jueves, 9 de abril de 2020

JUEVES SANTO: LA EUCARISTÍA A LA LUZ DEL LAVATORIO DE LOS PIES

Aunque ya he publicado varias entradas sobre el tema, no me resisto a compartir lo que escribe Fray Marcos, en FE ADULTA, para este jueves santo, a propósito de la Eucaristía. Expresa con claridad algunas inquietudes que me rondan desde hace ya algún tiempo en relación con el sacramento...


"La liturgia de este día se centra en el recuerdo de la cena: el lavatorio de los pies y las palabras y gestos que dieron lugar a la eucaristía. Ni los evangelistas, ni los exégetas se ponen de acuerdo si fue o no fue una cena pascual. No tiene mayor importancia, porque para nosotros lo esencial está en lo que va más allá del rito judío de la cena pascual. Esta Pascua no es ya la pascua de los judíos. Es curioso que los tres evangelistas, que narran la institución de la eucaristía, no hablen del lavatorio de los pies, y Juan, que narra el lavatorio de los pies, no dice nada de la institución de la eucaristía.

Tampoco sabemos el sentido exacto que quiso dar Jesús a aquellos gestos y palabras. La protesta de Pedro deja claro que, en aquel momento, los discípulos no entendieron nada. Sin embargo, el recuerdo de lo que Jesús hizo en la última cena se convirtió muy pronto en el sacramento de nuestra fe. Y no sin razón, porque en esos gestos, en esas palabras, está encerrado lo que fue Jesús durante su vida y todo lo que tenemos que llegar a ser nosotros como cristianos. 

Debemos tomar conciencia de la importancia de los que celebramos, como la toma el evangelista Juan cuando hace esa grandiosa obertura: “Consciente Jesús de que había llegado su “hora”, la de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, les demostró su amor en el más alto grado. Pero no es menos sorprendente el final del relato: “¿Entendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el “Maestro” y el “Señor”; y decís bien, porque lo soy. Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, sabed que también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”.

Comenzamos por el lavatorio de los pies. No porque sea más importante que la eucaristía, sino porque espero que esta reflexión nos ayude a comprenderla mejor. En ese gesto, Cristo está tan presente ahí como en la celebración de la eucaristía. Lavar los pies era un servicio que solo hacían los esclavos. Jesús quiere manifestar que él está entre ellos como el que sirve, no como señor. Lo importante no es el hecho físico, sino el simbolismo que encierra. La plenitud de Jesús como ser humano está en el servir a los demás. Fijaos que ese profundo simbolismo es lo que se quiere manifestar en el evangelio de Juan.

El más espiritual y místico de los evangelistas, el que más profundiza en el mensaje de Jesús, ni siquiera menciona la institución de la eucaristía. Sospecho que la eucaristía se había convertido ya en un rito mágico y formal, vacío de contenido, y Juan quiso recuperar para la última cena el carácter de recuerdo de Jesús como don, como entrega. Jesús denuncia la falsedad de la grandeza humana que se apoya en el poder o en el dominio de los demás, pero proclama que la verdadera plenitud humana está en parecerse a Dios, que se da siempre y a todos sin condiciones ni reservas.

Poco después del texto que hemos leído, dice Jesús: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado”. Esta es la explicación definitiva que da Jesús a lo que acaba de hacer. Para el que quiere seguir a Jesús, todo queda reducido a esto: ¡Amaos! No dijo que debíamos amar a Dios, ni siquiera que debíamos amarle a él. Tenemos que amar a los demás, eso sí, como Dios ama, como Jesús amó. Una eucaristía celebrada como una devoción más, que comienza y termina en la iglesia, no es la eucaristía que celebró Jesús. Debemos hacer un verdadero esfuerzo por superar la tentación de seguir oyendo misa y comprometernos en la celebración de la eucaristía.

En este relato del lavatorio de los pies, no se dice nada que no se diga en el relato del pan partido y del vino derramado; pero en la eucaristía corremos el riesgo de quedarnos en una visión espiritualista y abstracta que no afecta a mi vida concreta. La presencia real de Cristo en el pan y en el vino, entendida de una manera estática y física, nos ha impedido durante siglos descubrir el aspecto vivencial del sacramento y dejarnos al margen de la verdadera intención de Jesús al compartir esos gestos con sus discípulos.

