lunes, 6 de abril de 2020

ENTRAMOS EN LA SEMANA SANTA...

Entramos en la Semana Santa, en los días que gozan del calificativo de "santo". Son días benditos en los que la misericordia de Dios se hace más accesible al ser humano. La Semana Santa es la celebración culminante de todo el ciclo litúrgico, a la vez que es meta obligada en la que desemboca la práctica y vivencia cuaresmales. Los días que median entre el Domingo de Ramos y el Jueves Santo revisten un tono de tristeza por la tragedia que se acelera y la la muerte que se avecina. 

La unción de Cristo (lunes), la entrega salvadora (martes) y la traición de Judas (miércoles) nos introducen de lleno en el Triduo Sacro, que mantiene en cada celebración la intensificación propia en el misterio pascual de nuestra redención. La fragancia del perfume con que fue ungido Cristo es signo adelantado de la unción que va a recibir con su muerte; luego alerta sobre el culto a la personalidad  y el ocultar las propias limitaciones, como si ellas no contasen también en el proyecto de Dios; finalmente nos alerta acerca de las pequeñas traiciones cotidianas que pueden llevarnos a renunciar al propósito original con que comenzamos este camino de liberación y humanización plenas. 

Vivamos los cristianos estos días con profunda devoción, orando así: "Dios, cuyo poder está fundado en un amor infinito, mira la fragilidad de nuestra condición humana, propensa al dolor, la enfermedad y el pecado, y levanta nuestra débil esperanza con la fuerza de la pasión generosa de tu Hijo". Amen.

jueves, 2 de abril de 2020

CELEBRAR LA VIDA (Introducción a la Semana Santa)


Al término de la Cuaresma, Jesús aparece ante nosotros como la expresión máxima de la VIDA. Es el mejor modo de cerrar y resumir este itinerario de cinco semanas que ha tenido como propósito proponernos una vez más la CONVERSIÓN, es decir, la necesidad de estar abiertos siempre al cambio, a la transformación interior, y no quedarnos en lo de siempre, acomodados, creyendo que ya está todo hecho.

Sin embargo, nuestra comprensión de algunas realidades y palabras religiosas peca siempre de mediocre, de pietista, y concluimos que es una mera invitación a ser buenos, a portarnos bien y “cumplir”, a rezar, mientras todo lo demás de nuestra vida sigue igual. En más de 2000 años de cristianismo todavía nos cuesta reconocer la VIDA, en grande, con mayúsculas, que Jesús nos propone.

El mensaje de la Iglesia ha tenido a menudo un carácter fúnebre, insistiendo en demasía sobre el dolor, el sufrir, el morir, y luego acompañado por ideas afines: castigo y premio, infierno o purgatorio, las penas y los demonios. Sólo al final de esa larga cadena de propuestas aparece la vida, y con la coletilla siempre de “eterna”; es decir, después, un día en el futuro, no ahora.

Pero el mensaje de Jesús, su “Evangelio”, su buena nueva, comienza por decirnos que tenemos un Dios que es PADRE, y que nos ha llamado a la VIDA. Humanidad y santidad no son vocaciones opuestas, al contrario; la santidad es una llamada a VIVIR EN PLENITUD. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. El pecado tiene que ver con la muerte, con la perdida de orientación y sentido, con la renuncia a nuestra vocación primordial. Convertirse es regresar al camino de la VIDA, de la vida grande, la vida plena, y ahora sí, la VIDA ETERNA. Eterna no tanto por su duración, sino por su calidad, la vida verdadera.

El encuentro con Jesús tiene necesariamente que llevar este significado: encuentro con la VIDA. No debe ser el cristiano un ser humano que se conforma con vivir al “mínimo”, que niega el disfrute y la belleza de la creación, que siempre le está poniendo “pegas” a la vida. Claro que existir lleva implícito también el sufrir, que hay dolor, que se paga un precio por vivir; pero eso no significa rebajar la vida, significa un mayor aprecio por ella, un valorarla con realismo, y un amarla como don precioso de Dios para sus hijos. Defender la vida ha de ser mucho más que rechazar el aborto y la eutanasia (que refieren al principio y al fin de la existencia humana); ha de ser también trabajar incansablemente por la felicidad y la justicia, por la satisfacción de una vida en la que podamos alcanzar nuestras mejores aspiraciones, una vida en la que podamos ser libres y responsables, una vida que es VIDA (en grande) porque está hecha de AMOR.

