad del ser, a Dios y a la comunidad, donde somos uno. 

 Luego, toda la liturgia de la Palabra trata en torno a la aceptación; las lecturas, el Evangelio, quieren decirnos la verdad de lo que somos, revelarnos el misterio profundo del ser humano: que somos valiosos para Dios, que Dios mismo habita en nosotros. Es importante que nuestra dignidad y nuestra luz salgan y se manifiesten. A veces no solo reprimimos nuestra sombra, sino también la luz que llevamos dentro.

SOLTAR: Este es el segundo paso de la humanización, y tiene lugar cuando celebramos la muerte de Jesús en la Cruz, su entrega; ahí aprendemos a soltar, y al mismo tiempo a abrazar lo que cada día nos crucifica, el estar de acuerdo con las personas que cruzan mi camino, con lo que nos sale mal, con la enfermedad, con lo impredecible. Entonces sucede que aquello que nos crucifica se convierte en la Eucaristía en camino de vida verdadera. 

 El acto de soltar se concreta en los ritos de la preparación de las ofrendas y en la transustanciación.  Con el pan y el vino presentamos a Dios nuestra vida y la elevamos al ámbito divino; le entregamos nuestra cotidianidad, nuestro trabajo, nuestros éxitos, nuestros anhelos, nuestro amor, nuestras alegrías.  Le ofrecemos todo a Dios para que lo acepte y lo transforme. Soltamos, le cedemos todo a Dios, lo dejamos en sus manos, para que él nos lo devuelva transformado. 

También el acto de soltar se relaciona con la transustanciación, donde nuestras ofrendas se transforman por el Espíritu de Dios en cuerpo y sangre de Jesucristo. Es un momento de creación, en el que el pan y el vino son convertidos en ofrenda divina, en cuerpo y sangre, y así nos regala Dios en su Hijo presente un nuevo comienzo. Lo humano, lo cotidiano, una vez ofrecido, es recreado y entra en el ámbito divino, que es su origen último. Lo que ofrecemos, junto al pan y al vino, se nos devuelve como pan de vida y bebida de salvación. Lo que ofrecemos, se santifica, se hace santo. 

SER UNO: Este es el tercer paso en el camino de la contemplación y en el proceso de humanización que acontece en la Eucaristía, y sucede en el momento de la Comunión, cuando comemos del cuerpo y la sangre de Cristo. Ahí, al compartir la mesa, somos uno con Jesús, y por Él, uno con Dios. Somos sumergidos en la vida que transcurre entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; somos aceptados en la comunidad de la Trinidad de Dios. Antes, el trabajo de auto comprenderme y aceptarme era más mío, pero ahora Dios hace más, y la aceptación alcanza otro nivel, si yo lo permito, si lo acepto; si Dios es uno conmigo y yo soy uno con Dios, puedo integrarlo todo: mi vida, mi cuerpo, mi espíritu, mis lados claros y oscuros, mis fortalezas y mis debilidades. Me reconcilio con mi historia, con mi pasado, con lo que vino en el presente, y también reconciliarme con mi mortalidad, mi precariedad, mi finitud.

 Cuando yo reconozco y afirmo lo que Dios hace en mí en la Eucaristía, podré abrir mis resistencias a la vida, soltarme y dejarme caer en las manos de Dios. Ahí encuentro la paz, la que viene de Él, y la puedo compartir y ofrecer a los que Él pone en mi camino. 

SER NUEVO: Este es el cuarto paso de la humanización que podemos vivir en la Eucaristía, el renacimiento. Al ser uno con Cristo, hemos renacido, hemos sido recreados gracias a su Espíritu. Ahora somos partícipes de su resurrección que destruye y transforma nuestra muerte. En la comunión nos reconocemos de otro modo, encontramos un UNO que es nosotros, y podemos levantarnos de todos nuestros sepulcros y muertes, de la autocompasión o el rechazo, de la resignación y la decepción, de la tristeza y del miedo. Como dijo Pablo: "El que está en Cristo es una criatura nueva, una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo" (2 Co 5, 17). Qué importante es saber reconocer, en medio del pasado, de la historia que nos marca y traemos con nosotros, eso nuevo que crea el Espíritu en nosotros constantemente, en cada Eucaristía y en cada momento de la vida también. Ahí están también en nosotros la creatividad, la vitalidad, la imaginación. 