Tenemos que hacer un esfuerzo por descubrir el verdadero signifi­cado de la eucaristía a la luz del lavatorio de los pies. Jesús toma un pan y mientras lo parte y lo reparte les dice: esto soy yo. Recordemos que “cuerpo” en la antropología judía del tiempo de Jesús, quería decir persona, no carne. Como si dijera: meteos bien en la cabeza que yo estoy aquí para partirme, para dejarme comer, para dejarme masticar, para dejarme asimilar, para desaparecer dando mi propio ser a los demás. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos, es decir, que da Vida a todos, que saca de la tristeza y de la muerte a todo el que me bebe. Eso soy yo. Eso tenéis que ser vosotros.

Por haber insistido exclusivamente en la presencia real de Cristo en la eucaristía, nos acercamos al sacramento como a una realidad misteriosa, pero que no tiene valor de persuasión, no me lleva a ningún compromiso con los demás. La presencia real, por el contrario, debía potenciar el verdadero significado del gesto. Nos debía recordar en todo momento lo que Jesús fue y lo que nosotros, como cristianos, debemos ser. El haber cambiado este sentido dinámico, por una adoración, ha empobrecido el sacramento hasta convertirlo en algo aséptico, que poco me exige y poco me motiva.

Lo que Jesús quiso decirnos en estos gestos es que él era un ser para los demás, que el objetivo de su existencia era darse; que había venido no para que le sirvieran, sino para servir, manifestando de esta manera que su meta, su fin, su plenitud humana, solo la alcanzaría cuando llegara a la donación total en la muerte asumida y aceptada. Solo un Jesús des-trozado puede ser asimilado e integrado en nuestro propio ser. Descubrir que destrozarnos, para que nos puedan comer, es también la meta para nosotros, es el primer objetivo de un seguidor de Jesús. 

Juan no menciona la eucaristía en el relato de la última cena, pero en el c. 6 encontramos la explicación de lo que es la eucaristía. “Yo soy el pan de Vida”. “Quien viene a mí, nunca pasará hambre; el que cree, nunca pasará sed”. Queda claro que comer el pan y beber literalmente la sangre, no es más que un signo (sacramento) de la adhesión a Jesús, que es lo importante. Se trata de identificarse con su manera de ser hombre al servicio de los demás hasta deshacerse por ellos. El mayor peligro que tenemos hoy los cristianos es acercarnos al sacramento como medio de unirnos a Dios, olvidándonos de los hombres.

Dice más adelante: “El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me “come” vivirá por mí”. No hay una explicación más profunda de lo que significa este sacramento. Jesús tiene la misma Vida de Dios, y todo el que le siga tendrá también esa misma Vida definitiva, que no se verá alterada por la muerte biológica. Para hacer nuestra esa Vida, tenemos que aceptar la “muerte” a todo lo que hay en nosotros de caduco, de terreno, de transitorio, de individualismo, de egoísmo. Sin esa muerte, nunca podrá haber Vida. No se trata de renunciar a nada, sino de conseguirlo todo".



Hoy va de AMOR. ¡Para volverse loco!

Los mil significados de la palabra nos despistan

La misma religión nos ha metido

por callejones sin puerta de salida

Con el AMOR, Jesús apuntó al infinito

Y quedamos mirando al simple dedo

El primer cristianismo lo vio claro

Usó el término “ágape” con un significado novedoso

aplicable solo a Dios que nos identifica con Él.

El Amor del que hablamos es Dios mismo.

Ni hay sujeto que ame ni hay amado.

No hay nada fuera de Él. No hay relación.

En Él todo queda unificado, no confundido

Lo poco que entendemos nos asusta.

No queremos ni hablar de sumergirnos

en el agujero negro de la Luz y la Vida.

Merodeamos en el horizonte de sucesos

sin dejarnos caer en lo absoluto

que haría nuestra meta irreversible.

Si no mantengo el ego, no lo acepto.

La salvación que espero es potenciarlo.

Ahora veréis por qué falla el mensaje.

El evangelio está sin estrenar. No es aceptable.

Lo hemos manipulado hasta la nausea.