El itinerario cuaresmal es por tanto un reconsiderar nuestra existencia a la luz de la VIDA que nos ganó CRISTO. “Yo te digo que si tú crees verás la gloria de Dios”. Habrá que preguntarse, no tanto ¿Cómo vivo, sino, Vivo? ¿Estoy VIVIENDO con la PLENITUD para la cual me llamó CRISTO? ¿Veo para creer o creo para ver la gloria de Dios en medio de (mi) la vida?

Digamos que la Semana Santa es como un arquetipo de nuestra propia autorrealización humana; Ese camino a la plenitud, a la felicidad, a la santidad, o a la VIDA se desarrolla en varias etapas, comenzando por la alternancia de triunfo o fracaso que vislumbramos en el Domingo de Ramos. Pero luego el Triduo lo hace más patente:

1- Aceptación, la presencia del amor en nuestra vida, la capacidad de servir (Jueves santo)
2- Abandono, la presencia del mal en nuestra vida, la traición, el rechazo, la muerte (Viernes santo)
3- Unificación o reconciliación con nuestro verdadero ser y vínculo con el Dios de la Vida (Sábado Santo)
4- Renovación, renacimiento, volver a empezar, reconocer la bendición (Pascua)

Quiera Dios que la celebración gozosa de estos misterios vivificantes de nuestra fe nos DESPIERTEN de este sueño de mediocridad, de conformismo, de miedo, de falta de esperanzas, de pecado y pasividad, de sensualismo y de idolatría, para hacernos VERDADEROS Y ALEGRES TESTIGOS DE LA VIDA, Testigos de Cristo, vivo y resucitado, en cada uno de nosotros. El EVANGELIO es un potente estímulo para DEFENDER LA VIDA frente a los poderes de muerte que tienen su fundamento en el pecado de la humanidad (egoísmo, violencia, mentira, afán de poder y de riquezas); como dijo Juan Pablo II a lo largo de todo su ministerio apostólico: “No tengan miedo de acoger a Cristo en sus vidas”, y luego Benedicto XVI añadiría: “Cristo no quita nada y lo da todo”, porque Cristo es VIDA, y vida en abundancia.

No creamos que cambiando a Cristo y la verdad de su evangelio por satisfacciones pasajeras y temporales viviremos más o seremos más felices; ténganlo presente especialmente los más jóvenes, lo saben bien los de más edad. La vida y la felicidad son otra cosa. Dios lo sabe, por eso y porque nos ama no se cansa de llamar. “Yo soy el camino, y la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Como a Lázaro, hoy Jesús nos llama también a nosotros a salir de los sepulcros; nos dice, a cada uno: “Levántate y anda”. Vive, busca la Verdad, sirve a tus hermanos. Vivir es casi un mandamiento para nosotros; lo reconoció hace cientos de años San Ireneo, con una frase que es antológica en teología: “La gloria de Dios es el hombre vivo”.

Gracias, Señor, por esta Cuaresma tan especial que hemos vivido en Iglesia; danos, Señor, vestirnos de fiesta en esta Pascua, para contigo CELEBRAR LA VIDA.
Amén.


Fray Manuel de Jesús, ocd

lunes, 30 de marzo de 2020

ABRAZAR LA ESPERANZA (Palabras de Francisco antes de bendecir al mundo).

Homilía del Papa en el momento de oración por el fin de la pandemia: 

 «Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. 

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. 

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados. 

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. 

La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 

Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. 

No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. 

Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. 

No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. 

Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 

El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. 

Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. 

El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. 

En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza. 

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. 

Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 

Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7)

Papa Francisco

NOS QUEDA EL EVANGELIO

Faltan pocos días para terminar la Cuaresma, pocos para la Semana Santa, y a todos nos inquieta pensar cómo la viviremos en las actuales condiciones de distanciamiento social. Toca a la creatividad de cada uno descubrir el modo, para vivirla como un verdadero momento de gracia; quiero compartir un texto de José María Castillo, que nos recuerda algo fundamental para hacerlo. Importante que al hacernos la pregunta, no olvidemos esto: 

"Estamos en vísperas de la Semana Santa más vacía de toda mi vida. Una Semana Santa sin santos, sin cofradías, sin procesiones, sin “oficios” y ceremonias en las iglesias, sin viajes ni vacaciones, sin turistas ni turismos, sin libertad para salir a la calle, sin salud y sobrados de miedos, amenazados por una economía que se tambalea. Y todos con la pregunta de si los políticos podrán sacarnos de la situación penosa que nos puede amenazar.