No es que olvidemos lo que hay, que cerremos los ojos, que ignoremos las heridas; los podemos contemplar ahora todo, porque al mismo tiempo contemplamos a Jesucristo, que nos ha dado su Espíritu, que nos recrea constantemente con su vida eternamente nueva. Si dejamos que ese Espíritu sople en esos momentos de meditación, de oración y de comunión, el pasado, y lo que no nos deja ser lo que somos, pierde su poder sobre nosotros. Seguirá presente por el momento, pues la curación puede llevar tiempo, pero no será la única realidad, no la más importante, no la que me define como persona. En medio de mi vida herida hay algo nuevo, que brota y se abre paso, y la primavera de Dios acabará estallando dentro, con toda su fuerza.

Estos cuatro pasos, caigamos en la cuenta, son los mismos que hemos mencionado cuando tratamos de comprender, desde esta misma perspectiva, el Triduo Sacro: jueves santo (acoger o aceptar), viernes santo (soltar, entregar), sábado santo (ser uno, unidad) y domingo de resurección (ser nuevo, renacer). Toda la vida espiritual está marcada por estos cuatro momentos.

((Resumen personal de textos de Anselm Grün).

domingo, 29 de septiembre de 2019

HACER LAS PACES CON NUESTRA DEBILIDAD

La mayoría sentimos hacia Dios un temor instintivo basado en nuestra propia debilidad. Incluso tememos a otros humanos de quienes pensamos que pueden vernos tal como somos. De hecho, somos seres que cometemos errores que a veces nos han  perjudicado a nosotros mismos o a otras personas. Pues bien, tenemos, o bien conseguir sentirnos cómodos con nuestra condición humana, o bien seguir adelante fingiendo que no es verdadera, en cuyo caso tendremos que continuar ocultándonos tras nuestro fingimiento.Naturalmente, no se trata de que simplemente nos hundamos o nos rindamos ante la debilidad humana, sino que debemos aprender a sentirnos cómodos siendo fragmentarios. 

Todos hemos pecado y pecaremos de nuevo. Por eso resulta extremadamente importante conocer a Jesús, que viene como Médico Divino y visita personalmente a quienes estamos enfermos. Resulta sumamente importante conocer al Jesús que es Buen Pastor, porque no tengo que olvidar que nos está buscando a nosotros, las ovejas descarriadas, y que se alegra cuando nos encuentra.

 Me gusta volver una y otra vez sobre la parábola del hijo pródigo. Yo, y todos, somos ese hijo pródigo que malgasta sus dones en tantas vanidades y niñerías. Siento un profundo remordimiento, porque he sido tan desagradecido... Preparo mis palabras con cuidado y miedo: No puedo pedirte que me recibas como un hijo. Acéptame como jornalero. Por favor, simplemente recíbeme... Armado con mi acto de contrición, nacido de la soledad y la necesidad, emprendo el regreso a casa. Mis pasos son vacilantes e inciertos. Pero mi Abba-Padre me ve llegar y sale corriendo a mi encuentro. Me toma en sus brazos y solloza de alivio: estás en casa, me dice, es lo único que yo quería, estás en casa. 

 En su parábola, Jesús me asegura que así me da su bienvenida el Abba-Dios que me ama. He tenido que leer la parábola una y otra vez; he tenido que hacer el largo viaje a casa en más de una ocasión. Poco a poco, voy logrando comprender el benévolo amor y la clemente misericordia de Dios.

(Ideas de  John Powell)

miércoles, 21 de agosto de 2019

LA FELICIDAD ES UNA TAREA INTERIOR

En estos días estuve repasando un viejo libro, tiene más de 10 años de publicado, del jesuita John Powell, que habla acerca de la felicidad. Esto dice el libro en la contraportada:

La condición natural de los seres humanos es la felicidad; por tanto, si una persona es crónicamente infeliz, es que algo no marcha bien. Puede que no sea suya la culpa o que no tenga otra alternativa, pero lo cierto es que algo está fallando. Por desgracia, todos hemos experimentado en alguna ocasión la frustración de nuestro deseo innato de ser felices, y seguramente es porque prensamos que nuestra felicidad depende en gran parte de cosas externas a nosotros o incluso de otras personas. Y así nuestros sueños irreales de felicidad se ven defraudados.