Dios no es “cáritas” sino “ágape”, UNIDAD absoluta,

que nos permite seguir siendo sin ego.

Amar no es ir al otro sino al UNO.

FRAY MARCOS
(Tomado de FE ADULTA, con algunos retoques de mi parte)



miércoles, 8 de abril de 2020

LA EUCARISTÍA: CAMINO DE HUMANIZACIÓN.


Hay diferentes caminos para llegar a uno mismo, para ejercitarse en la individuación; están los métodos psicológicos, que nos enseñan a relacionarnos con nuestro pasado, con la sombra y el inconsciente, que nos ayudan a terminar con las falsas imágenes de uno mismo y a ahondar en nuestra propia esencia. Pero también están los métodos de la meditación y la contemplación, y en la contemplación ocupa un lugar importante la práctica de la buena respiración, estar atentos al flujo del aire en nosotros. La estructura de la respiración es una imagen decisiva para el camino de la persona hacia el sí mismo.  Se concreta en cuatro pasos: aceptar, soltar, ser uno y ser nuevo.  Cada camino hacia uno mismo pasa por estos cuatro pasos, y se aplica lo mismo en sentido psicológico y en sentido espiritual. 

 Estos cuatro pasos de la humanización constituyen también la estructura de la Eucaristía; aquí se vuelve a representar el camino que una vez realizó Jesús, para que seamos partícipes y para que, al igual que Jesús, y en comunión con él, nos transformemos, encontremos nuestro ser trascendente y seamos uno con Dios. Así, con Jesús, en la Eucaristía, seguimos su camino de hacerse hombre y llegar al Padre; de ese modo nos introduce también en el misterio de la vida humana. El camino de Jesús es un camino arquetípico, un camino que es típico para cada vida humana y que pone en movimiento algo en nosotros; según Carl Jung, los arquetipos son como agitadores que revuelven y producen algo en nosotros. 


Cuando nos entregamos al camino de Jesús, Él genera en nosotros una curación, su redención, y nos lleva a nuestra forma genuina a la vida verdadera. Ese camino tiene cuatro pasos, como antes dijimos, que se desarrollan consecutivamente en la Eucaristía (aceptar, soltar, ser uno y ser nuevo), y sobre los que vamos a dar algunas ideas a continuación: 

ACEPTAR: Es lo que sucede en la primera parte de la Eucaristía. Tras el saludo, en el que nos percibimos y aceptamos mutuamente, viene el acto de contrición, cuya finalidad es reconocernos en nuestra verdad y aceptarnos a nosotros mismos. Me presento ante Dios tal como soy, con lo bueno, y también con lo malo, con mis sombras, con mi culpa. No se trata de fingirse los peores, no es degradarse, ni despreciarnos: es ofrecer a Dios nuestra verdad, lo que somos. De lo contrario quedamos divididos, y por tanto separados de nuestra esencia, de nuestro verdadero ser, y así separados de Dios y de las personas. La culpa excluye, separa, divide; el acto de contrición busca llevarnos a la misericordia de Dios, en la que somos reconciliados,  y devueltos a la unidad del ser, a Dios y a la comunidad, donde somos uno. 

 Luego, toda la liturgia de la Palabra trata en torno a la aceptación; las lecturas, el Evangelio, quieren decirnos la verdad de lo que somos, revelarnos el misterio profundo del ser humano: que somos valiosos para Dios, que Dios mismo habita en nosotros. Es importante que nuestra dignidad y nuestra luz salgan y se manifiesten. A veces no solo reprimimos nuestra sombra, sino también la luz que llevamos dentro.

SOLTAR: Este es el segundo paso de la humanización, y tiene lugar cuando celebramos la muerte de Jesús en la Cruz, su entrega; ahí aprendemos a soltar, y al mismo tiempo a abrazar lo que cada día nos crucifica, el estar de acuerdo con las personas que cruzan mi camino, con lo que nos sale mal, con la enfermedad, con lo impredecible. Entonces sucede que aquello que nos crucifica se convierte en la Eucaristía en camino de vida verdadera. 