¿Qué nos queda en pie, además de los miedos y peligros que nos amenazan? A las víctimas del coronavirus y sus familias, salir de esta situación cuanto antes. A otras muchas gentes, pasar estos días lo mejor posible. Y para quienes tenemos creencias religiosas – además de lo dicho - ¿qué nos queda? A los creyentes y a todas las personas de buena voluntad, nos queda el Evangelio. Que nos explica la razón de ser y lo esencial de la Semana Santa. Porque – lo digo con insistencia y firmeza – una Semana Santa, que no tiene en cuenta el Evangelio de la pasión de Jesús, es como un banquete presentado en platos elegantes, camareros de etiqueta y músicas de ensueño, pero un banquete en el que no se les da ni un garbanzo crudo a los comensales. O lo que es peor: aprovechar el recuerdo de la muerte de Jesús, para pasar una semana de juerga, descanso y diversión".

José María Castillo
(Teología sin censura)
Religión Digital

sábado, 28 de marzo de 2020

JESÚS, CAMINO DE VIDA (Quinto domingo de Cuaresma-A).


Y llegamos al último domingo de Cuaresma, el quinto, tal vez desconcertados por lo que esta vez nos ha traído este tiempo litúrgico; lo estamos viviendo de verdad, como desierto y prueba, y seguramente seguimos preguntando: ¿Está o no el Señor ahora con nosotros? Ayer escuchamos al papa Francisco hablarnos de lo esencial de este momento, y lo que hay que custodiar celosamente: "La oración y el servicio silencioso son nuestras armas"... "Que todos sean uno"... "Abrazar al Señor es abrazar la esperanza". La mejor bendición al mundo es nuestra presencia en él como Cuerpo de Cristo, comunidad de fe, dando el testimonio de la mediación orante y el servicio generoso, actuando como puentes para la fraternidad y la mirada puesta siempre en Cristo, fuente de vida.

 Este domingo estaremos compartiendo varios textos bíblicos que hablan de vida y de resurrección: de huesos que vuelven a revestirse de carne, de un perdón que es fuente de vida constante, de un espíritu que lo hace todo nuevo.

Leeremos, el hermoso pasaje del Evangelio de Juan, que narra la resurrección de Lázaro, amigo de Jesús, al igual que sus hermanas, Marta y María. En su casa de Cafarnaún encontró Jesús una familia que le recibía con cariño. Las palabras del Señor nos suenan a promesa hoy también, en la crisis que vivimos: "Yo te digo que si tú crees verás la gloria de Dios... Yo soy la resurrección y la vida".

La Sagrada Escritura nos habla de una vida que vence a la muerte, una vida que no acaba, y que comienza desde ahora gracias a la fe y la confianza, la esperanza y el amor con que los creyentes nos afianzamos en Dios.  Es con esa fe con la que podemos dejar a nuestros difuntos en las manos del Padre, aunque nos duela su partida. 

 Pero no se trata solo de esperar la resurrección de los muertos y la vida eterna, como recitamos en el Credo, sino de esforzarnos desde la misma fe por vivir desde ahora en plenitud y por generar vida para todos. Ser fuente de vida para otros

 San Pablo nos recuerda que el Espíritu del Padre que resucitó a Jesús habita también en nosotros. Habita en los niños que juegan y ríen, y en los jóvenes que sueñan y aman, y también en los que estudian y trabajan, y en las mujeres que trasmiten vida, alegría y fe.  Habita en los sanos y en los enfermos, en los pobres y necesitados, en los marginados e incomprendidos. Habita en todos los que se dejan mover por ese Espíritu. 

 Ya no podemos decirle a Jesús: Si hubieras estado aquí... por la sencilla razón de que sabemos que está siempre, a nuestro lado, haciendo con nosotros el gozoso, a la vez que doloroso, camino humano. Está en la palabra de vida que compartimos, en la mesa fraterna en la que celebramos, en la comunidad en la que le encontramos. Cristo no solo murió por nosotros, sino con nosotros y en nosotros también es CAMINO DE VIDA.

jueves, 19 de marzo de 2020

CON OJOS NUEVOS... (Cuarto domingo de Cuaresma)

El relato del ciego de Siloé está estructurado desde la clave de un fuerte contraste. Los fariseos creen saberlo todo. No dudan de nada. Imponen su verdad. Llegan incluso a expulsar de la sinagoga al pobre ciego: «Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios». «Sabemos que ese hombre que te ha curado no guarda el sábado». «Sabemos que es pecador».

Por el contrario, el mendigo curado por Jesús no sabe nada. Solo cuenta su experiencia a quien le quiera escuchar: «Solo sé que yo era ciego y ahora veo». «Ese hombre me trabajó los ojos y empecé a ver». El relato concluye con esta advertencia final de Jesús: «Yo he venido para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».