Pero, la verdadera fórmula de las felicidad es esta: F=TI (es decir, la felicidad es una tarea interior). Como la mayoría de las cosas, la felicidad es fruto de una búsqueda. Por tanto, está al alcance de todos. El único problema es que, si la buscamos fuera (en la apariencia física, en el éxito, en la estima de los demás...) equivocamos el camino. 

Luego, a partir de esta idea: la felicidad es una condición natural del ser humano, hace diez sugerencias, cada una desarrollada en un capítulo del libro:

1. Debemos aceptarnos como somos.
2. Debemos aceptar la plena responsabilidad sobre nuestras vidas.
3. Debemos intentar satisfacer nuestras necesidades de relajación, ejercicio y nutrición. 
4. Debemos hacer de nuestras vidas un acto de amor.
5. Debemos expandirnos abandonando la seguridad de lo ya conocido.
6. Debemos aprender a ser buscadores del bien.
7. Debemos intentar crecer, no ser perfectos.
8. Debemos aprender a comunicarnos de verdad.
9. Debemos aprender a disfrutar las cosas buenass de la vida.
10. Debemos hacer de la oración parte de nuestra vida cotidiana. 

En esos diez capítulos, John Powell , con algunos ejercicios incluidos, nos introduce en el proceso gradual que él considera necesario para experimentar la verdadera felicidad. Pero, advierte:

"Estas vías hacia la felicidad humana son tareas para toda una vida. No se trata de cosas sencillas que se pueden hacer de una vez para siempre... La vida es un proceso de crecimiento gradual; las tareas vitales sólo se pueden realizar paulatinamente.  El sendero hacia la felicidad es un puente que hay que cruzar, no una esquina que hay que doblar". 




miércoles, 16 de enero de 2019

LA PRESIÓN DE SER PERFECTOS

"Para Pablo, Cristo es quien me libera de presiones internas y externas. Y estamos hoy tan dominados por tales presiones como en los tiempos de Pablo.  Por un lado, nos domina la presión de tener que mostrarle algo a Dios, de tener que hacer algo ante sus ojos.  Esta presión está profundamente arraigada en nuestro corazón. Consciente o inconscientemente, de algún modo creemos, sin embargo, que debemos ganarnos nuestro derecho a existir, que debemos hacer algo tanto ante Dios para poder existir ante Él, como ante los hombres para que nos quieran. Puede ser que la presión del perfeccionismo nos lleve a tratar de evitar todo error. 

En la asistencia espiritual, muchas veces percibo la tiranía que puede ejercer semejante perfeccionismo. Por ella, las personas se ven obligadas a sobreexigirse constantemente, porque temen cometer errores. Y cuando cometen un error sienten que ya no valen nada, toda su estructura de vida se derrumba. Entonces intentan controlarse y controlar su comportamiento, sus emociones y palabras. Pero cuanto más controlan, tanto más se les escapa la vida de su control. Tienen una idea fija de evitar todo posible error y entonces caen de fracaso en fracaso. Por mucho que se esfuercen, no podrán librarse de la presión que esta situación ejerce sobre ellos. Podrán darse cuenta del perfeccionismo y maldecirlo, pero este seguirá impulsándolos a rendir más de lo que pueden. 

Es la presión por tener su propia vida bajo control. Conozco mucha gente que, en mitad de la vida, entra en crisis. Muchos ni se permiten esta crisis. Sobre todo, porque nadie debe notar que su vida ya no está en el equilibrio que les gustaría mostrar hacia afuera. Y por eso intentan controlar la crisis con violencia". 

Anselm Grün
(Con el corazón y todos los sentidos)
LUMEN

miércoles, 24 de octubre de 2018

PSICOLOGÍA Y VIDA ESPIRITUAL, o como puedan estas dos realidades ayudarse mutuamente.

1. La psiquiatría y la psicología, tal y como las conocemos hoy, son ciencias muy recientes, y la llamada psicología pastoral también. Es decir que el vincular los conocimientos que tenemos en el campo del cerebro y la conducta humanas son recientes también, y lo mismo su vínculo con la práctica religiosa y la espiritualidad. Este vínculo, psicología y religión, despertó recelos en principio, y aun hoy tiene sus detractores, pero importantes maestros espirituales contemporáneos han trabajado la espiritualidad y vivencias cristianas desde esta perspectiva, con resultados, creo yo, bastante satisfactorios, porque contribuyen a una vivencia más sana de la religión. Parafraseando un texto de teología que busca superar los actuales conflictos de la Iglesia con las denuncias de abusos sexuales por parte de clérigos o consagrados, se trata de conseguir “personas sanas en una relación sana con un Dios sano”. Cualquier problema en uno de estos tres elementos va a repercutir en los otros dos, y provocar patologías, psicológicas o espirituales, que necesariamente habría que atender para conseguir una experiencia realmente “salvadora y redentora” en religión. 