 El acto de soltar se concreta en los ritos de la preparación de las ofrendas y en la transustanciación.  Con el pan y el vino presentamos a Dios nuestra vida y la elevamos al ámbito divino; le entregamos nuestra cotidianidad, nuestro trabajo, nuestros éxitos, nuestros anhelos, nuestro amor, nuestras alegrías.  Le ofrecemos todo a Dios para que lo acepte y lo transforme. Soltamos, le cedemos todo a Dios, lo dejamos en sus manos, para que él nos lo devuelva transformado. 

También el acto de soltar se relaciona con la transustanciación, donde nuestras ofrendas se transforman por el Espíritu de Dios en cuerpo y sangre de Jesucristo. Es un momento de creación, en el que el pan y el vino son convertidos en ofrenda divina, en cuerpo y sangre, y así nos regala Dios en su Hijo presente un nuevo comienzo. Lo humano, lo cotidiano, una vez ofrecido, es recreado y entra en el ámbito divino, que es su origen último. Lo que ofrecemos, junto al pan y al vino, se nos devuelve como pan de vida y bebida de salvación. Lo que ofrecemos, se santifica, se hace santo. 

SER UNO: Este es el tercer paso en el camino de la contemplación y en el proceso de humanización que acontece en la Eucaristía, y sucede en el momento de la Comunión, cuando comemos del cuerpo y la sangre de Cristo. Ahí, al compartir la mesa, somos uno con Jesús, y por Él, uno con Dios. Somos sumergidos en la vida que transcurre entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; somos aceptados en la comunidad de la Trinidad de Dios. Antes, el trabajo de auto comprenderme y aceptarme era más mío, pero ahora Dios hace más, y la aceptación alcanza otro nivel, si yo lo permito, si lo acepto; si Dios es uno conmigo y yo soy uno con Dios, puedo integrarlo todo: mi vida, mi cuerpo, mi espíritu, mis lados claros y oscuros, mis fortalezas y mis debilidades. Me reconcilio con mi historia, con mi pasado, con lo que vino en el presente, y también reconciliarme con mi mortalidad, mi precariedad, mi finitud.

 Cuando yo reconozco y afirmo lo que Dios hace en mí en la Eucaristía, podré abrir mis resistencias a la vida, soltarme y dejarme caer en las manos de Dios. Ahí encuentro la paz, la que viene de Él, y la puedo compartir y ofrecer a los que Él pone en mi camino. 

SER NUEVO: Este es el cuarto paso de la humanización que podemos vivir en la Eucaristía, el renacimiento. Al ser uno con Cristo, hemos renacido, hemos sido recreados gracias a su Espíritu. Ahora somos partícipes de su resurrección que destruye y transforma nuestra muerte. En la comunión nos reconocemos de otro modo, encontramos un UNO que es nosotros, y podemos levantarnos de todos nuestros sepulcros y muertes, de la autocompasión o el rechazo, de la resignación y la decepción, de la tristeza y del miedo. Como dijo Pablo: "El que está en Cristo es una criatura nueva, una nueva creación: pasó lo viejo, todo es nuevo" (2 Co 5, 17). Qué importante es saber reconocer, en medio del pasado, de la historia que nos marca y traemos con nosotros, eso nuevo que crea el Espíritu en nosotros constantemente, en cada Eucaristía y en cada momento de la vida también. Ahí están también en nosotros la creatividad, la vitalidad, la imaginación. 


No es que olvidemos lo que hay, que cerremos los ojos, que ignoremos las heridas; los podemos contemplar ahora todo, porque al mismo tiempo contemplamos a Jesucristo, que nos ha dado su Espíritu, que nos recrea constantemente con su vida eternamente nueva. Si dejamos que ese Espíritu sople en esos momentos de meditación, de oración y de comunión, el pasado, y lo que no nos deja ser lo que somos, pierde su poder sobre nosotros. Seguirá presente por el momento, pues la curación puede llevar tiempo, pero no será la única realidad, no la más importante, no la que me define como persona. En medio de mi vida herida hay algo nuevo, que brota y se abre paso, y la primavera de Dios acabará estallando dentro, con toda su fuerza.

Estos cuatro pasos, caigamos en la cuenta, son los mismos que hemos mencionado cuando tratamos de comprender, desde esta misma perspectiva, el Triduo Sacro: jueves santo (acoger o aceptar), viernes santo (soltar, entregar), sábado santo (ser uno, unidad) y domingo de resurección (ser nuevo, renacer). Toda la vida espiritual está marcada por estos cuatro momentos.