A Jesús le da miedo una religión defendida por escribas seguros y arrogantes, que manejan autoritariamente la Palabra de Dios para imponerla, utilizarla como arma o incluso excomulgar a quienes sienten de manera diferente. Teme a los doctores de la ley, más preocupados por «guardar el sábado» que por «curar» a mendigos enfermos. Le parece una tragedia una religión con «guías ciegos» y lo dice abiertamente: «Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán al hoyo».

Teólogos, predicadores, catequistas y educadores, que pretendemos «guiar» a otros sin tal vez habernos dejado iluminar nosotros mismos por Jesús, ¿no hemos de escuchar su interpelación? ¿Vamos a seguir repitiendo incansablemente nuestras doctrinas sin vivir una experiencia personal de encuentro con Jesús que nos abra los ojos y el corazón?

Nuestra Iglesia no necesita hoy predicadores que llenen las iglesias de palabras, sino testigos que contagien, aunque sea de manera humilde, su pequeña experiencia del evangelio. No necesitamos fanáticos que defiendan «verdades» de manera autoritaria y con lenguaje vacío, tejido de tópicos y frases hechas. Necesitamos creyentes de verdad, atentos a la vida y sensibles a los problemas de la gente, buscadores de Dios capaces de escuchar y acompañar con respeto a tantos hombres y mujeres que sufren, buscan y no aciertan a vivir de manera más humana ni más creyente.

José Antonio Pagola
(Tomado de: Fe adulta)

miércoles, 18 de marzo de 2020

CRISTIANOS PARA ESTOS TIEMPOS...

El siguiente texto es de RICARDO FRANCO, tomado de facebook, y lo comparto parcialmente:

"Yo no me hice cristiano para discutir cómo comulgar en tiempos pandémicos, o para disertar sobre el celibato de los curas. Tampoco me interesó el cristianismo por los trapitos y bordados de los pasos de Semana Santa, ni las novenas a san Antonio bendito.

Yo vengo de un mundo roto y conocí a quien podría arreglarlo. Sobre las ruinas de mi vida, alguien ha construido una casa nueva, llena de luz y de alegría. Por eso me hice cristiano. Alguno pensará que soy un privilegiado. Pero seguramente a él o a ella, Dios le ha ahorrado el sufrimiento que en mí sí ha permitido. Así que poco privilegio puedo tener, excepto el de haber conocido a Jesús, verdaderamente resucitado.


Por eso os invito a vosotros cristianos, que os hagáis de nuevo cristianos. Porque el tiempo que viene es nuestro tiempo. No será una cristiandad de trompetas y conquistas en Jerusalén, ni de imposición de espadas con la excusa de la cruz, sino el tiempo de nuestra entrega, tal y como Jesús se ha entregado. Suena raro, ya lo sé. Ya os sabéis la frase. Ya os lo sabéis todo. Pero dentro de unos meses- aunque podríamos empezar ya mismo-, se nos va a ofrecer la posibilidad de imitar a nuestro Maestro.

No en la perfección, claro, sino en la entrega de nuestra espalda a quien pueda necesitarla. Todo lo que no sea esto, es palabrería y divertimento clerical que a nadie le interesa, menos todavía al hambriento y al desvalido...


Somos cristianos para estos momentos de la historia, no para disertar al calor de la chimenea sobre políticas civiles o clericales, o lo mala que fue la izquierda con la Iglesia, como si nosotros meáramos agua bendita. Somos cristianos para este momento. Hemos sido llamados para este momento...

Venimos anunciando quejumbrosos la caída inexorable de este injusto sistema que nos ha encadenado a una rueda inhumana. Hemos cacareado a tiempo y a destiempo la inmoralidad de una época, su relativo relativismo excepto para la mentira a la que se abraza lujuriosamente. Hemos manoseado la expresión "sociedad líquida" de Bauman, como si alguna vez le hubiéramos leído, mientras nuestras manos de cristianos ayudaban a romper el recipiente en el que ese líquido se mantenía.
Pues bien, ahora ya podemos ser, actuar, pensar, y amar como cristianos. No habrá que esconderse porque nos van buscar para darles de comer. No para darles el coñazo, ni para juzgar su vida -eso lo hacen los fariseos- sino para darles de comer y descansar de sus fatigas.

Así que os invito a ser cristianos. Os puedo necesitar yo. Me podéis necesitar vosotros, ¿quién sabe? La pena es que haya que esperar a una circunstancia como la que se nos viene para darnos cuenta del tiempo perdido en habladurías, opiniones e intereses creados.

Amigos. No se puede servir a Dios y al dinero. Porque Dios es un mendigo celoso de afecto y el dinero no deja espacio para otra cosa que la codicia y el pánico a perderlo.

RICARDO FRANCO