2. Si miramos en la historia de la espiritualidad cristiana, algunos aspectos fundamentales de la psicología contemporánea están bien presentes en las tradiciones que la Iglesia atesora, como es el caso de los antiguos monjes del desierto, y sus enseñanzas acerca de la purificación y maduración de la persona, e incluso en los presupuestos de la filosofía más antigua. El principio socrático: “conócete a ti mismo”, es asumido, por poner el ejemplo más cercano a nosotros, por Santa Teresa, que lo coloca en la meta de salida de su obra más madura y abarcadora, Las Moradas o Castillo Interior. Ella pone en su primera morada, dividida en dos capítulos, los fundamentos sobre los que edificar la vida espiritual: la grandeza de Dios, la hermosura y dignidad de la persona humana, la necesidad del conocimiento propio, el buscar dentro de uno mismo la presencia divina, y la fragilidad y posibilidad de errar, de ser infieles a nuestra vocación original. De todo esto podría hablarnos hoy la psicología, tal vez con otras palabras o desde diferentes conceptos, pero al fin y al cabo diciendo más o menos lo mismo. 

3. Todos estos elementos han de estar presentes en una vivencia cristiana sana, y son también aspectos importantes de la psiquis humana sobre los que trabaja la psicología, por lo que resulta muy útil que aprendamos a vincularlos, de modo que no confundamos un problema psicológico con un problema espiritual, y viceversa, y que ambos conocimientos puedan colaborar para que la persona tenga una vivencia más plena y sana en todos los sentidos. 

4. Les hablaba antes de varios autores contemporáneos de espiritualidad que pueden ayudarnos a equilibrar nuestras emociones o pasiones, nuestras tendencias, y contribuir a una vida espiritual más plena. Les cito algunos: Anthony de Mello, Henri Nouwen, Anselm Grün, John Powell… y en el campo contrario también hay muchos, los libros de autoayuda, pero pongo un ejemplo: Wayne Dyer, y psicólogos de la talla de W. James, Allport, Freud, Jung, Erich From…. Todos ellos han hecho importantes aportes a la comprensión del hecho y la experiencia de la religión en los seres humanos y en la comunidad. 

5. Creo que es valioso e importante que tengamos la posibilidad de conocer mejor y confrontar nuestras emociones y sentimientos en cursos como este, porque sucede que a menudo confundimos nuestras vivencias, carencias y trastornos psicológicos con problemas espirituales, y no tenemos en cuenta que la gracia construye siempre sobre la naturaleza; la espiritualidad puede contribuir a sanar nuestra psiquis, e insisto, contribuir, pero es bueno no dejar todo en manos de Dios si podemos auxiliarnos de una ciencia, de un camino de sanación, que nos permita mejorar, fortalecer, y sanar nuestra relación con Dios. 

6. Teniendo presente lo que antes dije respecto a los temas que Teresa propone como fundamentos del camino interior, podemos preguntarnos ahora: ¿Qué imagen tengo de Dios? ¿Cómo es el Dios de mi fe, el que acompaña mi vida diaria, al que rezo? ¿Qué idea tengo de la persona humana, de su lugar en la creación y su relación con lo que le rodea? ¿Soy capaz de diferenciar lo ontológico de lo moral, es decir, el Ser del Hacer? ¿Puedo distinguir el error, del pecado? ¿Puedo distinguir lo que distingue el “soy pecador” (a causa del llamado pecado original) de un pecado concreto? ¿Puedo distinguir el rezar vocalmente, rezar oraciones, de la oración mental, la meditación, el recogimiento interior, que pueden llegar a ser importantes caminos de sanación de nuestro interior? ¿Valoro el silencio, los momentos de soledad, el amor por la cultura, el arte, como aspectos importantes que enriquecen y diversifican mi vida humana y cristiana? Todo lo anterior, y el modo en que lo asumo, tienen efectos sobre mi psiquis y mi vida cristiana, ya sea positiva o negativamente. 