((Resumen personal de textos de Anselm Grün).

JUDAS, NUESTRAS TRAICIONES Y UN AMOR MÁS GRANDE

La liturgia de la Iglesia, en los días que preceden inmediatamente al jueves y viernes santo, insiste en recordar a Judas. Es indudable que la figura del discípulo traidor evoca cosas muy importantes a los lectores de los Evangelios, y no debemos dejar de detenernos en ellas. Judas pone en evidencia que la traición está presente en medio de todo relato humano, traiciones grandes y pequeñas; traición a la amistad, al grupo o a la comunidad, traición a la vida. 

La deshumanización en los instantes que más nos humanizan, como es este caso la mesa compartida. La mesa es espacio de fraternidad, y era un espacio muy significativo para Jesús, que la compartía con pobres y pecadores como señal de la presencia del Reino. Ahora es en la mesa donde se patentiza la traición de Judas: el que comparte el pan lo va a entregar, e incluso otro lo va a negar, y todos lo abandonaran. Pero curioso, es también en en medio de ese contexto donde nos deja el mandamiento nuevo: ámense unos a otros como yo les he amado. 

Mateo, en su Evangelio, acentúa fuertemente el fracaso de los discípulos: Judas entrega a Jesús, Pedro le niega, los demás huyen. Pero lo hace, no para criticar o condenar, tampoco para desalentar a los lectores: todo lo contrario. Cuando Mateo escribe la Iglesia era perseguida y muchos cristianos se desalentaban y abandonaban la fe. La pregunta era: ¿Podemos volver? Mateo responde sugiriendo que nosotros podemos romper con Jesús, pero Él nunca rompe con nosotros. Su amor es mayor que nuestra infidelidad. Es un MENSAJE MUY IMPORTANTE que recibimos durante la Semana Santa: la acogida y el amor de Jesús supera siempre la derrota y el fracaso de los discípulos.

La última cena, más que un acto religioso, fue una cena de despedida, un acto profundamente humano, cargado de intimidad, de miedos, de oscuridades, y también de cinismo y de traiciones. Como la vida misma, la vida de un hombre entre los hombres. Y en ella, Jesús mostró la plenitud de lo humano, cuando nos mostró que el amor de Dios está siempre por encima de nuestras traiciones.

Hay un Judas en cada uno de nosotros, pero solo la falta de confianza nos apartará del Maestro.

lunes, 6 de abril de 2020

ENTRAMOS EN LA SEMANA SANTA...

Entramos en la Semana Santa, en los días que gozan del calificativo de "santo". Son días benditos en los que la misericordia de Dios se hace más accesible al ser humano. La Semana Santa es la celebración culminante de todo el ciclo litúrgico, a la vez que es meta obligada en la que desemboca la práctica y vivencia cuaresmales. Los días que median entre el Domingo de Ramos y el Jueves Santo revisten un tono de tristeza por la tragedia que se acelera y la la muerte que se avecina. 

La unción de Cristo (lunes), la entrega salvadora (martes) y la traición de Judas (miércoles) nos introducen de lleno en el Triduo Sacro, que mantiene en cada celebración la intensificación propia en el misterio pascual de nuestra redención. La fragancia del perfume con que fue ungido Cristo es signo adelantado de la unción que va a recibir con su muerte; luego alerta sobre el culto a la personalidad  y el ocultar las propias limitaciones, como si ellas no contasen también en el proyecto de Dios; finalmente nos alerta acerca de las pequeñas traiciones cotidianas que pueden llevarnos a renunciar al propósito original con que comenzamos este camino de liberación y humanización plenas. 

Vivamos los cristianos estos días con profunda devoción, orando así: "Dios, cuyo poder está fundado en un amor infinito, mira la fragilidad de nuestra condición humana, propensa al dolor, la enfermedad y el pecado, y levanta nuestra débil esperanza con la fuerza de la pasión generosa de tu Hijo". Amen.

jueves, 2 de abril de 2020

CELEBRAR LA VIDA (Introducción a la Semana Santa)


Al término de la Cuaresma, Jesús aparece ante nosotros como la expresión máxima de la VIDA. Es el mejor modo de cerrar y resumir este itinerario de cinco semanas que ha tenido como propósito proponernos una vez más la CONVERSIÓN, es decir, la necesidad de estar abiertos siempre al cambio, a la transformación interior, y no quedarnos en lo de siempre, acomodados, creyendo que ya está todo hecho.

Sin embargo, nuestra comprensión de algunas realidades y palabras religiosas peca siempre de mediocre, de pietista, y concluimos que es una mera invitación a ser buenos, a portarnos bien y “cumplir”, a rezar, mientras todo lo demás de nuestra vida sigue igual. En más de 2000 años de cristianismo todavía nos cuesta reconocer la VIDA, en grande, con mayúsculas, que Jesús nos propone.

El mensaje de la Iglesia ha tenido a menudo un carácter fúnebre, insistiendo en demasía sobre el dolor, el sufrir, el morir, y luego acompañado por ideas afines: castigo y premio, infierno o purgatorio, las penas y los demonios. Sólo al final de esa larga cadena de propuestas aparece la vida, y con la coletilla siempre de “eterna”; es decir, después, un día en el futuro, no ahora.

Pero el mensaje de Jesús, su “Evangelio”, su buena nueva, comienza por decirnos que tenemos un Dios que es PADRE, y que nos ha llamado a la VIDA. Humanidad y santidad no son vocaciones opuestas, al contrario; la santidad es una llamada a VIVIR EN PLENITUD. “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. El pecado tiene que ver con la muerte, con la perdida de orientación y sentido, con la renuncia a nuestra vocación primordial. Convertirse es regresar al camino de la VIDA, de la vida grande, la vida plena, y ahora sí, la VIDA ETERNA. Eterna no tanto por su duración, sino por su calidad, la vida verdadera.

El encuentro con Jesús tiene necesariamente que llevar este significado: encuentro con la VIDA. No debe ser el cristiano un ser humano que se conforma con vivir al “mínimo”, que niega el disfrute y la belleza de la creación, que siempre le está poniendo “pegas” a la vida. Claro que existir lleva implícito también el sufrir, que hay dolor, que se paga un precio por vivir; pero eso no significa rebajar la vida, significa un mayor aprecio por ella, un valorarla con realismo, y un amarla como don precioso de Dios para sus hijos. Defender la vida ha de ser mucho más que rechazar el aborto y la eutanasia (que refieren al principio y al fin de la existencia humana); ha de ser también trabajar incansablemente por la felicidad y la justicia, por la satisfacción de una vida en la que podamos alcanzar nuestras mejores aspiraciones, una vida en la que podamos ser libres y responsables, una vida que es VIDA (en grande) porque está hecha de AMOR.

El itinerario cuaresmal es por tanto un reconsiderar nuestra existencia a la luz de la VIDA que nos ganó CRISTO. “Yo te digo que si tú crees verás la gloria de Dios”. Habrá que preguntarse, no tanto ¿Cómo vivo, sino, Vivo? ¿Estoy VIVIENDO con la PLENITUD para la cual me llamó CRISTO? ¿Veo para creer o creo para ver la gloria de Dios en medio de (mi) la vida?

Digamos que la Semana Santa es como un arquetipo de nuestra propia autorrealización humana; Ese camino a la plenitud, a la felicidad, a la santidad, o a la VIDA se desarrolla en varias etapas, comenzando por la alternancia de triunfo o fracaso que vislumbramos en el Domingo de Ramos. Pero luego el Triduo lo hace más patente:

1- Aceptación, la presencia del amor en nuestra vida, la capacidad de servir (Jueves santo)
2- Abandono, la presencia del mal en nuestra vida, la traición, el rechazo, la muerte (Viernes santo)
3- Unificación o reconciliación con nuestro verdadero ser y vínculo con el Dios de la Vida (Sábado Santo)
4- Renovación, renacimiento, volver a empezar, reconocer la bendición (Pascua)