7. Pienso, desde los interrogantes anteriores: que las emociones son pre/morales, y son necesarias, juegan un papel en la vida de la persona; además, que es muy importante y sanador el conocerse mejor uno mismo, sus acciones y reacciones, y ayudar a sanarlas, para ponerlas al servicio de una vida comprometida con el Evangelio/Que cierto ideal estoico se infiltró en la espiritualidad cristiana, preconizando la “apatía” o falta de sentimientos, como modelo de una vida perfecta a nivel espiritual/Hacer de la oración personal un espacio de diálogo íntimo con Dios, en el que la escucha sea un elemento fundamental/Formarse humana y espiritualmente, para que nuestra visión religiosa se dilate, se amplíe. 

8. Pienso también que: No toda equivocación o error cometido es pecado/El arrepentimiento y la culpa no son lo mismo, ni tienen el mismo efecto; Dios no quiere que nos sintamos culpables/Dios no es un juez implacable, sino un padre amoroso/El miedo no es espiritual, no es de Dios/Necesitamos alimentar la CONFIANZA, pues eso es básicamente la fe, y la confianza en Dios implica necesariamente confianza en la vida, en la realidad en la que esta transcurre. 

9. Una persona espiritual no es necesariamente, y no suele serlo, una persona totalmente sana a nivel psicológico. Solemos confundir la llamada a la santidad, con la perfección moral, lo cual provoca no pocos traumas psicológicos en las personas. El ser humano no es perfecto, pero puede aspirar a ser mejor cada día, a superarse constantemente a sí mismo, o con palabras de Francisco, a conseguir lo posible, y pedir lo imposible. Los santos canonizados, que la Iglesia propone como modelos e inspiración de los fieles, han sido personas normales, con limitaciones humanas, psicológicas e incluso morales. En el Carmelo, A Teresa se le utilizó en cierta época como modelo de una conducta histérica; Juan de la Cruz, por sus descripciones de la “noche oscura” se le presenta con una personalidad tendiente a la depresión (Depresión y mística, de Javier Álvarez) y Teresita tuvo en su infancia episodios neuróticos evidentes. De otros santos se cuentas historias parecidas: malos humores, depresiones, iras, tristezas, alegrías desmesuradas, incluso violencias… Pero todo eso no necesariamente contradice su santidad, sino que de esas luchas y búsquedas personales surge una personalidad concreta y una concreta actitud ante la vida. 

10. Cuando la experiencia religiosa prende en una estructura personal o social deteriorada en sus raíces, puede contribuir a sanarlos, si se maneja adecuadamente, pero también se corre el riesgo de convertirse la religión en una propulsora de ese mismo deterioro, potenciando en su seno el empobrecimiento personal, el infantilismo regresivo o incluso la destrucción o la violencia. Se habla de Fanáticos Vs Profetas; de Alumbrados Vs Místicos; de Sacrificadores Vs Oferentes. Los primeros ilustran el lado oscuro de la religión, utilizada como máscara de instintos e impulsos inconfesables. Por otro lado, la religión puede convertirse en aliada poderosa de la expansión y plenitud humanas; la religión puede influir en las esferas afectiva, cognitiva y ética, y hacerlo según las oposiciones que decíamos antes, de manera positiva o de manera negativa. Este es un tema muy rico e interesante, pero no creo que podamos desarrollarlo del todo en este espacio. 

11. Otro ejemplo de simbiosis entre psicología y espiritualidad podríamos encontrarlo en una propuesta de A. Grün; él habla de entender y vivir la fe como nueva perspectiva, o manera diferente de ver la realidad e interpretarla. De aquí brota entonces una nueva conducta y sentimiento vital. Tres momentos para desglosar esta idea: 1. CREER (ver con empatía/reinterpretar), 2. AMAR (aceptar con gusto/transformar), 3. ALABAR (elogiar/renombrar). La fe implica mirar la realidad con ojos amorosos, confiar en ella; veo el mundo con buenos ojos y estructura fundamental del mensaje cristiano. La reinterpreto, reconociendo la bondad de Dios presente en él. Luego, si considero que una cosa es buena y amable, entonces la acojo con gusto, la hago parte de mí, le doy un “nombre nuevo”. El amor deriva de la fe, y hay un vínculo entre creer, amar y alabar, que es para este autor la estructura fundamental del mensaje cristiano. La fe nos introduce en una nueva vida, que brota de una nueva mirada, y el amor es la nueva conducta, así como la alabanza expresa un nuevo sentimiento existencial. 