Quiera Dios que la celebración gozosa de estos misterios vivificantes de nuestra fe nos DESPIERTEN de este sueño de mediocridad, de conformismo, de miedo, de falta de esperanzas, de pecado y pasividad, de sensualismo y de idolatría, para hacernos VERDADEROS Y ALEGRES TESTIGOS DE LA VIDA, Testigos de Cristo, vivo y resucitado, en cada uno de nosotros. El EVANGELIO es un potente estímulo para DEFENDER LA VIDA frente a los poderes de muerte que tienen su fundamento en el pecado de la humanidad (egoísmo, violencia, mentira, afán de poder y de riquezas); como dijo Juan Pablo II a lo largo de todo su ministerio apostólico: “No tengan miedo de acoger a Cristo en sus vidas”, y luego Benedicto XVI añadiría: “Cristo no quita nada y lo da todo”, porque Cristo es VIDA, y vida en abundancia.

No creamos que cambiando a Cristo y la verdad de su evangelio por satisfacciones pasajeras y temporales viviremos más o seremos más felices; ténganlo presente especialmente los más jóvenes, lo saben bien los de más edad. La vida y la felicidad son otra cosa. Dios lo sabe, por eso y porque nos ama no se cansa de llamar. “Yo soy el camino, y la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Como a Lázaro, hoy Jesús nos llama también a nosotros a salir de los sepulcros; nos dice, a cada uno: “Levántate y anda”. Vive, busca la Verdad, sirve a tus hermanos. Vivir es casi un mandamiento para nosotros; lo reconoció hace cientos de años San Ireneo, con una frase que es antológica en teología: “La gloria de Dios es el hombre vivo”.

Gracias, Señor, por esta Cuaresma tan especial que hemos vivido en Iglesia; danos, Señor, vestirnos de fiesta en esta Pascua, para contigo CELEBRAR LA VIDA.
Amén.


Fray Manuel de Jesús, ocd

lunes, 30 de marzo de 2020

ABRAZAR LA ESPERANZA (Palabras de Francisco antes de bendecir al mundo).

Homilía del Papa en el momento de oración por el fin de la pandemia: 

 «Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. 

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. 

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40). Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados. 

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. 

La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 

Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. 

No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. 

Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección. 

No es el momento de tu juicio, sino de nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. 

Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo. Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 

El comienzo de la fe es saber que necesitamos la salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros temores, para que los venza. 

Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo, no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere. El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar. 

El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. 

En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza. 

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. 

Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza. «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 

Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7)

Papa Francisco

NOS QUEDA EL EVANGELIO

Faltan pocos días para terminar la Cuaresma, pocos para la Semana Santa, y a todos nos inquieta pensar cómo la viviremos en las actuales condiciones de distanciamiento social. Toca a la creatividad de cada uno descubrir el modo, para vivirla como un verdadero momento de gracia; quiero compartir un texto de José María Castillo, que nos recuerda algo fundamental para hacerlo. Importante que al hacernos la pregunta, no olvidemos esto: 

"Estamos en vísperas de la Semana Santa más vacía de toda mi vida. Una Semana Santa sin santos, sin cofradías, sin procesiones, sin “oficios” y ceremonias en las iglesias, sin viajes ni vacaciones, sin turistas ni turismos, sin libertad para salir a la calle, sin salud y sobrados de miedos, amenazados por una economía que se tambalea. Y todos con la pregunta de si los políticos podrán sacarnos de la situación penosa que nos puede amenazar.

¿Qué nos queda en pie, además de los miedos y peligros que nos amenazan? A las víctimas del coronavirus y sus familias, salir de esta situación cuanto antes. A otras muchas gentes, pasar estos días lo mejor posible. Y para quienes tenemos creencias religiosas – además de lo dicho - ¿qué nos queda? A los creyentes y a todas las personas de buena voluntad, nos queda el Evangelio. Que nos explica la razón de ser y lo esencial de la Semana Santa. Porque – lo digo con insistencia y firmeza – una Semana Santa, que no tiene en cuenta el Evangelio de la pasión de Jesús, es como un banquete presentado en platos elegantes, camareros de etiqueta y músicas de ensueño, pero un banquete en el que no se les da ni un garbanzo crudo a los comensales. O lo que es peor: aprovechar el recuerdo de la muerte de Jesús, para pasar una semana de juerga, descanso y diversión".

José María Castillo
(Teología sin censura)
Religión Digital