12. He querido presentar estos dos ejemplos como modelos de lo que puede aportar la psicología, el conocimiento y comprensión de la conducta humana, sentimientos y emociones, a una espiritualidad que, sin renunciar a sus raíces originales (la Escritura, la Tradición), puede enriquecerse y enriquecer, sanar y transformar al creyente con las armas del conocimiento que aportan la psiquiatría y la psicología al conocimiento el ser humano.

miércoles, 3 de octubre de 2018

LAS EMOCIONES: SON BUENAS O MALAS?


Posiblemente una parte de nosotros admitirá que las emociones no son meritorias ni pecaminosas, y que el sentirse frustrado, enfadado, tener miedo o encolerizarse no hacen que una persona sea buena o mala. Sin embargo, otra parte de nosotros, e incluso los que hemos admitido en teoría lo anterior,  en la práctica cotidiana solemos censurar nuestras emociones, y nos sentimos culpables además por ellas.  

Nuestra conciencia censora no acepta determinadas emociones y las reprime, empujándolas al subconsciente, y aseguran los expertos en medicina psicosomática que la causa más frecuente de cansancio, e incluso de muchas enfermedades, es la represión de las emociones. Lo cierto es que hay muchas emociones que nos resistimos a  reconocer y aceptar, las tememos o nos avergonzamos de ellas, y todo esto tiene una influencia negativa en nuestro modo de vivir nuestra condición de creyentes, es decir, en nuestra vida espiritual.

Es importante, por tanto, convencernos, en primer lugar, de que las emociones no son una realidad moral, sino simplemente fáctica. Es decir, mis iras, mis miedos, mis envidias, mis deseos sexuales, mis temores, etc, no me hacen una mejor o peor persona. Eso sí, esas reacciones emocionales han de ser integradas mental y afectivamente, pero antes de eso, antes de integrarlas y decidir si deseo o no seguirlas, debo permitirles manifestarse y escuchar atentamente lo que me están diciendo. Y debo ser capaz de decir, de aceptar, sin el más mínimo sentido de represión moral, que estoy enfadado, airado, e incluso sexualmente excitado.

Para poder hacer esto, debo antes estar convencido de que las emociones no entran en el terreno de la moral, no son ni buenas ni malas en sí mismas. Y también debo estar convencido de que la experiencia de toda la amplia gama de emociones forma parte de la condición humana y es patrimonio de todo ser humano.

 Ahora, pasamos a un segundo momento: el reconocer y aceptar  plenamente nuestras emociones no implica en modo alguno que debamos siempre obrar de acuerdo con ellas. Cuando una persona permite que sus sentimientos o emociones controlen su vida manifiesta, por supuesto, inmadurez; una cosa es sentir y reconocer ante uno mismo y ante los demás que uno tiene miedo, y otra cosa sería permitir que ese miedo le venza a uno. Una cosa es que yo sienta y reconozca que estoy enfadado, y otra cosa es que le aplaste a alguien la nariz de un golpe.

En las personas integradas las emociones ni están reprimidas ni ejercen el control. Sencillamente son reconocidas (es decir, sé lo que siento) e integradas (¿Deseo obrar de acuerdo con este sentimiento o emoción, o no?).

 A pesar de lo dicho anteriormente, no hay que pensar que las pautas emocionales son puramente biológicas o inevitables. Yo puedo cambiar, y cambiaré, mis pautas emocionales (es decir, pasaré de una emoción a otra), si honradamente he dejado aflorar mis emociones, y tras haberlas explicitado sinceramente, las considero inmaduras o indeseables.  La dinámica es esta: permitimos que nuestras emociones afloren para que puedan ser identificadas; observamos las pautas de nuestras reacciones emocionales, las explicitamos y las juzgamos. Una vez hecho todo esto, de un modo instintivo e inmediato hacemos las modificaciones necesarias a la luz de nuestros propios ideales y expectativas de crecimiento. Es decir, cambiamos. Cualquiera puede intentarlo y comprobarlo por sí mismo.

 (Lo anterior está tomado, en su esencia, de JOHN POWELL (Las estaciones del corazón, Sal Terrae, 1999)